Dos como nosotros Capítulo 11
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Capítulo 11

―M enudo desastre. ―Liam resopla cuando ambos abandonamos juntos el aula diez donde hemos realizado el maldito examen―. Teoremas de derivabilidad. ¿En serio? Ni siquiera hemos practicado apenas esa parte...

―Y, aunque lo hubiésemos hecho, el señor Patrick siempre va a pillar. A este paso irán a la universidad nuestros nietos.

―Yo no pienso quedarme en esta aburrida ciudad teniendo al lado Los Ángeles, lleno de oportunidades y sueños, amiga. Estudiaremos juntos la próxima vez... o mejor... ¿Nos apuntamos a una academia?

Suspiro, agobiada, mientras me cuelgo mi mochila de nuevo en el hombro y caminamos por el pasillo atestado de estudiantes variopintos, al igual que nosotros.

Algunos comienzan a sacar de sus taquillas parafernalias, como gorras, pancartas y bufandas para animar al equipo del instituto, los Golden Eagles, nuestras águilas de oro con las que últimamente ganábamos todos los intercolegiales.

Alcanzamos las nuestras y los imitamos. Liam me planta una gorra de color azul marino y dorada en la cabeza, con un águila gigante bordada en la mitad de la frente.

―No sería mala idea ―intento quitármela, pero él me detiene―. Si un profesor particular no nos hace aprobar, entonces no sé yo qué milagro necesitaríamos... ¡Detesto esta gorra!

―Estás muy guapa, así que te la vas dejando. Que tu Paul vea que lo apoyas. Ya que yo no juego y no me puedes animar a mí. Y vete preparando para cuando yo juegue en los Lakers.

―¿Otra vez con esa tontería? ¡No me gusta Paul!

Él sonríe y juraría que varias chicas que caminan a nuestro lado suspiran por esos hoyuelos que me dedica solo a mí.

―Sí, claro y la tierra es plana.

―Para algunas personas, sí lo es ―rebato intentando defenderme. Paul era mono, muy mono, pero de ahí a otra cosa, como que no. Además, era del grupo de los populares y estúpidos.

―Sí, para algunos ciegos como tú, que no quieren reconocer las obviedades. En sus casos, son imágenes de los satélites; en el tuyo, la cara de tonta que se te pone cuando lanza la pelota y se le marcan esas venas tan masculinas en los brazos, ¿verdad? Las chicas os fijáis en eso.

Pongo los ojos en blanco mientras lo escucho decir esa sarta de tonterías.

A la vez, aprovecho para sacar la chaqueta de Adam con toda la prisa que puedo de la taquilla y la meto en la mochila; debo entregársela cuanto antes a mi vecino, no quiero tener que deberle nada.

Pero ese movimiento no pasa desapercibido para mi querido amigo.

―¿Qué escondes ahí? ―pregunta con curiosidad mientras mete la mano en la mochila para volver a sacar la prenda; yo le doy un manotazo leve para que deje de fisgonear.

Él ríe―. ¿En qué momento has dejado de jugar a ser Kate Winslet y has empezado a coleccionar prendas de chicos? ¿Hay algo que me haya perdido?

―No es nada, Liam ―intento quitarle hierro al asunto y desviar su atención, pero sus enormes ojos oscuros no dejan de mirarme con un brillo que me hace sacar todos mis secretos a la luz―.

Vale, es de Adam. Me la prestó en el restaurante ayer, porque tuve un pequeño percance con mi ropa.

No sé por qué me preguntas eso si me viste preguntarte por él anoche.

Él asiente boquiabierto sin saber muy bien qué decir. Imagino que está tan en shock como yo porque Adam sea amable conmigo, cuando hemos jugado a molestarnos e ignorarnos toda la infancia y la adolescencia.

―¿Adam te dejó su chaqueta?

―Sí, es obvio, te lo acabo de contar. ―Nos miramos fijamente, conocía esa mirada―. Liam, no te montes películas, por favor. Lo odio, lo detesto, quiero irme a Los Ángeles y perderlo de vista para siempre. ¿Recuerdas?

―Ya, sí, ya. La de las películas eres tú, no yo.

―¡No me des la razón como a los tontos!

Aún recuerdo cuando de pequeños, Liam apareció de repente en casa de los Sullivan afirmando que Adam sentía algo por mí. Se llevó un buen rapapolvo cuando lo pillé. Qué manera de decir sandeces. No se le había ido esa costumbre, no.

―¡No he dicho nada! ―Levanta las manos como si fuese culpable y yo le estuviese apuntando con una pistola.

―¡Pero te leo como un libro abierto!

―Estás muy guapa cuando te enfadas y se te ponen las mejillas coloradas.

Vuelvo a poner los ojos en blanco mientras río y cierro la taquilla. El timbre suena.

―No sé cómo no tienes novia con lo donjuán que eres. Pretendientas no te faltan, desde luego. Deberías echarte una que me tome el relevo de aguantar tanta tontería.

―Es que soy muy selectivo con la comida que me llevo a la boca.

Río otra vez, no tenía remedio este Liam. Por eso me gustaba estar con él, porque hacía de cada día normal un remolino de emociones, risas y ojos en blanco, que le daban a la vida ese toque especial que tanto me hacía falta.

El timbre suena, lo que nos indica que el partido está comenzando.

Así que nos damos prisa en recorrer los pasillos que nos separan del gimnasio, junto a otros grupos de rezagados que también llegan tarde.

Cuando alcanzamos la puerta y Liam me la sujeta con caballerosidad para hacerme pasar, una chica sale corriendo hacia fuera y se choca conmigo, casi tirándome al suelo.

Me ha tirado hasta la gorra que llevaba puesta.

Me fijo en ella. Tiene la piel muy morena y unos ojos chocolate enormes que tapan parte de su bonita y frondosa melena castaña.

La conozco. Es Audrey Hernández. La chica nueva que llegó de México hace unos meses.

Tiene los ojos llorosos y, cuando hacen contacto con los míos y me tiende la gorra de nuevo, me pide unas disculpas muy bajitas con un fuerte acento español y sigue su camino para encerrarse en los primeros baños que ve.

―Que gente más rara hay en este instituto ―comenta Liam mientras me agarra del brazo y entramos en el gimnasio.

Todas las gradas tanto a un lado como al otro de la pista están al completo y el ruido es ensordecedor.

Una mezcla perfecta de gritos, abucheos y cánticos de ánimo para ambos equipos, además de las bocinas y los sonidos de la pelota de baloncesto y de las zapatillas de los jugadores que se desviven por encestar en la canasta del contrario.

Liam me toma de la mano, un gesto muy común en él que aún seguía extrañando a muchos, para guiarme por el gentío e ir saltando piernas, refrescos y mochilas hasta encontrar un par de asientos libres, hecho que parecía una misión imposible.

Vamos tan concentrados los dos en nuestro afán por sentarnos que ninguno se da cuenta de los murmullos y algunos gritos en el momento en que la pelota se dirige directa hacia mi cabeza.

Cuando lo hago, ya la tengo prácticamente encima, así que tan solo cierro los ojos y me preparo para ser el hazmerreír del instituto durante meses e ir con el relieve del balón tatuado de por vida.

Pero el pelotazo nunca llega, aunque sí murmullos de todo tipo.

Veo el balón volver a la pista. Luego miro hacia Liam, que tiene la misma cara de sorprendido que el resto de las personas a nuestro alrededor. Y después lo veo a él.

Adam permanece a mi izquierda, con el brazo levantado y respirando algo agitado. Ha frenado la pelota con su mano. Me ha salvado.