Capítulo 25
―L as noticias vuelan en Santa Clarita.
―Sí y no estoy para nada de acuerdo con ello.
Frunzo el ceño observándolo. Parece algo agitado, pero lo disimula bastante bien cuando llega a mi posición.
―Creo que no te he pedido tu opinión.
―Me da igual, Mía. ¿No tuviste bastante con lo del armario el otro día?
Suspiro intentando mantener la compostura. Empiezo a hartarme de que tenga que meters e en mis asuntos y de que mi mente no deje de pensar que cada día que pasa está más guapo. Sobre todo, con ese jersey ajustado rojo que luce hoy.
―Adam, de veras te agradezco lo que me has ayudado ―clavo mis ojos en los suyos llenos de intensidad―, pero te recuerdo que no somos amigos, que nunca nos hemos caído bien y que ya nos hemos aguantado lo suficiente durante todos estos años.
Si se ríe de mí o no, es cosa mía. No es de tu incumbencia.
Además, ¿crees que no puedo gustarle realmente a un chico?
Él acorta la distancia entre los dos. Por suerte estamos aún un poco lejos de casa, por si mi tía abuela Ava nos ve por la ventana y se forma en su mente cosas que no son.
―Lo más normal es que le gustes a cualquier chico, Mía.
―Sus palabras medio susurradas se clavan justo en el centro de mi pecho―.
Y no, no somos amigos, tal y como has dicho; igualmente me preocupas.
Pensé que eras lista, pero me estás demostrando que no tanto.
Los odiabas, Mía... ¿Y ahora vas con uno de ellos al baile? No te entiendo.
―Estoy harta de ser la niña buena y responsable a la que su padre abandonó ―confieso―. ¿Debo pedir perdón por probar a ir al baile con un chico?
―No es por ir con un chico ―comienza de nuevo―. Es que se trata de Paul... No lo conoces realmente.
―Pues será la ocasión perfecta para hacerlo.
Me giro y retomo la marcha rumbo a nuestros hogares dando por finalizada la conversación. ¿Quién se pensaba que era? ¿Acaso tenía que darle a mi vecino insoportable explicaciones?
Me sigue algunos pasos por detrás durante unos minutos, pero luego acelera para ponerse directamente delante de mí. Mirándome y caminando hacia atrás con una soltura encomiable. No pensaba avisarle si aparecía algún obstáculo en la acera.
―Perfecto. Ve con él, pero luego no me digas que no te lo advertí.
―¿Acaso tú de la manita de Lily crees que has tomado una genial elección?
―le ataco―. Siento decirte que es una chica falsa, convenida y muy mala, que encima piensa también que se ha topado con la joya del baile solo por unos ojos azules bonitos que le han pedido ir.
Así que no eres el mejor eligiendo acompañante tampoco. Mira, en algo nos parecemos.
Recuerdo cómo me encerró en ese armario sin ningún remordimiento y con esa sonrisa maliciosa.
Y ahora será la compañera de Adam en el baile.
No sé cómo sentirme al respecto, aunque mi cuerpo reacciona de un modo extraño a ese hecho.
Él suspira poniendo brevemente los ojos en blanco.
Sabe que va a ser imposible hacerme cambiar de opinión; a cabezona no me ganaba nadie.
Se detiene de repente y hace que, en mi afán por andar muy rápido para librarme de él, choque contra su cuerpo duro como una piedra.
Comienza a hacer demasiado calor cuando me agarra de la muñeca y me salva de desparramarme en la acera.
Su cara queda a escasos centímetros de la mía y comienzo a intentar pensar en otra cosa que en ese olor y el calor que irradia.
―¿Te parecen bonitos mis ojos, Mia?
Soy estúpida. Me suelto bruscamente mientras él coloca en su rostro una sonrisa divertida que me hace tragar saliva.
―Mañana nos espera un día duro. Será mejor que nos vayamos a descansar y nos dejemos de tonterías. ―Me voy por la tangente y lo sobrepaso corriendo hacia casa.
Él también se marcha hacia la suya, con algo de mofa, recitando sus versos de Romeo.
―«Este capullo de amor, con el aliento del verano, puede dar lugar a una hermosa flor cuando nos encontremos de nuevo».
Ambos, desde nuestras puertas, nos miramos frente a frente.
Hablando de capullos..., yo sabía bien de uno. No le doy el gusto ni de contestar, así que abro la puerta y la cierro lo más fuerte que puedo. Uno tan fuerte como las carcajadas de él al otro lado de la calle.
***
El salón de actos es un auténtico hervidero de personas a tan solo media hora para empezar la representación.
Miro a Grace a través del espejo, que, vestida ya de Ama, la nodriza de Julieta ―una gran ironía, cuando le saco casi tres años―, me ayuda a colocarme mi traje con cariño.
Un vestido precioso blanco, con bordados en dorados y delicados encajes, que abraza mi cuerpo y lo favorece.
Hasta mi escaso pecho parece realzado con ese escote maravilloso cuadrado.
―Te queda genial, Mia ―me piropea―. Te resalta los rasgos.
Le sonrío a través de nuestros reflejos mientras sigue apretando el corsé; le pido que frene o me dejará sin aire.
En media hora tendría que demostrar que valgo para esto.
Darlo todo de mí. Hacer que mamá y la tía se sientan orgullosas y vean que puedo llegar lejos.
Es mi última obra aquí y tengo que dejar el listón alto.
Aunque ello implique... las imágenes de Adam en el armario pegado a mí, anoche, cuando me agarraba tan cerca; su olor, sus ojos arrebatadores...
―Todo saldrá bien ―me tranquiliza, como leyéndome la mente―. Ya verás que lo del beso es una tontería de nada.
Comienzan a sudarme las manos y temo ensuciar mi libreto. Lo agarro con fuerza para el repaso final. Cuando acaba con mi corsé, se asegura de que mi larga melena casi castaña esté en el lugar indicado, un semirrecogido precioso que pienso hacerme en más ocasiones. Después me doy la vuelta.
―Gracias, Grace. Estoy segura de que saldrá genial, pero te mentiría si te dijese que no estoy nerviosa.
―Estamos preparados, somos grandes profesionales y déjame decirte que Adam está arrebatador en su traje azul oscuro de Romeo. Han tenido que bajar algún grado del aire acondicionado, de hecho.
Consigue hacerme sonreír, pero no sé si ese comentario logra templar algo mis nervios o los pone más de punta.
―Aquí está mi gran estrella.
Liam entra en la sala sonriendo mientras extiende sus manos para que se las agarre y pueda apreciar mi vestido en todo su esplendor.
―¿A que ahora te arrepientes de no haber sido Romeo? ―le pincho con camaradería.
―Romeo o cualquier hombre que te toque ―me guiña el ojo y sonríe coqueto―. Hubiésemos quedado genial encima de ese escenario, pero imagino que tu Romeo no se quedará atrás.
―No me lo nombréis más, por favor, intento calmarme ―pido mientras se me escapa una risa nerviosa.
―Si quieres puedes practicar conmigo la escena de beso antes, así no te quedarás traumatizada de por vida cuando los morros de Adam se posen sobre los tuyos...
Grace nos mira de hito en hito asombrada cuando ve que él me ha tomado de la cintura y me ha acercado demasiado a su boca. Más de lo que nunca ha hecho y eso me resulta... algo extraño. Sus ojos oscuros me miran con una intensidad que no conocía. Pero luego sonríe y me suelta.
―Era una broma; estás muy rara hoy, Mia, imagino que serán los nervios.
Todos reímos para aliviar el ambiente un poco. La profesora Jones grita que debemos ir para el escenario a preparar nuestros lugares.
―Todos estaremos en el patio de butacas animándote ―me dice mi amigo con dulzura―. Mucha mierda. Y controla esa lengua.
Le golpeo con el libreto en el hombro mientras río para que cierre ya la boca y me deje ir a prepararme.
Los pasillos son un hervidero de actores, personal técnico y profesores.
Subo hacia mi posición, a la espera de entrar en el siguiente acto y es cuando Adam aparece junto a la profesora: alto, imponente, repeinado y enfundado en un traje azul marino con bordados dorados, que lo hace ver... realmente impresionante.
¿Pueden bajar un grado más aún el aire acondicionado? O soltarme, en su defecto, un poco el corsé, porque me está costando respirar. Me abanico con el libreto durante unos segundos, luego lo lanzo detrás de mí para disimular cuando Adam alcanza mi posición.
―Os veis realmente preciosos los dos juntos. ―La profesora nos mira embobada mientras junta sus manos y apoya su mentón en ellas deleitándose con nosotros―. ¡Esto va a ser todo un éxito!
Luego se marcha a dar indicaciones a los actores que aparecerán en el acto I. Cuando Adam me mira, el ruido y las personas parecen desaparecer.
―Tendré cuidado, Mía ―dice por lo bajini―. No soy el monstruo que piensas que soy.
―Nadie ha dicho eso.
―No te voy a quitar tu primer beso. Así que relájate. Mucha suerte.
Después mira al frente tomando aire. Allá vamos.