Dos como nosotros Capítulo 39
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Capítulo 39

E l ajetreo del inicio de mi semana laboral me hace olvidar, en gran parte, de todo lo vivido en casa el fin de semana y de esos ojos de tormenta de mi recién aparecido némesis, que viven en mi mente sin pagar ningún tipo de alquiler. Que ya podrían.

Lo primero que hace Aurora es llevarme de compras y es como si protagonizase mi propia película cuando me traen, literalmente, montañas de nuevas prendas para lucirlas en los mejores escenarios a los que me va a llevar mi jefa y benefactora.

Al principio, me quejo de que no puedo permitírmelo, pero Aurora insiste en que es una suerte de ropa para el trabajo y que lo acepte sin darle vueltas.

Por supuesto, Vincent se encarga de todo ello mientras nosotras continuamos planificando la semana en su despacho y tomo nota de cada cosa que va a necesitar y los contactos a los que tengo que llamar para que todos sus eventos salgan a pedir de boca.

Me explica las directrices que darles a los empleados de la casa para que su frigorífico siempre esté lleno de los más estupendos manjares, y su pelo, uñas y cuerpo siempre mimados.

Comenzamos con una fiesta de cumpleaños de un amigo suyo el martes por la noche, un fiestón que deja la casa hecha unos zorros y la piscina invadida por botellas del mejor champán francés de la ciudad. Por no hablar de los jarrones repletos de vómito. Me compadezco de Betty, la limpiadora.

El miércoles asistimos a una entrevista por su nuevo proyecto en la FOX, donde la ayudo a acicalarse y, entre descansos, darle algún snack cero calorías, cero aditivos y cero de todo. Hasta cero ganas de comerlo.

Ella de desenvuelve como pez en el agua mientras narra su participación en un nuevo proyecto de época de Netflix que se estrenará el próximo año.

Algo de una gran familia y la historia de amor de cada hermano.

Logra convencerme incluso a mí de verlo.

Después reservo la cena en uno de sus restaurantes favoritos.

Mientras Vincent y yo esperamos en el coche, ella se marcha con un par de amigas a degustar increíbles mariscos, que deben costar más que mi piso entero. Y eso que ni siquiera es mío.

El jueves tiene una sesión fotográfica para Vanity Fair en un bloque de pisos del Downton que tiene unas vistas espectaculares a la ciudad.

La peinan y maquillan para parecer una diosa bajada directa del Olimpo y realmente así lo parece.

Posa enérgica, sexy y femenina mientras yo converso con fotógrafos y personas de detrás de bastidores sobre ella, su éxito, y me presento como su nueva asistenta.

Quizá incluso pueda intentar cerrar alguna otra exclusiva con ellos y conseguirle aún más trabajo.

Quiero hacerlo bien. Quiero dejar buena impresión.

Al terminar, Aurora da las gracias a todos y cada uno de los trabajadores y, cuando me acerco con su fina bata de satén en las manos, para que se sienta más cómoda y volver a su camerino, me sorprende ver que les avisa de nuevo que regresen a sus puestos.

―Has estado increíble ―le comento mientras le tiendo la prenda y ella se la coloca rápidamente y con gracia―. Esas fotos van a quedar preciosas.

―¿Qué tal si aprovechas y te sacas algunas? ―me propone. La miro como si hubiese perdido el juicio.

―No creo que a la gente de Vanity le interese una desconocida lo más mínimo. ―sonrío algo incómoda por la propuesta. Y nerviosa.

―Estás luchando por ser actriz también. No te vendrían mal unas fotos para tu portfolio.

Hace ademán de llamarlos de nuevo para que me preparen, aunque siento que no puedo dejar que haga eso, estoy trabajando; ahora mismo no hay cabida para lo que yo quiera o no.

―Aurora, te lo agradezco demasiado, pero no puedo permitirme esto... ―confieso algo avergonzada―. Vamos, Vincent nos espera, y tu siguiente entrevista, también.

Ella le quita importancia, decidida a seguir con su plan.

―Si hay algo que, sin duda, puede hacer una estrella de Hollywood es hacerse rogar. No les pasará nada por esperar media hora. ―Ahora se dirige a ellos―. ¡Chicos! ¿Me hacéis un favor?

―Aurora, de verdad no es necesario...

Me echa el brazo por encima del hombro para presentarme a todos los asistentes, aunque muchos ya me conocen de nuestras charlas anteriores. La miran algo extrañados.

―Ella es mi asistente y mi amiga Mia. ―Espera, ¿ha dicho amiga ?―. Su sueño es ser actriz. ¿Me echáis una manita para sacarle algunas fotos impresionantes para su portfolio?

Ellos se miran los unos a los otros sin saber qué hacer o qué decir. Preguntándose si sus jefes tolerarían eso.

―Ni que decir tiene que vuestra revista obtendría muy buenas críticas de mi parte y me plantearía alguna exclusiva más solo para vuestras cámaras.

Sutil chantaje el de la gran Aurora Bellerose.

Pero, sin duda, su fama es grande, ya que, tras deliberarlo, los supervisores dan luz verde y aceptan hacerme algunas fotografías como favor a la gran estrella.

Inmediatamente, ella sonríe agradecida, me aprieta las manos para infundirme valor y me deja sola en el decorado.

Lo cambian casi todo: colocan un fondo grisáceo más sobrio y me traen una pequeña plataforma para que pueda dar rienda suelta a varias poses.

La encargada se acerca y me acicala un poco el pelo, hasta una maquilladora me extiende algo de rubor por los pómulos.

Doy las gracias de que lleve un bonito conjunto de los que Aurora me compró.

―Nunca he posado a este nivel ―confieso nerviosa. La encargada se muestra amable.

―Tranquila, tú solo sé natural. Aunque parezca que no, menos es más.

Asiento, intentando controlar los nervios y las manos sudorosas, mientras el equipo de maquillaje y peluquería termina de retocarme ligeramente.

―Además, eres muy guapa; seguro que las fotos salen geniales.

―Gracias ―susurro algo cohibida por la situación.

Luego, todos se van a sus puestos y me dejan sola en el pequeño set. Y tengo que decir que se portan sumamente bien conmigo. Me indican cómo posar, corrigen mis errores y, después de unos minutos, comienzo a coger confianza y a soltarme un poco más.

Descubro que me sale solo, casi innato; imagino que también es fruto de años y años de práctica frente al espejo siendo niña y adolescente.

Tardamos unos quince minutos en sacar las fotos y luego me llevan a unas pantallas y me las muestran.

Falta retocar un poquito las imperfecciones, pero me sorprendo al ver su calidad y al verme tan favorecida.

Mis ojos verdosos brillan muchísimo y hay una armonía en mi rostro que nunca antes me he parado a observar.

Incluso el pelo oscuro que lo enmarca está perfecto, colocado en los lugares correctos. Son preciosas y muy profesionales.

Me tienden una memoria externa donde las guardan y les doy infinitas gracias mientras Aurora aplaude y les guiña el ojo a todos. Aprieto el USB en la mano, dirigiéndonos a la salida del edificio, sin acabar de comprender del todo por qué hoy la estrella Aurora Bellerose me ha hecho este gran favor.

Una vez en casa, pongo al día a Stella, que aún no se puede creer que trabaje para una eminencia de Hollywood de ese calibre y está deseando que le cuente qué he hecho durante todo el día con ella.

Lo hago mientras cenamos nuestra comida para microondas en la mesa coja del comedor-salón-cocina y Tony le da más caña a la pared con sus abdominales.

Cualquier día íbamos a tener una desgracia y conexión directa con su cuarto.

Se hace el desinteresado, pero sé que, en el fondo, tiene la oreja puesta.

Y más cuando le cuento todo lo de las fotos.

―¡Tengo que verlas! ―comenta Stella emocionada.

Me da un poco de corte, pero cedo y pongo el USB en la televisión para mostrárselas. Mis compañeros de piso se quedan sin habla. Hasta Tony deja de hacer deporte para centrarse en la pantalla mientras las imágenes van pasando.

―¿Estás segura de que esa eres tú? ―comenta con su peculiar humor.

―¿Me estás diciendo que soy más fea en la vida real?

―Mirándolo bien...

―Tony, no seas quisquilloso ―le regaña Stella―. Son impresionantes, Mia. Si yo fuese directora de casting, sin duda, estarías en mi película.

Sonrío agradecida por sus buenas palabras hasta que Tony contraataca.

―Más fea no, pero sí más quisquillosa; ahí parece que no has roto un plato.

―Ya te gustaría estar con alguien como yo en vez de con todas esas niñas a las que traes a casa. ―Él sonríe. Si hay algo que le encanta es vacilar.

―Me lo tendré que replantear si sigo viendo fotos así ―bromea coqueto mientras vuelve a colgarse de su barra de un salto.

―Te aviso que no lograrás nada hasta que no quites esa cosa del pasillo.

―Eso jamás ―amenaza.

El sonido del teléfono nos saca de nuestra conversación y me sobresalto un poco cuando veo que es Aurora la que me llama. Descuelgo casi de inmediato y le tiendo el mando de la tele a Stella.

―¿Ocurre algo, Aurora? ―pregunto preocupada. Son casi las once de la noche.

―Perdona que te moleste tan tarde, Mia, pero te necesito para un pequeño asunto ―escucho con atención sin decirle que realmente lo que me apetece es mi ducha y mi cama―. Vicent pasará a por ti en media hora. Súbete al coche y no hagas preguntas. Te mandaré un mensaje explicándotelo todo.

Suspiro, adiós a mi descanso. Aunque no podía decir que no, era mi primera semana y tenía que dar la talla.

―En media hora estaré abajo.

Mis compañeros se extrañan, pero cuando cuelgo me encojo de hombros diciendo que el deber me llama y me marcho a cambiarme de ropa.