Dos como nosotros Capítulo 5
7%

Capítulo 5

D etengo el camino de la galleta que estaba a punto de alcanzar mi boca y la vuelvo a dejar en la bandeja.

―No lo sé ―confieso con sinceridad―. Aquel día peleó con mamá y él se marchó con otra mujer. Desde entonces no le he vuelto a ver.

Agacho la mirada intentando no llorar. Y menos delante de Moscardón . Le daría motivos para burlarse de por vida. Pero, en vez de reírse o mofarse, él se acerca un poco más a mí y me mira frunciendo el ceño.

―Mis padres me abandonaron en un contenedor de basura ―comenta él, también cabizbajo―. No recuerdo mucho de la casa de acogida, pero leí todo en unos papeles que guardan Ethan y Oliver.

Lo miro con compasión, algo que no sabía que podía llegar a sentir por él, nunca. ¿Estará mintiendo para dar pena? Sea de un modo u otro no quiero hacerle sentir mal, ahora mismo no.

―Pero ahora tienes una familia que te quiere ―le consuelo, porque me sale así hacerlo, aunque no soporte a este niño.

―Y tengo dos padres. Si quieres te puedo prestar uno.

Me hace reír con su ocurrencia. Nada más me faltaba a mí a Ethan u Oliver de padre y a Adam de hermanastro.

―El mayor favor que me puedes hacer es dejar de molestarme.

―Eso ni lo sueñes, Pelopaja. ¿Qué haría yo sin ti? ―Mira su reloj de muñeca―. Me tengo que ir a casa a hacer los deberes.

El alivio me inunda. Dos horas con Adam eran como cinco días en el infierno.

Asiento y lo invito a marcharse y a llevarse sus juegos.

Cuando mamá lo despide en la puerta, y yo lo recojo todo en mi cuarto, bajo a ver la tele con ellas un rato y me enseñan la tarta que degustaremos en mi cumpleaños dentro de un par de días.

Quedo entusiasmada con la idea de probar ese enorme pastel de chocolate con relleno de vainilla y galletas muy pronto.

Cuando subo a dormir, cosa que cada vez me gusta más hacer sola como una niña de casi nueve años que soy, me siento con el corazón un poquito mejor después de la horrenda tarde con Adam.

Como todas las noches, me siento en mi cama y admiro mis pósteres soñando con algún día convertirme en una gran estrella como ellos y empapelar las habitaciones de otros niños con mi cara.

Es toda una motivación para mí. Hasta que detengo mi mirada en el póster de mis Back Streets Boys y reparo en el gran bigote negro que tiene pintado Nick Carter.

Y en las ojeras que tiene Bryan. ¡Y en los mocos que le cuelgan de la nariz de A. J., Kevin y Howie!

Debajo de ellos, estropeando mi póster aún más, una frase: «No fui yo, fue tu Jigglypuff ^-^».

Dejo escapar un grito agudo que rompe con el silencio de la noche.

A la mañana siguiente, intento no pensar en mi póster destruido mientras reparto las invitaciones de mi cumpleaños a mis compañeros de clase.

Todos se muestran emocionados de recibirla y sonríen confirmando su asistencia.

Cuando se la tiendo a Liam, mi mejor amigo, que ya recuperado ha vuelto a clase, los dos chillamos de emoción.

―Tu madre siempre prepara los mejores cumpleaños de Santa Clarita ―comenta emocionado mientras se echa un mechón de pelo castaño hacia atrás, liberando sus ojos―. ¡Qué digo de Santa Clarita!, ¡de California entera!

―La verdad que sí. Estoy deseando ver mi sorpresa de este año.

―¿Crees que te regalarán ese perrito que tanto quieres desde hace unos años?

Abro los ojos como platos de imaginármelo y mi corazón explota de alegría y expectación.

―¿Te imaginas, Liam? ―pregunto llena de nervios y emoción.

―¡Sería tan chulo! Ni papá ni mamá me quieren comprar un triste hámster, dicen que no entran animales en la casa mientras ellos vivan. ―Intenta imitar la voz de su padre―: «Cuando seas mayor tendrás lo que te dé la gana, Liam» , pero es que yo lo quiero ahora. Dios, Mia, ¡qué envidia!

Alguien pasa por mi lado empujándome levemente. Me apoyo en el pupitre de mi amigo para no perder del todo el equilibrio.

―Si te regalan un perro, igual se escapa a los dos días, Pelopaja. No hay quien te aguante.

Me enfurece su comentario y todo lo que me hace. Los bigotes, ojeras y mocos de mis adorados cinco ángeles cantores vuelven a mi mente. Y toda la rabia que tenía acumulada me hace soltar algo que no pienso antes de decir.

―Tus padres tampoco lo hacían, te dejaron tirado porque tampoco te aguantaban.

Liam contiene el aliento y varios niños de la clase también.

Adam se pone blanco. Automáticamente deja de mirarme y agacha la cabeza muy ofendido.

Y, aunque he logrado mi cometido de devolverle un poco todo el daño que me hace, no me siento orgullosa en absoluto, y eso que he omitido la parte de la basura.

Las palabras de mamá vuelven a mi cabeza: «La gente buena hace cosas buenas, no te rebajes a su nivel» .

Avergonzada, intento contener las lágrimas y, tras rebuscar en las pocas invitaciones que me quedan por repartir, me encamino hacia él con una en la mano y se la tiendo. Él la mira, dolido y con desprecio.

―No quiero ir a tu estúpida fiesta ―sentencia.

―Mamá me ha obligado a invitarte ―contesto con demasiada sinceridad y resoplando―. Cógela.

Él sigue ignorándome mientras saca su libro y sus libretas.

―Lo siento, Adam. ―Él ahora sí que me mira―. No debí haber dicho eso. Acepta la invitación a modo de perdón.

Él me la arrebata de la mano con brusquedad, la lee y sonríe.

―Supongo que será divertido asistir a la fiesta de una niña a la que su padre ha cambiado por otra familia.

Vale, me lo merecía. Pero, aun así, no puedo evitar salir corriendo y llorar en los baños hasta que la profesora White me encuentra desconsolada.

Esta vez no acabamos en la sala del director del colegio, sino en el salón de la casa de los Sullivan, con nuestros tres progenitores volviendo a regañarnos.

―Chicos, de verdad... ¡Basta ya! ―ordena Oliver enfadado mientras Ethan se cruza de brazos y suspira.

Mamá imita su posición con cara de cansada también―.

No sabemos qué hacer ya para que os tratéis bien y con respeto.

Sois vecinos, sois de la misma edad y podríais ser unos amigos estupendos si dejaseis de lado lo orgullosos y lo testarudos que sois ambos.

―Y mirad, sí ―rompe el silencio Ethan dando un paso al frente para retomar la charla de su marido―, para la sociedad de hoy, por muy moderna que nos quieran vender que es, somos familias extrañas.

Dos homosexuales adoptando un hijo y una madre divorciada que se ha quedado sola criando a su hija.

Pasa cada día. Pero aún nos atrevemos a criticarlo y a convertirlo en un arma para hacer daño en vez de centrarnos en el muchísimo amor que hay en nuestras familias. Con sus cosas buenas y sus fallos.

Ambos escuchamos sin mediar palabra desde su cómodo sofá de terciopelo azul turquesa.

―No podemos elegir nuestras circunstancias, pero sí qué hacer con ellas. ―Mamá se acerca a nosotros―. Por favor, trataos bien. Vamos a ser todos felices y construir algo bonito. Ya bastante malo hemos tenido.

Nos miramos Adam y yo en silencio, firmando una pequeña tregua sin mediar palabra al ver a nuestros padres tan afectados. Aunque, de repente, una vocecilla familiar a nuestras espaldas nos interrumpe a todos.

―Yo creo que en realidad se gustan mucho.

Esa frase nos hace volvernos hacia atrás, sobresaltados. Liam está de pie, en el vestíbulo de la casa de los Sullivan, con sus pequeños ojillos negros brillando y sonriendo.

―¿Cómo has entrado? ―pregunta Oliver con sus ojos verdes bien abiertos, tanto por su presencia como por la afirmación que acaba de soltar.

―Estaba la puerta entreabierta y me dio curiosidad ―se excusa él como si colarse en casas ajenas fuese lo más normal del universo. Liam era así: loquito y bastante inquieto y perspicaz.

―¿Qué es lo que acabas de decir? ―pregunta mi madre con voz ahogada, refiriéndose a lo de antes.

―Mi madre siempre dice que los que se pelean se desean ―explica―. Y ellos vaya que se tiran los trastos un montón. Además, muchas veces veo a Adam observando a Mia mientras ella no se da cuenta...

Adam se pone de pie de repente y le grita que se calle. Liam se asusta y echa a correr hacia su casa y tanto Ethan como Oliver intentan calmar a su hijo. Yo estoy tan impactada que ni siquiera reacciono.

¡Qué tonterías tenía este Liam! Él y yo vamos a hablar seriamente.

―Venga, chicos, da igual lo que ha dicho ese niño, vamos a hacer como que no ha pasado nada, ¿vale? Daos la mano y pediros perdón como buenos amiguitos.

Nos empujan a acercarnos y a tender las manos. Nos sostenemos la mirada mientras sopesamos cómo actuar. Pero, como la presión de nuestros padres está encima, y yo me siento tan mal por lo que he hecho, soy la primera en tomar su mano y apretarla con la mía.

―Lo siento, Adam. No volverá a ocurrir.

Adam, cuyo rostro está de repente algo más subido de tono de lo normal, también cierra sus dedos temblorosos sobre los míos y sacude nuestras manos de manera algo brusca.

―Lo siento, Mia. No volverá a pasar.

Mi madre sonríe orgullosa y los Sullivan también, dando pequeños y silenciosos aplausos de ver a sus retoños prometer no matarse el uno al otro por millonésima vez. Ethan rompe el emotivo momento.

―Bueno, entonces, ¿a qué hora es mañana el cumple?