Dos como nosotros Capítulo 50
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Capítulo 50

C on una falsa sonrisa, como si no pasara nada. Así es como me enfrento a Adam cuando me lo encuentro el sábado dentro de la mansión de tres plantas de Aurora Bellerose en Hollywood Hills.

Todo el mundo está aquí. Famosos del mundo del deporte, del cine, de la música, y toda la prensa que te puedas imaginar, la más exclusiva de Estados Unidos, eso sí.

Los trabajadores se afanan en llevar, en lujosas bandejas negras, exquisiteces para todos los paladares y de todas las partes del mundo, aunque me da curiosidad comprobar que reina la comida mexicana, de la que Aurora al parecer es una gran amante.

Un DJ ameniza la velada y el choque de copas y risas completa la banda sonora de la noche. Adam y yo sujetamos las nuestras, sin alcohol por supuesto, uno enfrente del otro y, aunque intentamos conversar, nos está costando incluso más de lo normal.

Me parece llevar escrito un culpable en medio de la frente.

―Hay mucha comida latina ―comento, como quien habla del tiempo en un ascensor.

Aun así, Adam me sigue el juego.

―Pensé que lo sabías. Aurora es suramericana.

Recibo esa información con sorpresa, dando un trago a la bebida, que sinceramente está asquerosa.

―Pues no tiene nada de acento.

―Lleva bastantes años aquí ―informa y me imita mientras no me quita ojo.

Vaya dos. Hay más de cien personas por la casa y parece que nosotros dos tengamos una gran intimidad.

Me fijo en Aurora y Raven, que poco a poco se van acercando y relajándose ante la mirada de todos, dejando caer pequeñas pistas sobre la noticia que están a punto de lanzar.

La verdad que, mientras más los miro, menos me pegan juntos.

Una mujer elegante, sofisticada y discreta con un rockero con un estilo muy marcado y gustos excéntricos.

No pegan ni con cola. Pero aun así funciona.

Un golpecito en el hombro me hace salir de mis cavilaciones y, cuando me giro y descubro que se trata de Liam, literalmente me tiro a sus brazos. Siento que es como un salvavidas en medio de un naufragio.

―¿Qué haces tú aquí? ―le pregunto eufórica.

―¿Creías que una estrella de la NBA no iba a estar invitada a la mejor fiesta del año?

Veo que dedica una mirada rápida a Adam y se saludan ambos con un escueto hola. Nunca se llevaron mal, tampoco bien. Simplemente, coexistían el uno al lado del otro.

―Dime, ¿cómo estás? ―me pregunta mientras toma una copa de vino de un camarero que pasa por su lado―. Hoy por fin tenemos tiempo de sobra.

―Tengo mucho que contarte ―confieso, porque necesito hablarlo con un amigo.

Varios periodistas entonces nos interrumpen cuando ven a Liam.

Poco a poco, entre preguntas y fotos, lo van alejando de mí.

Me hace un gesto de disculpa y yo le hago otro de quitarle importancia.

Ya lo pillaría en algún momento de la noche.

Aún me parece increíble tener un amigo que logró su sueño y que se haya convertido en la superestrella que es; merece disfrutar de sus logros, me consta lo mucho que se los ha trabajado.

Adam sigue ahí en el mismo sitio, bebiendo champán con sabor a agua del fregadero espumosa y sintiéndose como yo, que no pertenecemos a este sitio.

―Al final no teníamos tanto tiempo... ―susurro intentando entablar algún tipo de conversación, comentando la salida de Liam―.Creo que voy a salir a tomar el aire a la terraza.

―Te acompaño.

―No es necesario, Adam.

―Sácame de aquí, Mia, por favor ―me ruega divertido―. Si escucho a alguien más quejarse de que su sirviente no le plancha bien la ropa o que su anillo tiene tan solo veinte quilates me voy a tirar por el balcón.

Sonrío genuinamente. Para dos como nosotros, criados en Santa Clarita, estas conversaciones eran algo absurdo.

―Además, tenías mucho que contar. Te escucho.

Siento ganas de decirle que él no es Liam, pero aun así asiento y salimos a la terraza, donde estufas enormes de gas nos dan calor y hay unas vistas preciosas de la ciudad con el sol cayendo en el horizonte.

Nos apoyamos en la barandilla de cristal, lejos de algún grupito más de personas que han salido a fumar o a tomar el aire. Siento automáticamente sus ojos encima de mí.

―Si quieres que te cuente mis cosas, me vas a tener que contar tú las tuyas primero ―comienzo―. Nos conocemos desde hace más de veintidós años, pero ha habido más peleas que conversaciones normales entre los dos. Quizá hoy podamos lograrlo como adultos funcionales que somos.

―Porque tú siempre empezabas ―ataca divertido.

―¿Quién es el que me tiraba de las coletas siendo una niña? Has sido un auténtico moscardón , reconócelo.

―Eras muy fácil de enfadar y eso siempre fue alucinante.

De cierta manera, sonrío.

―Echo de menos aquellos años ―confieso―. Aunque las cosas no eran perfectas y el abandono de mi padre nos pasó mucha factura..., en el fondo, la vida era más divertida riéndome con la tía Ava y sus cantares y peleándome contigo. También cantando a pleno pulmón a mis Back Street Boys, por supuesto.

Su mirada se suaviza. El viento le alborota un poquito el pelo oscuro. Qué guapo. Siempre lo ha sido.

―Ethan y Oliver se han portado como unos verdaderos padres para mí.

También los extraño, mucho. Si me pongo en su lugar, adoptar a un niño que abandonaron en un contenedor, que había pasado parte de su vida en un orfanato y que no aceptaba que lo podían querer de verdad, fue muy duro para ellos.

Por más amor que me daban, nunca creía merecerlo, y, por más que intentaban crear un hogar, el muro que levantaba y mi rebeldía siempre eran más fuertes que eso.

Si me portaba mal, me devolverían y nunca tendrían que sufrir que los arrastrase mi desgracia.

―El cómo llegaste a ellos y lo que pasó no te define, Adam. Siempre lo has llevado enquistado, como una mochila que no soltabas.

―Como tú con tu padre.

Asiento.

―El que mi padre nos cambiase por otra me hizo sentir que éramos fácilmente reemplazables.

Que no sirve de nada tanto esfuerzo y cariño.

Y a veces con ciertas personas así es, no sirve de nada.

Que no valíamos nada, ni éramos merecedoras de su amor.

Si te paras a pensarlo, Sullivan... ―lo miro―, no somos tan diferentes, al fin y al cabo.

Los dos necesitamos sentir que merecemos amor.

Sus ojos titilan cuando me miran transparentes y luego vuelve a mirar el horizonte; lo imito.

―He tenido un par de parejas ―confiesa y algo en mí se remueve al acordarme de Freya―.

Pero con ninguna funcionó. No era feliz en Nueva York.

La gran ciudad me tenía consumido, tanto en la universidad como en el trabajo.

Pasé años estudiando sin salir de mi cuarto para terminar trabajando en una empresa con miles de empleados que ni levantaban la cabeza de su ordenador ni había el más mínimo indicio de humanidad o compañerismo.

Me gusta mi carrera, pero no quiero pasar así el resto de mi vida.

―No me sorprende que estudiaras Empresariales, siempre se te dieron bien las matemáticas, para mi gran desgracia.

Ríe al recordar nuestras tergiversadas clases.

―Y tú, ¿cómo va tu sueño de ser Kate Winslet dos punto cero?

Junto mis manos sobre la barandilla para infundirme seguridad, porque automáticamente viene la lengua de Arthur a mi mente, Hoover grabando y esa sensación tan mala que tengo desde entonces.

―No es lo que imaginaba. ―Una sonrisa triste y apretada surca mi rostro―.

Los castings son complicados: demasiados requisitos, demasiada perfección, demasiado de todo...

Me gradué con honores en la UCLA, llevo años luchando, pero...

parece que nada da sus frutos. Estoy condenada a compartir piso con veinteañeros llenos de sueños rotos, como yo.

―Tienes un gran talento, Mia. Siempre lo he pensado.

―No sirve de nada si no puedo ganarme la vida con él ―suspiro desanimada―. Tengo un trabajo actualmente.

No sé ni por qué lo nombro. Tampoco por qué me sale abrirme con Adam de esta forma. Quizá porque me siento fuera de lugar, abrumada y demasiado sensible para ponerme el muro que siempre cargo. Igual que él.

―Es una peli de bajo presupuesto ―continúo al ver que él muestra interés―. Pero me está resultando... complicado.

―Nada en esta vida es fácil ―intenta animarme. Si él supiera.

Siento que está más cerca de mí y su brazo derecho roza contra el mío izquierdo en la barandilla. Juraría que es intencionado, pero intenta que se vea casual.

―Tuve también algunos novios ―cambio de tema, lo justo es que yo también exponga mis fracasos amorosos―.

Pero lo que sucedió con mi padre me dejó tocada.

Baja autoestima, desconfianza, infidelidades; la loca siempre era yo ante sus faltas de respeto...

No funcionó y me dejaron aún peor. Creo que estoy rota, en cierto modo, en ese aspecto de mi vida.

―Siempre hay un roto para un descosido, o eso dicen, ¿no? ―me sonríe y siento que el sol se detiene en el horizonte. Me pierdo en sus rasgos tan masculinos, en sus labios.

―Los que merecían ir a esa basura eran otros.

―El que os cambió por otra era un estúpido integral.

Su mano roza la mía, de un modo casi imperceptible. Y no la retiro. Porque me encanta sentirla justo ahí, pegada su piel contra la mía.

―Adam, lo que pasó la otra noche...

Él me observa con atención mientras nos miramos fijamente. Poco dura mi intento de pedir disculpas porque una persona del servicio nos grita desde la puerta:

―¡Están a punto de hacer el anuncio!

Nos alejamos el uno del otro como saliendo del trance.

―Será mejor que entremos ―susurra dando por terminada la conversación por ahora―. Quizá sean nuestros últimos minutos como compañeros de trabajo.

―Sí, mejor será.

Y entro tras él con un nudo en el estómago, pero con el corazón algo más vendado.