Dos como nosotros Capítulo 34
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Capítulo 34

H asta Tony me tiende pañuelos de papel mientras se come su cena de arroz con pollo.

Nunca lo he visto comer algo diferente. Mis dos compañeros de piso me consuelan, pero yo lloro a moco tendido, abrazándome las rodillas, en mitad de nuestro viejo sofá destartalado.

Ambos, sentados cada uno a mi lado, intentan animarme mientras fuera la ciudad es un manto de lucecitas que se extiende más allá de donde alcanza la vista y un frenesí de vidas muy ocupadas.

―Otra oportunidad vendrá, Mia. Seguro que está ahí esperando por ti. ―Stella siempre intentando ver el lado positivo.

―Estás buena, de verdad ―suelta Tony de sopetón, sin esperarlo―. No estás gorda, como han dicho esos. Tienes unos muy buenos... atributos.

Supongo que debería darle las gracias. Pero no puedo emitir ningún sonido de mi boca.

Nunca me he sentido más humillada en los días de mi vida.

Nos trataron a todos como si con nosotros estuviesen haciendo una obra de caridad, para después soltarme que mis ojos eran demasiado grandes y llamativos, mi pelo muy oscuro, mi nariz algo chata y que estaba un poquito pasada de peso para el papel; en resumen y por si no me había dado cuenta después de que me golpearan con sus palabras como a un saco de boxeo, no era un papel para mí.

―Y lo del pelo, ¡qué tontería! ―exclama indignada mi compañera―. ¿Acaso han quemado todas las pelucas de la faz de la tierra o qué? ¡Todos las usan!

Mi móvil vibra encima de la mesita baja y mis compañeros lo miran con interés por si hay cambio de noticias.

Stella se revuelve en el sofá al ver quién me está escribiendo; no acaba de superar que sea amiga íntima de una estrella de Los Ángeles Lakers.

Puedo ver que es Liam, seguramente para preguntarme por el casting, como hace siempre. No puedo enfrentarme a él ahora mismo.

―¿Te hago una sopa? Así cenas calentito y, cuando te metas en la cama, dormirás mejor. Y mañana será otro día y verás las cosas de otra forma... ¿Cuándo tienes la próxima audición?

Me levanto del sofá de repente, cansada de llorar. Y recojo el teléfono.

―No creo que quiera pisar un casting nunca más ―confieso―. Quizá lo mejor para mí sea volver a Santa Clarita y formarme en otra cosa. Quizá esta vida no está hecha para mí.

―Poco a poco, Mia.

Pierdo los nervios. Y los encaro más enfadada de lo que me gustaría.

―¡No lo entendéis...! Podéis hablar cómodamente desde vuestra posición con vuestras edades y pensar que todos los sueños se van a cumplir y que todo será color de rosa.

A mí también me pasaba, yo también lo creía.

Pero la vida real no es así ―respiro, agitada, recordando muchísimo las palabras de mi madre cuando le comenté que quería ser actriz―.

Tenéis mucho tiempo por delante. Yo no. No me darán muchos papeles cuando pase de cierta edad.

No tengo tiempo. Quizá nunca debí gastarlo en este sueño tan estúpido, de todas formas... Buenas noches.

Stella se levanta y hace el amago de venir tras de mí, pero le hago un gesto con la mano para que se detenga y me deje estar sola.

Lloro bastante rato una vez que estoy en mi cama.

Y, durante algunos días más, ese es el humor que me acompaña.

Charlo con mamá por teléfono y con la tía Ava, les prometo ir pronto a visitarlas.

Siempre solía ir una vez cada dos semanas cuando el trabajo me lo permitía y finjo que está todo bien y que no llevo una vida desdichada y precaria. Creo que cuela.

En el trabajo, también me pongo la careta e intento realizar mi jornada lo mejor que puedo, no dejando que lo demás me afecte.

Aunque el pensamiento de que llevo más de siete años sirviendo pasta en vez de actuando me revuelve las tripas.

La campanita de la puerta, indicando la entrada de nuevos clientes casi a última hora, me hace salir de mis cavilaciones y del intento de toqueteos de Carlo, el viejo verde asqueroso al que tenemos que llamar jefe.

Sueño cada día con que le dé un infarto de tanto atiborrarse de pasta y nos deje en paz.

―Lo siento, la cocina ya está cerrada ―anuncio a los nuevos clientes mientras me afano en limpiar una mesa con la bayeta.

―¿No queda ni un platito de pasta para un viejo amigo?

Cuando alzo la cabeza ante la familiaridad de su voz, mis ojos se encuentran con los suyos, oscuros. Verlo siempre me llena de paz. Y me invade de una gran calidez que hace aflorar una sonrisa genuina.

―Sabía que no estabas bien. No has contestado mis mensajes en cuatro días ―me reprocha con cariño.

―Pensé que estarías muy ocupado. ―Me guardo la bayeta en el bolsillo de mi mandil negro.

Él se acerca a mi posición y me da un rápido abrazo reconfortante.

―Nunca lo estoy para ti y lo sabes.

Las lágrimas amenazan con salir de mis ojos, pero intento retenerlas lo antes posible.

No quiero preocupar a mi amigo, aunque me conoce como si me hubiese parido.

Él vuelve a mirarme mientras yo desvío la mirada para no hacerle frente y le indico que se siente en una mesa.

Les pido el favor a mis compañeros de cocina que hagan su pasta preferida y luego lo encaro.

―¿Cómo estás, Mia? ―pregunta con amabilidad. Su belleza se ha potenciado con los años y cada cierto tiempo, en las revistas, se puede ver algún escándalo con artistas y modelos guapísimas―. Hace ya tres meses que no nos vemos.

―Pues ya ves ―señalo a mi alrededor con un gesto de brazos―. Igual que cuando estábamos en el instituto. Esperando a que a un cazatalentos le entren ganas de devorar unos fettuccini Alfredo, le toque yo de camarera y me lance al estrellato.

Eso le hace sonreír.

―No necesitas ningún milagro de esos, tienes talento, sé que llegarás lejos.

Asiento. La misma charla de siempre mientras mi interior gritaba y no encontraba consuelo. Decido cambiar de tema.

―Veo que sigues reventando las cachas de todo el país. La gente te adora. Entre ellas mi compañera de piso, Stella. Me harías un gran favor si te acercas un día a saludarla.

―Estamos sin parar con todo el lío de los partidos, pero sí... estoy muy feliz. Aunque me gustaría verte más a menudo, ojalá todo fuera como en los viejos tiempos.

―¿Quién me iba a decir a mí que los recordaría con cariño y anhelo, cuando tenía tantas ganas de salir de ahí y de perder de vista a...

? ―Me voy desinflando cuando dirijo la conversación inconscientemente hacia él.

Pero ese pellizco siempre está ahí presente y el recuerdo de ese beso aquella noche del baile.

No es mi razón la que habla cuando le vuelvo a preguntar a Liam―.

¿Sabes por casualidad algo de él? No pienses nada extraño, solo es raro no saber nada de una persona que has tenido justo enfrente tantos años.

Me mira con intensidad y sonríe levemente. Espero parecer de verdad desinteresada.

―No sé mucho, Mia ―confiesa mientras mi compañera le trae su pasta y comienza a devorarla como hace siempre que se pasa por aquí a verme―. Pero sé dónde está.

Mi corazón se salta un latido y trago saliva disimuladamente. Siento ganas de hacerle tragar más rápido para que de una vez suelte la sopa.

―Creo que está en Nueva York, al menos eso es lo que me dijeron sus padres hace un tiempo.

Vuelvo a ponerme la fachada para que nadie note que mi mundo se acaba de sacudir ante esa noticia. Al otro lado del país... Bueno, justo donde siempre quise que estuviera.

―Me alegra saber que le va bien ―susurro.

―¿Tú alegrándote por Adam Sullivan? ―bromea―. Los años te han cambiado, querida amiga.

―No sabes hasta qué punto... ―Tomo aire para recomponerme―. Anda, acábate la pasta o me echarán la bronca por no poder irse a casa a su hora.

―A sus órdenes. ―Gira el tenedor y se mete un gran puñado en la boca. Me hace reír―. Y no te preocupes, me pasaré un día a conocer a tu compañera de piso. Intentaré venir con más frecuencia a verte, Mia. Y, si quieres entradas para el partido, tan solo tienes que pedírmelas.

―Es lo de menos, Liam. Me alegro de que estés viviendo tu sueño.

―Tú también lo harás. ―Traga―. Estoy seguro.