Capítulo 15
N o paro de lanzarme agua al rostro cuando al fin estoy sola en el baño de la planta superior.
¿Qué demonios me pasa? Las cuentas me tenían que estar friendo el cerebro, no podía haber otra opción.
Me miro en el espejo. Tengo las mejillas encendidas.
¡Qué vergüenza! ¿Pero qué diablos te pasa, Mia?
¡Es Adam! El insoportable vecino rebelde, tonto y fan de Pikachu que me había hecho la vida imposible. Al que no tragaba.
¿Qué leches hacía pensando en su fornido pecho y en perderme en sus ojos y tonterías como esas?
Me vuelvo a echar otra carga de agua a la cara y respiro agitada con la cabeza para abajo.
Tenía que recomponerme, no podía mostrarme así de extraña, no le iba a dar motivos a Adam para que me molestase con más cosas.
Tendríamos estas clases dos veces por semana durante un mes, haríamos el examen, nos graduaríamos y adiós, Sullivan, para siempre.
¡Qué ganas tenía de perderlo de vista!
Cuando salgo del baño diez minutos después y regreso a la habitación, me la encuentro totalmente vacía.
Miro la hora y, sin darme cuenta, había pasado el tiempo de la clase, eran casi las siete y cuarto de la tarde.
Me siento aliviada de poder volver a casa, en cierto modo.
Sería mejor que recogiese mis cosas y me marchara también, y eso hago.
Pero, antes de salir, mi lado infantil toma el control y brilla esa venganza pendiente de hace tantos años.
Con un rotulador negro que hay en el lapicero de Adam en su escritorio y, con mucha sutileza, dibujo unos marcados bigotitos y unos cuernecitos en el póster de Maroon 5 y Eminem.
Firmo mi hazaña y bajo las escaleras decidida a salir de allí lo antes posible.
―¿Ya te vas, Mia, no te quedas a cenar? ―La voz de Oliver desde la cocina me hace detenerme cuando ya estoy sujetando el pomo para abrir la puerta. Adam me echa un vistazo de reojo desde el sofá, mirando el móvil despreocupado.
―Sería estupendo, pero aún tengo deberes que terminar ―confieso. Y no era mentira, aunque en parte sí. Tampoco podía soltarles que me iba corriendo como si la casa estuviese en llamas por lo nerviosa que me ponía su hijo, y no precisamente de la manera a la que me tenía acostumbrada.
―Otro día, entonces ―me despide con la mano, afanado en la cocina.
Miro a Adam y susurro un simple adiós antes de correr al refugio de mi hogar.
Allí ceno con mamá y la tía Ava, me doy una ducha y subo a mi cuarto alrededor de las diez de la noche mientras me afano en secarme el pelo con una toalla.
Me acerco al escritorio para terminar las tareas que tengo que entregar mañana, tras darle algunas caricias a Jiggly, y al sentarme, en la penumbra, ahí está él.
Adam está en su cuarto también, iluminado tenuemente. Se dispone a ponerse el pijama.
Trago saliva. Juro que no quiero mirar. De verdad.
De hecho, aparto la vista y la pongo sobre el libro de historia, pero hay una especie de manos que me agarran de la cabeza y tiran de mí hacia arriba con disimulo.
Y no lucho contra ellas, la verdad. Se quita la ropa y deja al descubierto ese torso delgado y aún no del todo formado, que dejaba entrever esta tarde a través de su fina camiseta negra.
Es mejor de lo que imaginaba. Para tener solamente diecisiete años, estaba muy bien.
Pero que mucho. No sabía que el club de natación dotaba a sus miembros de tal tableta de chocolate.
¿Qué se sentiría tocar esos abdominales?
¿Estarían duros al tacto o se acomodarían a mis dedos envolviéndolos al hacer presión?
―Mia, te has dejado el móvil abajo.
Reprimo un grito monumental cuando aparece de repente la tía Ava en el umbral de la puerta y mi libro de historia sale volando de la impresión y del bote que doy en la silla. Ella me mira como si fuese un alienígena.
―Sé que soy fea y vieja, pero creo que no doy tanto miedo ―bromea.
―No te he oído llamar ―me excuso mientras recojo el libro del suelo―. Qué susto.
―¿Qué mirabas por la ventana con tanta atención?
Abro los ojos un poco más y me pongo nerviosa.
―Nada. Estoy estudiando Historia y estaba repasando un texto para el club de teatro.
Ella me mira desconfiada. Cantaba fatal, decía muchas palabrotas, pero el sexto sentido que tenía la tía Ava, eso sí que se le daba de muerte. Entra un poco más en la habitación.
―Me ha dicho tu madre que vais a representar Romeo y Julieta .
Asiento intentando calmarme y actuar normal. Ella deja el móvil sobre mi cama.
―Llevamos varios meses ensayando.
―¿Y tú eres Julieta?
¿A qué venía ahora ese interrogatorio? Me giro hacia ella de modo natural.
―¿Quién iba a serlo si no? La mejor actriz del Tesoro del Valle no podía quedarse sin ese papel. Además, os lo comenté a las dos hace algunos meses. ¿Recuerdas?
Ella sonríe, pero sigue con esa mirada felina brillando en la semioscuridad de mi cuarto.
―¿Y quién es Romeo?
―Pues aún no lo hemos encontrado ―Miro al suelo concentrada―. Iba a interpretarlo Philip Morrigan, pero ha pillado mononucleosis. A ver si algún valiente puede sacarnos las castañas del fuego y prepararse la obra en este mes.
Sin darme cuenta, la tía había alcanzado mi posición y miraba atónita por la ventana.
Cielo santo, era infalible. Debería haberse dedicado a ser policía, no se le hubiese escapado ni una.
Y podría haber utilizado sus cantos a modo de tortura en los interrogatorios; de esa forma, los delincuentes hubiesen sido los primeros en cantar, realmente.
―¡La madre del cordero! ―exclama mirando con los ojos muy abiertos la ventana de nuestro vecino y deleitándose en su incipiente cuerpo masculino al igual que yo―.
¡Con razón te gusta estudiar aquí! ¿Cuándo ha crecido tanto ese mocoso?
Santa Madonna , hasta desde aquí se le notan los seis perfectamente.
El mocoso en cuestión se tensaba y relajaba sin camiseta jugando a un videojuego en su ordenador. No dejaba de tener calor, tenía que ser la primavera.
―Tía, no es lo que...
―Claro que sí que lo es. Y bien que haces, a tu edad uno así no se me escapaba.
―Es Adam ―contesto, seca, haciéndole ver que dice una sarta de tonterías―. Me da igual que esté bueno. Solo quiero perderlo de vista de una vez y lo sabes de sobra. Estoy harta de repetirlo, de verdad.
―¿Así que te parece que está bueno? ―Su sonrisa era malévola mientras se apoyaba en el escritorio y me miraba inquisidora.
―No me enredes. De verdad que parece que Liam y tú os pasáis las preguntitas y las tontadas por email. ―La echo para atrás para que se aleje del escritorio y tomo el libro de historia―. Vete a dormir, que, si no, te salen más arrugas si no descansas tus horas.
―No sé de dónde aprendes esas malas artes para escaquearte...
―Tengo una buena profesora ―sonrío divertida mientras observo como echa un último vistazo y se marcha hacia la puerta.
Pero antes de irse me devuelve la mirada otra vez.
―Un truco del almendruco: apaga la lamparita, así él no te verá, por si quieres seguir mirando.
Le lanzo el cojín de mi silla a la cabeza, pero, con una rapidez y agilidad sorprendentes para su edad, se libra de mi ataque y este rebota en la puerta de madera blanca y cae con un ruido sordo al suelo.
―¡Qué fastidio! ―exclamo para mí mientras me vuelvo a colocar en dirección a la ventana y a mis libros. Y a Adam. Que sigue concentrado en su ordenador.
Sería mejor que dejase de mirarlo antes de que me descubriera espiando.
Pero de algún modo, cuando me centro en mi libro y en las tareas, siento algo raro dentro al pensar que él nunca me devolvería esa mirada desde su ventana.
O quizá sí y él también me podía ver de un modo disimulado, como comentaron sus amigos en Wolf Creek hace algunas semanas.
Por si las moscas, esa noche, no echo las cortinas.