Dos como nosotros Capítulo 22
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Capítulo 22

C reo que si hubiese visto pasar dos cocodrilos con un tutú rosa bailando un tango me hubiese sorprendido menos. Tenía delante a uno de los chicos más populares del instituto, uno que podría ir con cualquier chica que quisiera al baile y me lo estaba pidiendo a mí. Tenía que ser una broma.

―Paul, te agradezco el detalle, pero ¿no te resultaría un tanto extraño? ―pregunto intentando que se dé cuenta con delicadeza.

―No quieres venir conmigo, es eso.

En parte, no podía negar esa afirmación, algo en mí cambió aquella noche en ese armario. Parece leerme la mente.

―Es por lo que pasó el viernes pasado, ¿verdad? ―Su expresión se torna de disgusto―. No era mi intención, Mia, iba a entrar en ese armario, pero Sullivan se puso tonto y se me adelantó. Creo que si hubiese insistido en entrar me hubiese roto todos los dientes frontales.

―No es eso, yo...

―Me interesas de verdad ―confiesa bastante convincente acercándose a mi posición unos pasos.

No me hace falta girar la cabeza para saber que Liam no nos quita ojo desde el interior del local―.

Sé que a veces podemos llegar a ser muy irritantes o desalmados, pero me he dado cuenta de que me interesa conocerte, Mia.

―Es que apenas tenemos contacto, Paul ―me excuso.

―Pues precisamente por eso, para llegar a forjar algo. Sé que te gusto. Veo cómo me miras.

Resulta un poco petulante que él mismo se piense que solo tengo ojos para él. No sabía lo equivocado que estaba.

―Veo que eres consciente de tu gran atractivo, pero...

―Mia, venga, di que sí. Seré el mejor compañero de baile del universo.

Cambia el peso de su cuerpo sobre el otro pie, en un gesto algo incómodo e impaciente mientras vuelve a mirar en varias direcciones. Si le avergüenza que le vean conmigo, ¿por qué me está pidiendo esto?

Aunque es la primera vez que un chico me pide algo así y la verdad me siento halagada.

―¿Es alguna clase de broma? ―contesto algo cortante por la desconfianza que me provocan tanto él como su cuestionable pandilla―. Porque si es así...

―Mia ―me corta tomándome de las manos con una confianza que no le he dado―. Voy en serio. ¿Qué tengo que hacer para que te lo creas?

Me mira intensamente, asintiendo y sonriendo.

Y, a pesar de que nunca me ha dado miedo decir que no a algo, en el fondo siento curiosidad de ver dónde nos lleva esto.

Quizá sea el paso que necesito dar para que se me quiten todas esas tonterías que pienso de Adam, quizá podría a llegar a enamorarme de Paul si él cambiaba poco a poco...

―Vale, iré contigo.

Su sonrisa se extiende aún más por su cara y después me envuelve en sus brazos, contento por mi respuesta.

Sorprendentemente, no siento nada cuando siento nuestros cuerpos juntos, excepto una invasión a mi intimidad demasiado obvia, pero aun así me quedo con los brazos flácidos sobre mí mientras él descarga su felicidad.

―Recordarás esa noche por el resto de tu vida. Te lo prometo.

Liam y yo nos sentamos en el último asiento del bus de regreso a casa. Si ha visto lo que ha pasado ahí fuera, aún no se ha atrevido a decir ni mu. Está inusualmente callado esta noche. Un rato después nos bajamos en nuestra parada y caminamos hasta casa, cansados y con la energía drenada.

―Me muero tan solo de pensar que tenemos que ponernos un rato a estudiar ―confieso agotada. Hasta mis pies parecen pesar diez kilos más cada uno mientras los arrastro por la acera y la hilera de casas―. Dormiría dieciséis horas si me dejasen ahora mismo.

―Sí, ha sido un día demasiado intenso.

Lo miro enarcando una ceja. No sabía qué le pasaba, pero iba a intentar sonsacárselo, al igual que la chica con la que iba a ir al baile.

―Paul me ha pedido ir al baile y he aceptado ―suelto de sopetón―. Pero supongo que ya te lo imaginas después de la escenita de antes.

Él piensa su respuesta unos segundos y luego clava sus ojos en mí mientras seguimos andando.

―¿Qué otro motivo habría para que ese zoquete te abrazara de ese modo? ―comenta con burla―. Pensaba que dirías que no, si te soy sincero.

―¿Para un chico que se echa para adelante y me invita? No me ha pasado eso nunca. Tenía que aprovechar.

―Sabes bien que se trata de Paul Black. Será todo lo atractivo que quieras, pero su fama le precede. Es un sinvergüenza, como todos ellos. Pensaba que lo sabías de sobra y no tendría que recordártelo.

Noto cierto enfado en sus palabras y me choca verlo así.

―Así es, no lo necesito ―contesto también algo más irritada―. Pero, si se quiere aprovechar de mí, pues yo también me puedo aprovechar de él. ¡Vamos, Liam! Solo quiero ir al baile y divertirme. Vivir el momento... ¿No me dices eso continuamente?

―Claro que te entiendo, pero... ¿tiene que ser con él?

―¿Y con quién más podría? ―pregunto frustrada de verdad―. Del sexo opuesto, solo tengo relación con Adam y contigo. Él se cortaría la lengua antes de pedirme algo así. Y tú tienes una larga lista de candidatas, de la que ya has elegido una muy guapa, ¿recuerdas?

No logro descifrar en su mirada las palabras que guarda en su interior y que no se atreve a expresar. Así que tan solo yo sigo rompiendo el silencio.

―No te preocupes, Liam. Sé cuidar de mí misma.

―Eso espero, Mia ―suspira con una sonrisa triste―. Eso espero.

Sigue estando rarísimo cuando me despido de él para entrar en casa y lo observo caminar cansado tres casas más abajo a la suya.

Ha sido un día duro para ambos y el examen seguro lo tiene nervioso.

El recuerdo de ello hace que, tras dar las buenas noches a mi familia y a Jiggly, me encierre en mi cuarto para el achuchón final.

De vez en cuando alzo la vista para observar cómo Adam, en su cuarto azulado, también está centrado en estudiar, imagino que el personaje de Romeo. Tiene una nariz muy masculina, recta y prominente. Yo había sentido esa nariz también sobre la mía. Y ese aliento sobre mis mejillas.

Suspiro bajito mientras dejo de mirarlo y me froto el pelo casi con violencia de las tonterías que estaba pensando.

Paul, el chico más potente del instituto, me había pedido ir con él al baile y yo aquí pensando en la nariz de mi vecino y en lo mucho que me gustaría sentirla sobre mí de nuevo y otras partes más de su anatomía.

Quiero echarme a llorar. Cuando vuelvo a levantar la vista, mi corazón se salta un latido.

Adam me está mirando directamente desde su cuarto y, en esta ocasión, yo tampoco aparto la mirada. Total, ya me ha visto.

Baja la cabeza un segundo y veo que está escribiendo algo en su libreta. Después de unos segundos en los que lo miro atenta, se levanta y camina hasta la ventana. Apoya la libreta en el cristal y apunta una linterna para que pueda leer el mensaje que me ha escrito en letras enormes:

SUERTE, PELOPAJA

Sonrío inconscientemente. Él también lo hace desde el otro lado de la calle.