Capítulo 45
G uardamos silencio el resto del partido intentando concentrarnos en disfrutar.
De vez en cuando, mientras animamos, nuestras rodillas se rozan, y eso, junto a todo lo que ha pasado, me hace olvidar bastante el acoso del señor Hoover.
Cuando el partido termina, caminamos de nuevo al punto acordado con Vincent, un punto algo alejado del estadio y discreto, para que cuando lleguen Raven y Aurora nadie los pueda descubrir.
Nos queda rato esperando porque serán de los últimos en abandonar el edificio, pero ha sido un partido increíble y los Lakers han ganado.
Una noche redonda. Si tan solo no estuviese tan sumamente incómoda con Adam y no hubiese recibido un mensaje de Liam diciéndome que tenía mucho que contarle... Los dos esperamos en la acera en silencio como pasmarotes a que aparezcan nuestros jefes, Vincent y el otro chófer de Raven.
―¿Te duele mucho? ―pregunto rompiendo el silencio y señalando su mano.
―No es gran cosa, Mia, no te preocupes. Peor hubiese sido tu cara si ese balón le llega a impactar.
―Lo mismo me hubiese arreglado ―contesto bromeando.
Él sonríe.
―Si con ello hubiese provocado que dejases de pelear conmigo, quizá debería haber dejado que te diera.
―Sería raro no estar peleando contigo ―contesto con sinceridad―. No tenemos otro modo de comunicarnos nosotros dos.
Vuelve a reír negando con la cabeza ligeramente.
―Pues estas semanas prepárate argumentos, porque tenemos varios eventos más.
Raven me comentó que asistiremos a la fiesta de unas marcas de alcohol, al estreno de un musical, y están pensando en dar una superfiesta en casa de Aurora para hacer la noticia oficial.
Y quizá ahí nos liberen de estos tormentos...
―Me estoy acordando horriblemente de mi madre ahora mismo, debería haber estudiado otra cosa. La vida sería distinta si fuese una amable enfermera en Santa Clarita, sin tantos rompederos de cabeza por castings, preocupación por mi futuro y tanto evento del que estoy deseando marcharme.
―Pero también sería mucho más aburrida, ¿no crees?
―No me digas que no te acuerdas de Nueva York y tu puesto de trabajo allí.
―Bueno... ―pensativo, me mira―. Pagaban bien, hacía mis cuentas y me iba a casa. Pero esto es más divertido en cierto modo.
―Todo plan que implique molestar a tu exvecina lo es siempre.
―Todo plan que incluya a mi exvecina es más divertido, sí.
Escuchamos murmullos de personas en la distancia y podemos observar cómo Raven y Aurora, tapados hasta las cejas, caminan en medio de un corrillo de tíos enormes de seguridad, viniendo hacia nosotros.
―Descansemos de la diversión por esta noche.
La siguiente semana se me pasa volando asistiendo a los castings , de los que obtengo negativas de todos, para variar.
Menos de un anuncio de detergente; se ve que debo tener cara de ama de casa cansada a la que un detergente le soluciona la vida.
Lo grabo ese mismo día, de hecho, y me pagan al contado trescientos dólares, con los que camino apesadumbrada por Hollywood Boulevard, muy bien peinada por la grabación, mientras piso estrellas de la fama de personas que nunca seré yo.
No sé qué más hacer. O cómo debo actuar.
O qué hay de mal en mí. Me asusta pensar el hablar con Hoover y ceder a sus deseos para poder llegar a ser algo o alguien. Me asusta de verdad.
Mi teléfono suena y veo el nombre de Liam en la pantalla. Automáticamente me siento aliviada.
―Liam...
―Te veo a las nueve en Crazy Burguers, creo que necesitas una buena hamburguesa pringosa y a un buen amigo. No acepto un no.
―Nos vemos allí ―río.
En el local hay muy poquita gente, siendo martes, lo que me reconforta después de tantos días con Aurora siempre en el foco de lo público.
Me siento en uno de sus sillones mullidos estilo años setenta, como el resto del local, y poco después llega Liam, ataviado con su chaqueta de los Lakers, y me da un gran abrazo.
―Veo que te gusta pasar desapercibido ―contesto con ironía señalando su atuendo.
―Siempre es un orgullo llevar el nombre del equipo en alto.
―Me mira con mucho interés cruzándose de brazos encima de la mesa, como hacía de adolescente, y le pide a la camarera un par de hamburguesas de las más engordantes , con dos buenas cervezas.
Se lo agradezco, porque la iba a necesitar, aunque casi nunca bebía ya, ni él tampoco―.
¿Qué fue eso? ¿Tú y Adam Sullivan viendo un partido de los Lakers?
Pensaba que me habían echado droga en el agua, te lo juro. ¿Qué cosas no me cuentas?
―Directo al grano. Es una historia muy larga.
―No tengo partido hasta el sábado.
Reímos mientras llegan las cervezas. Él le da un trago a la suya y yo otro a la mía más grande. Buah, tan mala como siempre. No sé por qué la bebo, pero necesitaba cierto empujón para contar mi desgracia.
―Para un trabajo bueno que consigo y que me pagan bien, como asistente de Aurora, no se le ocurre otra cosa que echarse un novio famoso.
―¿Aurora tiene novio?
―Que quede entre nosotros, por favor; lo llevan con tal secretismo que más bien pareciese que están preparando una bomba nuclear para destruir a la humanidad, que acostándose juntos.
Liam ríe como hacía tiempo que no lo veía reír.
―¿Y dónde queda Adam en todo esto? ¿De dónde ha salido ese tío?
―Es el asistente del novio de Aurora. Y ahora los dos nos dedicamos a tener citas forzadas mientras nuestros jefes se dan amor. Una ironía de la vida.
―¿Pero no estaba en Nueva York?
―Su empresa quebró. Y justo le salió esta oportunidad, ¿te lo puedes creer?
―Lo que me creo es que durante toda tu vida, por más que quieras huir de Adam Sullivan, está más que visto que será una misión imposible.
Resoplo, fastidiada, mientras nos dejan las hamburguesas calentitas en la mesa, con un aroma que me abre totalmente el apetito.
―¿Puedo ser más desgraciada, amigo mío? Al menos esta cerveza y esta hamburguesa harán que mi vida por unos instantes no apeste. También el que no esté escuchando a Adam decir estupideces a mi lado ayuda bastante en estos momentos. ¿Te puedes creer que otra vez está con la misma tontería?
―¿Cuál de todas ellas según tú? ―Abre la boca para engullir un bocado cual pitón hambrienta.
―¡La de que estás enamorado de mí! ¿Te parece poco?
Se atraganta y tiene que dejar su hamburguesa en el plato y beber agua luchando por su vida durante unos segundos.
―¿Ves? Si es que hasta tú te impactas del tamaño de tremenda tontería. No sé qué pretende diciéndome esas cosas.
―Me hizo muy feliz verte en el partido ―me dice con cariño cuando recupera el aire―. Y siempre te he querido mucho, Mia..., no deja de ser verdad.
―Ya lo sé, y yo a ti, tontito; sé bien que como amigos. Pero, como siempre, él llega a meter cizaña.
―Por supuesto, como amigos ―Liam calla y le da otro bocado a la hamburguesa―.
Y, como tu amigo, me gustaría que me tuvieses más actualizado con todo.
No pienses en mí como la estrella del baloncesto que siempre está ocupada.
Piensa en mí como Liam, tu vecino y tu amigo; quiero estar en tu vida, Mía.
―No quiero molestarte... Mi vida es... siempre igual, no paso ni un casting, no tengo un duro en el bolsillo y ahora ha llegado Adam para hacerla aún mejor. ―Me toca a mí morder ansiosa la hamburguesa y se me mancha media cara.
―Tú nunca molestas, Mía. Cuéntame más. ¿Cuándo quedamos de nuevo?
Me tiende una servilleta para limpiarme con cariño la mejilla y pasamos el resto de la noche entre sus anécdotas de baloncesto, sus cotilleos de los famosetes y mis desgracias. Hablar con él me libera y cuando me da otro abrazo de despedida lo atesoro para coger fuerzas.
Quedamos en vernos pronto, en cuanto él acabe sus partidos de liga y vuelva a la ciudad.
Cuando paso por Hollywood Boulevard, más concretamente por el lugar en el Stella suele ponerse a cantar a cambio de propinas de generosos oyentes, ella está recogiendo sus cosas. La saludo y volvemos a casa juntas.