Dos como nosotros Capítulo 16
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Capítulo 16

L a siguiente semana se me hizo eterna. No dejaba de estudiar y de asistir a las clases particulares de Adam con un nudo en el pecho.

Menos mal que Liam siempre me acompañaba, porque si me quedaba sola con él iba a perder la cordura.

Los exámenes de recuperación estaban siendo duros.

Por suerte estaban a la vuelta de la esquina.

Dos semanas y me marcharía a Los Ángeles y los malditos cálculos numéricos serían agua pasada al igual que Adam.

El viernes, a las puertas del fin de semana, me apresuro en soltar los libros de historia en mi taquilla y coger el guion de Romeo y Julieta del club de teatro, al cual llegaba diez minutos tarde a estas alturas.

Liam se burla de mí, como es habitual, mientras él también corre a entrenar con su club de baloncesto.

―Nos vemos luego, querida Julieta, para nuestras clases preferidas ―me guiña el ojo mientras pasa corriendo con el macuto deportivo en la mano―. Y cada uno que lleve su boli, que me lo rompes.

―¿Es necesario que me lo recuerdes constantemente?

Me saca la lengua, yo giro por el pasillo y ambos nos perdemos de vista.

Me pongo en modo actriz cuando cruzo las puertas del auditorio, donde íbamos a ensayar hoy para marcar los lugares de la obra que íbamos a representar en un par de semanas y familiarizarnos con el escenario. Ya están todos aquí reunidos.

―Siento el retraso. ―Dejo mis cosas en una silla mientras camino hasta el centro del escenario, donde se reúnen todos mis compañeros.

Mis pasos resuenan sobre el suelo de madera y el sonido reverbera por todos los rincones de la gran estancia conforme me acerco a ellos.

―La estrella siempre se hace esperar ―comenta sin ninguna maldad Grace, una estupenda chica menuda, dos años más pequeña, con la que trabé amistad hace tan solo un año justo aquí en este club.

―¿Qué me he perdido? ―pregunto para ponerme al día.

La señora Jones, una mujer en sus cincuenta, remueve los papeles que apoya en una carpeta. Y el grupo de diez personas la observamos curiosos, dispuestos a acatar sus órdenes.

―Estábamos haciendo algunos ajustes para varias escenas. ―Me pasa una serie de folios grapados―. Ahí están tus copias para que las aprendas. Hay cambios.

―Espero que nada demasiado grande; la obra está a la vuelta de la esquina, no tenemos demasiado tiempo ―comento preocupada por sacar mis exámenes, mi trabajo y la obra en tan pocas semanas.

Michael, otro compañero, mira mis folios, divertido. Y yo los ojeo con más atención para descubrir el motivo de las sonrisitas de todos. Hasta ahora todo parece normal, algunos cambios de posiciones, algunas simplificaciones en los diálogos, hasta que llego al acto I, escena V.

Fiesta en casa de los Capuleto. Cuando Romeo y Julieta se ven por primera vez. Hasta ahí todo bien. Pero comienzo a hiperventilar cuando leo bien reteñido en letra negrita: SE BESAN. Miro a mis compañeros, comprendiendo el chiste, y luego a la señorita Jones.

―¿Cómo que se besan? ―pregunto alarmada―. No había ninguna escena de beso antes. Es una obra de instituto, podemos seguir fingiéndola sin problema.

―Pensamos, Mia, que quedaría muchísimo más natural si te dieras un beso pequeñito con Romeo. Nada del otro mundo. Los jóvenes hoy en día lo hacéis todo el tiempo, no veo que sea un impedimento ―explica con voz de docente, sin amedrentarse ante mis quejas―. ¿O... tienes algún problema con eso, Mia?

La miro sin saber muy bien qué decir. Los pensamientos intrusivos que siempre me habían acompañado me invaden de nuevo.

Nunca le había confesado a nadie el miedo que le tenía al amor.

Vi a mi madre perder toda su vida por un mal hombre, vi lo fácil que era reemplazar para personas así a sus seres queridos.

Aunque fuese mi padre, nos abandonó como a basura sin mirar atrás o cuestionarse la ética de sus acciones.

Y, para colmo, durante muchos años tuvieron que luchar en tribunales por ver quién me ganaba.

Como si fuese un trofeo y no una hija que sufría al ver esa situación y que lloraba al crecer sin su padre.

Había visto y presenciado lo suficiente en mi vida como para que no me fuese tan fácil confiar en el primer chico que se acercase a alabar mi belleza con la intención de acabar en su cama y echar diez minutos apresurados de sexo casual mientras sus padres no estuvieran en casa.

Me implicaría hasta el fondo, ¿y para qué?

Para que me cambiase por cualquier otra una vez conseguido su objetivo y que pisoteara mi corazón.

No necesitaba eso en mi vida, aunque a veces me muriese de ganas de experimentarlo alguna vez.

Había tenido varios pretendientes, gente de clase, nadie realmente memorable; y, a pesar de ello, nunca había dado ni un solo beso a mis diecisiete años.

Cualquiera se burlaría de mí si confesaba eso.

Nadie sabía de mi vida o de mis circunstancias.

No podía dar mi primer beso a un auténtico desconocido del instituto.

Aunque, si quería ser actriz, me iba a tener que acostumbrar a besar a todo el mundo sin ton ni son cuando me lo pidieran.

Pero no sería el primero..., no el primero.

―Si soy sincera, no me sentiría muy cómoda ―intento explicar mientras la miro fijamente―. ¿No podemos seguir fingiéndolo?

Mis compañeros ponen muecas, algunos de incomodidad por la discusión, otros preguntándose si sería capaz o no de hacerlo. Cuestionándose un poco mi profesionalidad. Eso me duele en el alma. Porque esta era mi vida entera. Y yo quería demostrar lo mucho que valía. La señorita Jones suspira.

―Iremos viendo, ¿vale? Ahora vamos a trabajar, que se nos echa el tiempo encima. ―Da unas palmadas energéticas indicándonos que cada uno vayamos a nuestros puestos y obedecemos―. Por cierto, Philip viene en camino, se encuentra más estable y cree que puede hacer la obra.

Al menos eso era mejor que un no rotundo.

Aunque el asunto del beso, ciertamente, traería cola.

Todos estaban bastante dispuestos a que lo hiciese y hacer la obra más especial aún sin que nadie se lo esperase.

Pero no conocía casi nada a Philip, y tener mi primer beso con él...

Ese pensamiento me causó una gran pesadez en el pecho que no me abandonó en ningún momento mientras ensayábamos diálogos y escenas entre todos nosotros.

Cuando terminamos y bajamos del escenario para recoger nuestras cosas, Grace se acerca y apoya su mano en mi brazo.

―Has estado muy tensa todo el ensayo. No te preocupes por el beso, Mia.

―La adolescente de quince años me mira con complicidad―.

Yo quise esperar al indicado para que siempre guardase el recuerdo de ese primer beso con cariño en mi memoria.

Pero, si te soy sincera, tampoco fue tan especial.

No sabía cómo devolvérselo, estaba tiesa como un palo; él me llenó de babas y me metió la lengua hasta la campanilla, pensando que besaba bien, y a los dos días descubrí que también estaba quedando con otra a la vez que conmigo.

Ella me mira con una risa triste, pero con sentido del humor ante su situación. Eso, desde luego, me ayudaba mucho para confiar en un hombre, pensé irónicamente.

―Lo que te quiero transmitir es que, al final, no es ese primer beso el más especial. Habrá muchos más, mil veces más especiales y bonitos cuando lo hagas con la persona que te apetezca y sea real. Piensa en esto como una tontería, porque realmente lo es. Un beso no te cambia la vida.

―¿Tan fácil ha sido leer mi mente, Grace? ―pregunto algo avergonzada, soltando una risita por su descubrimiento.

―Como robarle un caramelo a un niño.

Y ahí estaba yo, conmovida por las palabras de una adolescente de quince años, que había tenido una vida amorosa bastante más interesante y movida que la mía siendo yo mayor. Suspiro y le sonrío para quitarle hierro al asunto.

―Quiero que la obra salga bien, lo mejor posible ―confieso mientras me cuelgo la mochila al hombro―. Así que, si todos veis mejor ese cambio, yo... me lo pensaré.

Ella sonríe orgullosa de haber logrado su cometido.

Era un besito simple y tonto, y ya está, ni dos segundos.

Cuando tuviese cuarenta y ocho años recordaría esto y me reiría.

La puerta del auditorio se abre y aparece Philip con una cara mortecina, que augura que aún no se ha recuperado del todo.

La señorita Jones camina hasta su posición.

Y todos también nos acercamos a ver cómo evoluciona nuestro compañero.

―Llegas tarde, Phil. Ya hemos terminado. Nos veremos el martes de la semana que viene.

―No voy a poder hacerlo, señorita Jones. ―Parecía que le costaba hasta hablar―. Desde anoche me vuelvo a encontrar fatal. No dejo de sentirme mal y no paro de vomitar.

―No me voy a arriesgar a que me vomiten en la boca ―miro a la profesora, que pone los ojos en blanco ante mi comentario, pero tenía que intentar como fuera que me cancelasen ese beso y esta era la mejor oportunidad.

Philip se dirige hacia mí, con sus ojillos brillantes por su enfermedad.

―Lo siento muchísimo, Mia, creo que no voy a poder. Siento ponerte en esta situación.

―Pierde cuidado ―contesto, también sintiéndolo por él y por no poder protagonizar la obra después de tanto trabajo realizado durante meses.

―Pues a dos semanas de la representación, y sin Romeo, tenemos un grandísimo problema ―comenta preocupada la profesora―. ¿Alguno de vosotros quiere intentarlo?

Hace un barrido con la mirada a mis compañeros, que uno a uno bajan la cabeza, escabulléndose de ella y de esa responsabilidad.

Estaba claro que preferían quedarse en sus cómodos papeles ya aprendidos.

Y era totalmente normal: ¿Quién se iba a aprender el papel de un protagonista en tan solo dos semanas? Estaría loco quien aceptase.

―No os preocupéis, he buscado a alguien que está dispuesto a hacerme un favor. Creo que no habría nadie mejor para que nos sacase las castañas del fuego.

Una figura entonces aparece por la puerta y contenemos el aliento.

Todos. Por supuesto, el sustituto que sugería Philip era de los más inteligentes del instituto.

Un alumno modelo. Uno de los más populares.

Claro que iba a ser capaz de sacar el papel adelante sin duda alguna. Solo había un pequeño problemita.

Que era Adam Sullivan.

Otra vez.