Dos como nosotros Capítulo 12
18%

Capítulo 12

P or favor, otra vez no. Él no. Sus ojos azules se encuentran con los míos y baja el brazo lentamente mientras es consciente del revuelo que ha causado que me salvase del balonazo. Se le ha tenido que quedar la mano en carne viva.

―Casi... ―comienza él―. Casi te quedas sin cabeza.

Asiento, algo desubicada por la impresión. Bueno, por las dos impresiones: por el casi balonazo y por mi salvador.

―Vaya, Sullivan, encima de sacar sobresalientes, ¿ahora también rescatas a damiselas en apuros?

Se burla Josh, para variar, mientras los demás de su grupo ríen, menos Lily, a la cual parece que la escenita no le ha hecho mucha gracia.

Pronto, dejan de prestarnos atención una vez que los jugadores han recuperado el balón en el terreno de juego y ahora todos dirigen las miradas y los gritos hacia ellos de nuevo.

Pero Adam y yo de algún modo seguimos atrapados el uno en el otro.

―Gracias, Adam. Otra vez ―le comento tragándome un poco el orgullo. Y, tras comprobar que tan solo Liam nos escucha realmente, prosigo―: Tengo tu chaqueta aquí, te la devuelvo cuando quieras. No quise molestarte ayer por la noche.

Le dejo caer que sé de su cita con Lily, pero él se muestra impasible y levanta la mano para que se la dé. Miro a nuestro alrededor entrando en pánico.

―¿Aquí, delante de todos?

―Me estás dando una chaqueta, no un kilo de cocaína, Mia.

Bueno, como él quiera. Luego no quería escuchar reproches si la gente comenzaba a hablar.

Abro la mochila con manos temblorosas. Y la saco poco a poco.

¿Por qué siento el corazón acelerado? Me espantaba la idea de que me relacionasen de algún modo con Adam.

Y entregarle una prenda delante de cientos de estudiantes no era lo mejor para que eso no sucediera.

De todas maneras, también la gente nos conocía de sobra y sabía perfectamente que no nos soportábamos. Quizá lo viesen como algo normal. Somos vecinos, al fin y al cabo.

En cuanto se la tiendo, él la toma y pone un gesto de preocupación.

―Espero que la hayas lavado.

No podía con él, de verdad que no.

―¿Has desayunado payaso hoy, Moscardón? ―contraataco.

―Se nos había terminado, Pelopaja; me he tenido que conformar con unos simples cereales azucarados.

―Por supuesto que está limpia ―miento volviendo al asunto―.

Tanto la chaqueta como mi cuerpo han quedado limpios de toda esa aura podrida que arrastras y esa peste a algo como incienso en tu perfume.

No pienses que por hacer este tipo de cosas voy a cambiar mi modo de verte.

Te lo agradezco. Pero mantengamos las distancias, nos va mejor así y a los hechos me remito.

Él se acerca un poco más a mí y el mismo aroma que tenía la chaqueta inunda mis fosas nasales. Me concentro en no achantarme cuando por primera vez contemplo esos ojos suyos tan cerca de los míos. Son bonitos, demasiado. Trago saliva. Siempre pensé que eran muy impresionantes.

―Eres tú la que debería dejar de meterte en problemas cuando estoy presente; me obligas a...

―Joder, ¡¿os vais a quitar de en medio de una vez?! No vemos una mierda con los dos ahí de cháchara.

Una chica de la otra clase se queja y un corrillo de personas, al que le estamos tapando la vista, comienza a quejarse también.

―Vamos, Mia. ―Liam vuelve a tomarme de la mano y me guía hacia algunos asientos más adelante para por fin sentarnos.

Agradezco poder hacerlo, porque tener a Adam tan cerca me ha puesto de los nervios―.

No le hagas mucho caso. Sabes cómo es Adam.

Y tu olor, te garantizo que es muy agradable.

No te hace falta lavar nada. Bueno, después de Educación Física no estaría mal una duchita.

Me saca una sonrisa que mantengo durante el resto del partido.

Fijo mi vista en Paul e intento olvidarme de mi molesto vecino, que, sentado a pocas sillas de mí, de vez en cuando me observa.

Paul juega realmente bien y hasta los animo, envalentonada por las voces que da mi amigo también.

Cuando quedan ya tan solo dos minutos para el final del partido y los Golden Eagles van empatados con el equipo rival, Paul encesta un triple y simplemente ¡ganamos!

El estadio estalla en vítores, saltos, bocinas y música mientras Paul se rinde a la ovación de su público.

Es curioso cómo, aunque esté sudado y agitado, lo veo más atractivo que nunca cuando pasa la mano por su melena rubia y saluda a todos sus fans.

Tiene cierto parecido a DiCaprio. Liam me abraza y juntos damos algunos saltos felices por la victoria del equipo.

Y eso que no me gustaba el baloncesto, pero de algún modo el ambiente hace que me contagie de toda la euforia.

Vuelvo a mirar a Adam, aún abrazando a Liam, y nos observa con una expresión extraña sin dejar de aplaudir.

***

―¿Otro cuatro, Mia?

Mi madre me reprende cuando le informo la nota del examen dos semanas después de aquel desastroso día.

Se afana en terminar de hacer la comida mientras la tía Ava se sienta con una revista en el butacón de la esquina con Jiggly en su regazo.

Hace más bulto el perro que ella. Ethan también está con mi madre, ambos poniendo a prueba una nueva receta de pescado a las finas hierbas.

Acabo de llegar del instituto, pero ya venía mentalizada para la discusión, aunque no contemplaba que iba a tener otro padre más con el que luchar.

Es más, había estado preparando algunas hipotéticas frases en mi defensa, que era hora de sacar.

―Mamá, es muy difícil ―intento poner la mayor cara de pena que hayan visto en su vida para para provocarles compasión―. No se me dan bien las ciencias ni las matemáticas. No consigo enterarme. Y el profesor...

―El profesor nada ―me corta mamá―. Tu deber es prepararte para los exámenes. Es la única obligación y responsabilidad que tienes. Si esto te parece complicado, espera que la etapa adulta llame a tu puerta.

―¡Uy, ahí sí que empieza lo bueno, sí! ―comenta la tía por lo bajini mientras se cubre la mitad del rostro con la revista, como si no hubiese sido ella la que añade más leña al fuego.

―¡Pero si no lo explica bien! ¿Cómo me voy a enterar así? A Liam le pasa igual.

―Pues a Adam se le da extremadamente bien ―dice Ethan mientras mastica un tomate cherri. Estupendo, lo único que me faltaba era que me comparasen con don perfecto .

―Pues a mí no ―matizo con un tonito cortante―. Me esfuerzo mucho y trabajo demasiado. Creo que no lo estoy haciendo del todo mal.

Mamá saca el pescado del horno con ayuda de Ethan y luego se quita las manoplas de cocina mirándome.

―Tienes una media baja, Mia; si sigues así no podrás entrar en la universidad.

¿No te das cuenta? Por supuesto que no me cabe duda de que eres una chica trabajadora, pero necesitas prestarles más atención a tus estudios.

―Toma aire―. Deberías dejar el trabajo y el club de teatro, tu futuro es más importante que un trabajo de medio tiempo y esas obras...

―No voy a dejar el trabajo, mamá. Ni tampoco el teatro. Y sabes bien que no voy a ir a una universidad normal.

Ella suspira comenzando a perder la paciencia.

―Oh, ahí viene... ―La tía Ava me lee la mente con sus palabras.

―No me digas que aún estás con la tontería de irte a estudiar arte dramático a Los Ángeles.

―No es ninguna tontería. Es lo que quiero ser y a lo que me quiero dedicar.

―Pues comienza a pensar en otra cosa, porque eso no te va a dar de comer.

Ethan se siente mal por mí y el discurso radical de mamá que se venía repitiendo a lo largo de los años.

―Vamos, Kate, no seas tan dura ―comienza él―. Es una adolescente; tiene sueños, expectativas a lo grande. Quién sabe, quizá pueda tener suerte si lo intenta; ella es una monada y tiene un gran talento. La hemos visto en las obras del club de teatro del instituto y lo hace estupendamente.

―No quiero que su vida sea miserable como la mía ―le contesta, pero en realidad me mira a mí―. No quiero que sienta que al llegar fin de mes no hay ni un dólar en su cartera con el que pagar sus gastos, o que tenga que depender tanto de un hombre que, cuando se marche, la desestabilice.

―Nadie ha dicho que vaya a pasar eso ―contesto para tranquilizarla.

―Pero pasa, Mia, pasa. Y entonces los sueños se quedan en un quinto plano, mientras que la lucha por sobrevivir, los arrepentimientos y las frustraciones toman poder en tu vida, para siempre, como una mochila que te acompaña a todos lados.

―Solo quiero ser feliz.

Mi frase los conmueve de cierta manera y me miran de un modo adulto que no sé descifrar.

―Y lo serás, Mia, claro que sí ―me anima Ethan con dulzura.

―Si eso es lo que quieres, comienza a pensar en otra carrera que realmente te pueda dar sus frutos.

Como no había manera de sacarla de su bucle, nuestro vecino calma un poco las aguas, o las remueve aún más cuando quiere disipar la tensión.

―Centrémonos en que ahora Mia tiene aún que terminar este mes de instituto antes de graduarse. ―Me mira con ojos de complicidad―. Y, si lo que necesita es una ayuda con las matemáticas y las ciencias, pues conozco a la persona perfecta para echarle una mano.

―¿De verdad? ―pregunto con ganas de mejorar mis calificaciones―. ¿Quién?

―Adam.