Capítulo 41
P odría describir esta noche como eterna.
Adam y yo apenas intercambiamos más palabras mientras ambos montamos guardia como nos han ordenado nuestros jefes.
Decidimos dividirnos la zona en dos partes para vigilar que esté todo en orden y después, cuando la brisa veraniega comienza a soplar, algunos empleados nos ofrecen entrar a una bonita zona de espera, pegada a la recepción, llena de mesitas bajas y sofás coloridos y acogedores.
Por los altavoces suena una musiquita que, si su cometido es relajar al personal que aposente aquí sus traseros, por lo menos conmigo no lo está consiguiendo.
Adam se concentra en pasar el tiempo mirando su móvil y yo hago lo mismo, pero luego le echo un vistazo a algunas revistas de la farándula que hay repartidas por la mesita.
De vez en cuando y de manera casual, bajo un poquito la revista para que caiga justo en la línea de visión de mi tormento personal.
Lo observo sin que se dé cuenta mientras mi pulso se acelera.
Su perfil ha cambiado un poco: ese rostro antaño lampiño, ahora, se viste con una finísima capita de barba de algunos días, que le sienta realmente bien. Su nariz es más recta y su mentón más masculino. Y esas pestañas serían la envidia de toda mujer.
―¿Estás planeando asesinarme? ―comenta de repente sacándome de mis cavilaciones, sin siquiera mirarme. Creo que he sido demasiado obvia.
―No me des ideas ―contesto de manera misteriosa mientras vuelvo a alzar la revista para que desaparezca de mi campo de visión.
―Acéptalo, Mia. ―Su voz se dirige más clara hacia mí―. No creo que de repente Aurora y William se detesten y no se vuelvan a ver más, cuando se estarán metiendo de todo menos miedo en ese cuarto.
Su comentario me provoca una mueca divertida, que por supuesto no dejo que él vea tras el refugio del papel cuché.
―Esto es Hollywood, el amor dura menos que un caramelo en la puerta de un colegio... ¿Y quién es William?
Él baja la revista de manera repentina para mirarme a los ojos. Está mucho más cerca, inclinado hacia mí.
―William es el nombre real de Raven Hart ―explica―. Y más vale que vayas asumiendo que vamos a coincidir bastante. Y a pasar bastantes horas muertas, ya que dudo que no nos hagan acompañarlos a sus encuentros.
―¿Y qué me quieres decir con eso?
―Que mejor será que intentemos llevar todo esto con filosofía, Mia.
Lo miro fijamente mientras intento mantener el control. Subo de nuevo la revista poco a poco y le muestro un falso gesto amigable con una ligera sonrisa, que más que parecer una forma de paz parece de mal augurio.
―¿Acaso no lo estamos haciendo ya?
Él suspira, pensando que no tengo remedio, mientras se deja caer en el sofá de nuevo y, tras mirar el reloj por decimoquinta vez, vuelve a centrar su atención en su teléfono móvil y yo en mi revista hasta que justo a la una de la madrugada aparecen por fin nuestros amos y señores y nos liberan de esta tensa situación.
Me cuesta conciliar el sueño esta noche y doy gracias a que Aurora me ha dado el día siguiente ―o más bien este, por las horas que son ya― libre por hacerle el grandísimo favor.
Cada vez que cierro los ojos la imagen de Adam me atormenta.
Esos ojos siempre consiguen colarse en lo más profundo de mi mente y ponerme nerviosa.
Vine a esta ciudad para lograr mi sueño y para huir por fin del yugo que ha sido él en mi existencia, entre otras razones.
Y no tengo ni una cosa ni la otra. Intento respirar pausadamente para calmarme, enterrando un poco mi cara en la almohada, y rezo porque Raven y Aurora pronto se olviden mutuamente y pasen a otra celebridad a la que conquistar.
Siempre pasaba, se usaban los unos a los otros para desfogarse y ganar fama un tiempo y después a la papelera y a por otro u otra para repetir esa acción.
No era creyente, pero recé, con un nudo en el corazón, para que Adam volviese a salir de mi vida de nuevo igual de rápido que había vuelto a entrar.
Y que me fuese bien en el casting del día siguiente.
Ojalá que me fuese bien.
―Lo siento, Mia, no eres lo que estamos buscando. Pero las fotos son preciosas, la verdad.
Estoy de pie como un pasmarote temblando de la rabia y de los nervios frente a una mesa de cinco jurados que tienen mi futuro en sus manos y, de nuevo, deciden tirarlo a la basura.
Juro que me muerdo la lengua, pero me cuesta contenerme.
Más de nueve años luchando por este sueño ya me pasan mucha factura.
―Sales muy guapa ―continúa el director de casting, un hombre en sus cincuenta, bastante atractivo para su edad―. ¿Has pensado en ser modelo?
―Quiero ser actriz ―expongo dejando entrever mi desagrado.
Los demás de la mesa siguen hablando ajenos a mi comentario. Y me irritan cada vez más.
―Bueno, para eso, le sobrarían unos kilitos... ―comenta otro hombre que se piensa con el derecho a opinar de cuerpos ajenos y que al parecer no tiene espejo en casa, ya que no se puede describir a sus sesenta años como el epítome de la belleza y perfección.
―Y tal vez un relleno de labios y subir algo más las cejas... Un ligero aumento de pecho... y quizá un implante de nalgas.
―Una rinoplastia no vendría mal tampoco...
―Gracias por nada ―grito para detener el escrutinio de mi cuerpo y mis defectos―. Supongo que también a ustedes os vendría mejor dedicaros a la medicina estética que a encontrar talentos.
Se quedan con la boca abierta por mi desfachatez y me largo de allí sin volverlos a mirar, pero puedo escuchar cómo el director de casting se levanta de su silla y sale corriendo de la sala detrás de mí.
―¡Señorita Brooks! ―Lo ignoro y sigo avanzando por los pasillos hacia la salida, aunque mi huida se ve frenada por la espera del ascensor. Aprieto el botón con urgencia mientras ese señor se acerca―. Señorita Brooks... Mia...
―Déjeme en paz ―suplico cuando llega a mi altura y me mira con cara apenada; sinceramente, dudo de que se arrepienta de todas las barbaridades que ha soltado por su boca, tanto él como sus compañeros de casting.
―Solo la estábamos aconsejando ―explica mientras el ascensor llega y, para mi desgracia, él sube conmigo.
―¿Quiere dejarme en paz? ―repito con cara de pocos amigos y él intenta mostrarse amigable para que yo me relaje.
―Esto es un nido de lobos ―explica―. Ya lo has visto. ¿Cuántos años llevas intentándolo? Simplemente te estábamos aconsejando lo que funciona.
―Hay muchos actores y actrices en este planeta, señor Hoover, y le aseguro que no todos tienen las tetas gigantes, relleno en los labios y veinte años. Por suerte. Por suerte ―repito―, hay personas que sí valoran el talento, y no solo tonterías.
Él presiona el botón de parar el ascensor y la máquina se detiene con un pequeño sobresalto. Lo miro nerviosa.
―¿Qué demonios hace? ―pregunto asustada―. ¡Vuelva a ponerlo en marcha!
Él se gira hacia mí y su expresión ha cambiado. No sé de qué va todo esto, pero comienzo a sentir algo parecido al miedo. O al pánico.
―No le digo que no tenga razón, señorita Brooks. ―Su voz es melosa―. Pero ¿sabe qué tienen muchas actrices en común? Los contactos.
Casi susurra esa última frase y se acerca más a mí.
Se toma la confianza de cogerme un mechón de pelo y pasarlo por detrás de mi oreja.
Y juro que me gustaría reaccionar de algún modo, pero estoy tan nerviosa y descolocada que tan solo me quedo ahí como un pasmarote mientras siento su ligero roce y noto cómo fija su mirada en mis labios.
―Sé que llevas mucho tiempo intentándolo. Y puedo darte lo que buscas.
No entiendo nada.
―Señor Hoover...
―Seremos amigos, seremos discretos y te ayudaré a dar con los contactos adecuados. ―Vuelve a comerme con la mirada―. Personalmente, si me lo permites, creo que esa boca está perfecta sin ácidos ni químicos.
Antes de que me dé tiempo a reaccionar, estampa su boca contra la mía de una manera brusca y, de algún modo, aunque hemos chocado contra la pared del ascensor, logra meter su mano para, literalmente, estrujar mi trasero.
El asco invade cada célula de mi cuerpo y saco fuerzas para morderle y darle un empujón para sacármelo de encima.
―¡¿Qué hace?! ¡Maldito viejo verde! ―Me sale del alma gritarle de todo. Esto ha sido una enorme violación a mi intimidad, la más grande que he tenido en mi vida entera.
Me limpio la boca con el brazo para quitarme cualquier rastro de su asquerosa saliva.
Y de su sangre. Veo que su labio se tiñe de rojo y lo celebro con alegría dentro del desastre.
Él observa su mano manchada cuando se la lleva a la boca y la mirada que me dirige ahora es muy distinta de la lasciva que tenía antes.
Me adelanto y pulso el botón para que el ascensor se vuelva a poner en marcha.
―Entiendo que ha sido chocante ―su voz da bastante miedo―, pero no vas a conseguir nada si no tienes los amigos adecuados.
―No se preocupe por mis amistades, señor Hoover. Mejor preocúpese por su reputación y la denuncia que va a caerle.
Él comienza a reírse de manera siniestra mientras rezo porque el ascensor termine de llegar a la planta baja.
―Si no quieres volver a trabajar aquí nunca más, hazlo.
Me encargaré personalmente de que así sea.
―Trago saliva mientras lo escucho, con la rabia dentro de mí.
Me lanza una tarjeta, que cae al suelo del ascensor y ni hago por cogerla―.
Pórtese bien, señorita Brooks. Y si en algún momento quiere salir en una de mis películas... llámeme.
El timbre del ascensor me sobresalta y las puertas se abren, mostrando a las personas que están esperando. El señor Hoover se acerca a mi oreja mientras los demás comienzan a entrar.
―El polvo del triunfo le llamo. No dude en usarlo cuando quiera ―dice señalando la tarjeta.
Y, tras volver a mirarme la cara y el escote como solo un baboso haría, sale del ascensor, dejándome allí destrozada.
Las personas entran y pisotean la tarjeta, que no pienso coger, y en mi mente esas huellas marcadas en ese perfecto trozo de cartulina blanca es la forma de decirle a ese imbécil que rechazo la oferta.