Capítulo 52
―«V en al Pantages, ¡Quiero hacerte una audición!» ―imito al director de casting, poniendo voz áspera, cuando le cuento lo ocurrido en la fiesta al día siguiente.
―¿Así tal cual? ―Stella se sienta cruzando las piernas en el sofá mientras Tony se afana en tapar, con una bolsa de plástico abierta, el boquete que provocó, para que no se vea su cuarto desde aquí.
―Tantos años buscando, tantas negativas, para que un día aleatorio, en una fiesta aleatoria, se me acerque un director de casting así...
―No la describiría como aleatoria cuando todas las estrellas de Los Ángeles o la mayoría estaban compartiendo techo contigo ayer, Mia. ―Me toma de las manos emocionada―. Le habrás dicho que sí, espero. ¡Es una grandísima oportunidad!
―Hace muchos años que no hago teatro y en mi adolescencia no dejaba de ser un pasatiempo para lograr ser una gran actriz.
―Pero ¿te has parado a pensar que ser una gran actriz no solo se limita a salir en televisión o cines? Hay enormes artistas y actores musicales con muchísima fama.
―Ya, pero... no es lo mismo ―comento con algo de desgana.
―No lo has probado. ¡Podría ser incluso mejor! Hasta yo he hecho algún que otro casting... Mia, no lo dejes pasar.
―Que no, pesada. Que iré a hacer la prueba.
―¿Y qué pasará con la película?
Tony sigue pegando rollos de cinta adhesiva en la pared.
―Tengo que terminarla, no puedo faltar a mi palabra ―lo digo con la boca pequeña, angustiada de pensar que tengo que volver a ese set y al baboso de Arthur. Y al horrible señor Hoover―. Solo quedan dos días de rodaje y estaré libre.
―Lo dices como si te aliviara. ―Bingo.
―En parte así es. Se me está haciendo... complicado...
―Todas las primeras veces lo son, supongo ―intenta consolarme.
―Pero es que... estoy incómoda con el papel... ―Cojo carrerilla para soltarlo todo. Lo necesito, necesito contárselo a alguien. Pero Tony no deja de hacer un ruido horrendo con las bolsas y la cinta.
―¡Por más bolsas que le pongas no dejaré de escuchar los gemidos de tus víctimas! ¡Para ya! ―chilla Stella para que se detenga. Pero él, en cambio, hace más ruido a propósito―. ¡Estamos hablando de cosas importantes, Tony! Madre mía, parece que tiene quince años, de verdad...
La miro, pero de repente me acobardo. ¿Qué profesional sería si me quejo de grabar una escena de desnudo y de cama, cuando todos lo hacen? Stella seguramente se echaría a reír.
―Debo irme, es la hora de la videollamada con mamá y la tía Ava, y tengo que seguir estudiando el papel. ―Le suelto las manos con cariño y me levanto―. Hoy tenías otro casting, ¿cierto?
―Sí, para un programa de talentos.
―Mucha mucha mierda. Lo harás genial.
Ella me mira un poco preocupada.
―Pero estábamos hablando, Mia... Oye, ¿qué me querías contar? ¿Por qué te encuentras mal? ¿Cuándo me vas a hablar de ese guapísimo chico de tu pasado que encontré encima de ti? ¿Cuándo voy a conocer a Liam?
Sin responder huyo al cuarto y cierro con un golpe. Debo centrarme, tengo que hacerlo.
***
Me repito ese mantra una vez tras otra mientras grabo escenas de sexo desnuda con Arthur y con varios actores mayores más.
Temblando, nerviosa y vulnerable, aún peor que la otra vez.
Me niego a que me den besos en la boca y me sorprende ver que el director accede, pero no sé qué es peor, si eso o sentir sus manoseos sobre mi piel, que me hacen querer vomitar.
En un descanso me cubro con un albornoz y bebo algo de agua intentando controlar mi nerviosismo.
Decían que era la historia de una chica valiente que quería venganza, pero ¿por qué no grabamos ninguna de las otras escenas?
¿Por qué me paso los días y las horas desnuda y grabando este tipo de escenas incomodísimas?
―Lo estás haciendo genial, Mia. ―El señor Hoover se acerca por detrás y me giro para estar alerta. Su voz, como siempre, suena melosa, pastosa y llena de segundas intenciones.
―Me alegro de que le guste.
―Y tanto...
―Pensaba que no estabas del todo contento con el resultado, por las grabaciones y demás ―señalo su móvil.
―Oh, esto; es muy común, para luego revisar las escenas en casa y ver la mejor manera de poder montarse.
―¿Cuándo vamos a grabar las otras escenas? ―le pregunto impaciente.
―Pronto, Mia, antes tocan los asuntos delicados.
Y, tan así, el director vuelve a llamarnos a todos y nos hace salir al callejón de ladrillo naranja que sirve de unión entre los dos edificios abandonados donde ahora estamos rodando. Vamos a grabar esa escena tan temida, la de la violación.
Respiro hondo e intento aclarar mi mente.
Me quito el albornoz y me quedo de nuevo semidesnuda, tan solo con unas braguitas, que me hacen sentir la mayor desprotegida del planeta ahora mismo.
Miro a Arthur y a los otros tres actores mientras me tapo un poco con los brazos.
E intento sonreírles para obtener algo de tranquilidad.
―Estoy nerviosa ―confieso en un momento de debilidad.
―Saldrá solo, guapa, solo déjate llevar. ―La sonrisilla de todos ellos me hace sentir precisamente lo contrario.
Y, cuando gritan acción e interpretamos la escena, me voy asfixiando a pasos agigantados.
Los tres se abalanzan sobre mí, para tocarme, besarme de manera muy forzada y brusca, entre risas y frases obscenas que no estoy segura ni de que estén en el guion.
Aguanto un poco, pero, cuando me arrastran al suelo cogiéndome del pelo y se me echan encima mientras me llaman todas las cosas horribles que se le puede llamar a una mujer, siento que no puedo más.
Me siento intimidada, violada.
―¡No, por favor! ¡Dejadme, no puedo! ―chillo una y otra vez mientras lanzo patadas al aire y manotazos para quitármelos de encima, perdiendo los papeles.
Pero el director no mueve un dedo y el señor Hoover tampoco los detiene, grabando con su móvil la escena dantesca. Su sonrisa tras el aparato es malévola. Comienzo a llorar. ¿Dónde me he metido?
―¡Socorro! ―pido ayuda a pleno pulmón de nuevo, por si alguien puede escucharme. En cambio, solo escucho el comentario del director.
―Está quedando muy realista.
Como que están intentando violarme de verdad. Y nadie sabe que estoy aquí, nadie me puede ayudar. Los otros dos actores me sujetan los brazos con tanta fuerza contra el suelo, como si estuviese crucificada, que estoy segura de que me saldrá un moratón.
Grito, grito y grito. Necesito salir de aquí, ya.
Miro a mi alrededor y dejo de intentar resistirme.
Ellos se confían y me sueltan. Y ahí es cuando cometen el error, cuando no esperan que haya visto las botellas vacías que nos rodean, y en tan solo un segundo agarro una y le doy un botellazo con todas mis fuerzas al que tengo más cerca.
―¡Pero qué coño haces! ―me grita el director enfurecido mientras Arthur se echa hacia atrás chorreando sangre por su cara; todos automáticamente se retiran también cuando amenazo con cortarlos―. ¡Eso no está en el guion!
Me pongo de pie, temblando y como puedo. No me lo impiden. Desnuda, camino tambaleándome hacia mi albornoz para taparme, deseo taparme más que nunca.
―¡Tampoco estaba en el guion todo esto que me están haciendo! ―chillo, furiosa, entre lágrimas.
―Querida, ¡estás grabando una puta escena de violación! ¿Qué coño esperas? ¿Qué te traigan flores y te den besitos en la mano?
―Disculpa, Freddy, está nerviosa ―comenta el señor Hoover para mediar entre todos.
―¡Es una zorra! Si no entiende que está interpretando a una, esto no va a ningún lado... Mírale la cara, parece que viene de un velatorio... y la ha tenido en todas las putas escenas... No vale para esto.
Con rabia camino hacia él y le tiro encima el resto de la botella de cristal que sostenía en la mano. Se cubre y me mira con furia, le he hecho un corte en el brazo. Al director.
Estoy condenada, pero no podría importarme menos.
―¿Sabes para que no valgo? ―le susurro amenazante―. ¡Para que me veáis la cara de estúpida y os aprovechéis de mí! No soy tonta. Esto es una tapadera y yo he venido aquí engañada.
―Mia...
―Cállate ―corto a David Hoover. Porque de señor tiene bien poco―. Me largo de aquí.
No encuentro mi ropa por ningún lado; echo a correr hacia la carretera en albornoz y descalza mientras David viene detrás de mí.
―Menuda frígida, ya no valen para nada las actrices de hoy... ―comenta el desalmado director. Siento la tentación de volver hacia atrás y estrellarle otra botella en la cabeza.
Pero huir ahora mismo es mi prioridad. Camino lo más deprisa que puedo, corro, y hago todo lo posible por llamar la atención de algún vehículo por la carretera, pero él es más rápido y me detiene agarrándome del brazo de muy malas maneras.
Me hace daño.
―¡Suéltame, eres un monstruo! ―le acuso con asco y odio.
Él ríe con sorna y muestra su verdadero rostro, aquel que ya sabía, pero que me empeñé en no querer ver.
―Si te vas ahora y no acabas el rodaje, vas a conocer de verdad el tipo de monstruo que puedo llegar a ser. Y te prometo que no quieres verlo, Mia.
―¡Me has metido engañada en una película pornográfica de fetiches asquerosos y sucios! ¡Te has aprovechado de mí!
―Bueno... ―mira hacia arriba haciéndose el desinteresado―, se podría describir de ese modo. Pero no tienes idea de cuántas actrices comienzan así... Resistir esto es abrirte una puerta a la fama. Si te decía desde el principio que era una película para adultos te hubieses negado.
―Has violado mi intimidad y me has mentido descaradamente ―escupo. Y de repente caigo, su teléfono. Dios mío. Tiene muchas escenas mías de desnudos. ¿Cómo no me he dado cuenta?
Me abalanzo sobre él con las pocas fuerzas que me quedan mientras intento agarrar su móvil para estrellarlo, que le pasase encima un coche, pisotearlo, lo que fuera con tal de eliminar esas imágenes que ahora él poseía para sus mayores bajezas humanas.
La angustia me devora. ¿En qué me he metido? Desgraciadamente, él es más fuerte que yo y, tras forcejear un rato, me tira al suelo con relativa facilidad mientras las lágrimas acuden a mis ojos. ¿Qué he hecho?
―Está bien, lárgate, desagradecida. Mañana esto estará subido en todas las páginas; será un éxito, estoy seguro y la gente querrá más. Si cambias de opinión, ya sabes dónde estamos. Nosotros siempre ganamos y las zorras como tú siempre tienen la batalla perdida.