Dos como nosotros Capítulo 10
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Capítulo 10

N os observamos mutuamente unos segundos en los que no soy capaz de reaccionar, para luego ser consciente del calor de esos dedos y esas manos fuertes y cálidas en mi piel.

Me yergo de repente, alejándome de él, y me agacho a recoger la ropa para poder cubrirme, avergonzada.

El sujetador se moja cuando estrujo la tela contra mi piel desnuda.

―Y a ti, ¿no te han enseñado a llamar a la puerta?

―¿Para entrar a la zona común de unos baños es necesario hacerlo?

―Nunca sabes lo que podría haber detrás ―lo fulmino.

Él vuelve a hacerme un barrido, debo tener un aspecto cuanto menos cómico.

―Ya veo ―sonríe de lado.

―¿Qué haces aquí? ―pregunto para desviar la atención de mí―. El restaurante está cerrando.

―Soy un cliente y necesito usar el baño antes de irme a casa. ¿O también debo avisar eso a algún trabajador para que me de permiso? ―Me mira con intensidad, altivo―. Me tomaré tu silencio como un no. Aparta.

Decido dejar que entre. Estaba cansada, llevaba un día de locos y necesitaba llegar cuanto antes a casa a estudiar, aunque fuesen tan solo unas horas.

―Deja de venir aquí, Adam ―le suelto―. No me cae bien tu grupito. No quiero tener que aguantarlos, ya bastante tengo con que se rían de mí en el instituto.

Él me observa. Y, cuando creo que se va a enzarzar conmigo en un debate a ver quién tiene amigos más tontos de los dos, como cuando éramos niños, comienza a quitarse su chaqueta negra y se acerca sin previo aviso.

Confieso que no lo veo venir en absoluto, cuando se queda a menos de un metro de mí y su olor corporal inunda mis fosas nasales.

Pasa la chaqueta por detrás de mi cuerpo y me la coloca sobre los hombros.

La sujeta para cerrarla por delante mientras no me quita ojo de encima.

―Adam, no es necesario... ―intento quitármela, incómoda por su gesto, a la vez que conmovida en cierto punto, pero él me detiene.

―Aún hay personas fuera ―informa―. Ya me la devolverás. Creo que tienes una ligera idea de donde vivo.

Y luego se marcha al baño de caballeros, dejándome allí sin encontrar palabras que definan esto que acaba de pasar.

Será la primera y la única vez que acepto ayuda de Adam, pero situaciones desesperadas requieren de medidas desesperadas, supongo.

Aprieto la chaqueta contra mi cuerpo, mis fosas nasales se llenan de un olor amaderado y masculino, el perfume de mi vecino.

Salgo del baño a toda velocidad. Es cierto que algunos clientes aún están pagando sus cuentas.

Al final tendré que agradecérselo y todo.

Cuando me cambio y meto la ropa mojada en una bolsa, salgo con el fin de devolverle a Adam su chaqueta, pero Liam me informa de que ya se ha marchado.

Así que me despido de él y hago lo mismo.

En el autobús de vuelta, mientras observo las luces que se escapan de los hogares pasar a toda velocidad, no puedo dejar de preguntarme qué mosca le habrá picado a Adam para hacer eso por mí.

Miro su chaqueta negra en mi regazo y de modo inconsciente le paso la mano levemente por encima.

Me gusta su tacto... Sacudo la cabeza. Qué asco que haya tenido esto puesto. Tendré que lavarme bien cuando llegue.

Me toma cinco minutos llegar desde la parada del bus hasta casa, cuatro de los cuales voy pensando sin parar en si debería detenerme en casa de los Sullivan inmediatamente para devolverle la chaqueta a mi insoportable vecino.

Sí, sería mejor que no demorase más de lo justo y necesario todo esto.

El simple pensamiento de entregársela mañana en el instituto y de que alguien nos pueda ver e inventarse tonterías...

Alzo la cabeza cuando estoy llegando a la altura de nuestras casas y veo luz en las dos.

Esa sensación de ver las luces encendidas, recibiéndome después de un día largo de estudio y trabajo, siempre me reconfortaba.

Saber que mis seres queridos estaban ahí dentro.

Y no tan queridos. Me dirijo hacia la casa de dos plantas de Adam, pero unas vocecitas me detienen.

Me quedo inmóvil, aunque estoy en mitad de la calle y cualquier coche que pasara me pudiese dejar aplastada como un folio.

Agudizo la vista y entonces los veo. Adam y, a su lado, una coqueta Lily atusando su pelo oscuro, hablando en susurros, pero muy animados, en un lateral de la casa.

Sí, me podía imaginar por qué se escondían.

Si Ethan u Oliver se enteraban de que su pequeño había encontrado una chica y estaba viviendo intensamente su amor adolescente, todo el barrio y toda Santa Clarita se enterarían de ello.

Explotarían de felicidad. Nunca nos presentó a nadie como su pareja en todos estos años en los que las hormonas se revolucionan.

Los observo unos segundos, la diferencia de altura los hace parecer una pareja muy mona; Lily es una chica guapa. No sé cómo ha podido fijarse en él. Supongo que los dos comparten cierto gusto por ser unos gremlins con los demás.

Ella le pone su mano en el pecho y él ríe y le pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja.

Y yo sujeto su chaqueta en mis brazos, apretándola con una fuerza de la que no había sido consciente.

Sería mejor que no interrumpiese a Romeo y a Julieta por hoy.

Así que retrocedo con discreción y entro en casa.

A pesar de ser tarde, mamá y la tía abuela Ava están en el salón, al parecer enganchadas a una peli.

Mi madre se seca las lágrimas con un pañuelo.

Jiggly , que así es como llamé a mi perrito tan deseado en honor a mi Pokémon preferido, ya mucho más crecido y juguetón, se acerca para buscar cariño y le doy abrazos y mimos mientras escucho a mi familia con atención.

―Tu madre se ha empeñado en ver esta película ―levanta un viejo DVD con El diario de Noah escrito en la cubierta―.

Ya le he dicho que este tipo de hombres no existen.

Tu tío abuelo murió siendo un borracho que no respetaba ni a su madre, y tu padre se marchó también en cuanto vio la ocasión.

Creedme, está en sus genes ser unos malnacidos.

―Tía... ―rechista mamá reprobadora―, es una película preciosa. No me la estropees. De todas formas, la culpa la tengo yo por animarte a verla sabiendo cómo eres.

―Ah, así que ahora soy yo el problema, vaya por Dios...

―Me gusta ver esta historia ―reflexiona mamá―. Me da ciertas esperanzas en que hay gente que merece la pena y que no te abandona cuando más lo necesitas. Ese amor incondicional tan complicado de encontrar.

―Ya tienes un incondicional, Kate: la oficina de impuestos. Ese sí que nunca te abandonaría en toda tu vida. Sobre todo, en tus peores momentos.

Rompe a reír y la verdad que me lo contagia; a sus ochenta y largos era una máquina de decir burradas. Siempre me encantó esa energía inagotable que se gastaba y esos pocos pelos en la lengua que tanto la caracterizaban. Y esos cantes horribles que con los años habían ido a más.

Y a peor.

―Mia está en edad de enamorarse ―ríe mi madre secándose las lágrimas―. Le vas a quitar las ganas.

―Pues sufrimiento que se ahorra.

―A mí no me metáis en vuestros asuntos ―hago un gesto con los brazos para que me dejen en paz―. Bastante he tenido con el día de hoy.

―Hazte lesbiana, te va a salir más rentable, hazme caso. ―La tía abuela sigue con su perorata.

―Nadie se va a hacer nada por obligación. Si no te gusta la película, la quitamos y nos vamos a la cama ―ríe mamá mientras amenaza pulsar el botón de apagado.

―Si ver esto te hace feliz, lo que sea por mi sobrina, aunque tenga que ver a un abuelo fingiendo que se quedará al lado de su esposa demente en vez de irse con una jovencita que le saque el dinero.

―¡Tía!

Era siempre divertido ver la dinámica de las dos.

Los padres de mamá, mis abuelos Diane y Richard, murieron en un accidente cuando ella tan solo tenía cinco años.

Apenas tenía recuerdos de ellos, pero la tía abuela Ava, la hermana de Diane, la adoptó y la trató como aquella hija que nunca pudo tener.

Ahí comenzó el vínculo entre ellas. Mamá heredó esta casa de sus padres, y todos se mudaron aquí.

Una casa preciosa, en un barrio de bastante poder económico, ya que, a mis abuelos, gracias a la fiebre del oro, nunca les faltó de nada.

Pero a mamá y a la tía, e incluso a papá, mantenerla les vino grande.

Tanto la tía como ella limpiaban juntas los hogares más pudientes del vecindario y así conseguían pagar las facturas, junto al trabajo de papá como contable en la ciudad de Los Ángeles, a tan solo una hora de Santa Clarita.

Pero, sin él y con la vejez de la tía Ava, todo se nos hizo mucho más cuesta arriba.

Observo las ojeras de mi madre, veo las heridas en sus manos y la piel rugosa por el uso de tantos productos de limpieza durante tantos años, y no dejo ni un segundo de admirarla.

Puede que para muchos ese oficio no fuese ningún orgullo y así lo demostraban las burlas continuas durante estos años.

Pero, para mí, era un oficio digno, ejecutado por una mujer guerrera y valiente que había sacrificado todo por salir adelante.

Un oficio que me había dado de comer, que me había vestido, que me había permitido dormir y ducharme bajo un techo, que nos había permitido celebrar las mejores fiestas de cumpleaños de la ciudad y pagar mis estudios. Claro que era un gran orgullo.

Las peleas de ambas sobre el argumento de la película me hacen salir de mis cavilaciones de nuevo.

―Me marcho a ducharme y a estudiar un rato. No quiero una voz más alta que otra. ¿Entendido?

Ellas sonríen por mi broma.

―Estudia mucho, cariño ¡Y llega muy lejos para que podamos mearnos en la coronilla de todos!

―Así será, tía Ava.

Le guiño el ojo y subo las escaleras en dirección a mi cuarto.

Jiggly me sigue para acostarse en su camita del rincón y velar mi estudio.

Lo último que me apetecía era pasarme otras dos o tres horas absorbiendo como una esponja el tedioso libro de Ciencias.

No era muy buena estudiante. No tenía el menor interés en las materias aburridas que nos daban en el instituto.

Me pongo frente al espejo de mi cuarto e imito, como siempre me gustaba hacer, expresiones que había visto en películas.

Ni tan mal. Esa expresión de Rose al observar por primera vez el Titanic; esa Julia Roberts y su sonrisa en Pretty woman ; o esa Allie cuando conoce al que sería el amor de su vida: Noa.

Algún día, estaría ahí como ellas, y mamá y tía Ava se pelearían por el argumento de una de mis películas mientras me miran en la pantalla grande.

Estudiaría arte dramático en Los Ángeles.

En la UCLA, la mejor universidad. Iría a castings y conocería a toda la alta sociedad del entretenimiento.

Quizá encontraría al amor de mi vida en un actor guapísimo que aparecería de sorpresa para quedarse.

Estaría en esos pósteres que las niñas colgaban en su cuarto.

Miro el libro de Ciencias en mi escritorio bajo la gran ventana, que aún no he tocado, y suspiro malhumorada.

Sí, todo eso era precioso. Pero no iría a ningún lado si antes no acababa el maldito instituto.

Me siento con desgana frente a él y lo abro.

Antes de bajar la cabeza e intentar retener de mala gana su contenido, miro en dirección a la casa de los Sullivan y puedo ver cómo Adam también estudia en su cuarto.

A veces me gustaba observarlo. Casi nunca echaba las cortinas cuando se sentaba en su escritorio.

Se ve que su cita con Lily había acabado demasiado pronto y el deber también le llamaba como a mí.

Se pasa las manos por su oscuro cabello y pienso en cuándo ha crecido tanto y por qué me parece fascinante observarlo ahora mismo.

Debo de estar perdiendo la cabeza. Que me viese medio desnuda me ha tenido que traumatizar más seriamente de lo que pensaba. De repente, se levanta y se dirige hacia la ventana.

Me agacho para que no me descubra observándolo, no sé por qué razón, pero lo hago. Cuando vuelvo a levantar la cabeza, la habitación está a oscuras y las cortinas echadas. Sería mejor que me concentrara. Ya me encargaría del problema de Adam y el modo de devolverle su chaqueta mañana por la mañana.