Dos como nosotros Capítulo 49
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Capítulo 49

―¡M ia, perdón, no sabía que estabas con alguien; joder, perdón! ―Se muere de la vergüenza mientras no sabe dónde mirar.

Adam se aparte de mí con una agilidad admirable y muerto de la vergüenza también.

―Lo siento. Mia estaba borracha y quería que llegara a casa bien; no es lo que parece.

―Sí que lo es ―contesto yo aún embriagada por el beso―. Pero no se deja...

―Me marcho ya ―me corta Adam dejándome ahí tirada bocarriba en la cama queriendo cada vez más―. Lo siento mucho, lo siento.

Stella le quita importancia al asunto mientras ambos desaparecen por la puerta y yo me quedo mirando el techo de mi cuarto medio ida, cuando la cara de mi amiga aparece en mi campo de visión al cabo de unos segundos de nuevo.

―Algo me dice que mañana te vas a arrepentir tremendamente de esto.

Y ya no escucho nada más, porque los litros de alcohol bebidos me llevan a la dulce inconsciencia.

A la mañana siguiente, me duele la cabeza como si me hubiesen hecho una lobotomía. Y el sonido estridente del móvil me taladra el cerebro aún más. Voy casi a gatas buscando el bolso en el suelo para descolgar y charlo un rato con Aurora, que se interesa por cómo estoy y si llegamos bien a mi piso.

La calmo y le pido disculpas por ponerme así; gracias al cielo, le quita hierro al asunto y quedamos en vernos el sábado en la lujosa fiesta que dará en su mansión de Hollywood Hills para hacer pública su relación.

Camino como puedo al baño, donde vomito varias veces y aprovecho para darme una ducha que de algún modo me despeja algo más.

Cuando llego finalmente al comedor una hora después, Stella y Tony me reciben con una sonrisita. Él detrás de su barra, donde se vuelve a colgar como un mono, y ella detrás de su sartén con el almuerzo que se está cocinando.

―Aquí está nuestra tiburona. ―Hace reír a Tony―. Te ha salido competencia, Tony; no veas qué tío trajo ayer, de lo mejorcito que le he visto.

―Si no me despiertan sus gemidos, no merece la pena ―comenta él divertido.

Los miro de hito en hito, suspirando, mientras me dejo caer en el sofá.

―¿Habéis desayunado payaso o qué? ―pregunto sin entender nada mientras enciendo la televisión y me acurruco en el sofá hasta que se me pase el mal cuerpo y esta resaca horrible.

Ellos se miran de nuevo extrañados.

―Ayer te emborrachaste un montón, jamás te había visto así ―comenta Stella.

―Lo sé, qué horror; no pienso hacerlo nunca más. Ni me acuerdo de cómo llegué aquí... Qué vergüenza con Aurora y con todos...

Ella deja la sartén a un lado y apaga los fogones. Se acerca hasta que se sienta a mi lado y vuelvo a abrir los ojos para mirarla. Su expresión es desconcertante.

―¿No recuerdas lo de anoche?

―¿Debería recordar algo?

Tony rompe a reír. Y ella, nerviosa, se echa las manos a la cabeza.

―Mia, estabas en tu cama besando a un tío. ¿Y me dices que no recuerdas nada?

El horror inunda mi cara. ¿Me lie con alguien de la fiesta? No puede ser, no recuerdo nada.

―Déjate de tonterías ―le pido asustada.

―Era un morenazo de metro ochenta con unos ojos azules impresionantes; los dos lo vimos, así que no tienes excusa.

Morenazo de ¡¿qué?!

La habitación comienza a dar vueltas de nuevo. Siento que me falta el aire.

―No puede ser... ―susurro―. Tiene que ser una broma...

―Mia, si era espectacular, joder; me alegro muchísimo por ti, llevas mucho tiempo sola y te merecías un homenaje. No te avergüences, de verdad. Ojalá me hubiese pasado a mí.

―Esto tiene que ser una pesadilla.

―Está tan poco acostumbrada que está en shock ―bromea Tony.

―La imagen fue espectacular; él sobre ella, encima de la cama, con las luces de la ciudad iluminada al fondo... De verdad, como en una película que... ―Me mira preocupada―. ¿Mia, estás bien?

Me levanto, necesito irme, a donde sea, a otro país, a otro planeta, a otra galaxia...

―Tengo que prepararme el guion para mañana ―abrupta, echo a correr por el comedor y desaparezco por el pasillo. Ellos se quedan a cuadros.

―Si es que siempre ha sido algo timidilla para estas cosas... ―le comenta Stella a Tony.

Me echo en la cama y me pongo un cojín en la boca para acallar mis gritos. Adam ¿encima de mí? Mi cerebro entonces parece reaccionar al fin y comienza a pasarme ciertas imágenes de la noche anterior como una panorámica.

Adam quitándome de encima a ese tío. Adam muy cerca en el ascensor. Adam entrando al piso. Adam bajándome la cremallera del vestido. Adam tumbado encima de mí, y yo abalanzándome a sus labios.

Chillo con más fuerza, sin cojín, y un ruido ensordecedor como de una bola de demolición acalla mi garganta. No puede ser cierto.

He besado a Adam Sullivan, y Tony acaba de cargarse la jodida pared.

***

Ese día no salgo de mi cuarto y ni Tony ni Stela se atreven a entrar.

Tan solo hablo un ratito con mamá y la tía abuela Ava, como siempre, que ya están enzarzadas junto con Ethan y Oliver organizando nuestra tradicional cena de Fin de Año a la que llevo años sin ir.

Estudio y estudio el guion que me dio el señor Hoover y mientras más lo hago más nerviosa me pongo.

Mi personaje es Linda, una chica cubana, inmigrante, que se gana la vida como prostituta mientras intenta vengarse de aquellos que la metieron engañada en esta red e intenta salir de ahí. Es una historia bonita, pero, sinceramente, con muchas escenas subidas de tono y delicadas.

Paso la tarde depilándome a conciencia y repasando las hojas una y otra vez, quiero hacerlo bien. Así que no descubro el boquete en la pared del salón hasta el día siguiente, cuando me marcho al rodaje.

Fulmino a Tony con los ojos, que está tirado en el sofá, despeinado, tragando su batido de proteínas.

―¡Es tu culpa por pegar ese grito! ―se defiende de mi mirada acusadora.

―Claro, nada tiene que ver que lleves forzando una pared de los años sesenta del grosor del canto de un libro durante años...

―Que vaya muy bien en tu trabajo, compi ―disimula con una sonrisa mientras me hace un gesto de ánimo y fuerza apretando el puño.

―Gracias. Pero lo vas a pagar tú ―sentencio señalando la pared y luego me marcho, con el corazón más encogido que nunca.

Grabamos en un local de las afueras que antaño era un taller mecánico.

No mentiré, el set tenía muy mala pinta.

Apenas me maquillan o me preparan para las grabaciones y me ponen un vestuario roto y ajado para grabar las escenas de cuando venden a Linda a la red de tráfico sexual.

Me meto tanto en el personaje que acabo pasándolo mal; incluso, uno de mis compañeros actores me arrastra del pelo para hacer que lo siga, cuando eso no estaba en el guion, estoy segura.

Pero, bueno, lo dejo pasar; imagino que así queda más creíble y mejor.

Aguanta, Mia, esta puede ser tu gran puerta al estrellato.

El señor Hoover se sienta al lado del director y de vez en cuando graba escenas del rodaje con su móvil.

La parte complicada llega cuando Linda ya está trabajando como prostituta y me colocan un conjunto demasiado sexy de ropa interior roja, que me hace sentir más expuesta que nunca.

Los diez miembros del rodaje son hombres, absolutamente todos, y para nada me hacen sentir cómoda.

Grabamos ahora en un hotel de mala muerte en Skid Row, el barrio más decadente de Los Ángeles en todos los sentidos.

Mientras entramos, temo por nuestra integridad; dentro, la cosa tampoco mejora.

Ahí es cuando reconozco a mi compañero de reparto, me dice que se llama Arthur y que hablamos el otro día en la fiesta de la terraza.

Tengo el recuerdo muy borroso, pero me da algo de confianza que no sea un completo desconocido.

Quizá Adam exageraba con él y solo quería hacerse más cercano a mí por las escenas que estábamos a punto de grabar.

Me tumbo en la cama, respiro profundamente y, cuando el director grita acción, apenas tengo tiempo a meterme en el personaje.

Arthur me manosea y pasea su boca por todos lados de una forma que me hace sentir violenta.

El director lo nota y nos hace parar.

―Lo siento, es que me ha pillado de sorpresa ―me disculpo con los miembros del equipo y con Arthur. Aunque parece que mi perdón no sirve para que quiten sus caras de amargados.

―Mia, no me hagas perder dinero. Me han dado muy buenas referencias de ti. ―Mira al señor Hoover, que como es habitual está sentado a su lado y con el móvil siempre en alto, grabando.

―Lo siento.

Me disculpo de nuevo con un hilito de voz, decepcionada y algo asustada. Tengo que concentrarme, tengo que meterme en el personaje. Cuando gritan acción de nuevo, Arthur me besa directamente en la boca y siento asco real.

Intento meterme en el personaje; sentir odio, asco y rabia es natural en Linda, está obligada a hacer esto con hombres desconocidos mientras teje su venganza.

Cuando me libera la boca, intento seguir el guion y decir mis frases mientras Arthur no deja de manosearme: me desabrocha el sujetador y lo lanza al otro lado del cuarto, mostrándose un hombre sin corazón.

Su personaje, claro. Está muy metido en el papel.

Mis pechos quedan expuestos y siento unas enormes ganas de taparme y echar a correr.

Ese corten se siente como palabras de un ángel; camino medio desnuda y recojo todas mis cosas para taparme mientras el señor Hoover no deja de grabar.

Ellos me felicitan por mi actuación, pero yo necesito una buena ducha cuando llego a casa.

Siento las manos asquerosas de Arthur en todos lados, su lengua dejando un rastro húmedo a cada paso y me dan ganas de vomitar. Pero, en cambio, lloro a escondidas y dejo que el agua, que se lleva toda esa mala sensación, se lleve también mis lágrimas.

No es esto lo que yo soñaba, no es esto lo que me hace sentir bien. Mi sueño siempre fue ser actriz, pero de alguna forma, ahora que estoy metida en ello, no me está haciendo feliz del modo que imaginé. Y el señor Hoover grabando tanto... ¿Qué necesitaba ver?

Me paso el resto de la semana extremadamente seria y con ganas de llorar.

Doy gracias a que el evento de Aurora y Raven sea en unos días y me dé tiempo a asentarme un poco.

No tengo el siguiente rodaje hasta dentro de una semana e intento serenarme y centrarme en otras cosas, como charlar con Liam y mi familia, y buscar castings diferentes.

Pero la mente no deja de irme a mil por hora: el rodaje, la mala sensación, el beso de Adam... La fiesta llega antes de que me dé tiempo a digerirlo.

¿Con qué cara le voy a mirar?

¿Con qué cara voy a mirar a todos?