Capítulo 35
N o sé cuántos días o meses pasan hasta que comienzo a encontrarme algo mejor y saco fuerzas para anotarme a varios castings más.
De cierta manera, las palabras de Liam y de mis compañeros de piso logran animarme, también las palabras escritas en decenas de libros de personas que han tenido que luchar para alcanzar sus sueños y que hoy son un ejemplo a seguir.
A pesar de los continuos rechazos que sigo recibiendo sin parar.
Las visitas a mamá y tía Ava siempre me sientan estupendamente y si ya veo también a Ethan y Oliver, como en este último viaje, aún me vengo más feliz.
Nunca me atrevo a sacar el tema de su hijo.
No delante de ellos y dar a entender que me importa.
No después de la tabarra que le hemos dado durante toda nuestra infancia y adolescencia y seguramente la gran paz que los inundó cuando ambos nos marchamos de Santa Clarita.
Los martes suelo librar, así que aprovecho para darle un buen repaso al piso ahora que los niños, como los llamo con cariño, no están para incordiarme.
Stella estará cantando en alguna calle del centro de Los Ángeles y Tony haciendo algún casting de modelo.
Luchando por sus sueños. Y yo estoy aquí, con mi moño medio desecho encima de la cabeza y con la aspiradora en la mano, llegando muy lejos...
La puerta se abre de repente, sobresaltándome, y aparece Stella, con una sonrisa de oreja a oreja. Comienza a hablar tan rápido que no le entiendo nada de lo que dice.
―¿Qué ocurre? ―le grito mientras apago la aspiradora y nos va envolviendo el silencio.
Ella tan solo camina hacia mí tirando su bolso al suelo y hace que suelte la aspiradora. Me mira tan feliz y con tanto brillo en los ojos que me asusta.
―Stella, ¿qué demonios...?
Me manda a callar enseguida mientras chilla de manera contenida.
―Tenía que venir a casa porque no te vas a creer lo que me ha pasado hoy en la tienda, de verdad que no.
―¿Algún futbolista guapo y famoso te ha propuesto algo al fin? ―pregunto interesada.
―Aún no. Pero esto es mejor. Calla y te lo cuento. ―Me toma más fuerte de la mano mientras me atraviesa con la mirada―. Ha entrado en la tienda nada más y nada menos que ¡Aurora Bellerose!
No finjo mi sorpresa cuando la escucho. Aurora Bellerose es de lo más famosito de Los Ángeles ahora mismo y está en la cima de su carrera como actriz.
Los productores y directores de casting se la rifan.
Y la verdad, quitando su pomposo nombre, la chica tiene talento.
He seguido su carrera muy de cerca al tener la misma edad que yo.
No puedo evitar compararme y me da una punzada de envidia sana.
― Wow . Te han tenido que pagar hoy una comisión altísima. Seguro que se habrá comprado media tienda. ¿Es tan guapa en la vida real como en las pelis?
―Eso también ha sido alucinante. ¡Podré comer aguacate y huevos todas las mañanas a partir de hoy! Y ella es bellísima, aunque creo que tiene algún que otro retoquito... Pero a lo que voy...
―Qué misterio, de verdad.
―No sé cómo, ni cuándo, ni por qué, pero está buscando una asistente personal que la acompañe a realizar toda su apretadísima agenda.
Me estoy perdiendo.
―Me alegra que ella se lo pueda permitir.
―Te quiere a ti, tonta ―me corta cariñosamente.
Me pierdo aún más. ¿Pero en qué momento va a conocerme una superestrella de tal calibre y va a querer que sea su asistente personal y entrar en su mundo de lujos, rodajes y galas?
Mi compañera de piso parece leer mi mente, como todos hacen siempre.
―No sé cómo te conoce. Quizá te haya visto en algún casting y haya leído tu portfolio o te haya visto por la calle y haya investigado, o haya soñado contigo a modo premonitorio; yo qué sé...
―Pero, en ese caso, ¿cómo te ha encontrado a ti?
Hace una mueca y se queda pensativa, porque sabe que tengo toda la razón del mundo. Aun así, ella no se baja de su nube, tan solo se suelta el pelo, se lo sacude y vuelve a tomarme de las manos.
―A estas cosas no hay que buscarles explicación. ¡Esto es Hollywood, nena! Los milagros ocurren.
Me da un escalofrío: cada vez que escucho nena , me acuerdo del salido y rastrero de Paul.
―Ya, pero es que es un milagro bastante extraño...
―Tienes que aceptar ―ordena―. Vas a ganar el cuádruple que en ese local de pasta y, además, podrás incluso meter cabeza en ese mundo; estoy segura de que codearte con ella será una excelente oportunidad para redirigir tu camino. No puedes decir que no.
Me suelta para ir a recoger su bolso del suelo. Lo abre y me tiende una elegante tarjeta de visita, que imagino que será de su representante. La tomo con las manos temblorosas, sin saber muy bien aún cómo reaccionar ante tal noticia. Pero, sin duda, era una enorme oportunidad. Muy grande.
―Llámala en cuanto puedas, estará esperando noticias tuyas. ―Junta las manos y me mira con ilusión―. ¡Por fin vas a debutar!
―No te anticipes, porque por ahora solo seré la chacha de una actriz famosa.
―Pues serás una chacha con un gran futuro ―sonríe para infundirme ánimos y no puedo hacer otra cosa que darle las gracias de corazón.
No entiendo por qué Stella es tan amable conmigo ni por qué se alegra tanto de mis pequeños logros. Reconozco que nunca he sido una compañera de piso ejemplar. Siempre he tenido carácter, pero los años y las decepciones me han agriado el humor y no he sido completamente yo.
―Gracias, Stella. Siento no haber sido una compañera de piso ideal.
Mis palabras la emocionan aún más y con un gesto de la mano le quita importancia.
―Todo por nuestra abuelita ―bromea y sus ojos oscuros se iluminan―. Cuando seas famosa, acuérdate de nosotros. Será una estupenda manera de compensar.
Me guiña el ojo y luego desaparece por el pasillo. Yo me quedo un rato más en el salón, estática, observando la tarjeta que sostengo en mi mano y que de algún modo me quema los dedos. ¿Debería llamarla ya o debería esperar? Mejor no parecer tan desesperada.
La dejo en la mesita baja delante del sofá e intento volver a la tarea de poner este piso en orden, aunque, cuando vuelvo a encender la aspiradora, no puedo dejar de sonreír.
***
Me doy el lujo de pedir un taxi hoy. No es cuestión de llegar a la casa de la gran estrella Aurora Bellerose en transporte público.
Aunque, si nos paramos a pensar, el taxi también es considerado de esa forma.
En fin, qué más da; de todas maneras, el autobús urbano ni llegará por aquí; dudo que ninguno de los que viven en Hollywood Hills en mansiones de mil metros cuadrados, con la ciudad a sus pies y con vistas privilegiadas a las enormes e históricas letras que rezan Hollywood en el monte Lee, necesite tomar el autobús al centro.
Me quedo de piedra con la mansión que veo, incluso más que cuando el taxista me dice que son más de cincuenta dólares el paseíto.
Estoy de pie, en medio de la calle, intentando asimilar la grandísima estructura que ven mis ojos.
Una mole de tres plantas cuyo color protagonista es el gris mezclado con grandes cristaleras que la hacen ver aún más infinita.
La valla que la rodea es de mucha seguridad y apenas puedo ver la planta baja; tan solo veo asomar los preciosos árboles y arbustos, y un fuerte olor a cloro y césped recién cortado, incluso aunque es otoño, inunda mis fosas nasales. El olor del lujo, supongo.
No creo que por estas zonas huela demasiado al kebab de la esquina, a las cañerías mal mantenidas de un edificio de más de cien años en Lincoln o al sudor del vecino en el rellano.
Estoy tan ensimismada en mis cavilaciones que apenas reparo en que la puerta de metal gris se ha abierto y me espera un hombre muy bien vestido, que me observa sin saber muy bien si interrumpir mi viaje astral o no.
¿Cuánto tiempo llevará ahí parado? Me recompongo, recolocando mi bolso de mercadillo en el hombro, y me acerco a él algo nerviosa y expectante.
―Lo siento, es que la casa es impresionante ―me disculpo mientras llego a su posición.
Él se muestra serio y no hay ni un ápice de sonrisa amable en su rostro. Que persona más extraña.
―La señorita Brooks, supongo. ―No lo dice como una pregunta, sino como una afirmación. Yo asiento―. Sígame, la señorita Bellerose la atenderá enseguida.
Susurro un gracias escueto mientras trago saliva, me aliso la falda y sigo sus pasos hacia la casa.
Si el exterior me había dejado sin palabras, el interior es como estar muerto y resucitar en el cielo.
No hay rincón sin detalle: cada cuadro, cada sofá, cada alfombra rezuma lujo por los cuatro costados.
Me da hasta miedo pisar el reluciente mármol por el que camino.
Estoy segura de que un metro cuadrado de este suelo vale más que todo lo que tengo ahorrado en el banco.
Hasta el aroma que parece emanar de la casa huele a caro.
Me conduce por una lujosa escalera de ¿cristal?
hasta el segundo piso, donde puedo atisbar un gran salón abierto, pero abiertísimo ―literalmente sin pared―, hacia una piscina infinita con una vista increíble a la ciudad de Los Ángeles y al letrero de Hollywood.
Como si el mundo fuese suyo. Y lo era. En gran parte.
Hay personas que disfrutan en la piscina, pero no veo a Aurora por ningún lado.
El mayordomo, silencioso y escueto, tras atravesar lo que me ha parecido una avenida, me abre unas grandes puertas de madera de la buena, y cerca de tres metros, para hacerme entrar a una suerte de despacho, que es más grande que mi piso entero.
―La señorita Bellerose estará aquí enseguida.
Asiento dándole las gracias de nuevo y se marcha tan silencioso como apareció.