Capítulo 27
―¡H a sido alucinante! ―La señorita Jones no cabe en sí de emoción mientras me sigue el paso en dirección al baño de mujeres, que hace las veces de camerino para la obra―. ¿Ves que no era para tanto besar a Adam, Mía? La gente se ha vuelto loca.
Si supiese que el motivo de esa reacción era porque todo el mundo sabía lo mal que nos llevábamos y vernos besarnos ha sido un shock y no porque les pareciese impresionante la obra, se replantearía lo que está diciendo.
Y, si le dijese que lo he besado porque me ha apetecido a pesar de haber pactado que no habría beso, sería el remate.
Adam no pronunció ni una palabra fuera de sus líneas el resto de obra y, en cuanto salimos al mar de aplausos al final de la representación, y el telón cayó, salió como alma que lleva el diablo a su camerino, sin dirigirme ni una simple mirada.
Siento un nudo en el estómago y no dejo de preguntarme qué cable se me cruzó para haberme atrevido a hacer eso.
Me echo las manos a la cabeza mientras me cambio de ropa y me observo en el espejo como si fuese una desconocida. Dios mío, he besado a Adam Sullivan.
Y lo peor es que me ha gustado.
Tengo que reprimir las lágrimas ante mis compañeros mientras termino de vestirme y tomar mis pertenencias.
Camino hacia la salida con las mismas ganas que un preso que va a encontrar su fin en la silla eléctrica.
¿Qué les voy a decir? ¿Qué excusa me invento que suene lo más convincente posible?
Los cinco minutos que tardo en encontrarlos bajo los potentes focos de la entrada no son suficientes para urdir mi plan.
Adam está con ellos ya y me sostiene la mirada mientras me acerco.
Eso llama la atención de los otros, que lo imitan.
Genial, ahora tengo seis pares de ojos pendientes de mi explicación.
―Aquí llega nuestra Julieta ―Oliver me sonríe, radiante, mientras me abraza―. Justo estábamos comentando lo espectacular que ha sido.
―Ha sido una obra preciosa ―continúa su marido―. Has estado estupenda. Y la historia de amor..., dramática, pero muy bonita; nunca me cansaría de verla.
―Habéis tenido una gran química, y se ha notado. ―Es ahora Liam el que comenta, para ayudar a nadie con una sonrisa diabólica.
―Sí, quizá demasiada...
Mamá le da un golpecito disimulado en el brazo a la tía Ava tras su comentario para rematar la situación.
Muy típico de ella echar leña al fuego. Un silencio incómodo nos inunda.
Y es mi madre la que decide romper con él sugiriendo que nos vayamos todos a cenar aprovechando la ocasión.
Les parece una idea perfecta, así que llegamos a un bonito restaurante italiano cerca de casa, donde sirven una pasta con queso parmesano para chuparse los dedos.
Quizá, entre estos sabores italianos, dejemos de lado el beso un ratito.
Pero creo que ninguno de nosotros lo podremos olvidar nunca.
¿Cómo hacerlo si he besado a mi enemigo jurado de la infancia?
Miro a Adam con disimulo, el cual se afana en enrollar parte de su pasta en el tenedor para comerla de forma cómoda.
Luego, lleva el cubierto a su boca y yo sigo toda esa acción con la mirada hasta que mis ojos descansan en sus labios: el modo en que se cierran tras el alimento, se juntan para que no se escape la comida mientras muerde lentamente la pasta.
Ha dejado un ligero brillo aceitoso en ellos, húmedos, jugosos y...
Alzo la mirada y lo descubro observándome con una ceja medio alzada.
La pasta se atora en mi boca y Liam, que lo tengo sentado al lado, corre a socorrerme tendiéndome un vaso de agua.
Le sonrío en agradecimiento. Los demás también me miran de un modo extraño que no soporto más.
Cuando reúno la fuerza y el aliento de nuevo para hablar, me pongo de pie de repente.
―Mia, estamos aún comiendo ―señala mi madre preguntándose el motivo de mi actitud.
―Sé que es un shock para todos, pero no lo besé porque quisiera.
Ahora es el turno de los demás de atragantarse.
―Mia, no queríamos sacar el tema, pero no podemos negar que fue impactante ―confiesa Oliver―.
Siempre os habéis llevado a matar; al menos, permítenos a todos los que os hemos aguantado pelear durante tantos años que nos quedemos sorprendidos si os vemos besaros en vez de sacaros los ojos, como es lo normal en vosotros.
―Cosa que sin duda preferimos, si nos preguntas ―añade Ethan.
―Cuando os vi ahí arriba a los dos, era como ver esas pelis ñoñas que me obliga a ver tu madre. ―La tía Ava no deja de comer y sonríe―. No soy la persona más romántica de este mundo, pero sinceramente quedabais monísimos. Deberíais besaros más.
―¡Tía! ―la regaña mi madre y luego posa su mirada en mi―. Nadie va a besar a nadie, al menos que ellos quieran, claro... Supongo que...
―Bueno, suelen decir que del odio al amor solo hay un paso. ―Liam toma de su refresco como si no acabase de soltar una bomba el muy ruin.
Pongo las manos sobre la mesa haciendo algo de ruido e interrumpiendo sus peroratas.
―Lo mismo nada ―intento mantener la calma―. Me caí, ¿vale? Besé a Adam porque perdí el equilibrio a causa de los nervios. Al inclinarme. Pactamos quedarnos cerca y fingirlo, pero perdí el equilibrio y...
Trago saliva esperando que todos se traguen mi treta.
Y no sabría decir si lo hacen o no. Pero de lo que sí estoy segura es de que mi vecino e implicado en este asunto no se lo cree en absoluto.
Me sigue observando con la ceja a medio alzar mientras termina su plato como si la cosa no fuese con él y disfrutase viendo cómo me esfuerzo en demostrar que no lo he besado a propósito. Eso me hace enfadar.
―¿Quieres un paquete de palomitas? ―me dirijo a él ahora directamente―. ¿Por qué no me ayudas? Tú también lo sabes, dile que es verdad lo que pactamos.
Con lentitud y para sacarme de mis casillas, se limpia la boca con la servilleta tomándose su tiempo. La atención ahora está sobre los dos.
―¿Y qué tendría que decir yo? Soy el mayor afectado ―comenta irguiéndose en el asiento y apoyándose en la mesa―. Solo sé que pacté fingir un beso y me encontré de repente con mi vecina pegada a mis labios y su saliva dentro de mi boca. Si para todos es un shock, pues imaginaos para mí.
―¡¿Pero de qué saliva hablas?! Más lo estoy yo que todos vosotros. ―Y no sabían hasta qué punto me había trastocado ese beso―. Me caí, eso es todo. Fin del asunto. Y lo siento, Adam, por perturbarte la vida.
Él me mira fijamente cuando me vuelvo a sentar y retomo mi cena, mientras los demás no quedan muy convencidos.
Pero el corazón me late demasiado deprisa para seguir dando explicaciones o enfrentarme.
Agradezco que todos vuelvan a lo suyo y se creen nuevas conversaciones.
Tal vez ahora sí que podré disfrutar de esta pasta deliciosa.
―¿Te gusta Adam, Mia?
En mi mente la pregunta de Liam, susurrada casi a mi oído, ha sonado como anunciada por un altavoz; suelto el tenedor mientras lo mato con la mirada.
―¿Te parece un buen momento para preguntar eso teniendo a todos aquí?
―Quizá ellos se traguen tu mentira, pero te conozco, no te caíste. Noto cómo lo miras, Mia. No es como alguien mira a quien más odia, sino más bien todo lo contrario.
Sus palabras se cuelan en mi mente mientras vuelvo a observar a Adam charlar con sus padres alegremente y despreocupado. Siento algo en mi corazón, sí, pero no sé definir bien qué es. Nunca lo he sabido.
―Parece que es un asunto de vida o muerte ―le sonrío y vuelvo a concentrarme en lo mío―. ¿Qué más da lo que sienta?
―Porque eres mi mejor amiga ―confiesa y su voz se vuelve algo más grave en su susurro―. Y te quiero.
Lo miro algo extrañada por esta conversación. Noto ahora que Adam nos observa, lo juntos que estamos y nuestros cuchicheos.
―Quiero decir, que quiero que estés bien y seas feliz.
―Lo seré, Liam.
―No te conviene alguien así y Paul tampoco.
Me mira muy preocupado y por primera vez no sé descifrar demasiado bien de qué realmente intenta advertirme o por qué estamos teniendo esta conversación justo ahora. Me meto otro bocado de pasta en la boca, lo mastico y se lo enseño en un acto infantil para hacerle reír.
―Sé de sobra que solo tú aguantarías todas mis locuras, Liam ―le sonrío para restarle preocupación―. El único hombre de mi vida siempre serás tú, ¿de acuerdo?
Él agacha la mirada y sonríe, pero esa sonrisa no le sale genuina.
―Vamos, come, que se te va a enfriar.
A pesar de los intentos por restar la tensión del ambiente, nos pasamos el resto de la cena contrariados; aun así, los adultos intentan normalizar la situación y hablar de otras cosas banales, como la nueva peli que mamá ha obligado a ver a la tía Ava o el nuevo par horrible de calzoncillos que Oliver le ha comprado a Ethan por error.
Cuando volvemos a casa, Adam ni siquiera me dirige la palabra.
Nuestros padres caminan delante mientras Liam y yo hacemos repaso de todo lo necesario para el baile de la siguiente semana, en el cual diríamos adiós al instituto y a nuestros yos más rebeldes y despreocupados.
Al llegar a la altura de nuestras casas, Adam pronuncia un adiós escueto que no va dirigido a mí en absoluto y, al subir a mi cuarto y hacer contacto visual con él por la ventana, sin dudar, me cierra las cortinas en mi cara.
Era estúpida. Había metido la pata hasta el fondo.