Capítulo 43
―«E s un sabor fantastigenial, es un sabor que nunca olvidarás, chocolate Mercal, chocolate especial...».
Mis ojos fulminan a Stella cuando aparezco en el salón para ir a prepararme el desayuno.
Ella bailotea y canta muy dicharachera un anuncio que grabé hace unos años de chocolate en polvo para la televisión y que, ahora, reconozco que me da un poco de vergüenza, aunque logré pagar más de seis meses de alquiler con ese chocolate que sabía a plástico.
Todavía lo seguían poniendo, para mi desgracia.
―Me encanta ese anuncio, sales monísima.
―Si te resulta bonito verme cantar con tono infantil y tener el bigote manchado de leche con chocolate... ―Trasteo en la cocina preparándome el desayuno mientras ella ríe.
―Pero si cantas genial. ―Se levanta del sofá y me imita, a la vez que abre el frigorífico para coger algo entre los pocos manjares que lo rellenaban―. Puedes venir a hacer algún dueto conmigo a Hollywood Boulevard...
―No quiero apagar tu brillo ―le contesto bromeando.
―No lo harás, en todo caso brillaremos juntas.
Desde que llegué Stella no ha hecho más que animarme, sabe que estoy pasando por momentos difíciles y, ni aun así, se ha alejado de esta treintañera quisquillosa y con cara larga en los años que llevamos viviendo aquí.
Me mancho el bigote discretamente con la leche y, cuando se gira, comienzo a cantarle de nuevo la canción del anuncio, imitándome a mí misma.
Ella se troncha de risa, pero le hace tanta ilusión verme que incluso aplaude y cantamos al unísono.
Hasta que notamos una figura en la puerta que nos observa anonadada.
En verdad, dos. Tony y su... ¿séptimo? ligue en lo que va de mes; aún están respirando algo agitados por una sesión de cardio diferente a la que suele hacer con nosotras delante.
Benditos veinte años, que le daban fuerzas para todo eso y que ninguna se enterase de que se acostaba con diez al mismo tiempo.
―No me habías comentado que tenías compañeras de piso raritas ―murmura una jovencita que no tendría más de dieciocho años mientras se recoloca los tirantes de su cortísimo vestido amarillo limón de diseñador.
Estoy a punto de saltarle como una señora indignada que a quién llama rarita, pero Stella, con su habitual don para la palabra, se me adelanta.
―Oh, tranquila, solo nos interesa su dinero, no su cuerpo ―ríe mientras le da un bocado a una barrita energética.
Ella mira a Tony aún más desconcertada y él la anima a caminar hacia la puerta, comentándole por lo bajini que no nos hiciese caso, que vivir en esta ciudad es muy caro y que había que compartir gastos.
Se despiden con un enorme morreo sonoro en la puerta, con el que me dan ganas de dejar de beber mi leche fresquita, y luego se cuelga de la barra cual mono de nuevo mientras comienza a hacer flexiones como un cosaco.
―Pensaba que decían que, cuando hacías el amor, se te quedaban las piernas flojas.
―Una suerte para mí, ya que solo estoy usando los brazos ―contesta Tony medianamente ahogado por el esfuerzo―. Pero, si quieres confirmar tu teoría, me dices.
―Me lo pensaré ―bromea Stella ante su intento de vacilarla―. Aunque no me apetece mucho entrar en esa habitación y pillar cinco enfermedades de transmisión sexual diferentes, gracias.
―Cambia esa barra de ahí, Tony ―vuelvo a regañarle como la más quisquillosa de las madres―. Vas a tirar la pared cualquier día y lo vamos a sacar de tu sueldo, te lo digo en serio.
―Algún día, mamá...
―Lo que algún día va a pasar es que esas chicas se van a dar cuenta de lo que estás haciendo y...
―Prefiero probar todo lo que pueda ahora que verme con treinta y amargado ―bromea claramente refiriéndose a mí―. También estás invitada a mi cuarto; si quieres un poco de colágeno , ya sabes...
―Que tiemble el mundo y la población femenina si tienes éxito como modelo. Vas a reventar las estadísticas de la población mundial tú solito.
Suelto la taza de leche y me marcho a mi cuarto; definitivamente, este niño me quita las ganas de desayunar la mitad de los días.
Me siento un rato en el ordenador para echar un vistazo a los castings disponibles en el que el señor Hoover no tenga metida la pezuña.
Veo un par de ellos para anuncios de televisión y otro para una nueva temporada de otra serie de culto.
Me inscribo a todo por intentarlo, aunque ya sepa de antemano que será un no y que me sacarán pegas por todos lados, hasta por respirar.
Mi mó vil se ilumina varias veces mientras hago el proceso de inscripción y, cuando termino y compruebo los mensajes, veo que uno es de la tía Ava, que me manda una foto de Jiggly con un sombrerito de lana que ella misma le ha tejido en forma de orejas de conejo.
Le contesto que deje de traumatizar al pobre animal.
Me responde que la próxima traumatizada seré yo, que me está haciendo otro con orejas de gato, y me envía fotos de las pruebas del delito.
Sonrío. Ojalá que lo que haya ahí en el universo nos la mantenga muchos años más a nuestro lado, desafiando las leyes de longevidad.
El otro mensaje es de Liam, que me manda otra foto de él sudoroso, entrenando para el partido de esta noche. Le deseo suerte y no le digo nada de que voy a asistir con Adam. Podría afectar seriamente a su juego del ataque de risa y del shock que le daría.
El partido... Debería estar emocionada por asistir por primera vez en mi vida a un partido de élite de la NBA, pero, tan solo pensar en tener a Adam al lado durante tanto rato, mi cerebro se convierte en gelatina.
Intento pasar el resto del día como puedo; la comida que prepara Stella para los tres se me atraganta y visito varias veces el baño a causa de los nervios y el malestar que me provoca toda esta situación.
Aun así, cuando Vincent pasa a recogerme en torno a las cuatro de la tarde, intento disimular, como hago siempre, mientras camino hacia el elegante coche negro.
Pero la careta de mujer decidida se me cae pronto cuando abro la puerta y descubro a Adam sentado dentro.
―No me mires así, Pelopaja , yo soy una víctima más.
Suspiro con fastidio y me introduzco refunfuñando en el vehículo. Su inconfundible aroma tan solo tarda tres segundos en inundar mis fosas nasales, como de costumbre, y ponerme aún más nerviosa.
―No sé por qué me da que seremos víctimas siempre ―susurro ignorándolo lo máximo posible mientras ojeo la pantalla del móvil, aunque no me pasa desapercibida su camiseta ajustada blanca que marca demasiado y su sudadera informal negra abierta encima.
Pasamos el resto del camino en total silencio y de vez en cuando puedo notar cómo Vincent nos observa por el espejo retrovisor, seguramente preguntándose a qué se debe tal incomodidad y tal ambiente denso que se podría cortar con un cuchillo.
―¿Os conocéis de antes? ―La voz del chófer rompe el silencio y no sé qué me sorprende más: que quiera saber de nuestras vidas, cuando es tan discreto, o el hecho de que hable, cuando parece que le ha comido la lengua el gato.
―Fuimos vecinos muchos años en Santa Clarita ―contesta él rápidamente, antes de que yo suelte alguna de mis salvajadas.
―Demasiados ―apunto observándolo.
―No los suficientes ―me reta.
¿Qué pretendía decir con eso? Aparto con brusquedad la cara y me concentro en mirar el paisaje que me ofrece la ventanilla, intentando ignorar a todos. El día iba a ser muy largo.
―Qué casualidad que hayáis coincidido de nuevo aquí y en esta situación tan...
particular ―expresa Vincent con tono misterioso mientras se acerca al enorme edificio circular Staples Arena, el hogar de los Lakers en esta ciudad.
Las calles y los alrededores ya son un bullicio de personas animadas y dispuestas a disfrutar de un grandioso partido de baloncesto.
―El destino es un buen bromista, sí ―susurro a modo de respuesta, dando por finalizada la conversación.
Vincent nos indica por qué puerta debemos acceder a la gran mole de vidrio y cemento para ir lo más directos posible a nuestros asientos, y Adam y yo caminamos inmediatamente en esa dirección en cuanto su lujoso coche negro desaparece en la ciudad.
Hacemos un parón en un carrito de perritos calientes y refrescos para surtirnos con la cena y después nos ponemos a la cola, como todo hijo de vecino, para entrar al estadio mientras nos dirigimos alguna mirada furtiva e incómoda.
Mi exvecino y yo mantenemos un silencio sepulcral, como si fuésemos dos extraños, hasta que un empujón que me dan por detrás, y que me hace tirar una pequeña parte del refresco en la manga de mi sudadera y en parte del suelo, provoca que me gire con cara de pocos amigos.
―¡Oye, ten más cuidado! ―exclama Adam molesto, defendiéndome, cosa que me agrada y me molesta a la vez. ¿Cree que no soy capaz de defenderme?
Me giro también, pero las palabras mueren en mi boca cuando descubro que tengo al señor Hoover detrás.