Dos como nosotros Capítulo 23
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Capítulo 23

L iam me espera en el pasillo con una sonrisa cuando yo también abandono el aula donde hemos realizado el examen. Tengo la cabeza embotada de tantos números y cuentas.

―¿Cómo ha ido la batalla? ―pregunta cuando llego a su posición. Y parece que hoy está algo más normal que anoche.

―Creo que las clases de Adam han dado sus frutos ―contesto feliz abrazando mi carpeta contra el pecho―. Y a ti, ¿cómo se te ha dado?

―Si hay suerte, no tendré que ver un puñetero número el resto de mi existencia y me podré centrar en ser una estrella del baloncesto. ¡Lakers, allá voy!

El alivio me inunda. Si todo iba bien, entonces sí que nos graduaríamos, después de todo. El corazón me da un brinco. Los Ángeles estaban a la vuelta de la esquina y estaba casi segura de que el examen me había dado para un cinco o mucho más.

―Pues espero que antes de que te conviertas en una superestrella inalcanzable... ―Abro la carpeta para tomar dos entradas mientras caminamos hacia el exterior―. Aquí tienes tus asientos para la obra del año.

Él las coje alegre y mira su diseño.

―Y en primera fila. ¡Cómo se nota que tengo enchufe con la actriz principal! No me quiero ni imaginar cuando triunfes en Hollywood...

Río emocionada.

―Te buscaré si necesito un mánager.

Siento un dolor agudo en el hombro y Liam tiene que sujetarme para no caer al suelo.

Sorprendidos, ambos miramos hacia la dirección de quien ha provocado tal conmoción para ver a Audrey Hernández corriendo como si se la llevasen los demonios de nuevo.

Alcanzo a notar que su ropa está hecha jirones y su pelo mal cortado.

―La pobre estará deseando marcharse de aquí ―comenta Liam con tristeza mientras yo intento recuperar mi posición original.

―Es que no entiendo el afán de esas zorras por hacer daño ―escupo con rabia―. Me da igual lo que digan, me voy a quejar al director. Tienen que dejar en paz a la pobre chica. ¿Has visto cómo le han dejado la cabeza?

―Mia... ―cuando pone esa voz, sé que va a ejercer su rol de apaciguador y no dejar que su amiga cometa locuras―, nos quedan días... y no creo que hablar con el padre de la maltratadora cambie algo, solo tus notas y no para bien.

Lo miro con fastidio mientras resoplo resignada. Él me acaricia el pelo como si fuese un pequeño perrito que ha logrado controlar y yo me aparto para que no arruine mi peinado.

―Tengo entrenamiento para el partido del viernes, nos vemos luego en Wolf Creek.

Se despide con la mano mientras comienza a caminar en otra dirección a la mía.

Aprovecho para escribir una carta anónima informando de los malos tratos que están sucediendo en contra de algunos compañeros y la paso por debajo de la puerta del despacho del director.

No podía hacer la vista gorda, afectase a mis notas o no.

Después me marcho rumbo a casa, liberada de estudios y de clases al fin; mi pecho parece que se ha quitado de encima una losa. Ahora tendría que centrarme en la obra de teatro. Esa dichosa obra y ese fastidio de Romeo. Que no pensara que tan solo por animarme anoche mi relación iba a cambiar.

El móvil vibra en mi bolsillo y veo que alguien me ha mandado un mensaje a mi red social. Me detengo en la acera intentando recuperar el ritmo de mi respiración.

Mia, qué alegría que me hayas aceptado, pensaba que me odiarías. Creo que ya has salido del instituto. ¿Te apetece una comida en Rattler’s? Te veo allí en una hora. Tenemos mucho de qué hablar.

Me tiemblan tanto las manos que hasta escribir un sí a su oferta me cuesta un mundo.

Si mamá se enterase me mataría. Pero no tenía por qué hacerlo.

Sinceramente, al crecer sin mi padre y viéndola llorar tanto por el daño que le causó, no se podría decir que le tuviese un grato afecto a mi progenitor.

Pero algo en mi interior me gritaba que necesitaba conocer su versión.

Necesitaba escuchar algo convincente que justificase que tanto dolor había sido por una razón lógica y no en vano.

Que su ausencia y su abandono había sido algo más que un simple calentón por una jovencita, hablando mal y pronto.

No pierdo más el tiempo y me encamino a la parada del bus más cercana para ir a Rattler’s, el restaurante especializado en carnes a la brasa al que tanto nos gustaba ir en familia antes de que todo se derrumbase; sabía bien dónde quedaba.

Media hora más tarde, llego a mi destino.

Dentro, ya hay muchas mesas ocupadas y echo un vistazo por si mi padre me espera sentado en una de ellas.

No hay ni rastro de él. Como aún queda otra media hora hasta la hora acordada, espero paciente sentada en las escaleras que suben a la puerta del local mientras hago chocar mis pies y mancho mis zapatillas un poco. Mamá me va a matar otra vez.

Decido dejar de darle motivos para que me cuelgue de la primera farola que vea y miro al horizonte y a las personas pasar mientras espero. Y espero. Y sigo esperando. Compruebo el móvil por si me ha escrito algo, pero no hay ninguna respuesta. Qué extraño.

Al cabo de una hora y media, y después de que los empleados me mirasen como un bicho raro sentado a las afueras de su negocio, decido ponerme de pie y marcharme; de todas maneras, esto no era buena idea desde un inicio.

―¿Mia Brooks?

La voz de una mujer hace que me detenga y mire de nuevo hacia atrás.

Una chica en sus treinta me devuelve la mirada.

Su presencia se hace notar, su pelo teñido de rojo y largo le da un aspecto arrebatador.

Es alta, sus ojos son de un bonito color gris y por su ropa se nota que no pasa muchas penas.

Sostiene entre sus brazos a una niña de unos cuatro años con sus ojos y el pelo de color miel peinado en dos trencitas. ¿Qué quería de mí esta extraña?

―Soy yo. ¿Quién eres? ―pregunto sin demasiada educación. No tengo un buen presentimiento.

―Ibas a quedar con tu padre hoy aquí, ¿cierto? Es una lástima que no haya podido venir. Soy Annabelle.

Me dan ganas de decirle que no conozco a ninguna Annabelle y que no sé de qué va todo esto, pero que sepa que he quedado aquí con mi padre me pone en alerta. Y, cuando acabo de atar los hilos, ella misma se delata y me lo confirma.

―Soy la pareja de tu padre.

Nos observamos durante unos instantes sin saber muy bien qué decir.

Miro a esta mujer y tengo sentimientos encontrados.

Y ganas de hacerle miles de preguntas. ¿Fue él quien te buscó?

O, por el contrario, ¿tú te metiste en medio de mi familia?

¿Dónde está él? ¿A qué demonios estáis jugando los dos?

Parece leer en mi mente alguna de ellas, ya que responde:

―Está enfermo en la cama, no ha podido venir. Me lo contó y quise venir a avisarte para que no esperaras. ―La niña hace un puchero e intenta calmarla moviéndola con su brazo derecho.

―¿Y no podía haberme avisado con un mensaje?

No vivimos en el siglo pasado para que tengas que personarte aquí ―pregunto escéptica mientras ella no sabe por dónde salir; estoy convencida de que ella ha chafado el reencuentro―.

Ya entiendo. Querías verme. Reírte de mí.

Venir aquí con tu preciosa niña a restregarme en la cara cómo de feliz es vuestra vida. ¿Él sabe que estás aquí?

―Vale, pues vayamos al grano. Solo quiero advertirte ―dice ella intentando mantener la calma―.

No quiero que contactes con tu padre. Él ya ha rehecho su vida.

Y que os volváis a ver es un gran error.

Tenemos dos hijos en común que ahora lo necesitan más que nunca.

No quiero que él les dé la espalda como...

―¿Tal y como hizo conmigo quieres decir? ―termino por ella―. ¿Tienes miedo, Annabelle? Hasta yo con diecisiete años sé que eso no es nada normal en una relación.

―No te acerques a él ―Sigue evitando m is preguntas y comienza a perder los papeles, pero soy incapaz de enfadarme con ella.

Porque veo lo insegura que es, porque veo lo inestable que es la relación para que tenga que salir con su hija, mi hermanastra, en mitad del día a hablar con la hija de su expareja y suplicarle que no venga a romper su «maravillosa» y frágil bola de cristal―.

Sois pasado, nosotros somos su presente.

―Nadie te va a quitar nada, tranquila. ―Imito la forma de hablar de mi madre para que se relaje―.

Porque ni siquiera es tuyo desde un principio, tampoco nuestro.

Si piensas que ese hombre que abandonó a su familia por ti no haría lo mismo en cuanto se le presente otra ocasión...

, entonces es que tienes demasiada fe. Ten vigiladas a las veinteañeras que se le acercan...

Una persona inmadura como él siempre necesitará a una niña que le siga sus juegos.

La quería provocar, solo un poquito, para devolverle una mínima parte de todo lo que nos habían hecho. Un poco de todos esos años de llantos de mi madre por sus culpas.

―Menuda sarta de tonterías ―me reprocha―. Nunca vais a aceptar que me quería a mí.

―Si no lo dudo y no tengo que aceptar nada. La realidad es la que es. Pensé que sería buena idea escuchar su versión de los hechos, pero entiendo que no soy merecedora de ello, ya que se ha inventado una burda excusa cualquiera y has venido tú en su lugar para hacerme perder el tiempo.

―Él no sabe que he venido, así que no vuelvas a contactar con él.

Alzo las manos en señal de tregua y me recoloco la mochila sobre el hombro.

―Tranquila, Annabelle, que nosotras no vamos a perturbar vuestra paz. Lo que se fue no nos hace falta. ―Comienzo a alejarme sin dejar de mirarla―. Si alguna vez necesitas un psicólogo, mi madre estará encantada de darte el número del suyo.

No espero ni a que me conteste, me giro bruscamente con una sonrisa forzada y me vuelvo a encaminar a la parada de autobús mientras la escucho decir cosas cuestionables a mis espaldas. Esto ya era el colmo... Mi padre enfermo, esta mujer aquí...

¿Qué habría de verdad o de mentira en sus palabras? Lo que estaba claro es que algo en su interior no la dejaba vivir en paz en su relación, para plantarse hoy aquí de esa manera.

Y, firmemente, creo que eso es el suficiente castigo que se merecen ambos.