Dos como nosotros Capítulo 38
57%

Capítulo 38

―¡M ia! ―chillan al unísono Ethan y Oliver lanzándose a por mí y dándome un abrazo de oso―. Hacía tanto que no te veíamos. ¿Por qué no has venido a visitarnos?

―¿Te han borrado la memoria allí en Los Ángeles o qué? ¡Tus segundos papás te han echado mucho de menos! ¡El pelo así, más oscuro, te sienta genial, estás guapísima!

Sonrío algo forzada, no porque no me alegre de verlos, es solo que la impresión de ver a Adam detrás de ellos tras casi diez años ha podido conmigo.

Lo miro mientras abrazo a sus padres y siento que la sangre abandona mis piernas y mi mente se aturde.

Justo donde nos despedimos siendo adolescentes. En mi misma puerta.

Si el Adam adolescente era atractivo el Adam treintañero es...

espectacular. O serán los ojos con los que le miro.

Sea como fuere, se ha convertido en un hombre alto, fuerte, su pelo se ha puesto de un negro aún más oscuro.

Incluso ese jersey de punto fino color azul marino a juego con sus ojos deja poco a la imaginación de lo que puede haber debajo...

¡Mia, componte!

―Yo también os he echado de menos ―le contesto con un hilillo de voz a mis vecinos y también familia de corazón―. Demasiado.

No entiendo por qué me descubro fijando la vista en Adam cuando digo esa última palabra. Él me taladra con su mirada. Como siempre solía hacer. Como si viese dentro de mí.

Ethan y Oliver me sueltan mirándome extrañados.

―Cariño, ¿qué te pasa? Pareces cohibida ―me regaña Oliver.

Río para quitarle hierro al asunto y los invito a pasar.

―Esperaba una horda de adorables abuelitos al otro lado de la puerta ―confieso―. No me ha dado apenas tiempo a reaccionar al veros. Venid, salgamos al patio. La tía Ava está allí. Aunque amenaza con darnos un concierto con su nuevo karaoke, así que aún estáis a tiempo de huir.

Sigo riendo nerviosa y soltando todo lo que se me ocurre. Espero que mi papel de chica que para nada le ha afectado hasta la médula ver a Adam funcione. Los Sullivan se miran durante unos instantes, pero ellos nunca le han tenido miedo a nada.

―¿Un karaoke? ―pregunta de nuevo Oliver―. No hay plan que me apetezca más que hacer un dueto con esta diva. Lo he soñado por años.

―Tu madre y yo os vamos a matar lentamente a cada uno ―bromea Ethan, que llevaba también aguantando los conciertos de su marido a solas ya algunas décadas.

Después se marchan a saludar a la tía Ava cuando alcanzamos la puerta de la cocina y yo me quedo rezagada mientras escucho las voces de todos entre felicidades, risas y regalos.

Apenas soy capaz de darme la vuelta. Sé que está detrás y no tengo ni idea de cómo empezar una conversación con alguien a quien no he visto desde hace una década y que puso mi mundo patas arriba la última vez.

Recapacito. No tengo diez años, ni diecisiete; será mejor hacerle frente como la adulta madura de casi treinta y uno que soy.

Aunque, cuando volteo y veo que deja unos aperitivos en la encimera de la cocina, olvido cómo respirar.

Él fija sus ojos en mí, dispuesto a salir también al patio, y es él quien muestra mucha más madurez de los dos al romper el silencio.

―Me alegro de verte, Mia. ―Su voz... masculina, profunda, intensa―. Ha pasado algún tiempo.

―Más de diez años. ―Un comentario tonto, porque seguro que él no los contaba―. Estás... diferente.

Mia, por Dios cállate ya.

―Tú también. ―Traga saliva disimuladamente―. Te han sentado muy bien los años.

Un calor inunda mis mejillas. Estaba segura de que esa frase se repetiría en mi mente, por desgracia, cuando estuviese sola en mi cuarto de Los Ángeles. En bucle.

―¿Te va bien? ―continúa él.

―En mis sueños todo quedaba mejor, pero... no me quejo ―contesto con sinceridad―. ¿Y tú?

―Bien, no me va mal.

Asiento, sin saber muy bien de qué más hablar. Él toma aire.

―Mia, aquel día...

Agradezco infinitamente que mamá entre en la cocina y nos interrumpa haciéndonos salir al patio y sentarnos todos en la mesa para disfrutar de una tarde noche encantadora.

Ambos obedecemos y salimos, yo delante de Adam, manteniendo una distancia de seguridad.

Noto que incluso las manos me están sudando.

―¡Cómo me alegra ver que no hemos tenido que venir a separaros como cuando erais niños! ―bromea Ethan―. Casi esperaba veros agarrados de las greñas.

―Ya no tienen diez años... ―suelta la tía Ava―. Gracias al cielo, porque vaya etapa nos disteis, muchachos.

Oliver nos mira con una sonrisa traviesa, típica en él.

―Míralos, se mataban y ahora están hasta cortaditos...

―Llevamos diez años sin vernos ―les comento mientras sirvo los refrescos en sus vasos. Adam me mira mientras relleno el suyo―. Es normal que la gente cambie.

―Bueno, algunas cosas no cambian nunca y es una felicidad que ocurra así. ¡Mira a la tía Ava! Da igual los años que pasen, que siempre la verás así. Enérgica, mal hablada y terremoto.

La tía Ava comienza a cantar Dos gardenias con un marcado acento y lo peor es que Oliver la sigue. Nos hacen reír a todos.

―«Dos gardenias para ti, que tendrán todo el calooooor de un beso...» ―canturrea ella poniéndole mucho sentimiento. ¿Tenía que ser justo esa canción?

―«... de esos besos que te di y que jamás te encontrarán en el calor de otro querer...» ―le sigue Oliver desafinando de forma horrible.

El beso de Adam aquella noche en la calle acude como un flashback a mi mente y derramo un poco de agua del vaso que estaba llenando de la tía Ava.

Se lo dejo con algo de tembleque a su lado en la mesa, la jarra también, mientras mamá trae unas deliciosas costillas en una gran fuente para que nos vayamos sirviendo.

―Bueno, basta de boleros, que se va a enfriar esto. ―Tomo los tenedores y comienzo a trincharlas yo intentando no mirar a nadie ni lanzar los cuchillos en otras direcciones.

A pesar de toda la impresión que decide no abandonarme durante la velada, todos hablamos, reímos, cantamos y nos ponemos las botas hasta que ya no podemos más.

De vez en cuando mis ojos van con vida propia hacia Adam, que se afana en integrarse con todos y, al igual que hago yo, ignorarme a mí.

Siento una punzada de algo que no sé describir y que no es nada agradable.

La tía Ava sopla sus velas, no sin antes obligarnos a cambiarle los números de orden para que pareciera que estaba soplando un sesenta y nueve, en vez de un noventa y seis, y con el móvil le hago un bonito e hilarante reportaje. Ojalá fuese eterna.

Ojalá este momento también lo fuera.

―No os hemos contado las buenas noticias ―comenta Oliver mientras acompañamos a los Sullivan a la puerta, cuando toda la fiesta ya termina. Mira con orgullo a su hijo.

Mi corazón se arruga. ¿Buenas noticias? ¿Será..., será que Adam se casa? Comienzo a hiperventilar levemente intentando mantener el control. ¿Dónde la habrá conocido? ¿Quién es ella?

―Nuestro pequeño, ya no tan pequeño... ―continúa Ethan, retorciéndome más el corazón.

―¡No me digáis que por fin se ha echado una buena moza! ―suelta la tía Ava, sin anestesia, sin saber que a su sobrina-nieta le está dando un ataque al corazón en estos momentos y no entiende muy bien ni siquiera el por qué.

―Oh, Ava, ya nos gustaría, créenos. Pero este chico antisocial se niega a hacernos abuelos. Quizá no sea el mejor momento, si me paro a pensarlo; lo malcriaríamos demasiado ―se ríe Oliver.

Respiro, automáticamente aliviada.

―Me ofrecería voluntaria para seguir haciendo crecer la familia, chico, pero me pillas un poco pasada de edad. ¡Si te hubiese pillado de joven!

―Seguro que eras arrebatadora ―bromea Adam con ella sonriendo.

―Terminó su trabajo en Nueva York como contable. ―Así que allí había estado todo este tiempo en la otra punta del país―. ¡Y ahora comienza a trabajar en Los Ángeles!

Mamá y la tía Ava se alegran mucho por la noticia, porque esté más cerca de casa y le dan la enhorabuena. A mí, me vuelve a latir más rápido el corazón. Adam y yo... en la misma ciudad. Había avanzado demasiado en eso de derrotar a mis demonios como para tener que enfrentarme a ellos de nuevo.

Nos dan las buenas noches mientras yo sigo sumida en mis cavilaciones.

La ciudad de los Ángeles es muy grande, es sumamente difícil coincidir.

Casi cuatro millones de personas en el mismo lugar.

Es imposible. Pero esa imposibilidad también, de cierta manera, molesta.

Respiro hondo mientras doy las buenas noches a mi familia y subo a mi cuarto.

Hoy descansaré aquí y volveré mañana a la ciudad.

Y todo será maravilloso. Comenzaré mi trabajo el lunes, conoceré a mucha gente nueva y Adam volverá a salir de mi vida.

Me detengo frente a la ventana para echar las cortinas y lo veo a él, en su cuarto, mirándome.

Tal y como cuando éramos adolescentes. Nos aguantamos la mirada unos segundos.

Nuestro físico ha cambiado, pero la sensación que me provoca verle ahí de pie no.

Y me asusta. Me asusta muchísimo. Fuerzo una leve sonrisa, que no sé si llegará a apreciar a esa distancia, y me despido con un gesto de la cabeza antes de cerrar las cortinas bruscamente.

Me llevo la mano al pecho. Respira, Mia, respira. Demasiadas emociones, demasiados cambios. Es normal. Todo esto es normal. Necesito unos minutos antes de poder volver a la cama.

―Cualquiera diría que la que cumple hoy noventa y seis eres tú, con esos infartos y esa respiración agitada.

La voz de la tía Ava me sobresalta. Y me coloco en una postura más natural. Nos observamos fijamente unos segundos. Puedo ver, maldita sea, a la agente del FBI que vive dentro de ella y ese brillo de malicia en los ojos. No ha menguado con los años.

―Está más guapo que nunca, ¿eh?

La miro con los ojos desorbitados y estoy a punto de contestarle, pero solo boqueo como un pez fuera del agua sin saber qué decir. Me agacho para recoger un cojín del suelo y tirárselo, como hacía de adolescente, pero ella es más rápida.

―Bueno, dicen que en Hollywood los sueños se hacen realidad. Y más cuando tu sueño está tan cerca.

Me lanza un beso con esos morros pintados de rojo y cierra la puerta corriendo antes de que el cojín la alcance.

Y la escucho reír mientras se aleja.