Dos como nosotros Capítulo 7
10%

Capítulo 7

E n una ocasión normal, donde no nos habríamos quedado solas y no nos hubiese abandonado, habría corrido hacia sus brazos.

Una parte de mí quería hacerlo, lo echaba mucho de menos.

Pero otra había visto a mi madre llorar demasiado como para que mi cuerpo ejecutase ese pensamiento.

Además, no había sabido nada de él en meses.

Quizá no sea tan importante para él como yo pensaba.

―¿Qué haces aquí? ―escupe mi madre con dificultad para esconder su ira―. ¿Cómo has entrado? Ryan, lárgate.

Le mantiene la mirada durante unos instantes, desafiante. Él la retira primero, fijándola en mí e ignorándola. Yendo a la víctima fácil.

―Mia, cariño, feliz cumpleaños ―me felicita con voz dulce―. Ven a darle un abrazo a papá. Te he traído un regalo.

―El regalito más grande es el que ya has hecho, pobre diablo. Deja a mi sobrina y a mi niña en paz o te meto este bastón por el trasero y te convierto en una brocheta ―le ordena la tía Ava desde su espalda, pero él tampoco obedece.

Me tiende un regalo cuadrado y lo agita para que me acerque, como un humano movería una pelota para atraer a un perro con ganas de jugar.

Trago saliva porque me sigue resultando hasta doloroso no poder ir corriendo a sus brazos.

Mamá está hecha una furia y la gente que aún está presente no deja de guardar silencio, impresionados.

Él insiste unos minutos más, mirándome fijamente con sus ojos oscuros, mientras todos guardan un sepulcral silencio.

Luego, se levanta y cambia el semblante.

Deja el regalo en una de las mesas que hasta hace nada estaban repletas de manjares y luego señala a mamá.

―Has adoctrinado a mi hija contra mí; pensé que presumías de ser la madura de la relación.

―Te vuelvo a recordar que no soy yo quien ha traicionado a esta familia. ―Aprieta la mandíbula con rabia contenida―. Ya tienes otra persona a la que desde luego has demostrado querer mucho más que a mí y a nuestra hija. Bien, pues ve con ella. ¡Y déjanos vivir en paz!

Ante el grito de mi madre, los demás se alteran, curiosos por enterarse de la escena al completo, pero a la vez con ganas de salir corriendo ante tal espectáculo incómodo.

―Papá..., yo... ―quiero decirle algo, pero no encuentro las palabras adecuadas en estos momentos tan horribles.

―Tranquila, Mia, volveremos a pasar tiempo juntos. Cuando tu madre deje de lado sus traumas. ―Luego la mira a ella―. Si no es posible por las buenas, será posible por las malas.

―¿No tienes otra niña a la que mantener? ―pregunta mi madre con sorna y burla refiriéndose a su nueva novia mientras con el dedo señala hacia la calle―. Coge esa puerta y nunca regreses. Te lo he dicho dos veces; a la tercera no seré yo quien te lo diga, sino las autoridades.

Él la mira, de manera altiva, y aguanta una risotada que me asusta, porque no reconozco a mi padre en esa mueca. Dirige una última mirada a todos y después, tal como ha aparecido de un segundo a otro, de repente también se marcha, empujando levemente a tía Ava para que se apartara de su camino.

―Mala almorrana no te diera, pedazo de basura; que se te reviente una vena del ojo de apretar...

―Tía ―la voz de mi madre corta sus peculiares insultos. Tiene un tono frío. Ha levantado su muro de nuevo―, ya está.

Luego, se gira y se dirige a los asistentes con un intento de sonrisa incómoda para salvar la situación, aunque todos sabíamos que era insalvable y que seríamos la comidilla de la ciudad durante meses. Cumpleaños con espectáculo incluido. Y por desgracia no ha sido solo el de los Back Streets Boys.

―Siento mucho todo esto, pero imagino que no es sorpresa para nadie nuestra situación. ―Su voz suena ahogada y llena de vergüenza―. Sigamos, ¿vale? Esta comida no se va a terminar sola.

Después, ella vuelve a pulsar el botón del radiocasete y la música cubre con un fino velo la incomodidad de hace unos instantes.

Mamá desaparece por la puerta de la cocina llevándose el regalo de papá, que acabará en la basura, y sé que va a llorar.

Es costumbre esconderse para desahogarse, como, si al hacerlo sola, ese dolor no existiera en el mundo real.

La tía Ava la sigue y detrás, gran parte de los invitados de la fiesta, alegando que ya era muy tarde y que debían marcharse a sus casas para prepararse para otro día de estudios y trabajo.

Me quedo casi sola en el jardín mientras miro fijamente el lugar donde estaba el regalo que trajo mi padre hasta hace unos segundos.

Mi reciente compañero perruno me lame las manos, deleitándose en su dulzor a causa del festín de azúcar que nos hemos dado durante toda la tarde.

Siento un roce en mi hombro. Son Oliver y Ethan.

El calor que emana de esa pequeña parte de sus cuerpos me reconforta en cierta forma.

―Muchas gracias por invitarnos, Mia, ha sido una fiesta preciosa y muy divertida ―comenta Oliver para que me sienta mejor―.

Y os esperamos en casa para celebrar el año nuevo.

No tendremos a los Back Streets Boys, pero Ethan prepara unos macarrones con queso para chuparse los dedos. Y yo canto de muerte en el karaoke.

―De muerte de tímpanos ―agrega por lo bajini su marido. Pero ni así me hace sonreír―. Adiós, cielo.

Ellos avanzan y luego Adam pasa a mi lado.

Esta tarde ha estado inusualmente callado y respetuoso, imagino que sus padres le habrán amenazado con algo horrible en caso de empezar a meterse conmigo.

Algo como dos horas de karaoke de Oliver solo para él.

Pero también es cierto que mediante nuestras manos apretadas firmamos una especie de acuerdo de paz, que la verdad se lo podría estar tomando en serio. Él me mira de arriba abajo y sonríe.

―Con ese vestido y ese lazo pareces una muñeca diabólica.

¡Vaya! Pues lo mismo no apretamos lo suficiente las manos en nuestro acuerdo. Me hace poner los ojos en blanco. Es el único que consigue una reacción en mí después de lo que ha pasado.

―Moscardón, ¡mira que eres...!

―Pero tu fiesta ha sido guay. Nos vemos.

Y después de eso me deja con la palabra en la boca y se marcha detrás de sus padres con las manos en los bolsillos. ¿Desde cuándo ha adoptado esa pose de chulito? Bueno, al menos no me ha llamado Pelopaja, es un avance.

Después de mi cumpleaños, pasamos varios días con los nervios por las nubes; mamá intenta hacer vida normal, pero sé que en el fondo le aterran las amenazas de papá y sigue muy dolida por todo lo que ha sucedido.

La tía Ava y ella hablan sin parar de cosas que no acabo de entender y cartas que llegan a casa, que me ponen nerviosa.

Al menos Adam se comporta un poco mejor en el colegio; aunque no deja de chinchar, es a menor escala que antes.

Continúa siguiéndome cada mañana en la acera paralela, intenta que mis recreos se me vayan por tierra y de algún modo, aunque no me insulta tanto como antes y mide sus palabras, sí que noto que se acerca más a mí.

¡Arg! No entendía qué parte de que no quería ser su amiga y que no lo soportaba no comprendía, de verdad.

Este moscardón pesado siguió zumbando a mi alrededor no solo en mi colegio y en mi día a día, alentado por nuestros padres a que fuésemos inseparables, sino que también, cuando el día treinta y uno de diciembre sonó la última campanada del año y entramos en el nuevo milenio con las dos familias unidas, supe que el auténtico cambio no sería todo lo que traería el dos mil, ni el supuesto fin del mundo; la auténtica revolución que llegaba a mi vida tenía nombre y apellido:

Adam Sullivan.