Capítulo 6
C uando empieza a sonar el timbre el veinte de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, el día en el que yo cumplo nueve años al fin, mamá me está terminando de poner en el pelo un lacito de color azul como mi vestido.
Encima, me coloco una rebeca de tejido suave con tacto a peluche de color clarito y ya estoy lista para bajar, saludar a mis invitados y hacerme mayor.
Miro a Punky Brewster sonriéndome desde su póster. Ya mismo seré tan mayor como ella. ¡Qué guay!
Mamá me toma la cara con cariño y me besa en la frente.
―Mi pequeña Mia, que ya no es tan pequeña ―sonríe emocionada mientras observa cómo mis rasgos han ido cambiando a lo largo de los años―.
Sé que quizá no será el mejor cumpleaños, pero quiero que sepas que todo lo hago con el mayor cariño del mundo.
A pesar de la situación, quiero que seas la niña más feliz.
―Lo seré, mamá. Gracias.
Ella me abraza y tras darme otro beso en la mejilla me invita a bajar al pequeño jardín de detrás de la casa, donde tanto ella como tía Ava lo han decorado con mis cantantes y actores preferidos, y hay dos enormes mesas llenas de sándwiches, snacks , canapés, nubes de azúcar y chocolatinas.
Los globos dorados y malvas llenan los rincones y de árbol a árbol hay un gran letrero que reza: «¡Feliz cumpleaños, Mia! ».
―¿Te gusta, cielo? ―pregunta mamá mientras apoya sus manos en mis hombros.
―¡Es el mejor cumpleaños del mundo!
Los invitados van llegando poco a poco y lo pasamos genial bailando algunas canciones a todo volumen y jugando a juegos en los que el correr pillándonos los unos a los otros nos da una sed de muerte.
En un momento dado, antes de la tarta, mamá me llama para que salude a Adam, que acaba de llegar.
Entra en la cocina con una timidez inusual para ser él, acompañado de sus padres.
―Felicidades, preciosa. Está todo muy bonito ―comenta Ethan mirando a través de la ventana el jaleo que hay en el patio.
―Felicidades, cariño. Estás convirtiéndote en toda una mujercita. ―Me besa Oliver en la mejilla.
Después ponen la mano en el hombro de su hijo y lo instan a acercarse a mí.
Los mira y ellos asienten, en una especie de comunicación entre padres e hijo.
Luego me vuelve a mirar. Y se acerca lentamente.
Demasiado cerca. Más cerca de lo que ha estado nunca.
Me da un beso rápido en la mejilla y el corazón se me quiere salir del pecho.
¡Puaj! ¿Adam me acaba de besar? No va a haber suficiente jabón en el mundo con el que pudiese borrar de mi mejilla este trauma. Mi corazón late apresurado.
―Felicidades, Mia ―susurra casi sin voz, también muerto de la vergüenza y del asco, supongo. Luego, me tiende una pequeña bolsita―. Te he traído un regalo.
Mi madre aguanta la risa de verlo comportarse así, parece que el hijo de los vecinos se ha convertido en robot desde la charla de ayer. Desde luego, tenemos que ser cómicos desde fuera intentando mantener la compostura a pesar de que nos odiamos.
―Gracias ―contesto también forzada mientras tomo la bolsa y desenvuelvo el regalo. Con sorpresa, descubro al abrir la cajita un colgante de una mariposa en tonos azules y verdes que, sinceramente, me parece precioso.
―Lo ha elegido él ―indica Oliver entusiasmado.
―Hubo que darle un pequeño empujoncito para que viniese a la joyería, pero la elección ha sido toda suya, es un avance. ¿Verdad, preciosa?
Asiento, mirándolos a los tres.
―Mia, ¡es idéntica a la mariposa que tanto te gusta! La que lleva Rose en el pelo en Titanic. ― Mira a Adam y le guiña el ojo―. Has dado en el clavo, Adam. Muchas gracias. Venga, no os quedéis ahí parados. ¡Vamos a comer tarta!
En el patio, tanto niños como padres comen, bailan, charlan y hasta la tía abuela Ava da un concierto improvisado que hace a todos reír y a la vez cuchichear.
Yo estoy feliz de verla cumplir su sueño de cantar.
Cuando todos me cantan el cumpleaños feliz, ella es la que más sube la voz y más agudo llega y me hace reír mucho antes de soplar las nueve velas y romper en aplausos.
Luego, mamá y ella se afanan en ir a la cocina, y las ayudo a ir repartiendo los trozos de tarta a los invitados junto a Liam, que me echa una mano.
Ambos vamos corriendo de un lado para otro, pero no puedo evitar escuchar algunas conversaciones de padres que están en corrito hablando cuando paso por el lado o les ofrezco sus trozos de pastel.
―Han perdido la cabeza. Pero cómo no hacerlo... Tu marido se va con otra y a ti no te queda más remedio que cuidar a una tía chalada y a una niña de nueve años con problemas de conducta. Pobre Katherine.
―La ha mirado un tuerto, desde luego. Si yo fuese ella, nunca me habría atrevido a meter gente en mi casa y que vean en lo que hemos quedado... ¡Me moriría de la vergüenza!
―¿Y todo esto? ―la madre de Joanne abarca el patio con los brazos―, ¿cómo lo habrá pagado? Dudo que limpiando las mierdas del barrio consiga mantener a la familia; la pobre no tiene donde caerse muerta.
Ríen y yo me quedo detrás de ellos, solo escuchando, con el trozo de pastel en mi mano. Liam me mira apenado con otro trozo en la suya.
―Niños, la tarta se va a quedar seca si no la repartís ya. ―La voz de mi madre me sobresalta. Está justo detrás de nosotros. Lo ha tenido que escuchar todo. Siento ganas de patear a esta gente maleducada.
El grupo se gira alertado por la voz de mi madre y fingen que no estaban hablando de ella y haciéndole un buen traje. A ella y a la familia.
―Veo que tenéis más ganas de hablar que de comer; vamos, no seáis tímidos, luego podéis seguir hablando sin peligro de atragantaros ―le dice ella a todos de manera mordaz, antes de darles los platos y marcharse de nuevo a la cocina.
No sé cómo lo hace, pero no derrama ni una sola lágrima en lo que resta de la fiesta. Yo juego con mis amigos y compañeros, hasta incluso con Adam, pero también estoy pendiente de ella y de esas palabras tan feas que he escuchado.
Solo la voz de mi tía Ava me saca de mis pensamientos y de mis juegos, anunciando el regalo tan esperado.
Liam por poco se desmaya cuando tanto mamá como la tía me tienden una caja enorme roja con un lazo y me piden que la abra.
Cuando lo hago, veo a un perrito muy pequeño que pega saltitos en mi dirección para que lo coja; es un golden retriever , ¡igual que el de Punky!
No puedo para de llorar de la emoción y de dar las gracias mientras abrazo al perrito.
―¡Ya nunca serás una huérfana, Mia! ―comenta divertida la tía Ava―. Pero aún queda una sorpresa más... Le dije a tu madre que no lo hiciera, porque ya bastante tortura tenemos con escucharte las canciones cien veces al día, pero supongo que no se le pueden poner puertas al campo.
―Este es otro regalo para ti, hija ―comenta mi madre mientras hace una señal hacia la puerta de la cocina que conecta con el patio, y de repente salen cinco chicos jóvenes guapísimos y comienza a sonar por el equipo de música Everybody.
Todos comenzamos a chillar mientras vemos cómo los chicos se colocan en filas y cantan y bailan con una destreza maravillosa.
―¿Son los Back Streets Boys? En serio, ¡¿son ellos?! ―pregunto abrazando a mi perro y prácticamente chillando de la euforia.
Tía Ava y mamá ríen al verme tan feliz.
―¡Pues claro! ―comenta mi tía aprovechándose de mi inocencia―. ¿Cómo se iban a perder los cinco punkis estos tu cumpleaños?
Cuando el pequeño concierto termina, estoy exhausta. Creo que no he corrido, bailado, chillado, llorado y reído más en toda mi corta existencia.
Recorro los grupos de invitados dando las gracias por venir y por los regalos, porque ya comienzan a marcharse algunas personas y es noche cerrada.
La tía Ava, que alegó ir al baño hace un rato, vuelve con la cara descompuesta.
Incluso tiene el moño despeinado. Mamá la mira preguntándose qué le ha podido pasar para estar tan alterada.
Es el centro de atención ahora mismo de todos los invitados.
―He intentado detenerlo, pero me ha sido imposible. Lo siento, Kate...
Mamá cambia su expresión totalmente cuando ve la silueta al borde de la puerta, detrás de ella. Los asistentes sueltan una exclamación al unísono al ver a Ryan, mi padre, el marido que se fue con otra, allí en mi fiesta como si no hubiese ocurrido nada en estos dos meses.
―Vaya pues sí que hay sorpresas en este cumpleaños ―comenta alguien cercano con malicia.