Capítulo 37
L a tía Ava se pondría superfeliz cuando viese su regalo.
Noventa y seis años no se cumplen todos los días y una ocasión especial necesitaba de un regalo a la altura.
Mientras recorro la carretera que me separa de mi hogar en autobús, aprieto con fuerza la caja envuelta que contiene el fantástico karaoke que la tía siempre había querido, y que mamá nunca le había comprado.
Quizá saliese el cacharro por la ventana y yo detrás de él cuando mi madre lo viese, pero era un riesgo que valía la pena correr. Hará feliz a una mujer mayor que nunca pudo cumplir su sueño por circunstancias de la vida.
Mamá viene a buscarme en coche a la estación y nos fundimos en un abrazo largo y apretado, que demuestra lo mucho que nos echamos de menos, aunque nos vemos con cierta frecuencia fuera de las comidas navideñas.
―Mia, bienvenida a casa ―saluda mamá con cariño mientras se aleja―. ¿Qué es lo que llevas ahí?
―Un regalo para la tía Ava y una disculpa de antemano para ti.
―No me hagas arrepentirme de haberte invitado a la fiesta.
Sonrío con inocencia como si tuviese nueve años para obtener su perdón y las dos subimos al coche.
Mi hogar me recibe como siempre. No ha cambiado casi nada a lo largo de los años: la misma casa de dos plantas revestida de madera blanca.
Cuando atravieso la puerta, lo primero que hago es buscar a la tía.
―¿Dónde está la cumpleañera? ―pregunto alzando la voz para que pudiese escucharme mientras la busco por las estancias de la casa, que huele a un riquísimo ambientador de vainilla y al aroma de mi familia.
―Pues me hubiese encantado irme contigo a emborracharme en locales lujosos de Los Ángeles mientras camareros fornidos me llenan la copa de champán con bengalas y me dedican unos bailes, pero tendrá que celebrarse aquí. ―Su voz proviene del pequeño patio trasero.
Me asomo por la puerta de la cocina y la veo ahí, en el pequeñito porche, sentada en su mecedora, y al lado Jiggly , que contento viene a matarme a lametones. Dejar a Jiggly aquí fue también muy duro. Pero ahora era un longevo ancianito perruno y, junto a mi tía, era muy feliz.
Aunque el tiempo es cálido a causa del inicio del verano, mamá le ha colocado una mantita en las piernas para que no pille ningún resfriado. No dudo un segundo en ir a abrazarla.
―Mejor no tentemos a la suerte, tía Ava ―río pegada a su oído y ella me devuelve el abrazo―. Creo que un zumito de fruta hecho por mí te va a sentar mejor.
―No lo tengo yo tan claro... Mira que lo bailoteos de esos hombres resucitan a muertos y yo casi estoy así. ―Echa un vistazo al paquete que llevo conmigo―. ¿Qué traes ahí?
Pone una mueca curiosa y divertida mientras señala el bulto.
Y me alegra ver que, aunque los años pasen por ella y sea realmente longeva, a pesar de perder kilos y ganar arrugas, sigue siendo la misma intensa y bromista de siempre con sus labios eternos pintados de rojo. Le dejo el regalo en su regazo.
―¡Feliz cumpleaños! ―exclamo feliz, sintiéndome afortunada de poder disfrutar de ella aún―. Ábrelo, es para ti. Y no creo que haga falta cambiarlo.
―Deja ya de felicitarme, me siento con un pie en la tumba.
La insto a que deje de decir tonterías y abra la caja. Su cara es un poema cuando ve el sistema de karaoke con grandes éxitos de todas las épocas y su micrófono. Ella chilla de la emoción, eufórica, levantándolo como si fuese una codiciada copa deportiva que por fin obtiene.
―¿Encima, dos micrófonos? ―La voz de mi madre, que ahora aparece en el porche tras nosotras, suena fastidiada.
―Bueno, ya sabes lo que dicen: si no puedes con el enemigo... ―Hago un gesto de cantar con un micro―, únete a él.
―¡Quiero estrenarlo ya! ―chilla la tía Ava como una niña pequeña, luego me mira y me susurra con complicidad―: Y la primera que cante será en tu honor. Esa de Titanic que tanto te gustaba...
―Muy graciosa. ―Mi madre me fulmina con la mirada―. Anda, ven y ayúdame con la comida; los invitados estarán al caer.
No había reparado en que el pequeño patio estaba decorado y que había una mesa grande para la celebración.
Me extraña, porque mamá nunca había celebrado el cumpleaños de la tía Ava invitando a nadie.
Siempre habíamos sido nosotras tres, y un gran pastel de chocolate con galletas.
Siempre con galletas. La broma se quedó entre nosotros.
Entro a la cocina con ella, dejando a la tía Ava toqueteando su regalo, y comienzo a emplatar algunos sándwiches.
―¿Estamos celebrando algo más, mamá? ―pregunto extrañada mientras ella vuelca en un cuenco una bolsa de snacks de patata.
―La tía nunca ha tenido una fiesta en condiciones ―confiesa con cariño―. Así que se me ocurrió que es un buen motivo para celebrar. No se cumple esa edad todos los días. Pensé que le gustaría hacer algo especial con los suyos.
―¿Vendrán sus amigos del centro de día?
―Algo así ―sonríe misteriosamente―. Saca la tarta del horno para que se vaya atemperando.
Obedezco. Huele impresionante. Espero que no les dé un subidón de azúcar a todos esos abuelitos. No queremos desgracias. Con que la tía Ava nos deleite con My heart will go on es más que suficiente.
―¿Cómo vas por la gran ciudad? ¿Alguna nueva noticia?
―Terminé mi contrato en el restaurante ―contesto sin saber muy bien cómo va a reaccionar. Nunca me apoyó demasiado en mi sueño, pero nunca me lo prohibió tampoco. Y sé que le duele ver cómo estoy y ser una sombra mucho más triste de la niña y adolescente soñadora que era.
―Pero, hija, ¿de qué vas a vivir?
―Me ha salido un nuevo contrato mucho mejor, mamá. ―Dejo la tarta a buen recaudo y la miro apoyándome en la isla de la cocina―. ¿Conoces a Aurora Bellerose?
Ella asiente casi de inmediato. Normal, no hay nadie en este país que no la conozca.
―Me vio en un casting y me ha pedido que sea su asistente. Ganaré el cuádruple; qué digo cuádruple, el séxtuple de lo que ganaba en esa miseria de restaurante. ―Tomo aire―. Y, además, me codearé con lo mejor de Hollywood de manera indirecta.
―Me alegro muchísimo, hija ―me felicita con sinceridad, pero preocupada―. Aunque tampoco quiero que te hagas ilusiones; es un mundo difícil. Tú, más que nadie, has visto que no es fácil llegar y vivir de ello para siempre. No quiero verte sufrir más. Quiero ver a mi Mia.
―Si no lo intento, mamá, sufriré arrepintiéndome el resto de mi vida. Es uno de mis últimos cartuchos, y necesito intentarlo. Y, si eso significa tener que acompañar a una estrella de Hollywood hasta a ir a cagar, lo haré.
Ella asiente, intentando mostrarse comprensiva. Yo trago saliva.
―¡Eso es una pasada, Mia! ―chilla la tía Ava desde fuera―. ¡Necesito un autógrafo suyo, prométeme que me lo traerás!
Miro a mamá.
―¿No decías que estaba mal del oído?
El timbre suena de repente, sobresaltándonos a ambas.
Bueno, parece ser que esta charla acaba aquí.
Los invitados están en la puerta y no es de buena educación hacerlos esperar.
Mamá me pide que vaya a saludarlos y a invitarlos a entrar y sentarse en el jardín, y yo vuelvo a obedecer para echar una mano.
Abro la puerta con una sonrisa de oreja a oreja.
―Bienvenidos al cumpleaños de la tía Ava; ella está justo en...
Mi voz se queda en nada cuando unos ojos inolvidables llenan los míos.