Dos como nosotros Capítulo 14
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Capítulo 14

O estaba inconsciente y esto tenía que ser un sueño, o inhalar los vapores del inodoro me había trastocado el modo de ver la realidad y estaba teniendo alucinaciones.

No podía tener, en el mundo real, a Adam Sullivan con su casi metro ochenta, arrodillado frente a mí, preocupado por mi estado y con su mano en mi mejilla.

Miro más allá de él mientras noto el calor de su piel contra la mía y en cierto modo se siente reconfortante después de que estas chicas me tratasen como un saco de basura en todos los sentidos.

Liam nos observa serio, queriendo acercarse, pero sin tener espacio en el que hacerlo.

Su cara de preocupación me indica que sí, que es real.

Vuelvo a Adam, a sus ojos, a su nariz recta y masculina, a su mandíbula marcada y bonita.

Y no sé por qué estoy pensando tantas tonterías.

―Estoy bien. ―Con mi mano, aparto la suya de manera sutil y sin ser demasiado brusca, al fin y al cabo, es la tercera vez que me salva la vida en estas últimas semanas.

―Si algo de esto sale de este baño, la vamos a tener ―amenaza Kira.

Jugaba con la ventaja de que su padre era el director y bastaría con una buena actuación de ella para hacerla parecer la víctima y nosotros ser los verdugos.

―Además, para el mes que nos queda en este sitio, nadie más tiene por qué enterarse, ¿verdad?

Luego, con parsimonia y regodeándose, se marchan, orgullosas de lo que han hecho las muy sinvergüenzas.

―Estáis podridas ―le escupe Liam cuando pasan por su lado.

―Podridas de dinero, no como tú, cielo.

Cuando se escucha la puerta volver a cerrarse, lo primero que hago es ponerme de pie. Siento las piernas tan entumecidas que, al hacer el intento, pierdo por un momento el equilibrio, y, cómo no, ahí está el cuerpo de mi vecino para sujetarme.

¿Conocéis esas escenas que suceden en las películas románticas donde, tras algún accidente desafortunado, los protagonistas se encuentran por casualidad?

Un roce de sus manos, un choque de sus cuerpos, donde todo sucede a cámara lenta, mientras se miran y se dan cuenta de todo lo que han sentido el uno por el otro.

Pues esa misma escena es la que vivo con Adam en este momento.

Pensaba que exageraban, pero siento de manera muy real su cuerpo contra el mío ―más de lo que nunca ha estado―, sus ojos atravesándome y su respiración en mis labios.

Quiero huir de aquí a toda pastilla, aunque mi cuerpo no obedece, no puedo. Mi corazón late apresurado.

―Si estáis intentando que quede romántico, siento deciros que desde fuera no lo parece en absoluto. ―Liam se cruza de brazos sonriendo de lado, sacándonos de nuestra particular y extraña escena―. Aunque he reconocer que el váter detrás y los papeles sucios por el suelo le dan un toque original.

Nos erguimos, soltándonos el uno al otro cuando salimos del cubículo con más premura que antes. Fulmino a Liam con la mirada para que se calle. Pero agradezco a ambos por haber venido a mi rescate.

―Evelyn vino corriendo a avisarnos ―explica él caminando de regreso a clase―. Poco después también lo hizo esa chica nueva, la mexicana, pero salió corriendo luego.

A pesar de que echasen a correr, agradecía que hubiesen tenido la valentía de avisar.

―¿Deberíamos decirle algo al director? ―pregunto sin saber muy bien qué hacer.

―Como dijo Kira, nos queda poco aquí; esperemos que las cosas se calmen con lo que acaba de pasar hoy, y mantener un perfil bajo hasta la graduación dentro de tres semanas ayudaría. ―Liam se pone prudente.

―Pero esa pobre chica... No creo que vayan a detenerse. Son unas racistas de mierda ―me sale del alma―. Se lo han hecho a ella y las que aún no se gradúan seguirán haciéndolo con otras chicas que lleguen.

―Intentaré hablar con ella ―comenta Adam―. Aunque Kira normalmente hace lo que le da la gana.

Asiento agradeciendo a ambos sus consejos e intenciones. Y luego volvemos a clase.

***

La puerta de casa suena exactamente a las seis de la tarde. La tía Ava le abre a Liam mientras yo termino de tomar mi merienda y, con la boca llena de galletas, cojo los libros y me encamino hacia la puerta de entrada, donde él está siendo víctima de los besos en la mejilla de la tía.

―¡Qué chico tan lozano! Si es que cada día que pasa te pones más y más encantador.

―Tía, me lo vas a agobiar ―río mientras los separo para liberarlo―. Nos tenemos que ir, llegamos tarde y Adam no nos perdonará ni un segundo. Bastante cabreado está ya.

―Ese chico, con lo guapo que es también, cómo se arruina con esa seriedad suya. Ay, cariño, qué bien rodeada estás; quién tuviera diecisiete años para estar así...

―Mejor que te relajes o podrías acabar en la cárcel por asaltacunas ―bromeo guardando en el bolsillo de mi pantalón las llaves de casa.

Mira a Liam y le guiña el ojo de manera coqueta mientras comienza a cantar una canción romántica, que nos hace reír.

―Señora Pierce, suena como las trompetas de los ángeles ―la halaga Liam.

―Sí, pero desafinadas. ―Aparece mamá por el pasillo con un cesto de ropa por doblar―. Venga, a estudiar. Y tú, venga, a ayudarme.

Cerramos la puerta aún sonriendo mientras bajamos los escalones y cruzamos la calle.

―Tu familia siempre tan divertida.

Lo miro para agradecerle que nos tenga en tan alta estima y veo cómo la tía abuela Ava le ha dejado la mejilla repleta de labial rojo.

―Te ha marcado bien ―río señalando su cara mientras subimos los escalones hacia la puerta de entrada de la casa de los Sullivan.

Él se agacha para que le limpie la mejilla, con la coquetería que le caracteriza, y yo le restriego la mano hasta que se comienza a borrar.

―Puedes chuparme para que se vaya antes, no me importa.

―Más quisieras.

De repente la puerta se abre y Adam nos espera en el interior. Comienzo a plantearme seriamente que tenga una cámara oculta por la que me espía.

―Os he escuchado venir ―señala con la cabeza las escaleras―. Vamos a mi cuarto.

―Pero ¿así sin preliminares? ―Liam finge estar ofendido siguiendo con su escenita sexy.

―Cuando suspendáis Ciencias y no podáis ir a la universidad, no estaréis tan bromistas.

A Adam no le ha hecho demasiada gracia. Así que, sin decir mucho más, lo acompañamos y los tres nos sentamos en la mesa de su cuarto muy cerca los unos de los otros para ponernos a estudiar.

Muchas veces había subido a este cuarto de niña, cuando nuestros padres nos obligaban a llevarnos bien y pasar tiempo juntos.

Seguía siendo bastante igual, pero quizá algo más sobrio ahora que Adam no era ya un niño.

El techo medio abuhardillado, la colcha azul marino y mucho más adulta.

Un ordenador que quemaba jugando a videojuegos ―muchos días lo observaba por la ventana― y muchas fotografías de él y los suyos junto a una decoración de pósteres de grupos musicales y equipos de baloncesto.

Los bigotes de mis Back Streets Boys me vienen a la mente.

¿Debería devolverle la broma pintando sus pósteres preferidos? Quizá lo sopesase, ahora que tenía la oportunidad.

Lo miro cómo se concentra en explicarnos una complicada ecuación con paciencia.

El pelo negro le cae sobre los ojos de manera natural, se lo aparta de vez en cuando con sus manos fuertes y masculinas.

Muerdo inconscientemente el bolígrafo. Sus labios están llenos mientras habla sin parar de fórmulas matemáticas que me suenan a chino.

Lamo el extremo dentro de mi boca. Sus ojos se mueven de Liam a mí, coronados por esas pestañas que los hacen ver aún más increíbles e infinitos.

Un mar en que te podrías perder para siempre.

Aprieto el cilindro del bolígrafo con los dientes.

Cuando toma aire, su ancho pecho, cubierto solo con una camiseta negra muy ajustada, se marca a través de la tela.

Suspiro, siento calor. Me mira fijamente y mis mejillas comienzan a arder.

Creo que me está preguntando algo y yo he estado perdida en su cuerpo con cara de payasa y no he prestado nada de atención por estar pensando en él de un modo que me deja trastocada. ¿Qué demonios me está pasando?

―¿Te estás enterando de algo, Mia? ―pregunta como un profesor a un alumno que sabe que lo ha pillado en Babia.

Liam nos mira de hito en hito alzando una ceja y escribiendo en su cuaderno con disimulo. Yo miro a Adam y niego con la cabeza.

―Perdona, me he bloqueado, ahora mismo corrijo esto...

Levanto la mano para coger la goma de borrar, a ver si con suerte borraba los números y mi mente de paso también, ya que parecía ir por libre.

Pero tengo tan mala suerte que Adam se adelanta a mis movimientos y acabamos agarrando la goma los dos a la vez.

Mi piel quema donde siento sus dedos. Lo miro pidiéndole que la suelte. En cambio, él fija su mirada en mí.

―Si no atiendes, no vamos a ningún lado, Mia ―me regaña, pero. ¿por qué su voz tiene de repente un tono aterciopelado y sexy que nunca había notado? Mi nombre saliendo de su boca suena diferente. ―No borres nada. Que tengas las equivocaciones sin tocar te servirá para aprender de tus errores.

Pues ahora mismo, precisamente, no aprendía de mis errores, ya que estaba divagando, de una manera bastante curiosa, en torno a este sujeto que me había hecho la vida imposible.

Su mano seguía sobre mis dedos. Liam me sigue observando con esa ceja rebelde alzada y expresión extraña.

La rodilla de Adam roza la mía cuando me libera y se acerca para explicarme de nuevo el ejercicio.

Muerdo de nuevo el bolígrafo mientras él habla y ese olor a incienso me llena los pulmones.

Aprieto tanto los dientes que así, sin más, el pequeño cilindro de plástico y tinta estalla en mi boca.

Los dos chicos me observan alucinando. Liam se aguanta una risa y Adam me mira la boca.

―Mia, así no hay quién se concentre... ―me dice mientras mi amigo ríe disimuladamente ante tal escena dantesca.

Se atreve a levantar la mano y a quitarme un trocito del plástico del bolígrafo de los labios, con delicadeza. Liam deja de reír. Comienzo a sudar y me pongo en pie de manera brusca.

―Tengo que ir al baño.

Es lo único que digo antes de salir huyendo de la habitación como si hubiese visto al mismísimo diablo.