Dos como nosotros Capítulo 31
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Capítulo 31

L as pocas fuerzas que me quedan las uso para fingir estar bien mientras, sin decirles nada a Liam ni a los demás, abandono la fiesta.

Solo cuando el aire fresco besa mi rostro fuera y camino por el aparcamiento, me permito derramar las lágrimas que me queman.

Una apuesta. Todo había sido una apuesta para reírse más de mí.

Había sido tan estúpida. La noche que tanto soñaba disfrutar echada por tierra por una mala decisión de la que, además, me habían advertido.

Camino, envuelta en una espiral de arrepentimiento, pena y culpa, hacia la parada del bus más cercana mientras agarro la flor horrible que me dio, la tiro al suelo y la pisoteo. Entonces entiendo algo más: el porqué de su desinterés y el error. Yo no le importaba nada.

Cuando llego a la parada me llevo otro chasco, son más de las doce de la noche, el transporte urbano ya no está funcionando.

Estupendo. ¿Puede salir algo peor hoy? Así que, tragándome el dolor de pies y el emocional, camino calle tras calle hacia casa mientras me desahogo.

Mi madre tenía razón. No podía fiarme de ningún chico.

Todos son iguales. Todos aprovechan a la primera de cambio para clavarte el puñal.

Todo lo que decía Liam eran estupideces, a él nunca le habían partido el corazón. No había vivido traumas como los míos.

Estoy a tres calles de casa cuando escucho unos zapatos apresurados sobre la acera que se acercan a mi posición.

Es de madrugada y el miedo a que me pasase algo me ha acompañado en el recorrido de casi treinta minutos que he tenido que hacer andando.

¿Y si es alguien que me ha seguido? Ya, lo que me faltaba esta noche.

Me detengo para quitarme con premura los zapatos; echo a correr rápido mientras busco en el bolso las llaves de casa y entrar como una bala.

Miro hacia atrás para comprobar, pero la figura cada vez se acerca más a mí en la semioscuridad que nos rodea.

Dios, no puede pasarme esto, no puede pasarme a mí.

―¡Mia!

¿Cómo sabe mi nombre? Corro aún más rápido mientras respiro agitada. Espera, ¿y si es Liam? Me detengo de repente. Por supuesto que es Liam, se ha debido de dar cuenta y ha venido detrás de mí. Intento recuperar el aliento aliviada, estoy paranoica ya esta noche.

Me doy la vuelta cuando siento sus pasos mucho más cerca de mí.

Y con ganas de echarme a llorar en sus brazos.

Pero, al hacerlo, descubro con un gran pellizco en el corazón que no se trata de mi amigo.

Que es Adam el que ha recorrido todas estas calles a la carrera para buscarme a mí.

Un calor me recorre todo el cuerpo de repente.

Está jadeando, sin chaqueta y con la camisa blanca a medio abrir, intentando recuperar el aliento.

―Joder, no sabía que podías correr tan rápido.

Trago saliva, me seco las lágrimas e intento mostrar la cara más digna que puedo poner, aunque estoy segura de que mi aspecto es desastroso con el tirante roto y colgando. También bajo la voz porque estamos en medio de la calle entre nuestras casas y nos podrían escuchar.

―¿Ahora me hablas? ―le suelto con toda la rabia que puedo.

Él me mira con los ojos brillantes mientras respira con bocanadas más suaves y se muerde el labio. Sonríe de manera triste, arrepentido seguramente por su comportamiento.

―No he venido a pelear, Mia ―confiesa.

―Pues no sé por qué otro motivo podrías haber echado a correr de la graduación para venir detrás de mí. Si has venido a reírte, esta noche te suplico que no lo hagas, Adam ―suspiro cansada―. Era cierto, Paul es un mierda. No debí haber ido con él, ya te he dado la razón. Ahora déjame en paz.

Hago el amago de marcharme hacia casa, pero el me detiene. Su mano quema mi piel desnuda.

―Aunque todo lo de Paul sea verdad..., vengo en son de paz.

Me giro para volver a encararlo.

―Tú lo sabías, lo sabías y no me advertiste más allá de decirme que no fuese con él. Todo era una maldita apuesta.

Él niega con la cabeza mientras se acerca un poco más.

―Mia, no sabía nada. Te lo juro ―suena sincero―. Pero, conociéndolo, sí que sabía que se podía traer algo entre manos. Paul nunca es de fiar. Lo del armario...

―Te recuerdo que Lily fue una de las provocó esa situación y tú también accediste a ir con ella, con ella y con toda esa panda de tarados que te arrastran a ser igual que ellos, cuando tú no eres así.

Me observa curioso por mi comentario.

―¿Acaso me conoces realmente, Mia? ―pregunta en un susurro que suena bastante provocador.

Alzo la cara para enfrentarlo mientras seco alguna lágrima más.

―Como tú me dijiste una vez, te conozco mucho más de lo que crees, Adam Sullivan. ―No acabo de entender ni yo misma por qué esa frase sale de mí.

Sus ojos azules en la oscuridad se ven del color del océano por la noche y me traspasan hasta la médula. Las piernas me tiemblan cuando él no dice nada. Y se limita a mirarme; sus ojos recorriendo mi cara, mi vestido.

―Vayamos a casa y olvidemos todo esto. Olvidemos los últimos diez años.

Olvidemos las peleas, olvidemos los insultos, olvidemos ese maldito beso y esta maldita apuesta.

De todas maneras, el lunes me marcho a Los Ángeles y no nos volveremos a ver.

―Las palabras se quedan atoradas en mi garganta mientras él se acerca aún más a mí.

Por Dios..., ese incienso―. Solo así podremos estar en paz, ambos.

―¿Vas a estar en paz después de todo lo que ha ocurrido?

No lo creo, Mia. Tu mente no podrá estar en paz.

Tu corazón no podrá quitarse el peso de pensar que nunca le gustarás a alguien de verdad.

Que no te puedes fiar de ningún chico. Que el amor no está hecho para ti.

―Se acerca―. Que ese beso no fue un accidente, sino que lo hiciste porque quisiste.

Lo escucho ojiplática y boquiabierta.

―No digas tonterías, Adam. Tú tampoco podrías estar tranquilo si nos ponemos así ―contraataco―. Te has pasado la vida peleándote conmigo, molestando, haciendo ver que nada te importaba, dejándome incluso de hablar... ¿Vivir haciéndome el vacío estos días te hizo sentir bien?

―En absoluto, Mia. ―Su confesión me deja de piedra―.

No estoy para nada tranquilo ―susurra eliminando aún más la distancia entre nosotros y yo doy un pasito hacia atrás―.

Nunca lo he estado mientras te has encontrado presente.

Por eso estoy aquí esta noche. Por eso he dejado a Lily tirada, a todos ellos, y he echado a correr en tu búsqueda, porque desde que te conozco...

¡No he pasado ni un mísero segundo de mi vida tranquilo!

Su voz sale con rabia contenida y su respiración se vuelve de nuevo agitada. No encuentro las palabras adecuadas, nunca lo he visto así y me tiene completamente perdida y descuadrada. Es como si él mismo librase una batalla con lo que fuera que había en su mente y en su interior.

―No he estado tranquilo cuando nos peleábamos de niños, no he estado tranquilo cuando te veía sufrir por tu padre, no he estado tranquilo cuando te convertiste en una mujer, ni cuando Liam coqueteaba contigo.

Tampoco he estado tranquilo cuando te he dado clases particulares, ni cuando me observabas pensando que no me daba cuenta por la ventana, ni cuando esta noche has aparecido más preciosa que nunca delante de mis ojos acompañada de un baboso.

―Toma aire mientras sigue acercándose lentamente.

―Si esto es alguna clase de apuesta otra vez, te pido que pares, Adam. ―Trago saliva de nuevo y siento mis mejillas ardiendo―. Esta noche no estoy para bromas, lo siento.

Intento de nuevo irme a casa, pero él me detiene con cierta brusquedad y me arrima por completo a él. Luego afloja su agarre mientras me come con los ojos y no puedo hacer otra cosa que intentar recordar cómo respirar.

―No te tropezaste, Mia ―susurra―. Me besaste. Y no supe qué hacer con eso que sentí. Exactamente igual a como te pasa a ti, por más que lo quieras ocultar. Sé que hay una tensión extraña que nos acompaña desde niños y no sabemos cómo resolver.

―Adam, déjame, por favor.

―Me pones de los nervios... ―susurra posando su mano en mi mejilla.

―Adam...

Él alza su otra mano y con delicadeza toma el tirante de seda grueso para recolocarlo en su lugar, aunque es imposible que se mantenga ahí, pero él lo sujeta.

―Cuando ese imbécil te ha hecho esto, quería...

Le aparto la mano, pero su agarre en torno a mí no cesa. Noto partes de su cuerpo que nunca he notado junto a mí. Esto está mal. Es Adam Sullivan, recuérdalo, Mia, es Adam Sulli... Apoya la frente junto a la mía.

―No puedo más, Mia. Dime que no soy el único que está perdiendo los papeles. Ni siquiera sé qué estoy haciendo.