Dos como nosotros Capítulo 36
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Capítulo 36

L a verdad, se hace esperar. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que me senté en un lujoso sofá blanco hueso con textura de piel de melocotón hasta que la puerta se abre de repente de un modo brusco y rápido, que me sobresalta de nuevo.

Me giro ligeramente para ver entrar a la belleza de Hollywood, Aurora Bellerose.

Me pongo de pie e intento mostrar una sonrisa y salir del shock inicial que todos pasamos cuando tenemos delante de nuestros ojos, en carne y hueso, a un famoso que solo hemos visto por la televisión.

No mentían las imágenes ni las fotos. Aurora es impresionante.

Tiene unos enormes ojos oscuros, casi negros, maquillados en tonos azules y marrones, que los resaltan aún más; una larguísima cabellera del tono del chocolate rizada en los sitios donde debe estarlo; y un cuerpo escultural envuelto en una delicada bata de satén beige, que acentúa su piel morena. Madre mía, es una auténtica estrella.

Me mira y me sonríe automáticamente, cosa que me sorprende, porque los medios siempre la ponen de antipática y seca. Camina hasta mi posición, porque yo soy incapaz de moverme, y me toma de la mano. Todo el día de hoy iba a ser un auténtico shock.

―Mia, ¡qué alegría tenerte por aquí! ―saluda con una voz femenina y un acento muy propio suyo al que ya estamos acostumbrados de verla en la tele―. Pensé que quizá no te interesaría, pero me alegra ver que finalmente sí.

Mis fosas nasales se inundan de un perfume floral que estoy segura de que no baja de los trescientos dólares y que hace que mi mente salga un poco de su aturdimiento.

―El placer es mío, señorita Bellerose. Soy una gran admirador a de su trabajo.

―Oh, llámame Aurora; que me hablen de usted me hace sentir como una momia, además, tengo tu edad ―ríe y hasta ese sonido contenido suena a riqueza.

Señala con los brazos el sofá para que volvamos a sentarnos.

Pensé que pondría distancia y se colocaría en su escritorio superpoderoso, pero se queda a mi lado, casi rozando sus rodillas con las mías.

―Creo que te estarás preguntando por qué tú, ¿verdad?

―La verdad, sí. No he dejado de pensar en ello, soy una total desconocida ―me sincero mientras me sudan las manos.

―Vi tu casting para Juego de tronos hace un mes.

Estuviste espectacular, pero esos directores son una panda de palurdos.

―Me sorprende escucharla decir esa palabra.

Imagino que tiene tanto poder que no teme a que no la llamen―.

Y yo necesito a alguien que sea talentoso, que tenga don de gentes y buena presencia para acompañarme en mi día a día.

Pensé que serías una estupenda opción y me diste muy muy buenas sensaciones.

―Estoy muy agradecida por sus palabras, señorita..., perdón, Aurora; significan mucho para mí, pero no acabo de entender... ¿Cómo encontraste a mi compañera de piso?

―Si hay algo que nos sobra a las estrellas de Hollywood es información y contactos, querida.

Me pongo colorada al instante ante tales certeras palabras. ¿Qué se sentiría al tener tanto poder?

―Además, esto es Los Ángeles; los milagros ocurren ―sonríe de manera misteriosa.

―Ya, eso dicen. Yo no he tenido aún el placer de comprobarlo. ―No vayas por ahí, Mia, no seas pesimista.

―Estás aquí hoy, ¿no? Yo creo que lo estás empezando a hacer.

Le aguanto la mirada unos segundos intentando volver a mis cabales. Necesito este empleo. Y estoy decidida a conseguirlo. Sí, no hay otro camino para lograr lo que quiero.

―Estaré encantada de ser tu asistenta, Aurora. Pero voy a necesitar que me guíes. Sinceramente, estoy algo perdida en este mundillo.

Ella aplaude encantada por mi predisposición y me toma de la mano de nuevo, con toda la confianza del mundo. Qué raro es todo.

―Sé que serás una empleada estupenda, tengo un sexto sentido con las personas.

Y este trabajo, bueno, será una vorágine de rodajes, eventos y algún que otro viaje.

Tendrás tus descansos, no te asustes, no quiero explotarte y tendrás también una vida de la que ocuparte.

―Mejor ni hablemos de mi vida, me mudaría aquí sin pensarlo dos veces―.

Te propongo un contrato de lunes a domingo, descansando los lunes, y un fin de semana libre al mes.

Asiento para mostrar que estoy de acuerdo.

―Y el sueldo, espero que esto te parezca bien.

―Camina hasta el escritorio y me tiende un par de hojas con lo que supongo serán todos los requerimientos del trabajo, una hoja de confidencialidad y otra informativa, donde no puedo apartar los ojos de la cifra.

Siete mil dólares al mes. Cien mil al año.

Tengo que estar soñando―. ¿Te parece bien?

―Es una pregunta absurda cuando estoy leyendo tal cantidad desorbitada ―suelto con toda la confianza del mundo sin poder contenerme. Adiós, asqueroso Carlo, y adiós, mil dólares al mes, que no me alcanzaban para absolutamente nada.

Ella ríe, feliz de ver mi cara. Y comienzo a comprobar que no es la persona que pintan los periodistas amarillistas.

Me tiende un bolígrafo y firmo todo casi sin leerlo, de la emoción que me inunda.

Puestos a timarme, me encantaría ser estafada por una artista de Hollywood que me paga cien mil dólares al año.

No puedo parar de pensar en la cifra y en qué podría hacer con tal cantidad de dinero, aunque para ella resultará irrisoria en comparación a lo que debe ganar.

―Bienvenida a Hollywood, Mia. ―Me tiende la mano para cerrar del todo nuestro trato y me parece estar soñando.

―¿Un té, señoritas?

Me sobresalto al escuchar la misma voz masculina que me recibió en la entrada antes. Aurora se ríe mientras toma un vaso que le tiende el mayordomo estirado, en sus cincuenta, con cara de pocos amigos.

―Por eso lo contraté, es sigiloso y no habla de más.

―Eso, desde luego. ―Tomo un sorbo del mío.

El mayordomo resulta ser también chófer y me lleva de regreso al piso en un cochazo del que ni conozco la marca cuando Aurora y yo terminamos de hablar de todo y ponernos al día.

Me suelta una grandísima carpeta para aprender sobre su vida, su agenda y sus proyectos, y me da una semana para prepararme.

Cuando me bajo del coche y me despido de él dándole las gracias, descubro que se llama Vincent y que es tan poco hablador como Aurora afirma que es.

Qué hombre tan extraño. Puedo ver a Stella y a Tony asomados a la pequeña ventana del quinto piso de nuestro edificio de ladrillo visto. Chismosos. Cuando subo y abro la puerta, de repente están sentados en el sofá viendo la televisión.

―Os he visto ―suelto las llaves en el pequeño cenicero de cristal de la minúscula entrada y camino hacia la cocina.

Ellos me siguen con la mirada deseando verme accesible para abrir sus bocas.

Meto unos macarrones con queso en el microondas y me giro para mirarlos―.

Ha sido lo más increíble que he vivido en mucho tiempo.

Se miran entre ellos y Stella sonríe. Corriendo viene hacia la pequeña barra americana que separa la cocina del también enano saloncito.

―¿Cómo es ella? ¿Cómo es su casa? ¿Qué hay dentro? ¡Dios, tengo tantas preguntas! ¡Vas a codearte con una estrella!

―Además, está buenísima. ―El aporte de Tony me hace poner los ojos en blanco, él siempre pensando en lo mismo. Al menos no ha traído a chicas a casa este mes; estaba cansada de ver salir a pobres adolescentes a hurtadillas mañana sí y mañana también―. Pásame su teléfono cuando puedas.

―No quiero perder mi trabajo antes de empezarlo, Tony. Tendrás que trabajar más esos abdominales para de conocerla; no creo que se impresione fácilmente, cuando se codea con los actores más deseados ―bromeo mientras él ríe y le da un sorbo a su batido de proteínas sabor mantequilla de cacahuete.

―Se rumorea que está saliendo con Raven Hart; santo cielo, ¿te imaginas la pareja ideal que harían si eso fuese verdad? Un rockero y una estrella del cine.

―Pues aún no sé nada de su vida privada, pero imagino que en algún lugar de esta carpeta podría estar escrito.

Por favor, que nada de lo que haga salga de aquí.

―El microondas suena y tomo mi comida para cenar, aunque me entra poca cosa a causa de la emoción―.

Tiene una casa enorme, que no podrías alcanzar ni en tus mejores sueños; gente que trabaja para ella; y está como recién salida de un centro de belleza las veinticuatro horas, por lo que se ve.

Me ha hecho firmar un contrato de confidencialidad, así que nada debe salir de estas cuatro paredes. Lo digo por los dos.

Stella asiente de manera eufórica y yo vuelvo a darle las gracias por ser la portadora de este trabajo.

―Una estrella de la NBA, ahora una estrella de Hollywood... ¿Quién será el próximo en la lista? ―Se gira para volver a sentarse con Tony.

―No lo sé ―confieso mientras tomo la pequeña bandejita y me siento entre ellos en el sofá―. Pero estoy deseando averiguarlo.