Capítulo 40
Q ué misterio todo, cuando Vicent viene con su cochazo a recogerme a los cuarenta minutos. Tan solo me saluda de manera escueta al entrar en la parte de atrás e intento no pillar mi vaporoso vestido negro de florecitas con la puerta al cerrar. Me he arreglado un poco por si las moscas.
―¿A dónde vamos? ―le pregunto después de que condujo más de veinte minutos sin abrir su boca.
―La señorita Bellerose le indicará mediante mensaje.
Lo observo por el espejo retrovisor. A veces me pregunto si es humano o robot.
O si le cobran por hablar. Lo mismo tenía un tacógrafo, pero para las palabras.
Como si ella lo escuchase, recibo a los cinco segundos un mensaje en mi teléfono; lo leo con atención mientras seguimos recorriendo la ciudad de Los Ángeles, y la marea de luces choca contra mi rostro y la pantalla del móvil.
Quizá debí habértelo contado, Mia, pero me gusta ser discreta con mi vida personal.
Hace tiempo que estoy saliendo con una persona.
Aunque nuestras agendas están muy apretadas, hacemos lo posible por vernos a escondidas, aunque sea una vez por semana.
Debes comprender que mi vida está en el foco constantemente y esto, por desgracia, significa que no tienes ni una pizca de intimidad.
Pareciera que tu vida les pertenece. El lado malo de la fama.
Vincent te dejará en uno de los accesos traseros del hotel Beverly Hills.
Los empleados son muy amables en cubrirnos siempre las espaldas.
Supongo que no les queda otra, ya que si se van de la lengua dejarán de recibir la generosa dotación económica que le damos al hotel.
Me veré con mi novio. Intenta distraer a toda la prensa que se presente y actúa con normalidad.
Que nadie suba a la habitación ni nadie nos saque fotos, esa será tu misión.
Gracias de antemano, Mia. Te lo compensaré.
Así que voy a hacer una suerte de carabina esta noche.
Pienso mis jugadas, intentando planificar cómo actuar si se dan los casos que ella me plantea, mientras Vincent conduce hacia la zona indicada, mucho más tranquila que la puerta principal, que es un hervidero de personas, lujos y empleados.
Me indica que me baje del coche y que vendrá a recogerme a la una de la madrugada.
Me despido de él, quedándome un poco desprotegida. Esto era una tarea muy complicada. ¿Qué iba a hacer si aparecía un paparazzi ? ¿Tirarle una papelera a la cabeza? ¿Pelearme en los arbustos con él?
Resoplo mientras intento concentrarme. Menos mal que me he puesto unos zapatos cómodos. El móvil vuelve a vibrar, es Aurora otra vez.
No hace falta que estés dos horas en la calle. Entra al hotel, te he reservado una rica cena en la cocina de los empleados. Además, tendrás algo de ayuda, no te preocupes. Lo harás genial.
Bueno, eso arreglaba en cierto modo las cosas para apaciguar mi estómago, que rugía como un león, y saber que no voy a estar sola en todo esto.
Es lo primero que hago. Saludo a algunos empleados que están al tanto de todo y amenazados con que haya confidencialidad y me llevan a una mesa algo apartada del área de cocina, que imagino que es donde ellos descansan de vez en cuando de sus turnos, seguro, abusivos y se refrescan un poco para seguir sirviendo a la flor y nata de la ciudad de Los Ángeles.
En cuestión de minutos y como si ya estuviesen preparados, me plantan delante un delicioso filete acompañado de unas extrañas patatas y un puré que no logro identificar de qué es, pero está sumamente delicioso.
Lo devoro en cuestión de minutos también.
Me ofrecen incluso postre, pero lo rechazo porque ya estoy más que llena y siento que voy a explotar.
Será mejor que vuelva fuera y haga una primera ronda de reconocimiento por los exteriores del hotel.
Cuando salgo, ya hay alguien esperándome, supongo que será esa ayuda extra que Aurora me comentaba.
Con alivio, me encamino hacia esa figura alta y esbelta que está de espaldas con las manos en los bolsillos en una pose que me resulta bastante familiar.
Observa la ciudad a nuestros pies, es una vista increíble, pero hay que ir a lo que vamos.
Me aclaro la garganta para que se dé cuenta de mi presencia.
―Buenas noches, ¿te ha contratado Aurora?
Poco a poco se va dando la vuelta. Y mi pregunta va muriendo en mis labios.
Esa y todas las que pudiese tener, porque esta noche aquí, con la ciudad a nuestros pies, en un resort exclusivo para celebridades y como si se tratase de un sueño extraño que se tiene cuando tienes fiebre delirante, Adam Sullivan es la persona que me devuelve la mirada.
Parpadeo varias veces mientras no deja de mirarme también con cierta sorpresa. Tardo unos minutos en salir de mi shock y en calmar mi corazón.
―¿Qué haces tú aquí? ―pregunto con cierta brusquedad.
―Te podría preguntar lo mismo ―contesta sin sacar las manos de los bolsillos.
―Yo vivo aquí―enfatizo el verbo. Aunque estaba segura de que estaría al tanto de mi mudanza a esta ciudad, ya que llevo aquí más de diez años.
―Bueno, ahora yo también lo hago.
―Esto es un hotel exclusivo, ¿por qué estarías tú aquí?
―De nuevo, podría preguntarte lo mismo.
―Soy la asistente de Aurora Bellerose ―me defiendo enervándome.
―Y yo el de Raven Hart.
¿Raven Hart? Suelto una risa nerviosa. No podía estar pasándome esto. No a mí. No podía ser su novio el famoso rockero. No, esto es una broma. Tiene que haber algo detrás.
―¿Me estás siguiendo, Adam?
Es él el que ríe ahora y saca las manos de los bolsillos.
―¿Te estás escuchando, Mia? Suena ridículo.
―No me lo parece tanto.
―Mia..., no nos vemos desde hace diez años, como bien indicaste el otro día en el cumpleaños de la tía Ava.
¿No crees que si hubiese querido acosarte, como dices, me hubiese dado un poquito más de prisa y no esperar una década?
―Me mira tan fijamente que me estremezco.
No acabo de acostumbrarme a su versión adulta.
―En esta vida ya me lo espero todo.
―No soy un acosador.
―Bueno, lo has sido bastante a lo largo de toda tu vida.
―Tú tampoco te has quedado atrás.
―¡Pero no al madurar!
―¿Acaso sabes el significado de esa palabra?
Escuchamos unas risitas detrás de nosotros y podemos ver cómo amenizamos el cigarrito que se están tomando unos empleados en su descanso. Vuelvo a coger aire para no perder más los papeles.
―Adam, ya en serio, ¿qué haces aquí? ―vuelvo a preguntar, para probar suerte, por si me da la respuesta diferente que quiero escuchar―. ¿Por qué te has ido de Nueva York?
―Ya te lo he dicho, Mia. ―Se acerca un poco más a mí y ese olor tan característico inunda después de muchísimos años mis fosas nasales de nuevo, creando el mismo efecto que antaño. O peor―. Soy el asistente de Raven Hart, el rockero. Mi empresa de Nueva York quebró y nos despidieron a todos.
―Pero es la ciudad de las oportunidades, ¿cómo no vas a encontrar otro trabajo en Nueva York? ―Espero no parecer desquiciada―. ¡Es Nueva York!
―Necesitaba un cambio de aires y estar más cerca de mi familia, llevo mucho tiempo fuera.
―¿Y en Santa Clarita no hay empresas en las que puedas lucir tu título de contable?
―No, Mia, no las hay. Me salió esta oportunidad y la aproveché, punto. ―Comienza a ponerse nervioso―. Además, no tengo que darte explicaciones. Los Ángeles no es solamente tuya.
―Pero esto es tan...
―Mia ―me corta―, me quedó más que claro que no querías que tuviese nada que ver en tu vida y justo eso me he dedicado a hacer. Como tú misma dijiste, nos va mejor por separado.
Sus palabras, en cierta forma, me oprimen el pecho.
¿Qué probabilidades habría de que ambos nos juntásemos de nuevo años después en la misma ciudad y asistiendo a dos personas que ahora estarán haciendo el Kamasutra entero en un hotel lujoso? ¿Por qué me odia tanto la vida?
Que volviese Adam Sullivan siempre era peor a que me tragase un tsunami.
Y el agua, por desgracia, ya la tenía al cuello.