Capítulo 24
―L legas tarde, Mia, son casi las cinco; se te ha quedado la comida fría como un charco.
Mamá está preparando su bolso para irse a trabajar cuando entro. Nota al instante que mi expresión está algo cambiada y mi mirada perdida y fuera de lo normal también. La miro y me estremezco. ¿Qué debo hacer? Quiero ser sincera, pero tampoco quiero reabrir su herida.
―¿Ha ocurrido algo en el instituto? ―pregunta preocupada cuando nota que no contesto.
Niego con un gesto de la cabeza acercándome a ella, que apoya su bolso en el mueble de la entrada mientras rebusca en los cajones algún objeto extraviado que necesita. La tía abuela aparece con Jiggly, vienen del patio de dar su paseo.
―Niña, ya me daban ganas de llamar a la policía ―confiesa mientras se acerca y Jiggly me da lametazos cariñosos en la mano―. Pensándolo bien podría haberlo hecho... Son tan guapos.
Mamá la mira directamente diciéndole algo parecido a «no tienes remedio» y luego me fusila con sus pupilas. Es mi madre, sabe que me pasa algo y no se va a marchar hasta que suelte todo. Gana mi parte responsable y acabo haciéndolo.
Les cuento a las dos todo. La petición de amistad de papá, el mensaje con la cita de hoy y la indeseable que se presentó en su lugar.
Por primera vez en mucho tiempo, mamá pierde su don de palabra.
Se queda callada escuchando la historia.
La tía abuela Ava es la que rompe el silencio sentadas en el comedor.
―Menudos sinvergüenzas. No le bastó con todos los años de mentiras en los juicios para arrebatártela, que ahora manda a la nueva a hacer el show . ¿Está enfermo dice? Como lo pille yo con el bastón, va a estarlo de verdad y le voy a partir la cabeza como si fuese un melón.
Me extraña que mamá no la frene como suele hacer siempre; en cambio, traga saliva, incómoda, y me mira.
―¿Por qué le aceptaste? En la red social.
Todos esos sentimientos malos vuelven a mí. De manera indirecta, por mi egoísmo, he hecho daño a la persona que más quiero en este mundo.
―Es que ¿acaso hay algo que necesites saber? ¿No fui lo suficientemente clara cuando te lo expliqué?
―Mi padre desapareció de la noche a la mañana ―comento ambas―. Para una niña de ocho años, fue un gran cambio. Y sé que para todas. No sé, mamá, solo sé que vi su petición de contacto y quise saber más. Encontrar una explicación que pudiese consolarme, consolarte a ti.
―¿Qué más quieres saber? ―La tía Ava me mira con esos maquillados ojos verdes tan bonitos―.
Hay hombres buenos, pero también muchos interesados, malos e inmaduros.
Y tu padre fue uno de ellos. Para esa clase de hombres, el fin justifica los medios y a tu padre poco le importó dejarnos destrozadas aquella noche y en los años siguientes con tal de salirse con la suya.
Hablo con propiedad cuando digo que no necesitamos abrir más esa caja de mierda.
Y no necesitamos ahora a ningún monigote pelirrojo que venga a marcar territorio... ¿Lo quiere para ella? ¡Que se harte!
Los ojos de mamá brillan, sé que tiene las lágrimas a punto de escapar. Aprieta una de sus manos contra la otra sobre la mesa, en un intento de controlarse. En un gesto de cariño y de sentirlo mucho, las acuno entre las mías.
―Mamá, nunca fue mi intención hacerte daño. Eres la mejor madre que alguien podría tener. Tú no me dejaste, luchaste para que estemos hoy aquí las tres. No es que quisiera volver con papá ni hacerte daño, pero...
―Lo siento, Mía, si mi dolor por el divorcio afectó a tu relación con él como padre. Quizá fui demasiado dura y debí trazar una línea...
―Escuché durante años cómo llorabas y condicionabas tu vida por él ―confieso y eso la conmueve―.
Créeme que nunca me pondría del lado de alguien que ha causado tanto dolor a una persona que adoro y a mí misma.
Sería una falta de respeto hacia ti que nunca me perdonaría. Nunca, mamá. Lo siento mucho.
Ella niega con la cabeza y se pone de pie para abrazarme mientras se emociona y deja escapar algunas lágrimas que tanto se ha esforzado en ocultar. Pocas veces la he visto llorar en mi presencia. Necesita desahogarse. La tía Ava nos observa también emocionada.
―Quien siembra vientos recoge tempestades, querida Mia ―recita ella―. Y a él y a la otra ya se les empiezan a acumular las nubes de tormenta. Y nosotras estamos bajo este paraguas maravilloso, resistente y que ellos nunca podrán volver a traspasar.
***
El resto de la semana se vuelve algo borroso por la rapidez con la que transcurre.
Todo es una vorágine de pruebas de vestuario para la obra, algún ensayo extra a causa de los nervios y el perfeccionismo de la señorita Jones.
Trabajo y más trabajo en el Wolf Creek y algún que otro ensayo en casa de Adam, bajo la atentísima y acaramelada mirada de Ethan y Oliver, que se derretían al vernos actuar.
Por poco les arrancamos la cabeza cuando Oliver soltó que hacíamos una estupenda pareja.
El viernes voy al partido con Evelyn, Joanne y las otras chicas de clase.
Animo a Liam hasta quedarme casi ronca y, el sábado por la mañana, acudimos al acto oficial de graduación.
Con mi toga de color granate y mi birrete me siento la persona más feliz del mundo.
Cuando subo al escenario delante de cientos de alumnos y familiares, busco a los míos; allí están ellas, mi madre y mi tía abuela; también Oliver, Ethan y Liam, aplaudiendo orgullosos p orque lo he logrado.
Sacudo mi diploma con felicidad para que se den cuenta, aunque ya lo han hecho, de que lo he logrado.
Y por supuesto, como en todos los momentos claves de mi vida, allí está él sentado junto al resto de los compañeros de clase.
Adam. Sus ojos azules me perforan el pecho.
Si he logrado llegar hasta aquí, también ha sido gracias a su ayuda, así que agito el diploma hacia él con una leve sonrisa a modo de agradecimiento.
Y él me lo devuelve guiñándome un ojo. De repente me tiembla la mano y mi corazón se salta un latido.
Deben ser los focos que me están agobiando.
O quizá el hecho de saber que, dentro de veinticuatro horas, estaré besando a Adam Sullivan predisponga a mi cuerpo a sufrir, cuando menos, un síncope.
Cuando acaba la ceremonia, todos tomamos fotos en la puerta del salón de actos.
―¡Estoy tan orgullosa de ti! ―La tía Ava me planta tal beso en la mejilla, que me deja su usual pintalabios rojo tatuado. ―Sabía que eras lista. ¡Has salido a nuestro lado de la familia! Artistas e inteligentes.
Comienza a entonar una canción sobre momentos felices y enhorabuenas, a la cual se une Oliver, y estallamos todos en carcajadas.
Los demás nos miran pensando que estamos locos; el sonido, desde luego, es lo bastante desagradable como para que hasta los pájaros de alrededor echen a volar en busca de tierras más tranquilas, pero éramos unos locos felices, unos locos que encajaban entre ellos.
―¡Enhorabuena, cariño! ―Mamá me besa en la mejilla también mientras me mira con orgullo.
―Todo es gracias a ti ―le sonrío―. Gracias por no soltarme nunca a pesar de lo difícil que fue. Te quiero, mamá. Y quiero que entiendas que me voy a ir a estudiar actuación a Los Ángeles y voy a hacer que te sientas muy orgullosa y a darte la vida que mereces. Te lo prometo.
Ella sigue sin estar convencida de eso, de lo que llevábamos años discutiendo. Aun así, creo que algo ha cambiado en ella. Puedo leer en sus ojos que respeta mi decisión.
―Adam, a ver si aprendes ―le reprende Oliver a su hijo de manera divertida, golpeándole el brazo con el programa de mano de la graduación―. Tu nunca nos dices esas cosas.
Se seca una lágrima furtiva de emoción.
―Sabéis que no se me da muy bien hablar de mis sentimientos ―contesta él.
Ellos abrazan a su hijo de corazón, orgullosos también porque lo ha logrado.
Después nos animan a echarnos unas cuantas fotos más.
Yo junto a Liam, con mi familia, con Oliver y Ethan, y también con Adam.
Posamos intentando mantenernos serenos, aunque ese aroma suyo tan característico ya se cuela por mi nariz y el calor que irradia no me pasa desapercibido.
Liam se cuela en la foto y se coloca a mi otro lado, dejándome en medio de Adam y él.
―¡Foto del equipo de las clases particulares para la posteridad! ―comenta divertido, pero sé que sus ojos ocultan algo. Algo que solo entreví aquella noche en la que se enfadó porque voy a ir al baile con Paul.
Cuando los reportajes acaban, la familia se marcha a casa y Adam, Liam y yo nos quedamos un rato más celebrando con los compañeros nuestra ansiada libertad y todo el futuro que se expandía delante de nosotros, como un lienzo que espera a ser pintado.
Cuando dan la una de la mañana, yo ya no puedo más del cansancio y le digo a Liam que nos marchemos.
Pero él está tan entretenido con su grupo de baloncesto que me da cosa insistir.
Me quito la toga y el birrete para devolvérselos al señor White, el vigilante de que todo esto se desarrollase con normalidad, y decido encaminarme a casa sola.
El aire cálido del exterior me reconforta y me ayuda a pensar en mis cosas.
Tendría que matricularme finalmente en la Escuela de Teatro, Cine y Televisión de la Universidad de California, o UCLA, como es más conocida.
Y esperaba que me aceptasen; tenía mis ahorros, tenía mis ganas y toda mi ilusión.
Aunque, en cierto modo, me daba mucha pena dejar atrás Santa Clarita, a mamá y a la tía abuela. Pero vendría de visita. Siempre. Y yo les enseñaría a ellas todos los rincones increíbles de Los Ángeles.
―¿Es cierto que vas a ir al baile con Paul?
Adam está detrás de mí, caminando por la acera. Me giro para enfrentarlo.