Capítulo 48
F reya lo abraza, alegrándose de tenerlo cerca. Sea cual sea el vínculo que une a mi antiguo vecino y a esta chica, es estrecho, por la forma en que ella se le cuelga del cuello y él la mira. Después, parecen reparar en mí. Pero no quiero ser una cotilla y, la verdad, me apetece salir huyendo.
Antes de que Adam abra la boca, le corto:
―Iré a por algo de beber, os dejo solos.
―Mia...
Me pierdo entre la multitud a toda velocidad mientras intento descifrar qué me pasa y por qué he perdido todas las ganas de disfrutar esta noche.
Imagino que Adam es mi único anclaje a este mundo de personas en el que no encajo.
Aunque intento esconderme de todos bebiendo un poco de refresco en una esquina, pronto algunas personas me reconocen como la asistente de Aurora y me animan a unirme a sus círculos de manera amable, o al menos eso parece, hasta que me empiezan a preguntar cosas personales de ella, que se encuentra deambulando por la fiesta también, al igual que Raven, cada uno en un punto de la terraza y sin levantar sospechas.
Observo de vez en cuando a Adam con disimulo, que sigue charlando animadamente con esa belleza neoyorquina. Sonríe y ella sigue tocándolo siempre que tiene ocasión y utilizando la música de excusa para acercarse a su oído.
Retiro la mirada. Siento un vacío en el estómago. Aurora interrumpe mi crisis sentimental.
―¿Qué haces aquí sola? ―Me toma de la mano, animada, mientras me arrastra por la terraza―. Vente, va a empezar la cata.
―No bebo alcohol, Aurora.
―Es un día, venga ya, no seas aguafiestas. Quiero que te diviertas.
―Esto no es buena idea.
―Ya verás que sí.
Llegamos al borde de una bonita barra oscura llena de luces y de copas con líquidos de mil colores.
Más personas ya nos esperan, y el barman, detrás de ella, comienza a explicarnos los distintos tipos de alcohol de la marca que hoy se promociona y todas las combinaciones explosivas que se pueden realizar.
No dejo de ver flashes, personas, pero mi vista siempre viaja a Adam, esté donde esté.
Cojo una copa, maldita sea, y me la bebo de un trago.
Siento que me quema hasta los pensamientos.
Aurora ríe. Y me anima a probar alguna más, más calmada, y yo entro en el juego.
Porque hoy me siento rara, porque hoy necesito de algún modo evadirme como si fuese una adolescente inmadura que piensa que el alcohol la va a hacer sentirse mejor.
Cuando beber de más siempre me había empujado hacia una dirección: los brazos o los labios de Adam, como aquel día en el armario o ese beso después de la graduación.
Aunque tan equivocada no estoy, porque, después de cuatro o cinco copas, siento que la noche se vuelve más divertida.
Río con Aurora y con desconocidos, bailo con chicos que no sé ni quiénes son; incluso Derek Montague está aquí y me hace dar vueltas en la pista.
Me siento bien, me siento guapa y esta noche es espectacular; que más me da mi vecino y que más me da esa Freya con sus uñas bien hechas.
―Mia, mira que me gusta divertirme, pero deberías parar ya... ―Aurora me quita la copa de la mano entre risas.
―Pero si estoy bien ―me quejo mientras le hago un mohín.
―No lo estás. Estás bastante alegre. ―Esa palabra suena con segundas.
―Tú querías que me divirtiera..., pues eso hago.
―Por supuesto, pero no quiero quedarme sin asistente por un coma etílico.
―¡Qué dramática! ―Bailoteo con Derek otra vez y ella me separa de él.
―Anda, ve a sentarte un poquito allí ―me señala una zona lounge con sofás oscuros y velas, donde hay gente charlando y otros dándose el lote―. Y aléjate de Derek. Colecciona chicas ingenuas de la gran ciudad con sus encantos. Ya estamos casi terminando, le pediré a Vincent que te lleve a casa.
―Te obedezco porque eres mi jefa, que si no...
Me alejo de manera torpe, ya que siento que mis pies pesan una tonelada. Cuando me dejo caer en el sofá más alejado de todos, me llevo las manos a la cabeza. Me duele horriblemente. Quizá sí que me he pasado un poquito.
Maldito Adam. Un hombre en sus cuarenta se sienta a mi lado y me sonríe de manera muy especial. Estoy algo aturdida, pero aún me queda consciencia para notar que está coqueteando conmigo. Mi cerebro se queda solo con algunas palabras de su discurso.
―... podemos ir a mi casa a continuar la fiesta. Conocernos un poco más, ya que vamos a trabajar juntos...
―Lo siento, pero ¿quién eres? ―le pregunto de forma poco atractiva.
―Arthur. Soy Arthur.
―Yo soy Mia ―le contesto asintiéndole; la verdad, es una charla sin sentido.
―Lo sé, vamos a trabajar juntos...
―¿Trabajar? Uf, no estoy para trabajar ahora mismo. ―Me echo hacia atrás en el sofá y siento su mano en mi pierna desnuda.
―Primero el placer, luego ya vendrá lo demás...
De repente, se retira de manera brusca. Un borrón negro lo ha cogido del brazo y lo ha lanzado de una forma muy poco amable al otro extremo del sofá. Puedo escuchar que Artie, o como se llame, insulta a otra persona. Me duele demasiado la cabeza. Que se callen ya.
―No vuelvas a tocarla. ¿Me has entendido?
Luego me toma del brazo con más delicadeza y me arrima a su cuerpo.
A pesar de mi estado, su aroma es difícil de opacar con alcohol.
Incienso, familia, Adam. Me sujeta del brazo y de la cintura mientras me conduce hacia la salida.
Aurora se acerca a nosotros preocupada por la escena que ha presenciado.
―La llevaré a casa. Os informo cuando la deje para que os quedéis tranquilos.
―Mia, descansa ―me dice con cariño mientras llama el ascensor por nosotros y nos ayuda a entrar.
Apenas tengo recuerdo de recorrer la ciudad en los brazos de Adam, pero, cuando recupero a ratitos la sobriedad, sus brazos que me envuelven son todo lo que puedo sentir. Y sorprendentemente, y aunque tengo unas ganas de vomitar terribles, me siento en paz.
Cuando bajamos del coche, Adam me pide permiso para rebuscar en mi bolso las llaves y me ayuda a subir las escaleras hasta que llegamos jadeantes a la puerta.
Entonces se las arrebato.
―Vuelve a la fiesta, Adam. Te están esperando.
―No me iré hasta que no te quedes a buen recaudo. ―Su voz suena dura y a la vez con una nota de preocupación que pocas veces le he escuchado.
Intento encajar la llave en la cerradura, pero se me hace un mundo y la hago chocar contra todos lados menos contra donde es. Él me las vuelve a quitar y abre con una facilidad que, ahora mismo, me parece heroica.
Y me insta a caminar hacia mi cuarto. Le doy las señales para llegar hasta él.
Comienza a pasarse un poquito el mareo cuando no sé cómo se las ingenia para darme un vasito de agua mientras aún seguimos de pie.
Hasta que no acabo de bebérmelo, no soy consciente de que estoy sola y borracha con Adam por primera vez en mi habitación.
Con el efecto del alcohol disminuyendo un poco, ahora me siento aturdida.
―Deberías ponerte el pijama y dormir.
Asiento, mareada y avergonzada.
―Te lo agradezco, Adam. ―Mi voz suena pastosa―. Ya estoy bien, estoy a salvo y le has pegado a un tío por mí.
Su risa llena mis oídos.
―No le he pegado a nadie, Mia, solo lo he apartado. Ese tío te estaba...
―Me estaba haciendo sentir guapa y especial, cosa que necesitaba mucho esta noche ―suelto sin pelos en la lengua―. Ya que cierto acompañante me ha abandonado a mi suerte.
―¿Qué me quieres decir con eso?
―¿Yo? Nada..., pero estaba sola y necesitaba diversión.
Tú ya tenías compañía y de lo segundo también.
Cuando un pavo real aparece, el burro deja de ser interesante...
y el burro busca quien lo vea como a un pavo real...
y bebe para convertirse en uno bonito con esas plumas impresionantes, pero el burro no es pavo y el pavo es otra...
―¿Qué estás diciendo? ―Su mueca es muy divertida en estos momentos y a la vez intensa.
―Eres tú el que no quiere entender, me explico perfectamente bien. ―Me quito el bolso y lo lanzo a un rincón―. Vuelve a la fiesta con tu Fresa y déjame en paz. Esa fresa jugosa que quieres comerte y yo dormiré como un plátano abandonado.
No deja de reír divertido y me pone de mal humor. Batallo con el vestido, y él se acerca a ayudarme, aún entre risas. Intento que no me toque y le doy algún manotazo, pero él insiste y logra bajarme la cremallera sin apenas esfuerzo.
Siento que mi espalda arde cuando noto sus nudillos contra esa zona de mi anatomía, mientras baja.
Las risas cesan. Cuando me giro para enfrentarlo y volver a intentar que se vaya, su expresión es otra muy diferente.
Intensa, oscura, brillante. Su boca se entreabre.
No dejo de pensar que estamos solos en mi cuarto y mis compañeros dormidos, o haciendo el amor, claro.
―¿Estás celosa, Mia? ―pregunta en un susurro cargado de intenciones.
Le mantengo la mirada unos segundos. Y finjo una sonrisa.
―Puede. ―Maldito alcohol.
Él se acerca aún más a mí. Casi se rozan nuestros pechos.
―Freya es mi exnovia ―confiesa y esas palabras hacen que el suelo de algún modo se me hunda.
Yo también tengo exnovios... Han pasado muchos años, es normal haber tenido una vida..., supongo.
―No me tienes que dar explicaciones ―le corto.
―Pues parece que sea lo que quieres, cuando hablabas de fresas, pavos y burros, de una forma tan enigmática.
―Vete, Adam, quiero dormir.
―Lo nuestro acabó hace algunos años. Simplemente tenemos una relación cordial.
―¿Quién mantiene con sus ex una relación cordial? Yo a los míos quiero quemarlos en leña del infierno.
Vuelve a reír.
―Estás muy graciosa cuando bebes, nunca te había visto así.
―Ni yo te había visto nunca así de guapo.
―Mi lengua va más rápido que mi cerebro.
Pongo una mano sobre mi boca intentando contenerme a mí misma―.
Lo siento, menudas tonterías estoy soltando, es que no me encuentro bien...
―Me paso las manos por la cara, agobiada, abrumada por todo lo que siento, tanto bueno como malo, a causa del alcohol.
―Será mejor que me vaya. ―La oscuridad no abandona sus ojos. Hambrientos de algo que no sé descifrar. ―Descansa.
Intento quitarme los zapatos de tacón, pero pierdo el equilibrio de repente y él se apresura a agarrarme antes de que me caiga al suelo y, de algún modo, como a cámara lenta, caemos sobre la cama.
Y él sobre mí. Peligrosamente cerca el uno del otro.
Nuestras narices se rozan. A pesar de lo violento de la situación, ninguno de los dos se aparta.
―Si me preguntas, Mia ―susurra él contra mi boca―, siempre me han gustado más los burros y los plátanos.
―Adam... ―sujeto el cuello de su camisa negra―, no te vayas.
Él me observa muy de cerca y el verde de mis ojos se funde con su azul intenso. Siento unas tremendas ganas de hacer algo más. ¿Debería hacerlo? Noto que se pone tenso sobre mí. Y, al cabo de unos segundos, intenta levantarse, pero se lo impido.
Él traga saliva, incómodo, y anhelante me mira los labios.
―Estás muy borracha, Mia; tengo que irme. Podemos hacer algo que...
No le da tiempo a acabar la frase porque, con delicadeza, estampo mis labios contra los suyos en un abrir y cerrar de ojos.
Y siento que la habitación gira de un modo más agradable.
Cómo echaba de menos esos labios carnosos y cálidos, que ahora también me devuelven, de cierta forma, un beso discreto, tímido, pero hambriento, que dura demasiado poco, ya que se aparta de repente y, cuando me vuelvo a acercar quejándome por su lejanía, él me sujeta los brazos contra la cama y respira agitado.
Los labios me cosquillean y el corazón también. Justo como cuando nos besamos en nuestra calle después del baile, al igual también que el impulso que sentí en aquel teatro.
Hago otro intento de acercarlo a mí; esta vez él cede y dejo de nuevo un beso rápido en sus labios. Puedo ver un dilema en sus ojos, el mismo que siento yo, porque a la vez quiero más, pero sabemos que no podemos.
Moscardón y Pelopaja son enemigos acérrimos, no hay cabida para ser otra cosa más. Noto cómo se contiene, cuando la puerta se abre de repente y Stella suelta un grito que hace que se me vaya la borrachera casi de repente.