Capítulo 19
M i corazón late apresurado. Pero ella me aprieta aún más fuerte las manos.
―Todos hemos notado cómo lo miras, Mia. Es una oportunidad de oro para hacer con él esas cosas que tanto sueñas. ¿No quieres que sucedan cositas ahí dentro?
Pensativa, lo sopeso. Si era sincera conmigo misma, no, no quería ahora mismo complicar mi vida con un chico y no conocía a Paul en verdad, más allá de una atracción superficial.
Pero, si lo pensaba con frialdad, Paul era mono y había estado pendiente de mí hoy; tener mi primer beso con él y coger esa experiencia por si la señorita Jones me obligaba a besar a Adam...
Siento una gotita de sudor resbalar por mi frente y mi corazón se salta una respiración.
Pero no podía, esto iba en contra de mí.
―Lily, no creo que...
Apenas me da tiempo a reaccionar ni decir nada más, porque Lily me empuja con brusquedad dentro del oscuro armario y pega un portazo mientras se escuchan carcajadas desde el comedor.
Hiperventilo al segundo. Y lo primero que hago es intentar salir agarrando el pomo de la puerta y girándolo con premura, pero ha debido atascarla.
Tiro varias cosas a mi paso, que caen estrepitosamente al suelo.
―Empiezan tus diez minutos, Mia.
―No puedo... ―susurro para mí con la esperanza de que alguien venga a mi rescate intentando quitarme la venda de los ojos y sintiendo claustrofobia.
La maldita Lily me lo había apretado a cosa hecha.
Intento tranquilizarme de alguna manera mientras lucho con el nudo del pañuelo y estoy atenta a cada ruido, voces, música y todo lo que ocurre fuera. A tientas encuentro un lugar donde sentarme sobre unos almohadones y unas mantas dobladas y sigo intentando deshacerme del nudo que me tiene ciega.
Siento la frialdad del armario y que la oscuridad me devora.
Me detengo un momento. Quizá estoy sacando las cosas de contexto, necesito respirar.
Pongo mi mano sobre el corazón e intento acompasar mi respiración.
No hay peligro alguno, es solo un tontísimo juego.
Sí, eso es. Cuando pasen diez minutos Paul estará aquí y quizá hasta disfrute lo que pueda hacerme.
Piensa en el teatro, en disfrutar un poco de la vida. Nunca te lo has permitido, Mia.
Logro relajarme un poco y aprendo a esperar paciente por Paul, que tarda más de lo debido.
Escucho puertas cerrarse, de nuevo voces lejanas, pero no alcanzo a enterarme de nada.
Me pongo de pie al cabo de un rato, cansada de estar encerrada, otra vez dejando que los nervios me invadan y luchando con el pañuelo para quitármelo, cuando de repente escucho la puerta abrirse y cerrarse detrás de la persona que entra en el armario conmigo.
El silencio reina y durante unos instantes me quedo inmóvil, asustada por esa presencia que siento cada vez más cerca dando pasos pequeños hacia mí. Tengo que acabar con esto. No quiero que Paul me bese.
―Esto ha sido un error, Paul ―digo con voz firme mientras intento arrancarme el pañuelo por duodécima vez, harta de luchar contra el nudo―. No puedo hacerlo, lo siento. Esto no va conmigo.
Incluso me araño el rostro intentando sacarme esa maldita prenda atada a la cara, pero sus manos son más rápidas y se elevan hasta mi cabeza, para que deje de hacerme daño.
Con cuidado, Paul desata el nudo y deja caer el pañuelo al suelo.
Abro mucho los ojos para poder distinguir la figura que tengo delante, pero veo lo mismo o menos que con el pañuelo de lo oscuro que está todo y del daño que me ha creado en la vista el llevarlo tan apretado sobre ellos este rato.
Sus manos abandonan mi cabeza. Pero siento que se acerca más a mí.
Hasta que quedo pegada a la pared intentando huir de eso.
―Voy en serio, Paul, déjame salir.
Pongo mis manos sobre su pecho, para poder retirarlo de mi lado, y luego se humedece.
Se ha debido de tirar la bebida encima. Le expreso mi desesperación, le ruego; pero ¿por qué no hace nada?
Si antes lo pienso, más rápido toma mi mano con la suya y la aprieta con calidez para retirarla de su cuerpo y dejarla a un lado del mío.
Y es entonces cuando lo percibo. Y sigo haciéndolo mientras siento el calor de su cara acercándose a la mía.
Ese olor. Ese incienso amaderado, masculino. Tan característico de...
―¿Adam? ―pregunto apenas sin voz. Y, no sé por qué, saber que es él me tranquiliza.
Y, aunque quisiera salir corriendo y darle el más grande los empujones, ahora mismo las piernas no me responden.
Y el corazón me late más apresurado. Es el momento más íntimo que hemos compartido en la vida, y no necesito que me confirme nada, sé que es él.
Lo siento dentro de mis venas. Me estremezco cuando su nariz roza mi oreja de manera muy sutil y siento su aliento también.
―Lo siento, Mia.
Tiemblo. Porque, en el fondo de mi ser, no quiero que me esté pidiendo perdón. Su mejilla roza la mía. Apenas sabemos dónde está el uno respecto del otro en la oscuridad, ni conocemos el peligro de algún contacto que podamos lamentar.
―Quédate un rato así. Vamos a hacer el paripé de que lo estamos pasando en grande y así te dejarán en paz.
―¿Dónde está Paul?
―Paul no te conviene.
Resoplo en la oscuridad.
―¿Ahora me vas a decir lo que me conviene y lo que no?
―Solo quieren reírse de ti, ¿es que no lo ves?
―Su aliento golpea mi boca, señal de que está demasiado cerca.
Seguramente si hubiese luz estaría espantada de su proximidad, pero la oscuridad me ayuda a intentar mantenerme cuerda―.
Paul está cada día con una chica, le encanta jugar.
¿Quieres que tu primer beso sea con alguien que no tiene vergüenza, como él?
―Eso me tocará a mí decidirlo ―comento nerviosa pero firme y algo impactada de que crea que no he besado a nadie. Quizá me conoce más de lo que pienso―. Con quién me beso y con quién no.
Su silencio es una clara respuesta. Nuestros pechos se juntan cuando respiramos los dos algo agitados. Apenas hay espacio en este armario para una persona, es imposible separarse lo más mínimo. Su mano se desliza por mi cintura y manda ondas eléctricas al resto de mi sistema nervioso.
―Cuidado de no golpearte la cabeza. Tienes un saliente detrás.
Su contacto hace que mi piel arda. Incluso siento que se me pone el vello de gallina.
No sé qué diantres me pasa hoy, pero debo estar perdiendo la cabeza.
Todo lo que estoy viviendo, la presión y que pronto me marcharé me tiene en vilo de una forma extrañísima.
Quiero gritarle que me suelte, que no se tome esas confianzas conmigo, que deje de una vez eso que está haciendo con mi cabeza desde hace unas semanas. Que desaparezca.
En cambio, aquí estamos casi abrazados porque no cabemos en este armario y rozando partes de nuestros cuerpos que nunca habíamos explorado.
―¿Por qué crees que no he besado a nadie? ―la pregunta me sale de dentro y quizá me delate más, pero realmente quiero saberlo.
Siento su pelo hacerme cosquillas en la frente y su aliento sobre mi boca. Seguro ha soltado alguna risilla silenciosa por mi pregunta sin sentido en una situación como esta. Los labios me cosquillean.
―Mia ―susurra―, te conozco de toda la vida. Sé más de ti de lo que tú piensas.
―No has estado presente para ver si me he besado con un chico o no.
―Ni es necesario, la verdad. ―Su voz tiembla casi de manera imperceptible―. Aunque no te faltan pretendientes.
―Solo tengo amigos. ―No sé por qué le doy explicaciones o por qué no quiero que Adam me vincule a ningún chico―. Muy buenos, además.
―Claro ―contesta misterioso.
Aprieta su cuerpo contra el mío de manera inconsciente y siento contra mí esos abdominales incipientes que vi por la ventana. Sus labios me vuelven a hacer cosquillas en la piel.
―¿Cuándo te vas a dar cuenta de que Liam quiere algo más?
Me espanto ante sus palabras. ¿Qué locura está diciendo? Me suelto de su agarre, pongo algo de distancia y acabo golpeándome la cabeza con un saliente de madera. Maldigo por lo bajini mientras me llevo la mano a la zona afectada. Necesito salir de aquí.
―Te lo he advertido ―se ríe él.
―Adam, abre la puerta, me marcho. Es que ni siquiera me voy a parar a discutir una cosa tan absurda contigo.
Él no se mueve de su sitio a centímetros de mí, así que lo aparto de un pequeño empujón y agarro el pomo forzándolo para que se abra.
―Mia... ―Siento que quiere explicar algo, pero no le dejo.
El pomo cede, inundándome de un gran alivio, y abro la puerta de un golpetazo, dejando que la luz encendida del pasillo me llene.
Sería mejor acabar por hoy con esta pantomima, aunque la culpa es mía por hacerles caso a estos estúpidos.
Fuera no se escucha nada, se han debido de largar en algún momento.
Me giro para decirle un escueto adiós a Adam, pero cuando lo hago me sobresalta verlo pegado a mí y casi se me detiene el corazón al sentir nuestras narices tan cerca.
Y lo que es peor, con la luz, ahora puedo apreciar bien a mi vecino en todo su esplendor: cómo sus ojos son más azules que nunca y brillan de un modo especial cuando los míos lo observan; hasta puedo notar cómo su pupila duplica su tamaño.
Siento la incipiente barba en el mentón y su olor con más potencia que nunca.
Y lo peor..., lo peor es que me encantaría, por un segundo, acortar la poca distancia que nos separa y que él fuese el primero.
Él alza la mano con alguna rara intención.
Pero bruscamente me alejo asustada por ese sentimiento tan extraño que nunca había sentido y lo miro horrorizada mientras él aún está dentro del armario como un bellísimo depredador entre luces y sombras y yo en el pasillo temblando.
―Mia...
―¡Tengo que irme!
Corriendo, tomo mis carpetas del comedor y, abrazándolas contra mi pecho, me marcho cerrando la puerta de un portazo justo cuando él intentaba detenerme.
Salgo a la calle y la lluvia me empapa el pelo y la cara.
Respiro como si hubiese escapado de una casa encantada y necesitase ese aire a borbotones para volver a pensar y sentir con claridad.
He estado a punto de besar a Adam. Señor bendito.
A Moscardón, a Pikachu, al insoportable de mi vecino.
Y lo peor es que me ha gustado esa sensación. Mi pecho sube y baja con brusquedad. Las matemáticas me tenían que estar friendo las neuronas, no cabía duda alguna.
―Pero ¡¿qué haces ahí?!
La tía abuela Ava, asomada a la ventana del comedor, me observaba atónita gritándome. Ahí, parada en medio de la calle, mientras el cielo descargaba su furia sobre de mí.
―La lotería no nos tocará, pero, con la mala suerte que tenemos en la familia, un rayo podría caerte con total seguridad, niña. ¡Anda, entra ya y deja de hacer el tonto!
La ducha calentita que me doy después de venir de trabajar y cenar me ayuda a relajarme, así como la sesión de mimos con Jiggly, que, tras recibir todo el cariño de su ama, se marcha a su camita acolchada en la esquina de mi habitación y bosteza satisfecho.
La miro sonriente mientras camino hacia el armario empotrado al lado de la ventana para ponerme la parte de arriba del pijama, que se me había olvidado llevar al baño.
Estoy tan concentrada en abrir la puerta y coger la prenda que, cuando la paso por encima de mis hombros y me giro para apagar la lamparita del escritorio, no había sido consciente de que Adam me observaba desde su ventana.