Dos como nosotros Capítulo 28
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Capítulo 28

L a última semana que paso en el instituto Tesoro del Valle se siente muy agridulce. Por una parte, se me llena el corazón de nervios y orgullo cuando los profesores reparten el boletín de notas y al fin soy libre para marcharme a Los Ángeles a luchar por el sueño de mi vida.

Pasamos ratos realmente divertidos entre compañeros preparando toda la parafernalia para el baile de graduación de este próximo sábado, contándonos nuestros sueños e inquietudes del futuro y algunos incluso frotándose las manos porque su flechazo del año esta noche no se les iba a escapar.

Llenamos todo de globos de distintos tonos de violeta, blanco, crema y dorado, colgamos guirnaldas que rezan buena suerte a la promoción de dos mil siete, cubrimos cada arco destinado a sacar las fotos más increíbles que recordaríamos por el resto de nuestras vidas con flores artificiales y preparamos el escenario, limpiándolo y acicalándolo para la actuación de las bandas y las ansiadas coronaciones.

El viernes al mediodía cuando ya lo tenemos todo listo ―nuestras taquillas recogidas y a la espera de nuevos estudiantes que las llenarían de miedos, sueños y emociones―, nos sentamos en la pequeña escalinata de entrada varios compañeros a charlar mientras no somos conscientes del todo de que quizá no nos volvamos a ver y que esta etapa de nuestra vida, una de las más bonitas, se haya terminado para siempre.

Adam sale después acompañado por el grupito tóxico de costumbre y, aunque Paul me dedica un guiño y me susurra que nos vemos mañana para el baile, ni eso consigue apaciguar el pellizco que siento cuando Adam pasa también y ni me mira.

Llevaba así toda la semana. Era como si me hubiese convertido en un fantasma desde que lo besé.

No me dirige la palabra, no está presente en la cena semanal que realizan nuestros padres y cierra con cuidado la cortina de su cuarto cada noche, mientras que yo paso noches de insomnio obsesionada con él y con cómo se sentían sus labios sobre los míos.

Vivía con un pellizco constante en el pecho que no sabía muy bien cómo definir.

Y pensé que nunca diría esto, pero echaba de menos a Adam, echaba de menos que se metiese conmigo, el observarlo por la ventana, el que me sacase de mis casillas.

Supongo que, de cierta forma, me había acostumbrado a ello.

―Ya está ahí de nuevo... ―susurra Liam, sacándome de mi autocompadecimiento mientras me señala a la figura que se sienta sola al otro lado de las escaleras.

―Pobre Audrey ―comento sintiendo cierta pena por ella.

No ha sido capaz de integrarse en todo el año y esas chicas horribles no han dejado de molestarla nunca.

El que sea una inmigrante que se haya topado con cuatro energúmenas y lo introvertida que es ha creado un coctel peligroso del que no ha podido salir.

Pero por fin ella tendrá también su libertad―. Iré a hablar con ella.

Liam no me detiene, ni ninguno de nuestro grupo lo hace mientras me levanto y me siento junto a ella al otro lado de la escalinata.

En cierto modo, quiero darle al menos un buen recuerdo y que no se lleve esa sensación tan agridulce del instituto, aunque para ella sería una etapa fatídica de su vida.

―Hola, Audrey ―saludo con una sonrisa.

Ella levanta la mirada de su dispositivo de música y me mira desconfiada, con los cascos enormes aún puestos y sus bonitos ojos chocolate fijos en mí. Intento parecer amigable. Y parece que surte efecto cuando se baja los auriculares y los deja descansar en su cuello.

―Parece mentira que llegue este día, ¿verdad? ―comienzo sin saber muy bien qué decirle―. Estamos recordando buenos momentos, ¿te quieres unir a nosotros?

Señalo al grupo que disimuladamente nos observa. Ella niega con la cabeza y manda mi intento de hacerla integrarse a un pozo.

―Yo no tengo eso ―comenta con un marcado acento español―. Solo quiero salir huyendo de aquí.

―No todos somos así... ―intento animarla―. Siento mucho que hayas sufrido de esa manera.

―No tienes que pedirme disculpas. Más bien yo tendría que haberte dado las gracias por salvarme en más de una ocasión.

No tenías por qué haberlo hecho; te podrías haber limitado a pasar de mí y tratarme como a un fantasma, como los demás.

Pero no lo hiciste. Y el director incluso recibió una carta. Así que te lo agradezco.

La entiendo a duras penas, pero hace lo que puede por comunicarse conmigo y valoro el esfuerzo. No debe ser fácil dejar tu vida, tu familia y tu país e irte a otro totalmente distinto donde te tratan peor que a una rata.

―No las merece. Aunque no lo creas, también sé lo que es sentirse invisible para algunas personas. ―Trago saliva recordando a mi padre..., a Adam...―. Pero esto también te hará más fuerte. Estoy segura de que tendrás un futuro estupendo. Tu inglés ha mejorado mucho.

―No, Mia, a veces estas cosas no te hacen más fuerte, sino que te destrozan.

Me muerdo el labio sintiéndome mal por ella y por ver que mi intento de animarla no está funcionando demasiado. Ella se pone de pie y yo la imito. No quiero que se vaya, pero la noto incómoda y con ganas de salir de este edificio lo antes posible. Y la entiendo.

―Tú tienes un grupo bonito. Y tienes a alguien que te quiere con locura ―señala con su cabeza a Liam, y algo en mí se remueve porque ya son demasiadas veces las personas externas que me lo comentan―.

Yo no tengo a nadie. Y no es fácil ser fuerte, ni ponerte en tu lugar cuando estás sola y te sientes un bicho raro.

Asiento comprendiendo.

―Bueno, aunque no hayamos tenido una gran relación, siempre puedes contar conmigo, Audrey. ―Anoto mi número en un papelito que saco de la mochila y se lo tiendo―. No dudes en llamarme si necesitas a una amiga en Los Ángeles.

Ella toma el papel con manos temblorosas, claramente emocionada, aunque no lo exterioriza.

―No te molesto más... ¡Nos vemos en el baile!

Asiente y yo me alejo para dejarle su espacio. Antes de que me siente de nuevo con mis compañeros y Liam, ella ya se afana en caminar a toda velocidad hacia la salida.

―Saluda a mi compañera del baile, Mia. ―Liam le pasa el brazo por encima del hombro a Caroline, que a leguas se nota que está coladita por él desde hace años―. Me dejaste abandonado, así que no me quedó más remedio que buscar un reemplazo.

Los demás ríen con su comentario y yo sonrío también maliciosamente mientras miro a Carol.

―No sabes dónde te has metido... Suerte con aguantarlo.

Liam me da un pequeño manotazo y todos volvemos a reír mientras suena el timbre para irnos a casa por última vez. Cuando llego, mi madre y la tía Ava me esperan en el recibidor, tendiéndome un sobre en blanco grande y con sonrisas de oreja a oreja.

Suelto la mochila bruscamente y me llevo las manos a la boca intentando contenerme.

―¿Eso es lo que creo que es? ―pregunto casi entre lágrimas.

―Enhorabuena, preciosa mía ―contesta la tía Ava―. Creo que al final sí que te veremos en esas pelis ñoñas que me obliga a ver tu madre.

Oh, Dios mío.

Estaba admitida en la UCLA.