Capítulo 20
E l fin de semana me viene genial para desconectar un poco. Liam y yo trabajamos doble turno, llegamos a casa agotados y el resto es una sucesión de películas, mimos a mi perrito y estudio. No me apetece salir ni mucho menos ver a nadie. Mientras estudio, incluso, he cerrado las cortinas.
Menudo pervertido, mirándome en sujetador la otra noche. Aunque, siendo sinceros, tampoco podía hablar muy alto, porque yo observé cada centímetro de sus abdominales aquella vez que...
Sentada en mi escritorio, pataleo levemente mientras me llevo las manos a la cabeza.
O me iba ya a Los Ángeles o acabaría volviéndome loca; tantos años aguantando todo esto ya me estaban pasando factura.
No dejaba de revivir en mi mente una y otra vez ese roce, ese olor, las tonterías que soltó por su boca.
Mi mente era un hámster corriendo a toda velocidad, en una ruleta de plástico que iba a echar a arder, que no paraba a ninguna hora del día.
Ya quedaba menos. No podía mostrarme mal o vulnerable, ni rara; ya casi estaba al borde de mi libertad.
Me entretengo un rato más mirando correos y navegando por internet, cuando una notificación llama mi atención en la red social que está de moda.
Clico en ella y mi corazón da un grandísimo vuelco cuando veo su foto en la pantalla.
«Ryan Brooks te ha mandado una petición de amistad».
Papá. Intentando contactar conmigo. Después de los años de juicios que tuvo por mi custodia con mamá, no volví a saber nada de él. Y ahora está aquí, a un clic de distancia, queriendo recobrar a su hija de nuevo.
¿Es esto legal?
Acaricio con el puntero del ratón las dos opciones que me brinda la red social, aceptarlo o rechazarlo.
¿Qué sería lo más indicado? O, más bien, ¿qué sería lo que yo anhelo?
Mamá iba a poner el grito en el cielo si se enteraba.
Y la entiendo. Totalmente la entiendo. Pero también era mi padre, y una figura que sentía que me debía demasiadas explicaciones, ya que solo conocía una parte de la historia.
Clico en aceptar, nerviosa. Ya está hecho.
Mamá no tiene por qué enterarse. No quiero que se ponga mal.
Miro a Jiggly y decido ir a calmar esta horrible sensación dándole un pequeño paseo por el barrio antes de que se ponga el sol.
Necesito aire, tranquilidad, coger fuerzas para enfrentarme a la última semana de clases, a Adam y a mi padre.
―Voy a sacar al perro ―anuncio desde la puerta a mi madre y a la tía.
―No tardes, la cena ya está en el horno ―aconseja mamá desde la cocina.
Me coloco los cascos y enciendo mi mp3 cuando salgo, y por supuesto dejo que los Back Street Boys inunden todos mis sentidos.
¿Cómo podían sacar una canción tan buena detrás de otra durante tantos años?
Eran increíbles, por mucho que la tía abuela Ava siguiese insultándolos, diciendo que eran una panda de pandilleros con flequillos largos que no podían ni ver con ellos.
Camino con calma mientras escucho As long as you love me , pero, cuando escucho esos versos cantados diciendo que el objeto de su deseo lo tenía ciego y no podía salir de su cabeza, se me atasca y decido cambiarla.
Ahora suena I want it that way ; sí, con esta...
, con esta... los cinco chicos me cantan al oído que esa persona es mi fuego, mi único deseo...
Aprieto corriendo el botón de saltar otra vez.
Jiggly camina feliz meneando el rabito mientras tira de mí con la correa.
Casi parece estar ajeno a mi delirio mental, y más pareciera que el can me está paseando a mí y no yo a él.
Busco otra canción que pueda ser más apropiada en estos instantes.
Siguiente pista. Mis oídos se llenan con la voz grave y sexy de Kevin, que muy enamorado le canta a su enamorada: «Nena, sé que sientes que nunca podrás amar de nuevo, pero te pido una oportunidad para demostrarte que te quiero... ».
Me arranco los auriculares caminando agitada y algo más deprisa sujetando la correa con fuerza mientras mi perro hace sus necesidades y me concentro en sentir el aire tibio del atardecer de mayo. Escucharía la música en otro momento porque ahora no ayudaba.
―¿Y esa cara de asco? No me lo digas... Adam te ha hecho algo.
La voz de Liam, que está regando las plantas que decoran la valla del porche, me interrumpe la caminata. Estaba tan ensimismada en la música y en mi bucle que ni cuenta me di de que estaba frente a su casa.
Le quito la correa a Jiggly, que feliz menea el rabo para ir corriendo a saludarlo y él lo abraza mientras le dice cosas dulces con esa vocecita aguda que nos hace parecer a todos que nos falta un hervor cuando hablamos con los animales.
Subo hasta su porche y me siento en la mecedora columpio soltando la correa y el mp3.
―Si te lo contara no darías crédito ―susurro cerrando los ojos unos segundos.
―No me dejes con el misterio. Mañana volvemos a clase y quiero también criticar contigo por los pasillos ―me sonríe de manera cómplice mientras sigue regando las plantas.
―¿Por dónde empiezo? ―pregunto de manera dramática y dándole énfasis a mi voz―.
¿Por la parte en la que Adam va a ser Romeo en la obra de teatro del insti y quizá tenga que besarlo?
¿O que tuve que pasar como diez minutos con él encerrada en el armario de su casa por jugar a esa chorrada de Diez minutos de gloria ?
La bonita cara de mi amigo es un poema. Sus ojos oscuros se abren aún más con sorpresa, diversión y algo más que no sé identificar.
―Oh, espera que también hay más... ―Me pongo de pie―. La parte en la que casi nos besamos por error, o en la que me espía por la ventana cuando estoy en sujetador, o, la mejor de todas, en la que dice que tú sientes algo por mí a escondidas.
Su expresión cambia radicalmente y ahora, con su regadera, está proporcionando agua al suelo del porche en vez de a las plantas. Le señalo el artilugio para que tenga cuidado.
―Si es que no te puedo dejar sola ―comenta con un toque de humor. Se dirige hasta mi posición―. Me has dejado sin palabras.
―Pues imagínate cómo estoy yo ―refunfuño y alzo el móvil―. Ni siquiera puedo escuchar una canción de mis niños sin pensar en ese moscardón.
Ríe suavemente, lo que le provoca una leve tosecilla.
―No le hagas caso sobre lo mío, seguro que quería vengarse de mí por lo que os solté a los dos cuando teníamos ocho años y es su forma de devolvérmelo. Pero, sobre lo que dije, que se hila con lo demás que me cuentas... Mia...
Sus ojos son directos y claros. Insondables.
―¿Sientes algo por Adam?
Nos miramos de hito en hito ambos. Solo los quejidos de Jiggly mendigando cariño y los coches que pasan por la calle aportan un sonido a esta escena, de la que no doy crédito que esté sucediendo.
―Es Adam. ―Creo que con eso se explica todo.
―Sí, sé que es él. Adam, nuestro vecino: Moscardón , Romeo, Pikachu, y también que es un chico alto, moreno, inteligente, reservado, misterioso, con unos ojos que cualquier chica moriría por ellos y que te pone nerviosa cuando te has quedado encerrada en un armario con él.
―A ver si es a ti a quien le gusta, con esa descripción tan detallada que tienes de él.
Ríe y niega con la cabeza.
―Yo solo comento que últimamente estás muy rara.
―Y a ti la fiebre te ha debido de matar neuronas, para que sueltes esa clase de preguntas. Era para que me animaras, no para que me hicieses dudar aún más.
―Entonces, ¿estás dudando?
Le doy un manotazo y el agua se sale de la regadera. Se aparta divertido de verme perder el control. Vuelvo a ponerle la correa a Jiggly, me pongo los cascos, enciendo el mp3 y me encamino de nuevo hacia la acera.
―Me marcho antes de que puedas decir más sandeces. ―Le digo adiós con la mano―. Mañana nos vemos en clase.
―Huir es lo que mejor se te da ―ríe mientras se afana en acabar su tarea.
Lo escucho murmurar algo más por lo bajini, pero ya no me doy la vuelta. Al final, el paseo placentero ha terminado haciendo que el hámster corra mil veces más y acabe vomitando.