Dos como nosotros Capítulo 26
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Capítulo 26

L a obra se desarrolla todo lo bien que esperábamos y los componentes del club de teatro al completo derrochamos confianza, arte, y recibimos ovaciones por parte del público, que nos observa cómodo en sus butacas.

Me mimetizo con Julieta, para dar una actuación que se recuerde, y me encanta ponerme en su piel de chica enamorada.

Lo malo viene cuando el telón se cierra para preparar la dichosa escena V.

Cuando aparece el atrezo del balcón, y las escaleras, siento un latigazo en el estómago.

Tenía que relajarme, esta era una de las escenas más importantes de la obra y no podía transmitir al público que me temblaba hasta la campanilla dentro de la boca. Boca que pronto estaría cubierta por...

Sacudo la cabeza con brusquedad y doy algún zapatazo al suelo intentando sacar las tonterías de mi mente.

Grace sube los pulgares para infundirme fuerza y dejo que varios estudiantes que están trabajando como ayudantes, a cambio de una mejor nota en las asignaturas, me guíen hasta el balcón, a unos tres metros del suelo.

Rodeada de columnas de cartón piedra, hiedras y flores falsas, intento acompasar mi respiración.

Sobre todo, cuando veo a Adam preparado debajo, para trepar hasta mis labios.

Intento evitar hacer contacto visual o sufriría un infarto en directo.

Quizá habría que reanimar a nuestras familias también cuando nos vieran.

Me lamo los labios justo a tiempo para que el telón se abra y nos deje de nuevo expuestos a nuestro público.

La luz se vuelve tenue y más tierna, la música acompaña de manera dulce a la escena y él comienza a subir la escalera poco a poco mientras ambos recitamos ese texto que tanto practicamos en su casa.

De cierta manera, sus ojos me atrapan de un modo comparable con una hipnosis extraña.

Y, cuando llega a mi posición y nos quedamos a escasos centímetros, sé que he perdido.

No es que me meta tanto en el papel que sienta lo que siente Julieta.

Es que soy realmente consciente de que Adam me atrae.

Que es Mia mirando a Adam y no Julieta mirando a Romeo la que está ahora mismo dentro de este vestido.

Y mucho. Quizá siempre lo ha hecho y no lo he querido ver. Ni aceptar.

―«Truequen pues de oficio mis manos y mis labios. Rece el labio y concededme lo que pido».

Trago saliva. Allá vamos. Preparen los desfibriladores.

―«El santo oye con serenidad las súplicas» ―susurro como buena Julieta enamorada.

―«Pues oídme serena mientras mis labios rezan, y los vuestros me purifican».

Su olor es lo primero que me inunda, con esa nota de incienso tan característica.

Luego es su pelo negro el que se une con el mío casi castaño dejando un cosquilleo en mi frente.

Después su nariz roza ligeramente la mía y sé que el patio de butacas está conteniendo el aliento pensando si esto será de verdad o no.

Me prometió no besarme, pero, entonces, ¿por qué parece que lo va a hacer de un modo u otro?

Se me sale el corazón por la boca cuando se acerca tantísimo que apenas hay ya espacio entre los dos.

Desde las gradas escucho una exclamación lejana y me apuesto la cabeza a que es alguien de nuestras familias, que no puede creer lo que están viendo sus ojos.

Cuando sus labios rozan los míos, en apenas una mínima caricia, se detiene por completo y gira la cabeza para que parezca que me está besando, pero en realidad no está pasando nada.

Es como sentir el leve aleteo de una mariposa, aunque por dentro se sienta con la fuerza de un tsunami.

Se escuchan aún más exclamaciones de sorpresa.

Adam abre los ojos con disimulo y me mira.

Si de cerca es intimidante, prácticamente pegado a mí es letal.

Ha cumplido su promesa. Me ha respetado.

Siento que algo en mi interior se encoje a la vez que algo crece, intenso, extraño.

Han pasado ya varios segundos, pero soy incapaz de alejarme de él.

Sus ojos me tienen atrapada y me da la sensación de que a él le pasa lo mismo con los míos.

Los labios me queman, el cuerpo le sigue el paso y siento un hambre voraz que no puedo contener.

Él tampoco se aparta. Le tiene que estar dando un infarto a la señorita Jones.

Sí, es Adam. Mi vecino insoportable que me hacía la vida imposible, Adam, el que me pintarrajeaba los pósteres, el que me tiraba de las coletas, el que me odiaba y yo odiaba.

Pero también era Adam, ese chico taciturno siempre marcado por ser dejado en un contenedor, siempre sin acabar de encajar, provocador, descarado; Adam, el de los ojos de cielo y el cuerpo caliente como el infierno.

Ese chico que me hacía comportarme como una estúpida cuando lo tenía delante.

Quizá por eso me envalentono a hacer de nuevo una grandísima estupidez cuando rompo esa escasa distancia que separa nuestros labios y le beso. Esta vez de verdad.

Los labios de mi vecino se amoldan a los míos a la perfección.

Son cálidos, suaves y me hacen sentir cosas que no puedo expresar en estos momentos.

Es un beso demasiado casto, un piquito envalentonado por la situación y el deseo extraño que siento dentro de mí.

Y que cuando me aparto me deja con ganas de mucho más y eso hace que me asuste.

El patio de butacas rompe en aplausos y no quiero ni mirar a la zona de nuestros familiares ni de Liam.

¿Qué acabo de hacer? Los ojos de Adam se preguntan lo mismo mirándome con intensidad, con una que nunca había notado en él.

Dios mío. Estará furioso conmigo. Soy una estúpida. El telón comienza a caer para dar paso a la siguiente escena y los dos nos aguantamos la mirada estoicos hasta que se cierra por completo. Y, ni aun así, eso logra sacarnos de nuestra burbuja.

―Lo... lo siento... ―es lo único que susurro antes de que él comience a bajar por la escalera como huyendo de un incendio, o de una loca pervertida más bien.

Qué desastre. Me llevo la mano a los labios, aun sintiendo el calor de los suyos.

No sé qué cable se me ha cruzado, pero más vale que me invente algo convincente para que no descubran que lo he hecho porque he deseado hacerlo con todas mis fuerzas.

Y ahora quedaré siempre con más ganas de besarle.

Pero de otras maneras que prefiero no pensar.

Intentamos aguantar la compostura el resto de obra y, cuando interpretamos la mítica escena de la muerte de Romeo y Julieta, conmovemos al público.

No volvemos a hacer ni el amago de besarnos, siempre lo disimulamos, e intentamos acabar la obra por todo lo alto y de manera correcta.

Y creo que lo logramos, porque el auditorio se cae de los aplausos y de las sonrisas de los asistentes.

Solo entonces es cuando, cogida de la mano de Adam, me permito mirar en dirección al lugar de nuestras familias.

Sé que la obra ha sido increíble, pero que el beso los ha dejado en shock.

Y el vernos a ambos como dos príncipes de un cuento agarrados ahora mismo tampoco ayuda.