Capítulo 33
El sonido de la música procedente del salón me despierta, como muchas mañanas, antes que mi despertador. Abro los ojos despacito e inmediatamente los vuelvo a cerrar suspirando fastidiada.
Estoy harta de todo. Harta de trabajar como una mula para no tener un duro, harta de esta basura de piso de ladrillo visto en Lincoln Heights y harta de compartirlo con dos adolescentes que pensaban que el mundo era de color rosa con purpurina y que todos sus sueños se harían realidad.
Al menos hacían que el peso de las facturas fuese menor, pero el precio a pagar era otro: ninguna independencia, ruidos a todas horas y soportar manías y cosas que no tenía necesidad ya a mi edad. Pero mi cartera decía otra cosa muy diferente.
―¡Mia! ¡Vas a llegar tarde al casting! ―La voz de Stella, mi compañera de piso, me acaba de quitar todo resquicio de seguir durmiendo.
Me levanto totalmente desganada y me pongo mis gafas de pasta antes de salir con fastidio al pasillo y mirar la estampa de cada mañana mientras camino al pequeño comedor: Tony se afana en hacer ejercicios en la barra de metal que tiene colocada entre la pared que da a su cuarto y el tabique de la cocina y que algún día nos va a costar un disgusto y un albañil.
Su batido de proteínas espera que deje de hacer flexiones sobre la encimera, donde Stella ya se está preparando en su plato un nutritivo dónut y un vaso de leche con avena; según ella, para lo único que le alcanza su sueldo de dependienta a media jornada en una tienda de lujo de Los Ángeles.
Mi compañera se gira y me dice algo, pero con la maldita música a tope no entiendo nada, así que voy hasta su móvil y lo apago.
―¡Tía! ¡Que me cortas la rutina! ―se queja él mientras salta al suelo, fastidiado―. Siempre igual.
―No creo que por diez flexiones menos tus abdominales desaparezcan mágicamente. Me gustaría poder comunicarme en este piso sin tener que quedarme sin voz, por favor, y gracias.
―Tony, nuestra Mia ya tiene una edad... ―bromea Stella―. Los treinta no son fáciles de llevar.
Los miro a ambos de hito en hito fastidiada. ¡¿Quién me manda a compartir piso con dos veinteañeros?! La pobreza, esa me mandaba. Agarro una taza y la lleno de leche, tiempo en el que Tony me toma ventaja y vuelve a poner esa música tecno que te taladra los pensamientos.
―¡Tony! ―Me giro para lanzarle otra mirada furibunda, pero ya está muy ocupado haciendo llegar su cabeza al techo, con una sonrisa triunfadora. Casi puedo escuchar crujir de cansancio esa pared.
Necesito café. Mucho café. Cuando lo tengo listo, camino y me siento en una destartalada silla de madera al lado de Stella, que devora ya su desayuno intentando hacerse un moño impoluto que vaya acorde a su traje de chaqueta negro y elegante que le hacen usar en Hermès.
Se pelea con su larga cabellera oscura mientras yo tomo sorbos de la taza y miro la pared pintada de un tono beige y descascarillada en algunas zonas.
Doce años. Hacía doce años desde que me había marchado de Santa Clarita y no había conseguido prácticamente nada en mi vida.
Trabajar de manera precaria en un restaurante italiano con un jefe sesentón y acosador, acabar mi carrera y pasarme años y años intentando que alguien se fijase en mí y me hiciese debutar.
Tan solo dos anuncios de televisión, por los cuales Tony aún me hacía burla, y algunos cameos como extra en series de éxito, que pensaba que me abrirían puertas, pero finalmente no.
Suspiro. Incluso me teñí el pelo más oscuro por si un cambio de imagen me ayudaba.
Y aquí estoy. Miope, peliteñida y con una crisis de los treinta enorme. Sinceramente, a veces, no sé dónde ha quedado esa niña que miraba los pósteres de Kate Winslet y juraba que algún día lograría ser como ella.
―Mia, sal de ahí ―me ordena con cariño Stella mientras se pelea con una horquilla―. Poco a poco.
Me conocía bien. De algún modo sabe leerme la mente. Más de cuatro años de convivencia dan para mucho.
―No sé qué hacer, Stella. ―Me abro con ella―. Todo este tiempo... para nada.
―Siempre te pones así de pesimista cuando tienes un casting. Mia, todo este tiempo has estado ganando dinero, estudiando y luchando por tu sueño. No pienses que ha sido en vano. Yo estoy segura de que algo vendrá.
―Pues a este paso vendrán a buscarme al asilo para algo importante. ―Stella pone un gesto de fastidio ante mi pesimismo―. Han pasado tantos años...
El café me quema la lengua, pero no dejo de beber; al menos es el modo de sentir algo.
―Los que sean necesarios ―continúa ella intentando animarme―.
Mírame a mí, llevo casi cinco años tomando comida chatarra y vendiendo bolsos a ricos, que cuestan cuatro veces más de lo que gano en un año entero, mientras que por las tardes me voy a cantar a Hollywood Boulevard con la esperanza de que alguien me descubra.
No es la vida que soñé, pero... creo que cada día estoy más cerca de ella.
―Stella, tienes veintidós años...
―Y tú treinta, no eres ninguna anciana, aunque a veces lo parezcas ―ríe mientras se pone de pie para recoger sus cosas y se acicala el traje.
Luego me levanta de la silla medio forzándome―.
Venga, ponte aún más guapa de lo que ya eres, saca esa sonrisa e intenta comerte con patatas a esos productores de Juego de tronos.
Mira, incluso Tony, que es un desastre, entrena incansablemente todas las mañanas para lograr su sueño de ser modelo. Y tú eres más madura que él.
El susodicho sigue sin coscarse de que lo nombramos. La miro poniendo los ojos en blanco.
―Está bien―. Levanto los brazos en señal de rendición mientras camino de vuelta a mi cuarto para arreglarme e intentar sacar fuerzas de donde sea.
―¡Esa es mi abuelita!
Una hora más tarde, vestida como una auténtica chica moderna de ciudad y maquillada para destacar mis mejores rasgos, me encamino en transporte público al casting que tenía programado.
Ni loca pienso que me vayan a coger y más para una serie tan importante, pero dentro de mí aún quedaba un poquito de esa chispa que pensaba ¿y si... ?
Pero el paso de los años y las decepciones se habían encargado de pisotear mis sueños y bajar mis esperanzas al nivel del subsuelo.
Muchas veces pienso qué habría sido de mí si me hubiese quedado en Santa Clarita o hubiese estudiado otra cosa.
Si mi vida se hubiese quedado al lado de mamá, de la longeva tía Ava y de...
Siento una punzada en el estómago a pesar de que llevaba más de ocho años sin verle.
Yo, que estaba tan contenta de librarme del pesado de mi vecino, pero que una vez que me alejé, sus ojos no dejaron de atormentarme cada día de mi existencia.
¿Estaría bien? ¿A qué se dedicaría? ¿Estaría casado?
Sacudo la cabeza levemente para sacar mi mente de tales pensamientos.
No era momento de pensar en Adam. Ya era algo pasado. Ahora tengo que centrarme en lo mío.
Cuando bajo en la parada del Downtown y la gente que corretea de un lado a otro me envuelve por completo, respiro hondo, localizo el edificio de oficinas donde me han citado y entro decidida a conseguirlo.