Capítulo 32
M e aparto con brusquedad, asustadísima. Eran más de la una de la madrugada, estábamos en medio de la calle, entre nuestras casas, estaba descalza. Podrían vernos y eso ya sí que sería el remate. Habíamos perdido la cabeza.
―Creo que has bebido demasiado, Adam. No sé qué es lo que está pasando. Ya he tenido suficiente esta noche, por favor.
―Mia...
―Estamos confundiendo muchas cosas.
―Mia, por favor...
Me alejo con los zapatos en la mano mientras lo observo. Alto, imponente, oscuro. Con ojos que me desean. Sí, lo que estaba viendo era deseo. Muchas veces me había mirado de ese modo y nunca me había dado cuenta hasta hoy.
―Ese beso no fue un error. Y tú también sigues pensando en él. Dos como nosotros lo sabemos.
Lo observo un poquito más como nunca lo había hecho.
Mi cuerpo quería huir al refugio de mi cuarto y hacer como que todo en esta noche no había pasado.
Pero mi corazón me gritaba algo muy diferente.
Algo que me negaba a admitir y que me hacía estar petrificada.
En un arranque de impulsividad, suelto los zapatos bruscamente en la acera y me vuelvo a acercar a él.
―¿Crees que puedes pasarte toda la vida haciéndome sentir como una basura y ahora puedes venir a intentar engañarme, Adam? ¿Crees que me voy a creer el numerito de que ahora me ves con otros ojos?
―Eso mismo pensé yo cuando me besaste, Mia.
―No es lo mismo.
―No, no lo es. Tu traspasaste el límite de lo físico, que nunca nos habíamos atrevido a cruzar.
―Fue un error ―le vuelvo a decir, cansada y con los ojos llorosos a escasos centímetros de su cara.
―Pues entonces, yo estoy a punto de cometer otro.
Adam pasa con intensidad sus brazos por mi cintura y me vuelve a acercar a él.
Y, apenas sin darme cuenta, su frente está pegada y su nariz acaricia la mía.
Sus labios se detienen a menos de un centímetro de mi boca.
Pero, antes de darme lo que ambos queremos y no reconocemos, me mira profundamente buscando mi aprobación.
Y, en ese momento, sé que estoy perdida. Las palabras de Liam vuelven a mí:
«Es algo muy bonito de sentir, Mia. Merece la pena, salga bien o no».
Dejo que mis labios se pierdan en los suyos de una forma casi imperceptible mientras mi cuerpo tiembla con cientos de emociones que nunca he sentido.
Él abre la boca aún más para recibirlos con gusto, de manera cálida y tierna, dejando que de su boca se escape un pequeño ruido gutural.
Posa sus manos en mis mejillas y yo envuelvo su cuello con los brazos, mientras poco a poco nos volvemos solo uno y el beso comienza a tomar un cariz más adulto, con más deseo, pero cuidadoso.
Es tan extraño estar besando a ese niño tan molesto. A ese adolescente tan misterioso y algo antisocial por el que tan solo había sentido fastidio y... ¿odio? Adam ―junto a mi madre, mi tía Ava y Liam― había sido lo único constante en mi vida.
Ninguno de los dos éramos expertos en besar a nuestros casi dieciocho, pero a Adam se le daba sumamente bien acariciar en los sitios correctos y volverte loca con esos labios creados por el demonio que tan obsesionada me tenían.
Estos no me dan tregua mientras seguimos expresando con nuestro cuerpo lo que no nos hemos atrevido a dejar claro con palabras.
Cuando se retira para tomar aire me mira con un brillo espectacular en sus ojos y labios.
―Deberíamos... ―susurro mirando hacia nuestras casas con miedo a que nos hayan visto―. Adam...
Él niega con la cabeza mientras acuna mi rostro en sus manos.
―¿En serio quieres marcharte ahora, Mia?
Nos sostenemos la mirada. Sentía que estaba bajo un hechizo, uno que me tenía la mente nublada y los labios y el corazón hinchados.
―No voy a obligarte a hacer nada que no quieras, Mia. ―Me da otro par de besos cortos y suaves y me sonríe de manera letal.
Su nariz me acaricia la frente y las mejillas, dejando un reguero de cariño a su paso.
Cuando nota que tengo la mente en otro lado, se detiene y se aparta un poco de mí.
Es hasta doloroso, pero tengo un remolino extraño dentro que no sé descifrar.
Mi cuerpo tiembla de una manera que asusta y siento cosas que nunca he sentido con nadie.
Pero también siento un agujero enorme en el pecho. Deseo y arrepentimiento viviendo juntos. He besado a Adam. Y por supuesto que me ha encantado y me he recreado en ello, pero, de algún modo, se siente extraño..., se siente... mal.
¿Y si solo se quiere reír de mí? ¿Y si sigo con esto y me acabo enamorando de él y sufriendo?
―Confieso que me da pánico lo que estés pensando dentro de esa cabeza ahora mismo.
Alzo mi mano para apartar la suya, que aún se posa en mi mejilla, deseosa de explorar mucho más. Puedo ver cómo su gesto cambia y se retira de mí ante mi rechazo.
―No es una apuesta, Mia, voy muy en serio.
Lo miro algo desconfiada y precavida. Dios, no tendría que haberlo besado. Ahora quiero mucho más y tengo unas ganas terribles de llorar mientras lucho con mi cabeza y mi corazón.
―Lo siento, Adam ―susurro―. No puedo hacer esto.
Sus ojos me atraviesan como siempre suele hacer. Toma aire con algo de violencia, intentando recuperarse del beso y de este rechazo que no se esperaba.
―Pensé que podría, pero no puedo ―continúo intentando evitar su mirada―.
Tengo miedo, Adam. Todo esto es muy extraño.
Pasado mañana yo me marcharé a Los Ángeles y tú te irás a otra universidad y nunca más nos volveremos a ver.
No tenemos necesidad de complicarnos más la vida y sufrir de manera innecesaria.
Conocerás a otra chica más interesante y no quiero ser reemplazada por nadie.
―No hablas tú, hablan tus miedos ―afirma―. Mia, te lo digo de verdad. Y odio decirlo, porque ni yo me entiendo. Y tampoco sé muy bien que nos está pasando. Pero creo que también lo has sentido y lo sientes; si no, no me hubieses besado así.
―Para, Adam. ―Hago un gesto con mi mano, pero la deslizo pronto hacia abajo porque me tiembla horrores―. No sigas, por favor. Tú y yo estamos mejor manteniendo la distancia.
―Mia..., por favor...
Me giro para dirigirme a casa, dejándolo en mitad de la calle.
Pero me rompe el corazón dejarlo así, sin una explicación, sin una despedida.
Lo observo por última vez. Espera por mí, desolado y guapo como él solo, enfundado en esa camisa y esos pantalones de traje. Mi corazón se agrieta un poco más.
―Daremos gracias en el futuro de habernos detenido aquí ―explico―. Ha sido una noche rara, hemos bebido y estamos sobrepasados. Mañana todo será diferente.
―Mañana será igual a hoy e igual a los diez años que llevamos conociéndonos, Mia.
―Te deseo una buena vida, Adam ―corto para huir lo antes posible a mi cuarto y hartarme de llorar―. A pesar de todo, a pesar de los daños. Ojalá puedas ser feliz.
Sin darle tiempo apenas a responder, echo a correr en silencio hacia mi casa mientras él me llama conteniendo la voz para no despertar a nadie.
Cuando cierro la puerta que me protege de él y del exterior, no puedo reprimir más lágrimas.
Las dejo deslizarle por mi cara, callada para no alertar a nadie, y me abrazo a mí misma, sobrepasada, mientras escucho sus pisadas en nuestro porche.
Me ha seguido. Pero no pienso abrir la puerta.
Lo único que hago es detenerme a escuchar lo que me susurra pegado a ella.
―Espero que tú también seas feliz, Pelopaja ―susurra, y escuchar el mote que tanto odié de sus labios, ahora, me crea una sensación cálida―. Que todos esos sueños por los que sacrificas todo, valgan la pena.
Después, sus pasos se alejan y derrotado se marcha a su casa. Cuando escucho su puerta cerrarse, mi llanto aumenta al darme cuenta de que no han sido las únicas puertas que se han cerrado entre nosotros.
Pero era lo correcto.
Dos como nosotros nunca podrían acabar bien juntos. Nunca.
Por más que los dos sintiéramos lo contrario.