Dos como nosotros Capítulo 4
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Capítulo 4

―N o estás aún en condiciones de exponerte, Kate. ¿Estás segura de que quieres meter en casa a tanta gente?

―Mia cumple nueve años. Bastante ha cambiado ya su vida con su padre ausente. Quiero que tenga una fiesta como cualquier niño de su edad y que disfrute.

Escucho a tía Ava y a mamá detrás de la pared que conecta la cocina y el comedor.

Sus voces llegan a mi sin complicaciones a través del amplio arco abierto que une las dos estancias mientras juego con una de las patitas de lana del reno que decora con relieve mi pijama navideño.

Me hace feliz escuchar que tendría un cumpleaños con todos mis amigos, estaba deseando invitar a mis compañeros de clase.

Y quizá Liam, mi mejor amigo, que vivía tan solo a tres casas de diferencia, ya estaría bien para venir también a mi fiesta, recuperado de sus fiebres.

―Ya sabes que por mí encantada de darle a todos esos palurdos que hablan de nosotras con un canto en los dientes. Pero tampoco quiero que lo pases peor. ¿Qué te dice tu psicóloga del tema?

Mamá estaba viendo a una psico... ¿Qué?

―Mi psicóloga está más que encantada de que retome mi rutina, mi vida y me centre en lo que sí está y me importa, en vez de lo que se ha ido por su propio pie y ha demostrado lo que es ―contesta orgullosa de sus avances a pesar de que tan solo han pasado dos meses desde que papá se marchó.

Tía Ava sonríe feliz de escuchar eso. Porque ella sabe lo mucho que la hemos escuchado llorar y los muchísimos días que no ha podido salir de la cama. No es fácil para ella y aun así se expone. Qué valiente es mi mamá. Yo también tenía que serlo con Adam.

―Pensaré de qué sabor hacer la tarta por si hay que estampársela a alguien en la cara ―bromea ella con su peculiar humor―. ¿Hacemos una especial para eso? ¿Que tenga trozos de galleta duros?

―¡Tía Ava! ―la regaña mamá―. Nadie va a clavarle a nadie trozos de galleta en la cara. ―Aunque la risa la delata un poquito pensando en tal idea.

El timbre suena y quiero lanzarme al suelo y patalear como una niña pequeña al saber quién está al otro lado del trozo de madera al que llamamos puerta de entrada. En cambio, doy patadas desordenadas al aire para aliviar mi rabia mientras arrugo la cara con fastidio.

―Mia, abre a Adam, anda ―comenta desde la cocina mientras ella y mi tía, que canta a pleno pulmón una canción sobre festines de la película La bella y la bestia , se afanan en buscar los moldes metálicos de las tartas en la pequeña despensa―. ¡Y sé amable!

―Pero, mamá... ―refunfuño, como todos los días desde hace meses, porque nos obligaban a pasar tiempo juntos para reconciliarnos y ser los mejores amigos. Como si eso pudiese ser posible.

El timbre vuelve a sonar con insistencia y mi madre pierde los nervios.

―¡Abre por Dios! Que deje de sonar ese cacharro.

La cara de tía de Ava asoma por el arco, sus ojos brillan y su labial rojo intenso también mientras me canta la canción Hay un amigo en mí, de la película Toy Story, a modo de mofa.

―¡Y tú deja de cantar ya y ven a preparar los ingredientes! Que el chocolate se va a derretir solo de escuchar esos agudos.

Tía Ava me guiña el ojo y regresa a su puesto en la cocina.

Por mi parte, arrastro los pies hasta la puerta, con gran desgana, e intento respirar un par de veces mientras sujeto el pomo redondo y dorado.

¿Qué haría Kate Winslet en una situación así?

Por supuesto, es la mejor actriz de todas y sería la mar de profesional aguantando a su vecino insoportable con esa elegancia que la caracteriza.

Si quería ser actriz, tendría que comenzar a practicar el fingir ser amable con gente que no me caía bien.

Me tomaría como un entrenamiento estas tardes de terror con Adam a las que nos obligaban tres veces por semana.

Abro la puerta y allí está él, sonriendo de manera inquietante, unos centímetros más alto que yo y con su pelo negro repeinado con raya al lado. Sostiene un par de juegos de mesa. Da un poquito de miedo, la verdad.

Cuando alzo la mirada, sus padres nos observan desde el porche de su casa felices de la vida.

―Hemos pensado que estaríais mejor hoy dentro, fuera hace fresquito ―chilla Ethan desde su posición―. ¡Que os divirtáis!

Muestro una sonrisa también, poniendo en práctica mis dotes artísticas, e invito a pasar a Adam.

Decido subir a mi habitación, las canciones de tía Ava mientras cocinaba podían poner de los nervios a cualquiera, aunque yo siempre le veía cierto encanto a sus desafines; era el sonido de mi hogar.

Cuando entramos, él observa mi cuarto con curiosidad y con una sonrisilla que no sé descifrar.

Aparte de mi cama decorada con mantas y cojines en malva, mis pósteres de Titanic , de Punky Brewster y de los Back Streets Boys, mi casita de muñecas, el escritorio repleto de libros y cintas de VHS, mi armario y mi pequeñita televisión, no sé qué podría llamarle tanto la atención.

Se acerca a mi póster de los Back Streets Boys y vuelve a sonreír.

―¿A ti también te gustan estos feos? ―pregunta en tono de burla.

―Qué sabrás tú de lo bonito y de lo feo ―refunfuño mientras busco un VHS que contiene los últimos episodios grabados de Pokemon .

A ambos nos gustaba la serie de anime y no teníamos que hablar demasiado―.

Además, no te creas gracioso u original llamándolos así, la tía abuela Ava ya te ha ganado llamándolos pandilleros cutres y chulos.

Eso le hace reír aún más y, en verdad, su risa se me contagia, aunque no me guste que se metan con ellos y sus maravillosas canciones.

Nos sentamos en el suelo, apoyados en la parte inferior de la cama, y disfrutamos ―o al menos lo intentamos― de los dos últimos capítulos que han emitido y que mamá me ha grabado.

Aunque nos enzarzamos en una discusión sobre qué pokemon es mejor: él defiende a Pikachu, ya que es el más importante y el protagonista, y yo hago lo mismo con Jigglypuff .

―Pero si es una bola rosa que no vale para nada ―se queja.

―Lo primero, es adorable ―rebato―. Y lo segundo, es el más listo, porque sabe cómo engañarlos siendo un algodoncito de azúcar. ¡Y luego se ríe de todos pintándole las caras cuando menos se lo esperan! Es genial.

―Mira, como tú, entonces. Pareces adorable, pero luego eres más mala...

―¡El malo y molesto eres tú, Moscardón!

―¿Quizá debería cambiarte el mote de Pelopaja a Jigglypaja? Te pones muy rosa cuando te enfadas.

La puerta se abre de repente y asoma la cabeza de mamá con gesto serio. Visita de control, debemos de haber alzado la voz.

―Niños, haya paz, por favor.

Adam pone su mejor cara de no haber roto un plato y le sonríe.

―Perdón, Katherine, no volverá a ocurrir.

Mi madre pone los ojos en blanco, porque sabe que sí, que volverá a ocurrir como lleva ocurriendo desde hace dos años. No sé por qué no se dan ya cuenta de que Adam y yo somos como el agua y el aceite, el día y la noche, Pikachu y Jigglypuff .

Tras el toque de atención, intentamos volver a mantener la compostura.

Jugamos al Scrabble, donde nos insultamos en silencio continuamente colocando palabras sobre el tablero, todas las reprobables que niños de ocho años podrían poner.

Luego, jugamos a Mr. Mouth, un juego donde, mediante una mano que hace las veces de catapulta, debemos encestar mosquitas de plástico de colores en la boca de nuestra rana.

No tengo que explicar dónde estaban acabando esos pequeños insectos, solo diré que, en todos lados, menos en la boca de nuestra amiga anfibia.

Después, mamá me llama para que merendemos un zumo con galletas recién horneadas.

Bajo a por ellas y las comemos en mi cuarto, que está manga por hombro, mientras desviamos la vista por la habitación en silencio sin saber de qué hablar; solo el ruido de nuestras bocas ronchando esas delicias de harina y azúcar rompe la quietud.

Es Adam el que habla primero cuando se termina su zumo:

―¿Dónde está tu padre?