Dos como nosotros Capítulo 18
27%

Capítulo 18

S onríe levemente, como si verme perder los papeles y ponerme nerviosa fuese una fuente de diversión para él y se centra en leer una de las escenas principales.

Me horrorizo cuando se pone de pie, me insta a acompañarlo para meternos en el papel y se va derechito a la escena que le he dicho que ignorase.

Un trueno hace temblar los cristales de nuevo.

Y sus palabras hacen que tiemble mi corazón.

―«Si con mi mano, por demás indigna, profano este santo relicario, he aquí la gentil expiación: mis labios, como dos ruborosos peregrinos, están prontos a suavizar con un tierno beso tan rudo contacto».

―Para contacto el que hacen sus ojos con los míos.

Trago saliva sin darme cuenta mientras lo observo y mi corazón comienza a palpitar más fuerte.

Su voz es clara, serena, grave y seductora.

Odio reconocerlo, pero le viene como anillo al dedo el papel.

La vocalización, el sentimiento, la intensidad...

―«El...». ―Tengo que recordar donde está mi boca―. «El peregrino ha errado la senda, aunque parece devoto. El palmero solo ha de besar manos de santo».

Se acerca a mí, quedándose a un metro, y su olor ya característico me invade las fosas nasales. Trago otra vez. Incienso.

―«¿Y no tiene labios el santo, lo mismo que el romero?».

―«Los labios del peregrino son para besar». ―En cuanto me doy cuenta de mi error, pongo una mano en mi frente mirando al suelo y siento el calor en mi cabeza―. Perdona, «para rezar, son para rezar...».

Eso debería hacer yo, empezar a rezar a Shakespeare cuando acorta aún más la distancia hacia mí. Sus ojos, del mismo color que ese cielo de tormenta, desprenden los mismos rayos. Me está poniendo a prueba.

―«¡Oh, qué santa!» ―exclama Adam metiéndose en su papel―. «Truequen pues de oficio mis manos y mis labios. Rece el labio y concededme lo que pido».

―«El santo oye con serenidad las súplicas». ―Lo enfrento para que vea que no me achanto ante su proximidad. A pesar de que puedo sentir su aliento en mi cara.

―«Pues oídme serena mientras mis labios rezan, y los vuestros me purifican».

Nos aguantamos la mirada durante una eternidad. Los dos sabíamos lo que venía después de eso en el guion. Aparto la mirada primero, para liberarme de la tensión tan extraña que siento por el cuerpo, en dos partes especialmente. Intento actuar normal.

―Tengo que reconocer que no se te da nada mal, Adam.

―Me alejo de él―. Si te fijas un poco más adelante, hay un diálogo de Julieta que, hablando con Ama, dice así: «¡Mi ú nico amor, nacido de mi único odio!

¡Demasiado pronto le vi sin conocerle y demasiado tarde le he conocido!

¡Prodigioso principio de amor que tenga que amar a un aborrecido adversario! ».

Él me observa con atención mientras recito mis líneas. Y me pongo aún más nerviosa cuando vuelve a acercarse a mí.

―Te puede ayudar a captar la esencia de la historia ―continúo mirando hacia los papeles en la mesa. Al techo, hacia todos lados, menos a él.

Ahora que me fijaba, Adam y yo teníamos mucho de Romeo y Julieta, parecía una broma del destino. Pero, en nuestra historia, solo sentíamos odio el uno por el otro, esa era la diferencia.

―Porque... sería curioso sentir eso ―reflexiona mientras su mirada azul se pierde en la mía verdosa―. Tener que amar a un adversario al que aborreces.

―Supongo ―le corto sintiendo que me tiemblan las manos en contra de mi voluntad.

El timbre suena de repente y doy las gracias mentalmente a quien sea que haya al otro lado de la puerta.

Adam me mantiene la mirada un rato más y puedo notar por primera vez lo que le fastidia la interrupción.

Así que acepta su destino, camina hacia ella y solo entonces parece que puedo respirar de nuevo.

Pero todo el aire que entra a mis pulmones vuelve a salir con cierto fastidio cuando escucho un gran bullicio y veo a los amigos de Adam entrar al comedor, entre voces, tabaco y bolsas con alcohol.

Él intenta pararlos, pero ellos sí que están metidos en su papel. Josh se detiene al verme y sonríe sorprendido. Pronto también aparecen Kira, Lily, Mark y por último Paul, que me observan como si fuese un mono de feria, preguntándose que está pasando aquí.

―Sabíamos que tus padres se habían largado de la ciudad, pero no sabíamos que tenías otros planes ―comenta Mark apartándose un cigarro de la boca. Su comentario da tanto asco como su gesto y el pestazo que exhala―. ¿Interrumpimos algo?

Adam aparece al lado de sus amigos tras cerrar la puerta, con gesto de fastidio. Y está dispuesto a no caer en sus preguntas provocativas.

―Os he dicho que odio estas cosas; no quiero fiestas en casa, por favor.

―No seas aguafiestas, tío. Es viernes, vamos a disfrutar por esta noche ―secunda Josh a Mark para convencer a mi vecino―. Solo un ratito. Unas cervezas, unos juegos y nos vamos.

Adam me mira preocupado. Y siento que es el momento de marcharme.

―Yo me marcho ya. ―Tomo mis apuntes y los meto dentro de mi carpeta con brusquedad y prisa―. Gracias por la clase, Adam.

Pero cuando quiero marcharme Paul me toma del brazo y me mira con una sonrisa preciosa. Es de los pocos de ese grupo que se salvan de ser un estúpido integral; se queda en un estúpido a secas, digamos.

―Quédate, Mia ―ruega con voz melosa―. Nuestra relación no ha empezado con buen pie. Quizá, si nos conocemos más, seguro que podemos llegar a entablar una buena amistad.

Me ahorro el discurso de que nunca alguien como yo iba a empatizar con personas rastreras, inmaduras e interesadas como ellos, pero... no quería añadir más leña al fuego.

―Tengo muchas cosas que hacer, lo siento.

―Venga ―insiste bajo la mirada atenta de todos los demás―, no entras a trabajar hasta más tarde, lo sé. Bébete algo y luego te marchas.

Me debato en mi fuero interno entre marcharme y ser una maleducada o aguantar un rato e irme corriendo de esta casa. Apenas me da tiempo a contestar, porque Paul me arrastra hasta la zona donde están los sofás y me sienta en uno de ellos, poniéndome una lata de cerveza recién abierta en la mano.

―¡Que empiece la fiesta! ―aúlla eufórico.

Los demás se unen a nosotros y comienzan a charlar, beber, fumar y reír, mientras Adam, el que siempre tenía un comportamiento intachable, no sabe ni dónde meterse.

Al final, imagino que decidió unirse al enemigo y soportar tanto la presencia de todos como la mía.

Aunque, cuando posa sus ojos en mí, puedo casi leer una disculpa y una gran incomodidad.

Yo no solía ser así de dócil y obediente, pero estaba agotada, aún me quedaba un turno de trabajo y sentía las hormonas volviéndome loca. Así que sí, me bebo la cerveza, y dos más después. La cuarta me la arranca de la mano Adam.

―No has bebido nunca, te vas a emborrachar ―me surra en confianza; en sus ojos, una chispa de oscuridad.

―Bueno, alguna vez sí que lo he hecho ―me excuso mientras los demás preparan lo que parece cierto tipo de juego―. Y hoy lo necesito para aguantar todo esto.

Intento arrebatársela de la mano, pero él se echa hacia atrás y la quita de mi alcance, lo que hace que se le derrame un poco de cerveza en la sudadera y yo acabe agarrada a su pecho para no caerme del sofá.

―No veas cómo están Romeo y Julieta ―ríe Kira burlándose de nuestra obra―. Si no estás acostumbrada a beber, deberías tener más cuidado, Mia.

―Nadie te ha pedido consejo, Kira ―la corto con la boca más suelta de lo normal por el alcohol y me retiro del cuerpo de Adam con algo de pesar. Miro la hora―. Me voy.

―No te puedes ir ahora―dice Paul mientras se pasa la mano por su tupé rubio―. Vamos a jugar a un juego.

―Déjate de tonterías, Paul ―le contesta Adam en mi lugar; sea lo que sea, le molesta que esté presente durante esa misteriosa actividad.

Pero a mí me encanta molestar a Adam. Quiero saber más de ese juego.

―Aún me queda una hora para entrar al trabajo ―confieso―. ¿De qué se trata?

Todos se miran entre ellos y ríen, cómplices de algo que yo no acabo de captar.

Adam sigue insistiendo en que nos dejemos de tonterías, pero sus amigos insisten y exclaman vítores por atreverme a probarlo.

Seguramente será algún estúpido juego de beber o cualquier tontería de esas y no me iba a achantar frente a ellos.

―¿Has jugado alguna vez a Diez minutos de gloria ?

―Mark, Paul, en serio, basta ya.

Miro a Adam y nunca lo había visto tan molesto, y menos con ellos. Es una nueva faceta que no conocía de mi vecino.

―No, nunca ―lo ignoro―. ¿De qué se trata?

Paul le dedica a los demás una mirada intensa. Y luego sonríe.

―Lo guay de este juego es que lo descubras por ti misma. ―¿Es malicia lo que veo en sus ojos?―. Lily, ¿la acompañas?

―Por supuesto ―comenta ella, encantada, mientras bebe otro sorbo de su cerveza―. Ven conmigo, Mia.

―Mia, no...

―Adam, relájate ―le contesto igual a lo que él me dijo antes―. Últimamente estás muy alterado. No creo que sea para tanto.

Adam chasquea la boca y bebe un trago de cerveza, resignado, mientras sus amigos me siguen animando.

Cuando salgo del comedor, siento su mirada clavada y de repente, sin tenerlo cerca, comienzo a sentirme como una estúpida y a darme cuenta de que quizá se están riendo de mí de algún modo y lo estoy permitiendo.

Cuando llegamos al armario bajo la escalera donde los Sullivan guardaban mantas, algunos objetos personales más y juguetes con los que Adam y yo jugábamos de pequeños.

Lily me sonríe y, quitándose un pequeño pañuelo oscuro que llevaba puesto en el cuello, me lo pone en los ojos, vendándomelos.

Me pongo nerviosa automáticamente y hago el amago de quitármelo mientras ella aprieta el nudo más fuerte para impedírmelo.

―Lily, creo que no ha sido una buena idea ―casi le suplico que me deje en paz.

Ella luego da la vuelta y me toma de las manos, están frías. No la veo, pero siento su aroma y su presencia.

―Créeme, este juego es espectacular. ―Mis manos tiemblan en las suyas y creo que se compadece un poco de mí―. Vas a pasar diez minutos dentro de ese armario con los ojos vendados. Y en esos diez minutos... entrará Paul y podrá hacer contigo todo lo que quiera.