Capítulo 46
L os rayos de sol entran con fuerza por la ventana de mi habitación y golpean directamente en la pantalla del ordenador, impidiendo que vea las largas listas de casting en los que estoy sumergida desde hace horas.
Bufo con fastidio, nerviosa, y Stella me lee la mente cuando se levanta y deja que las cortinas alivien tanta luminosidad.
―Gracias ―le susurro con cansancio mientras ella vuelve a echarse en mi cama pensando y escribiendo letras para sus canciones.
―No me las des, es un favor que me hago a mí misma para dejar de escucharte bufar como un gato enervado.
Me giro en la silla para mirarla.
―Sé que siempre lo digo, pero es desesperante. En serio, no sé cómo encontrar a esa niña que practicaba en el espejo a diario a ser la siguiente Kate Winslet mientras escuchaba a los Back Streets Boys.
―Bueno, lo de escucharlos no lo has perdido, nos das bien la tabarra con ellos aún.
―¿Qué hay de mal en mí?
Se sienta en la cama al notar mi angustia. Y me señala.
―¿Sinceramente? Creo que no hay nada malo, el problema está en la industria.
―¿Y cómo la venzo para entrar en ella?
―Ojalá lo supiese, Mia, también yo sería una cantante famosa que llena estadios si conociese el secreto. Quizá..., no sé, intentar ramas diferentes en las que poder entrar, yo me estoy pensando ir a American Idol, pero a mi familia le daría algo.
Le sonrío. Y estoy a punto de darle ánimos también, cuando mi teléfono vibra. Tengo un correo electrónico entrante. Mi cuerpo se pone en modo alerta en cuanto veo que el remitente es David Hoover. Lo abro e intento disimular.
Tengo un papel perfecto para ti.
Ven a verme a mi despacho, el lunes a las 11.00.
―¿Te ocurre algo? Se te ha descompuesto la cara.
Dejo el móvil encima del escritorio, el lunes es dentro de tres días.
―Me ha llegado una oferta de un casting y me he puesto algo nerviosa ―le digo la verdad y omito en parte la historia que tanto me desconcierta―. Cuéntame más sobre tu familia, nunca me has hablado de ellos.
Intento cambiar de tema para no contarle todo el miedo que me da ese señor.
―Oh, pues ellos... viven en Inglaterra. ―Su voz se nota algo incómoda.
―Eso es superguay ―exclamo. Siempre he querido conocer ese país.
―Bueno, no tanto; como buenos ingleses son bastantes exigentes y perfeccionistas y no están muy de acuerdo con que quiera ganarme la vida cantando. Quieren que me quede en la empresa familiar.
―¿Hasta negocios propios? Eso es mejor aún.
―No te creas, me vine en busca del sueño americano y espero conseguirlo. No he nacido para contar billetes de esa manera...
Unos gemidos interrumpen nuestra conversación. Nos miramos casi boquiabiertas y aguantando una sonrisa cuando nos damos cuenta de que proceden del cuarto de nuestro compañero de piso.
―Este algún día va a mudar el pene por el sobreesfuerzo, como las serpientes mudan la piel.
Ambas reímos con ganas mientras volvemos a nuestros quehaceres con unos magníficos gritos que indican que la pobre diabla de hoy ha llegado al clímax.
―Por todos los santos ―exclama Stella―. ¡Qué sola estoy!
A las nueve de la noche, ya me he ataviado con un vestido azul oscuro, que resalta mi pelo y mis ojos, unas cómodas botas negras y una chaqueta gordita para hacer frente al frío exterior.
Decido dejarme el pelo semirrecogido y, mientras espero a que Vincent me recoja, charlo con mi madre y con la tía abuela Ava por videollamada.
Me parto de la risa cuando mi madre me cuenta que han comprado una piscina de plástico para el patio porque la tía quería, a sus noventa y largos años, aprender a nadar.
La veo pataleando dentro del agua, de manera torpe pero feliz, mientras nos da algunos sustos, y eso que el agua tan solo le llega a la cintura. ¡Se iba a congelar! Y a coger una pulmonía.
Cuando recibo la llamada entrante del chófer les digo adiós y corto justo en lo mejor, cuando Jiggly salta también al agua con ella, y mi madre grita que salga.
Bajo las escaleras del edificio con una sonrisa y una especie de losa en el pecho.
Verlas siempre me recuerda lo felices que éramos las tres allí cuando era pequeña. Las echo mucho de menos. Demasiado.
Cuando me subo al coche, Vincent me comenta que, esta vez, Aurora ha sido invitada al reestreno del musical Wicked , que, con un lavado de cara y nuevos actores, pretende arrasar otra vez en la ciudad.
Aurora asiente complacida por su explicación, ya que adora los musicales, y se retoca el maquillaje con su espejo de mano mientras vemos aparecer las enormes letras del Pantages Theatre, cuna de grandes musicales de la ciudad.
―Yo me bajaré aquí, los paparazzi y los fans me esperan. ―Me tiende un par de entradas―. Son para un palco privado. De las mejorcitas. Espero que Adam y tú las disfrutéis. Nos vemos de nuevo en la puerta de atrás cuando acabe.
Las tomo disimulando un poco el nerviosismo; otra vez él y yo a solas.
Qué bien, pienso con ironía. Asiento y le doy las gracias mientras sigo dándole vueltas a por qué es tan generosa conmigo.
Sí, soy su asistente, pero tampoco es que haga nada del otro mundo; es más, me compra las entradas más exclusivas y la mejor ropa para acompañarla a sus eventos.
Ella se baja del vehículo mientras una multitud de flashes y gritos se la traga. Yo hago lo mismo, pero en la calle trasera y entro al teatro por la puerta de atrás. Aún no ha llegado Adam, imagino que Raven llegará a otra hora para no levantar sospechas.
Los trabajadores del teatro, muy amablemente, me dan el programa de mano y me acompañan a mi palco hasta que estoy acomodada en mi butaca de terciopelo rojo.
Dedico bastantes minutos a admirar la belleza del interior mientras se va llenando.
De estilo art déco y bastante palaciego, su techo está lleno de ornamentos labrados y una magnífica lámpara de araña, que es la protagonista.
Protagonista es también un enorme escenario, donde veremos, por lo que leo en el programa, una historia sobre las brujas del Mago de Oz.
Iba a ser interesante, sabía que era un musical famoso, pero nunca había visto algo igual. Sería bonito estar disfrutando de esto con mi familia, con Liam o con algún amor...
La cortina se abre de repente, como bajo un hechizo, y su olor me llega antes que su saludo cuando se acomoda a mi lado. Oscuro, arrebatadoramente guapo. Verlo a él en este lugar triplica su atractivo.
―Hola, Mia. Al final, a lo tonto, vamos a ver los mejores espectáculos de la ciudad de Los Ángeles; casi me están haciendo cambiar de opinión con que les dure poco su romance. Puede durarle lo que quieran mientras podamos disfrutar de todo esto.
―«No hay mal que por bien no venga», dicen.
―Pues ni tan mal. ―Su sonrisa casi hace que mi programa de mano se vaya derechito al suelo, pero aprieto su agarre justo cuando apagan las luces y me siento más tensa aún.
Aun así, intento centrarme en la historia que se representa abajo, donde una repudiada bruja verde y una bellísima bruja rubia crean una amistad contra todo pronóstico, que luego se ve algo chafada por un amor y por las ansias de justicia de la verde, de la que aún no me aprendo el nombre.
Pero eso no importa, porque estoy hipnotizada viendo cómo lucha por sus sueños y sus creencias, y cómo esa amistad y ese amor se abren paso a pesar de la adversidad.
Esas canciones se me meten dentro y hacen que mis ojos lagrimeen.
Cuando cae el telón, estoy hecha un mar de lágrimas silenciosas, muy emocionada.
Jamás había visto algo así. Aplaudo con ganas mientras Adam me acompaña.
Después, los actores saludan y sigo aplaudiendo enormemente, incluso cuando hacen subir a Aurora y a Raven como las dos estrellas invitadas, sin que nadie sospeche que son pareja, claro.
―Cógelo, anda. ―Adam me tiende un pañuelo de papel. ―No sabía que te emocionaban tanto los musicales.
―Ni yo tampoco ―río, un poco avergonzada, mientras me seco las lágrimas y nos sentamos de nuevo en las sillas esperando a que el teatro se vacíe.
―Es una historia bonita ―comenta él, creando tema de conversación―. La historia de Elphaba... No deja de ser una chica que no encuentra su lugar en el mundo. Creo que todos nos hemos sentido así alguna vez.
Asiento mientras me sueno la nariz de una manera muy poco romántica.
Sus palabras me transportan años atrás, al Adam que, con su rebeldía infantil y su pasotismo adolescente, no acababa de encajar con los Sullivan, a pesar de todo el amor que Ethan y Oliver le daban.
Lo entiendo, en el fondo, él siempre tendrá una manchita donde será el Adam que tiraron a un contenedor de basura y yo la niña a la que su padre abandonó.
Esas manchitas nunca se borran, se quedan ahí incrustadas y nos enseñan a tener que vivir con ellas. Quizá hasta nos hagan ser quienes somos hoy.
―Me han dado ganas de volverme a subir a un escenario ―confieso paseando mi mirada por todos los recovecos del teatro de nuevo. Y recordando mi época del instituto y las obras que realizábamos―. ¿A ti no?
―¿Después de lo que pasó la última vez que me subí? ―Me mira con cierta diversión―. Mejor, alejadito.
Suelto una risa contenida. Y me muero de la vergüenza a la vez.
―¿Todavía estás con eso? Esa obra de teatro y ese beso...
―Un trauma no se olvida tan fácilmente, Mia, deberías saberlo mejor que nadie.
―Desde luego que sí, ya que criarme contigo me ha traumatizado de por vida.
A pesar de que estamos lanzándonos diversas pullas, el ambiente se siente en cierto modo distinto.
Me sostiene la mirada y al cabo de un rato soy yo quien la tiene que apartar.
Todo me ha tocado el corazón demasiado esta noche.
Me centro en secarme las lágrimas que quedan con el dorso de la mano, teniendo cuidado con mi maquillaje para no parecer un oso panda.
―Será mejor que bajemos, ya se han marchado casi todos.
Él rompe el intenso contacto visual y, tras levantarme de la silla, descorre la cortina de terciopelo rojo para darme paso, como un gran caballero.
Y, aunque sé de sobra que no lo es, ese gesto, esta noche, me conmueve.