Dos como nosotros Capítulo 8
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Capítulo 8

Corro lo más rápido que puedo atravesando el aparcamiento del centro comercial al aire libre Northpark Village, que, a esta hora del mediodía y siendo domingo, estaba lleno de decenas de personas dispuestas a fundir su dinero en cualquier capricho que ofrecían los montones de tiendas y a llenar sus estómagos hasta reventar en sus tantos otros restaurantes, todos acoplados de manera continuada en unas construcciones reflejo de los vestigios de la cultura española y mexicana de la zona.

Los mineros de Sonora y los hispanos llegaron a estas tierras por la tan famosa fiebre del oro hace décadas, para que luego me dijese el profesor Harris que debería estudiar más en mis exámenes de historia.

La cosa es que yo acudo a este sitio por la misma fiebre.

Por el oro que me ingresaban en mi cuenta mensualmente.

Llevaba trabajando en el restaurante Wolf Creek desde el año pasado, aunque desde los doce ya sentí esas ganas enormes de ganar mi propio dinero para poder mudarme a Los Ángeles y formarme como actriz, algo con lo que soñaba desde que era una enana.

Cada día cuando salía del instituto y corría a la parada del bus para venir aquí, miraba mi póster de Titanic y le prometía a Kate que no la defraudaría. Tampoco a mí misma.

―Llegas otra vez tarde, Brooks.

Mi amigo Liam ya está ataviado con la camisa blanca y el mandil negro cuando entro en el restaurante, que ya está bastante lleno de personas disfrutando de los primeros servicios de cena. Su pelo castaño bien peinado hacia un lado, de un modo entre clásico y moderno, le da más encanto aún.

Puedo ver cómo se marca levemente su musculatura en el antebrazo. ¿Cuándo se ha hecho tan mayor?

―El tráfico en la avenida McBean era horrible ―le explico mientras me coloco detrás de la barra y tomo las llaves del cuartito donde dejamos nuestras pertenencias y nos cambiamos―.

Encima, me ha tocado al lado un tío con toda la axila sudada.

No sé cómo he llegado viva, te lo juro. Odio el transporte público.

―Pues aún te quedan muchos viajes que chuparte en bus, querida Mia.

Liam ríe y deja entrever una bonita dentadura. Estaba convencida de que más del cincuenta por ciento de las clientas que pasaban por aquí venían para ver al guapo jovencito de espléndida sonrisa y grandes ojos oscuros.

―Espera y verás... ¡Algún día me desplazaré en limusina hasta para ir al supermercado! Y no te dejaré subir.

Le guiño el ojo mientras él comienza a atender a unos clientes con una sonrisa.

El cuartito de las taquillas, como siempre, apesta a humedad cuando entro, marca de la casa y de ese maldito escape que viene de una tubería de la cocina pendiente de arreglar desde hace una eternidad.

Dejo mi mochila con cuidado en mi taquilla y tras asegurarme de que la puerta está bien entornada, me cambio; de mi ropa del instituto al aburrido uniforme blanco y negro del restaurante.

Me detengo unos segundos en el espejo para comprobar que mi ligero maquillaje sigue en el mismo lugar, destacando mis oscuros ojos verdes, y mi boca sigue pareciendo un caramelo de fresa con el gloss que me regaló mamá.

Atuso mi largo pelo trigueño y repaso las ondas con mis dedos para bajar un poco el encrespamiento de todo un día sin parar.

Después de diez minutos, salgo dispuesta a iniciar mi jornada laboral.

Liam se afana en secar vasos con una bayeta y dejarlos listos para los próximos clientes, mientras que otros camareros van y vienen del salón a la barra y a la cocina sin parar.

Me acerco a él para ver con qué maravillosa tarea comienzo mi turno de hoy.

¿Fregar platos? ¿Servir a clientes amargados?

¿Aguantar piropos de viejos verdes en la barra?

Tampoco me podía quejar, ya que el tío de Liam nos regaló prácticamente el puesto al buscar jóvenes que se conformasen con poco dinero y tuviesen ganas de trabajar.

Y, ahora mismo, yo cumplía ese requisito.

―Abróchate el botón si no quieres que esta noche alguno de tus admiradores maduritos nos sorprenda con una subida de tensión y tengamos un susto.

―Liam hace un gesto para que preste atención a mi escote.

Mis pequeños pechos sobresalen de la camisa cubiertos por mi sujetador deportivo.

¡Menudo corte!―. No sé cuándo ha pasado, Mia, pero estás buenísima con ese uniforme.

Su piropo me hace sonreír. Él siempre tan intenso y directo.

―¿Solo con el uniforme? ―pregunto juguetona.

―Bueno, seguramente estarías mejor sin él, pero quizá si suelto eso me pegarías. Ups, espera, lo he soltado... ―ríe mientras le doy un sonoro golpe en el antebrazo, que hace que algunos clientes sentados en la barra se rían también.

Me encanta jugar con Liam. Somos amigos de toda la vida y tenemos la confianza necesaria para tontear con todo esto y tener la tranquilidad de que el uno por el otro no sentimos nada más que algo fraternal inmenso por haber compartido una vida juntos y ser hijos únicos.

―Pues sigue soñando con ello ―continúo jugando mientras reviso mi cuadrante―. Nunca me verás así. Pero, si quisiera y te dejase, seríamos la mejor pareja de Santa Clarita.

―Los más guapos, sin duda ―comenta él divertido mientras sigue secando vasos. Aun así, se acerca a mí de repente y se queda a tan solo unos cuantos centímetros de mi boca―. Nuestros hijos serían preciosos. Volveríamos a todos locos.

La puerta de la entrada se abre y nos hace mirar en esa dirección para recibir con calidez a los nuevos comensales y dejar nuestras estupendas actuaciones atrás. Mis ojos se encuentran con unos azules insoportables que conozco demasiado bien.

Liam ríe y se aleja de mí cuando se da cuenta del percal que se nos presenta.

―Aunque por esta noche, querida Mia, la que más loca se va a volver eres tú. ―Suelta el trapo y me lanza varias cartas con el menú, que atrapo con gracia, a pesar del momento desagradable que ha sido ver entrar a Adam y a sus amigos por la puerta―. Suerte, amiga.