Dos como nosotros Capítulo 42
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Capítulo 42

―T e noto ausente, Mia. ¿Te encuentras bien?

La voz de Aurora me hace salir de mis cavilaciones.

Han pasado cinco días y apenas puedo dejar de pensar en la sensación de esa asquerosa boca contra la mía.

Por más que me la he lavado hasta casi perder la sensibilidad de mis labios e irritarlos, he sido incapaz de que desaparezca.

Incapaz de hablarlo con nadie. Es como si tuviese una losa encima que no sé cómo quitar.

Había escuchado mucho del acoso en la industria, pero pensé que nunca me ocurriría. Ingenuo de mi parte.

―Sí ―me fuerzo a sonreírle―. No he podido dormir muy bien estos días, eso es todo.

Ella no me sonríe de vuelta y la noto preocupada. Pero no es momento para ello, ni para sincerarme, cuando está en pleno rodaje de su nueva serie y ataviada de una manera preciosa con vestidos de la regencia inglesa. Está arrebatadora.

―De verdad, Aurora ―insisto mientras le tiendo su carísimo y enorme vaso térmico lleno de té matcha con sabor a frambuesa―. Haz tu magia. Y no te preocupes.

―Ya hablaremos luego. ―Me da un cariñoso apretón en el antebrazo y se marcha al set, siguiendo las órdenes del director.

Observo todo, abrazando el termo, con envidia sana. La cantidad de trabajadores que hay detrás de cámaras es abrumadora. ¡Y eso que parece que están solos en las escenas de besos o de sexo! Y tienen a un equipo de fútbol detrás observando detalles al milímetro.

El vestuario es impresionante; el director es maravilloso haciendo su trabajo, pero me pregunto si él también usará los métodos del asqueroso señor Hoover y habrá puesto a cualquier joven actriz en un aprieto alguna vez... ¿Le habría pasado a Aurora?

La entrada del actor principal me saca de mis cavilaciones.

Puedo escuchar incluso suspiros de las chicas y algunos chicos del equipo cuando Derek Montague entra en escena.

Un chico en sus treinta, mitad estadounidense, mitad francés, que correspondía a la versión masculina de Aurora en América.

Es impresionante ver de nuevo a uno de los actores más famosos del momento en carne y hueso.

¡Y vaya carne y vaya hueso! El chico es espectacular.

Pelo rubio oscuro, los ojos más verdes que he visto en mi vida y todo se completa con su casi uno noventa y un impresionante físico.

Es imponente, en todo el sentido de la palabra.

Siempre he pensado que la gente con padres de dos nacionalidades diferentes es superior. Es como tener lo mejor de ambos mundos.

Saluda amablemente al equipo ―entre las que me encuentro― y se centra en grabar sus escenas más íntimas con Aurora Bellerose.

Yo observo embobada. Quedan de maravilla juntos, aunque sé de sobra que el corazón de Aurora es de Raven Hart, lo que me lleva a que esos ojos de mi vecino hagan acto de presencia en mi mente una vez más.

Intento volver a concentrarme y olvidarme de todo mientras me centro en ellos de nuevo.

Imagínate la pareja que harían... Los apellidos que tendrían esos niños.

Bellerose Montague... Montague Bellerose... ¡A ver si lo que tenía que ponerme para triunfar en Hollywood era un apellido pomposo y no el polvo del triunfo de aquel patán! Quizá... ¿Mia Cavendish o algo así?

Y así paso las más de ocho horas que dura hoy el rodaje, entre cambios de vestuario, cavilaciones, y estando muy atenta para aprender de los mejores.

Cuando están a punto de terminar me marcho al camerino para prepararle un tentempié a Aurora mientras la desvisten y desmaquillan; tiene que estar agotada.

Y, la verdad, me trata tan bien que no me importa hacer lo que sea que sé que le va a complacer.

Aunque sepa que es parte de mi trabajo, por supuesto, lo hago con agrado.

Cuando la puerta del camerino se abre, no viene sola. Viene con Derek.

―¡Menudo día! ―exclama ella mientras se saca la peluca peinada que le han colocado los de vestuario. Me la tiende para que la tome―. Si llego a pasar un rato más subida a estos tacones, me tienen que cortar los pies.

Derek ríe y yo los imito mirándolos de hito en hito con esa bola de pelo falso en la mano. Los dos lucen agotados y los invito a sentarse en sus sillas mientras intento dejar la peluca a buen recaudo encima de una lamparita de mesa y rezo porque no eche a arder.

―No me habías contado que tenías una asistenta tan bella. ―Las palabras que salen de la boca de Derek hacen que me olvide de la peluca. Que arda si quiere.

―Mia es bella por dentro y por fuera ―contesta cogiendo un trocito de fruta de la bandeja de delicias, como si fuese una madre orgullosa de su hija.

―Me mira con buenos ojos... ―explico con modestia mientras me acerco y le hago soltar el trozo de fruta y no volver a comerlo hasta que se quite el carísimo vestido, que estoy convencida de que, si manchamos, tendría que pagarlo con un riñón.

―Y hace su trabajo demasiado bien, como puedes comprobar ―ríe poniendo énfasis en el demasiado. Aun así, se pone de pie y la ayudo a desvestirse no sin esfuerzo con ese corsé del demonio―. Estoy famélica de verdad... Necesito salir de esta prisión de tela...

Miro a Derek algo cohibida por estar con una estrella de su calibre.

―¿Necesita ayuda para quitarse algo? ―Soy tonta de remate, porque siento que la cara me arde y que ha sonado fatal, aunque mis intenciones son más que buenas.

Él sonríe de manera encantadora mientras se sienta y nos observa.

―Pierde cuidado, Mia, tengo quien me ayude. Muchas gracias. Solo quiero evadirme un rato del mundo real; uso este camerino para eso.

―Imagino que para figuras como vosotros la vida pasará a mil por hora. Puedo verlo, por Aurora. Una vida llena de euforias y alegrías. Qué envidia me dais. ―Termino de pelearme con las capas y los corsés.

―Mia sueña con ser actriz ―le explica a Derek y él asiente agradado―. Y sé que lo logrará. No hay nada más que verla.

―Sí ―suspiro mientras dejo el vestido encima de un sofá con cuidado―. Pero los directores no parecen pensar lo mismo, así que cada vez lo veo más lejano.

―Sigue luchando, Mia ―aconseja él con cariño―.

Todos lo hemos hecho para estar aquí. Al menos Aurora y yo y muchos del gremio.

Otros, pues, bueno... Ya sabes que aquí la vida no es color de rosa como la pintan y todo esto te trae muchas cosas increíbles, pero también tiene sus partes malas.

Hay que estar dispuesto a enfrentarse a ambas.

Recuerdo ese beso asqueroso en el ascensor y me estremezco. Pero intento disimular.

―Me lo puedo imaginar... ―Mi estómago se sigue retorciendo por culpa de mi trauma con Hoover, así que decido cambiar de tema mientras los insto a comer―. Pero ahora ambos estaréis en una de las series que más probabilidad tiene de triunfar en Netflix; creo que todo eso merece la pena.

―Bueno, en cierto modo, así es... ―comenta él con amabilidad, dándole un bocado a una manzana, sin dejar de observarme. Me incomoda un poco, a decir verdad. No sé si por su belleza fuera de este mundo o por su intensidad.

―Será mejor que os deje descansar ―sugiero recogiendo mis cosas una vez que mi trabajo ya está hecho―. Vincent te espera afuera, Aurora; espero que descanses.

―Gracias por todo, Mia ―comenta con cariño.

Me despido con un gesto de la mano, pero ella me interrumpe justo antes de que cierre la puerta y camina conmigo hasta el pasillo, con prisa y con cierta discreción, cerrando la puerta del camerino a su espalda para que Derek no nos escuche.

Me tiende unas pequeñas entradas que, a bote pronto, no sé reconocer de qué son.

―Te necesitaré mañana ―comenta reprimiendo una sonrisilla de emoción―. William me ha invitado al partido de los Lakers; iremos a un reservado y, como siempre, te necesito cerca.

Las tomo intentando que no se note mi incomodidad al saber para quién es la segunda entrada.

―Allí estaré, Aurora, en lo que necesites ―intento sonar empática y trabajadora. Ella me toma de las manos y me da un apretón, arrugando un poco los trozos de papel.

―Eres la mejor, de verdad ―susurra―. Me gustaría haberte conseguido un palco, pero estaban todos ocupados. Es un partido muy importante.

―Oh, no ―niego con la cabeza―. Créeme que en las gradas está estupendísimo.

Lo que me faltaba, tener que meterme en un palco privado a solas con Adam. Ni loca. Mejor bien rodeados por miles de personas, con sus gritos, ovaciones y bocas llenas de comida, para no tener que intercambiar casi ni una palabra con él.

―Nos vemos mañana ―me guiña el ojo mientras toma el pomo para regresar a su camerino.