Dos como nosotros Capítulo 29
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Capítulo 29

U n poco antes de las ocho de la tarde, mamá y la tía Ava me ayudan a ponerme el vestido malva oscuro de seda que fuimos a comprar para el baile de graduación hace días.

Según ellas, resaltaba mi piel clara, mi pelo del más oscuro de los rubios y mis ojos verdosos.

Sea como fuere, me gustaba la figura que me hacía, me sacaba curvas donde no las tenía y mostraba la suficiente piel para sentirme sexy y femenina.

Con su corte midi y los zapatos de tacón sutiles, era la primera vez que realmente me veía como una mujer.

―Mamá, deja de llorar, por favor ―le suplico mientras ambas me mueven el pelo largo para todos lados decidiendo si dejarlo mejor suelto o hacer alguna clase de recogido―. Me voy a ir triste al baile si te sigo viendo hacer esos pucheros.

―Es que estás tan mayor... Parece que fue ayer cuando hicimos esa fiesta de tus nueve años y Jiggly llegó a la familia.

El perrito se da por aludido y suelta un ladrido desde su camita en la esquina de mi habitación.

―Tu madre siempre ha sido una sentimental.

―La Tía Ava me ajusta el vestido y me aprieta aún más la zona del pecho, que va atado a la espalda con un corsé―.

Verás, cuando estas dos se le marquen el doble, entonces sí que vamos a llorar pensando que un día las tuvimos así y ahora son dos pimientos chuchurríos.

Echo a reír ante su comentario sobre mi pecho, que ahora mismo no era demasiado generoso; pero, oye, la tía me daba esperanzas de que eso fuese a mejor.

―¡Tía! ―la regaña mamá, como siempre―. Deja de decir tonterías o te obligo a ver por enésima vez El diario de Noa cuando la niña se marche. Mejor céntrate en qué hacemos con este pelo.

―Si me amenazas con eso, se va a ir la niña y tú por el balcón detrás. Me da igual que seamos familia, por ahí no paso otra vez. ―Mira mi imagen en el espejo―. Definitivamente, suelto.

Concuerdo con su elección. Los suaves rizos me caen sobre la espalda y me enmarcan la cara. Mamá ha hecho un genial trabajo con un maquillaje en tonos amarronados muy sutiles y un delicado tono rosa en los labios. El timbre suena entonces y las tres pegamos un respingo.

―¡Ay! ¡Paul ya está aquí! ―exclamo muy nerviosa de repente mientras busco como loca mi bolso y compruebo que todo lo que necesito para retocarme y las llaves de casa vayan dentro de él.

Mamá se marcha escaleras abajo a recibir a mi acompañante, y la Tía Ava me da consejos sin parar.

―Recuerda que todos los chicos a esta edad son unos babosos. Diles que tengan las manos quietecitas; bueno, si no quieres, claro; si sí quieres, llévatelo a un sitio apartado. El fotomatón también tiene su encanto para...

―¡Tía, por favor, qué cosas dices! Me estás poniendo más nerviosa de lo que estoy.

―Los baños son otra opción segura, pero cuidado con que te graben y luego te chantajeen.

―¿Cómo tienes tantas ideas malévolas si nunca has ido a un baile de graduación? ―Me encamino con el bolso ya cerrado y completo hacia las escaleras de entrada y ella me sigue.

―He visto muchas pelis con tu madre. Eso ya me convalida haber estado en varios.

Suelto una carcajada y la beso en la mejilla antes de bajar las escaleras.

―Puedes estar tranquila, no tengo pensado traerte un biznieto esta noche.

―Se puede pasar un rato de fábula sin concebir. ¿Lo sabes? ¿Llevas protección? ¿Quieres preservativos? Tengo alguno de aquellas veces que...

―¡Tía! ―exclama mi madre para que se calle cuando nos damos cuenta de que Paul está ya en el rellano de casa, vestido de punta en blanco y sonriendo en nuestra dirección.

La verdad, lo veo extraño. Lleva un traje de chaqueta rojo oscuro, que no combina demasiado bien con mi vestido, ahora que me fijo; pero, bueno, eso son tonterías.

La flor que sujeta en la mano para colocarme en la muñeca también es de un color rojo chillón algo fuera de lugar.

Recuerdo haberle dicho que iba vestida de malva.

―Perdona a mi tía, le gusta mucho bromear. Demasiado ―se disculpa mi madre con él para que no se piense nada raro y se olvide de los preservativos.

―Ni siquiera he prestado atención ―susurra él de manera seductora mientras me come con los ojos―. Su hija está sumamente espectacular.

Se acerca a mí y me pone la flor en la muñeca. No pega nada con mi vestido. Suspiro.

―Tú tampoco estás mal, Paul ―susurro tímidamente.

―Señoras..., no prometo regresarla a casa esta noche ―bromea―. Está arrebatadora.

La tía Ava se acerca a él y le agarra de la pajarita que rodea su cuello, haciendo como que se la ajusta, pero la conozco bien y le está apretando de manera casi imperceptible. Ahí está su vena policial.

―Pues más te vale traerla sana y salva, casanova, si no quieres que lo próximo que lleves al cuello de corbata sean tus cataplines.

Mamá abre los ojos escandalizada y aparta a la tía Ava de él. Paul no sabe muy bien cómo reaccionar y opta por echar a reír de una manera falsa mientras ella también lo hace. Él se piensa que es broma, pero yo sé que va muy en serio.

―Será mejor que nos vayamos, vamos a llegar tarde. ―Soy la primera en despedirme e indicar a Paul que caminemos hacia su coche.

Gracias al cielo, ninguna de mis dos centinelas dice nada más y nos dejan por fin marcharnos en paz mientras salen a despedirnos a la puerta.

Pensaba que lo peor había pasado hasta que, cuando termino de bajar los escalones de casa y miro al frente, veo a Oliver y Ethan también despidiendo a Adam y a su acompañante. Lily.

Sus ojos se posan en los míos con intensidad, por primera vez en toda la semana, y siento que voy a necesitar que alguien me sujete.

Lleva un traje azul marino casi negro y una camisa blanca, que resalta aún más su pelo y sus ojos y todo ese misterio que desprende.

Parece un modelo de revista. Adam está espectacular.

Tan solo nos sacan de nuestro duelo de miradas Oliver y Ethan, que nos suplican sacarnos una foto juntos antes de marcharnos con nuestras respectivas parejas.

A regañadientes, ambos comenzamos a caminar hacia el centro de la calle aprovechando que no pasan coches.

Y nos sostenemos la mirada al quedarnos a un simple metro el uno del otro, observándonos y sin poder decir una palabra.

El corazón me late demasiado rápido y tan solo puedo pensar que me encantaría ponerme esa flor tan bonita de color malva que lleva Lily en la muñeca, y no la que tengo puesta.

Él es el que se gira antes para ponerse de cara a Oliver, que se acerca con su cámara.

Se arrima más a mí, pero mantiene las distancias.

Eso no es suficiente para que mis fosas nasales se inunden de su característico aroma y mi corazón lata aún más fuerte.

Me da incluso miedo que lo escuche. Sonreímos para la foto de un modo algo incómodo, que hace refunfuñar a nuestros padres, y luego nos dejan marcharnos al baile.

Desde mi asiento del copiloto de un coche último modelo, veo cómo el viejo coche de Adam ―que sus padres le han regalado de segunda mano por su graduación― desaparece mientras desafía las leyes del funcionamiento de un vehículo.

Era imposible que ese cacharro llegara sin desmontarse a la fiesta. Pero cómo me gustaría haber ido en él.

―¿Estás lista, nena? ―Paul me pone la mano en la pierna y la acaricia suavemente. Me hace sentir incómoda. Y odio que me llame nena. Empiezo a arrepentirme de todo esto.

Me limito a asentir y él arranca a la velocidad de un loco en dirección al instituto. Puedo ver por el retrovisor a mi madre echándose las manos a la cabeza.