Dos como nosotros Capítulo 17
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Capítulo 17

M amá y la tía Ava me observan en cierto modo consternadas; no había dicho casi ni una palabra al llegar a casa, y no las culpo, estoy engullendo galletas y magdalenas como si fuese un tiranosaurio pillando con hambre a una presa.

La ansiedad me come por dentro. Y yo me las comía a ellas.

Jiggly, sentado a mi lado en el suelo, también devora las galletas mentalmente mientras un hilito de baba se desliza de su morro y sus ojos brillan con ansia moviendo con euforia su larga cola marrón y peluda.

Le tiendo una y la devora en cuestión de segundos.

―Mia, cielo, te vas a atragantar ―avisa mi madre desde el salón frente a la tabla de planchar.

―Pues la vida me haría un favor ―comento taciturna y sin ánimo.

―No llames a la mala suerte, niña ―me regaña la tía Ava mientras teje un chalequito de lana que me está haciendo.

Me trago el resto de leche casi con violencia observando el reloj que está a punto de dar las seis de la tarde. Mi ánimo se hunde aún más.

―Venga, Mia, tómatelo como un reto. Al menos con Adam tienes confianza, os conocéis desde hace mucho tiempo.

―Demasiado ―apunto.

Ella me ignora y sigue con su intento de levantarme la moral. Jiggly me ladra para que le dé más delicias dulces. Niego con la cabeza y él la ladea y gime para dar pena.

―Es solo una obra de teatro. Dos horas, y luego se acabó.

―Y te llevas ese besito bien disfrutado, porque ese chico está...

―¡Tía! Nadie va a disfrutar de nada ―la regaña mamá con su típica frase mientras ambas se sostienen la mirada en una lucha de poder; ella le refunfuña algo de que es una aguafiestas y se concentra de nuevo en su tarea de tejer, luego me mira a mí de nuevo.

―No pienso besar a Adam Sullivan ―sentencio. Solo de pensarlo sentía ganas de vomitar todo lo que me había comido y hasta la primera papilla también―. Bastante he tenido con aguantarlo toda mi vida.

―Si tanto significa para ti esa obra ―noto cómo mi madre comienza a cambiar de técnica sutilmente dándome donde más me duele―, tendrás que hacer un esfuerzo. Si no..., siempre puedes dejar ese club, hacer tus exámenes y no pasar por ese suplicio.

―¿En serio, mamá, piensas que él me va a echar de mi club? ―pregunto incrédula ante su perspicacia para manipularme―. Llevo casi seis años haciendo teatro, es mi territorio. Igual que yo no me meto en su piscina, él no se debería meter en mi escenario. Es él el que se tiene que largar.

Me pongo de pie furiosa mientras dejo los platos y la taza en el fregadero y me dirijo al comedor donde están ellas.

―Pero le está haciendo un gran favor a su amigo, y además lo necesitáis. Sin Romeo no hay obra.

―Anda, que no habrá chicos para hacer el papel, ¿y tenía que ser precisamente él? ¡De verdad que la vida me odia!

Mi teléfono móvil vibra con la llegada de un mensaje de Liam. Me quiero morir cuando leo que se encuentra mal y que no podrá asistir a las clases particulares de Adam. Está con un virus, vomitando. Tendría que enfrentarme sola a la bestia, con todo lo que ello conllevaba.

Quería echarme a llorar. Mamá y la tía Ava aguantan una risita ante mi dramatismo y desgana, pero me alientan a ir y a trabajar con Adam tanto los malditos teoremas de derivabilidad como el bendito teatro. No sabía cuál de los dos me traía más por la calle de la amargura a estas alturas.

Llevaba todo el día lloviendo a mares y, tras salir de casa y echar a correr hasta la casa de enfrente, pude ver cómo estaba el cielo cerrado y grisáceo.

Ni el día acompañaba hoy. Tomo aire, comprobando que mis apuntes no se hayan mojado dentro de mi carpeta, y llamo al timbre.

Como todos los días, Adam abría la puerta muy puntual y nos dedicaba una cara de desdén y falta de interés maravillosa.

La de hoy es distinta, se sorprende al verme sola y algo mojada al otro lado de la puerta.

―Liam está enfermo ―explico antes de que pregunte nada.

Él asiente y se muerde el labio inferior inconscientemente, comprendiendo la situación.

―Pasa ―se aparta del umbral y me refugio de la lluvia en su hogar.

Noto un silencio inusual en su casa. Aprieto la carpeta con fuerza contra mi pecho.

Dios santo. Estábamos solos. Ethan y Oliver habían debido salir a algún recado, o quizá estaban en sus trabajos.

Ambos se ganaban la vida en la industria editorial.

Siento la presencia de Adam imponente, detrás de mí.

Y sus ojos clavados en mi nuca. Aun así, me giro y lo encaro.

―¿Subimos a tu habitación? ―la pregunta me cosquillea en los labios, por el doble sentido. ¡Pero qué doble sentido ni que nada!, de verdad que estaba perdiendo la cabeza.

―Tuve un pequeño percance con un pokemon artista hace días. Así que mejor hoy, que tenemos la casa para nosotros, nos quedamos en la mesa del comedor ―me mira con un brillo extraño―. Mis padres han salido de viaje. No vuelven hasta mañana.

No sé si esa información me tranquiliza o me pone de los nervios.

Lo segundo, sin duda. Sube a su cuarto a buscar sus apuntes y el guion, y yo me siento con cuidado en una silla pegada a la mesa del comedor.

Solo escucho el sonido de las manecillas del reloj e intento serenarme.

Mi pierna rebota contra el suelo en un gesto de nerviosismo, que detengo cuando él vuelve a estar en mi presencia.

Se sienta a mi lado derecho, presidiendo la larga mesa, luego clava sus ojos en mí.

Y daría dinero incluso por saber qué está pasando en estos momentos por su cabeza.

Comenzamos con las aburridas matemáticas, que hacen que sienta que me va a explotar la cabeza.

Al menos en estos momentos soy capaz de hacer algunos ejercicios sin fallar, cosa que no había logrado hasta ahora.

Adam podía ser muchas cosas, pero desde luego era un buen profesor y no se podía negar.

Al cabo de unos cuarenta minutos, le pido parar.

Y él me pide ensayar el texto de la obra conmigo para tener un primer contacto y descansar de tantas cuentas.

―¿Desde cuándo te gusta el teatro? ―pregunto con segundas intenciones.

―No me gusta demasiado, si te soy sincero.

―Entonces, ¿por qué estás decidido a arruinar mi vida? ―le suelto sin miramientos.

Él apoya los codos en la mesa y se inclina hacia mi posición. Me echo para atrás en mi silla, con tal de rebajar la distancia que él ha rebasado.

―¿Arruinar tu vida? ―repite incrédulo mientras suelta una risita irónica y mira al techo, para después clavar esos ojos azules en mí―.

Más bien creo que últimamente te la estoy salvando con bastante frecuencia, Mia.

Primero ese percance en el restaurante, luego evité que una pelota te golpeara y se te olvidase hasta cómo te llamabas.

Después te salvé de que te metiesen la cabeza en el váter; ah, y también te he salvado el culo con el examen de Ciencias y con el teatro.

¿En qué parte exactamente te estoy arruinando la vida?

Me quedo callada sin saber qué decir. Porque tiene razón. Y él sonríe en señal de victoria. El aire se vuelve más denso mientras los truenos son de los pocos sonidos que nos acompañan.

―Sé que no somos agradables el uno para el otro, Adam; no es misterio para nadie que no nos gusta nuestra mutua compañía. Pero parece ser que esa distancia que tanto nos costó tener, y en la que estábamos en paz, ahora te empeñas en romperla.

―Tú eres la que no para de ponerse en situaciones raras a las que casualmente me arrastra la vida, Mia. Haría todo lo que he hecho por cualquiera. No te lo tomes como nada personal.

Noto que no ha comentado nada sobre si soy agradable para él o no. Como yo sí que he confesado. No creo que lleguemos a ningún punto común; lo mejor sería ser resiliente. De todas formas, en unas semanas no nos volveríamos a ver.

―Gracias por todo lo demás. Pero no era necesario que entrases en mi club de teatro. Sabes lo que significa para mí. Y no es ninguna tontería con la que luego puedas comentar y burlarte con tus amigos.

―Nadie ha dicho que vaya a hacer eso. Relájate, estás muy alterada últimamente.

Tomo mi guion con brusquedad, triste y agotada.

―A las nueve tengo que entrar a trabajar ―comento cortante mientras pido volver a la tarea―. Será mejor que ensayemos rápido. Y, antes de que digas nada y pongas el grito en el cielo, tranquilo, en el acto I, escena V, aunque ahí lo indique, no habrá ningún beso.