Capítulo 9
M e acerco con gran desgana hacia la mesa más alejada de la entrada donde se han colocado Paul, la estrella del equipo de baloncesto que es bastante mono y hace que, de alguna manera, mis mejillas se incendien de vez en cuando, cuando lo veo jugar en la cancha.
Mark, el insoportable; Kira, que es aún peor; Josh, el novio de Kira; y Lily, la eterna casi algo de cierta persona.
Sí, de mi siempre presente vecino y piedra eterna en mi camino: Adam Sullivan, el cual me observa con una expresión intensa y a la vez extraña mientras les tiendo el menú.
Me pregunto qué hubiese pasado si Liam no se hubiese dado cuenta de mi botón desabrochado.
¿También me mirarías de esa manera, Sullivan?
―Bienvenidos a Wolf Creek, aquí tienen la carta ―saludo de manera robótica, como tantas otras veces lo he hecho, intentando tratarlos como a unos clientes más y no como a la superpandilla más popular y creída del instituto entero―.
Hoy tenemos descuento del veinte por ciento en todas nuestras tortillas.
Recomiendo encarecidamente la Benedicto, está deliciosa.
Y también un diez por ciento de descuento en micheladas.
―¡Brooks! Qué sorpresa, no sabía que trabajabas aquí ―comenta Mark.
―Así es ―respondo sin saber muy bien por qué, cuando no debo darle explicaciones―. No tengo bastante con el trabajo que es ser una estudiante de instituto, que quise cargarme aún más la mochilita.
Algunos muestran una sonrisilla que no sé muy bien cómo interpretar. Todos ellos provenían de familias muy bien situadas económicamente, así que poco se podían imaginar lo que era tener necesidad de trabajar y costear sus propias vidas.
―E imagino... ―comenta Lily con brillo en los ojos― que querrás ayudar a tu madre a cargar con el peso de los gastos domésticos. Eso habla muy bien de ti, Mia.
―No sabía que te preocupaban tanto las finanzas de mi familia, Lily.
―Espero que capte mi sarcasmo. Estaba harta del mismo tipo de burlas desde que mi padre se marchó hace ya años.
Ella me mira y borra su sonrisa. Ha sido una advertencia para todos―.
Que eso no te quite el sueño. Avisadme cuando sepáis lo que queréis tomar.
Cuando me giro para atender a otra mesa, se escuchan corillos y felicitaciones a Lily por el intento de hacerse la graciosa.
Desde luego que no hay un mejor grupo para que esté Adam: todos igual de insoportables.
Puedo notar sus ojos fríos en mi espalda.
Recuerdo cuando intentamos hacer las paces de niños; a raíz de aquellos episodios, todo se calmó bastante entre nosotros, es más, en varias ocasiones, se comportaba de manera extraña a mi alrededor.
Pasó de ser ese niño que me arrancaba las coletas y se burlaba de mí a un jovencito bastante taciturno, de pocas palabras, que nunca sabías por donde te iba a salir.
Nuestros caminos fueron por separado a pesar de seguir viéndonos todos los días en nuestra usual caminata en paralelo por nuestras respectivas aceras; primero hacia el colegio, ahora hacia el instituto.
Caminaba por la acera de enfrente, con las manos metidas en los bolsillos, como era habitual en él desde que pegó el estirón y ¡menuda manera de crecer!
A sus diecisiete podría medir casi uno ochenta.
La mochila negra siempre colgando lánguida del hombro derecho le daba un aire de no importarle lo que opinase el resto del mundo.
Ni rastro de Pikachu, ni rastro de Punky Brewster .
―¿Por eso querías venir aquí, Adam? ―logro escuchar mientras me alejo hacia la barra―. ¿Para ver a tu vecina? ¿No te basta con espiarla por la ventana cuando se cambia de ropa?
Los menús que aún sujeto tiemblan en mis manos. El día que esa gente dejase de decir tantas tonterías iba a pedir que lo declarasen festivo nacional. Adam parece leerme la mente cuando contesta.
―Déjate de tonterías, Josh. He escuchado que las tortillas aquí están buenísimas, me daba curiosidad probarlas.
Tomo aire, antes de comenzar a atender a otros comensales, con un pellizco en el corazón.
Menuda incomodidad. Cuando tomo nota de la comanda, vuelvo a girarme para ir camino de la cocina y, por unos instantes, sus ojos se vuelven a topar con los míos.
El que me mirase así no era nada nuevo, ya que, en algunas cenas organizadas por nuestros padres, a las que nos obligaban a asistir desde hacía años, él siempre parecía poner el mismo empeño en fulminarme con esos iris que parecían ver dentro de tu alma.
Pero ¿tenía que hacerlo también en mi lugar de trabajo?
Le devuelvo una mirada de fastidio para que deje ya de atormentarme.
―Estoy deseando irme a casa ―le confieso a Liam, que ahora llena jarras de cerveza―. Encima, ni siquiera he podido estudiar demasiado para el examen de mañana de Ciencias. Voy a sacar un suspenso como una catedral.
Él sonríe y mira de reojo al grupito de compañeros y luego a mí, justo cuando Lily levanta la mano para que vayamos a tomar nota de su comanda.
―Iré yo, quejica. ―Cierra el grifo y lo señala para que yo continúe con su tarea de poner bebidas mientras él toma la libreta de notas―. Céntrate en que, cuando se pase ese maldito examen, tenemos partido y te dedicaré, como siempre, la primera canasta que acierte. Si me convocan a jugar, claro.
―¿Qué haría yo sin tus dedicatorias?
―Mejor dicho, ¿qué harías tú sin mí?
Río mientras él se aleja. Adam pasea su mirada de él a mí y de mí a él. Puedo notar cierto disgusto en que mi amigo vaya a atenderlos en mi lugar. «Ja, Moscardón, siento que te jorobé tu plan para que no te puedas seguir burlando de mí».
El resto de la tarde y noche transcurre con normalidad, atendemos a todos los clientes, pagan y se marchan con el estómago lleno y, en su mayoría, satisfechos.
Ayudo a recoger las mesas, ahora casi vacías, mientras los últimos comensales, entre ellos la chupipandi, abandonan el local.
Pero choco con Ronan, uno de nuestros compañeros, mientras ambos queríamos alcanzar el carrito donde depositamos los platos sucios y mi mandil y camisa se llenan de restos de aguacate, siropes y sangría.
Qué fastidio, esto iba a ser imposible de quitar si no le ponía remedio pronto.
Me excuso un segundo para ir al baño y luchar contra las manchas.
Allí, me quito el mandil y la camisa blanca, y restriego con fuerza sobre la tela con el agua que el grifo me proporciona; en gran parte sale la mancha, pero sobre todo la de sangría parece querer quedarse en el tejido hasta el día del juicio final.
Resoplo dándome por vencida y decidiendo seguir con la batalla en casa.
Hasta el momento en que tengo que salir del baño no me percato de que me he quedado en sujetador y que ahora no puedo volver a ponerme esta ropa porque está empapada.
Me acerco a la puerta lentamente mientras intento cubrirme un poco con las prendas húmedas; tampoco es que tenga mucho que tapar, pero qué diantres, no me apetecía mostrar mi lado más sensual a mis compañeros de trabajo.
Espero que ya todo el mundo haya salido y estén ocupados limpiando para poder echar a correr hacia el cuartito de las taquillas y vestirme de nuevo.
Me quedo en la puerta escuchando atentamente.
No parece escucharse nada; bien, este es mi momento.
Tomo el pomo y lo giro a toda velocidad, también le doy a mis piernas la orden de salir de aquí al mismo ritmo, pero de repente choco contra algo duro como una piedra y reboto de tal manera que mi cuerpo pierde el equilibrio hacia atrás y la ropa mojada hace un ruido sordo al caer contra el suelo.
Dos manos fuertes me sujetan mientras intento acordarme hasta de mi nombre por el aturdimiento.
―¿No te han enseñado a mirar por dónde caminas?
Esa voz.
Miro a la persona que me sostiene y juro por Dios que Liam debería ir llamando a una ambulancia para que me reanimen, de aquí a unos segundos, cuando esos ojos azules se fijan primero en mi cara y después en mi escote.