Capítulo 3
N os sentamos como dos niños buenos, cada uno en una silla, al otro lado de su escritorio.
Ya es la segunda reprimenda que me como hoy por culpa de este bicho.
Antes de salir, el director nos advierte de que nuestras familias están en camino y que no quería escuchar ni una mosca mientras él estaba fuera de la sala o el castigo sería peor, así que nos mantenemos cautos y obedientes.
Lo miro y no puedo evitar soltar una carcajada. Su pelo negro está todo enredado, con cada punta señalando un lado de la habitación en la que nos encontramos, lleno de electricidad, y su cara tiene algún moratón a causa de los golpes certeros que nos hemos dado.
―No te rías porque tú eres más pelopaja que nunca ―susurra con rabia y fastidiado―. Menuda tía loca.
―Loco serás tú. ¿Cómo se te ocurre decirle eso a mi amiga?
―¿Y a ti agarrarme de ese modo de la cabeza?
―Te lo has ganado por gracioso ―sentencio cruzándome de brazos.
Las piernas nos cuelgan en la silla a causa de nuestra baja estatura y me concentro en moverlas con nerviosismo mientras esperamos a los mayores y sus sentencias―.
Querías hacer reír a tus amigos y te he ayudado.
Deberías darme las gracias por el espectáculo.
Veo que se tapa la cara con la mano, en un gesto compungido, y me sorprende que se vaya a echar a llorar. Él, el Adam que lleva dos años, sin parar, amargándome la existencia.
―Es cierto... ―susurra con una vocecilla débil―. Lo siento, Mia, me he pasado mucho. ¿Me perdonas?
Trago saliva, sin saber cómo reaccionar.
No es nuestra dinámica normal. Pero, sorprendentemente, me siento mal de verlo triste.
Él me tiende la mano en un gesto de paz.
Y yo, algo dubitativa, se la estrecho, queriendo acabar con esta guerra de una vez, porque en mi interior estoy muy cansada de esto.
Es realmente agotador vivir en alerta con él veinticuatro horas.
Siento algo viscoso en la palma de mi mano cuando la junto con la suya y la aparto de manera brusca.
Miro su saliva en mi piel, aguantando con dificultad una arcada.
―¡No me lo puedo creer! Es que eres tonto a rabiar, ¡Qué asco!
―Moscardón 2, Pelopaja 1 ―sonríe con suficiencia.
Intento secar la saliva en su jersey mientras él me da manotazos para que me aparte, pero la puerta se abre de repente y nuestros padres nos miran llenos de decepción y rabia contenida.
Oliver y Ethan se ponen detrás de Adam, y mi madre detrás de mí.
Me sorprende verla aquí, después de que esta mañana no se encontrase bien.
Automáticamente, me siento muy mal por haberle supuesto otra preocupación más con mis tonterías y agacho la cabeza.
El director Wilson, que se sienta frente a todos detrás de su escritorio, pone a nuestros padres al día de la situación que viene ocurriendo con nosotros dos.
Ya no saben qué hacer para que no nos enzarcemos como gatos callejeros.
Y pide, por favor, disciplina en casa y que nos ayuden a llevarnos bien y a superar nuestras diferencias.
¿Yo? ¿Amiga de Adam Sullivan? Cuando los cerdos vuelen.
Volvemos a casa caminando cada uno por su acera, justo como hacemos siempre Adam y yo, mientras nuestras respectivas figuras parentales hacen su parte. Los padres de Adam no dejan de regañarle y mamá hace lo mismo conmigo.
―No te eduqué para que insultes y pegues a un compañero, Mia, estoy muy decepcionada contigo.
―Pero siempre es él el que empieza, no para de meterse conmigo desde que llegó y encima ¿me tengo que quedar callada? ―rebato furiosa.
―Pues sí, eso precisamente es lo que tienes que hacer. Porque tú eres una buena niña. Una cosa es ponerlo en su lugar y otra llegar a las manos.
Muestro una pequeña sonrisa mientras miro sus ojos del mismo color que los míos.
―Entonces, si yo soy la buena, estás reconociendo que Adam es el malo.
Un matrimonio pasa por nuestro lado y mamá se agacha para ponerse a mi altura. Antes de contestarme, ambas podemos escuchar parte de la conversación que mantienen.
―Pobrecita, mira qué cara tiene... Su marido la ha dejado por otra casi veinte años menor. ¿Lo sabías? Y esa pobre niña... ¿Cómo la va a sacar adelante solo limpiando las casas a sus cuatro vecinos ricos?
Mamá hace como que no los escucha y me mira fijamente mientras sigue con nuestra conversación y esos dos estúpidos se alejan.
―Las personas buenas hacen cosas buenas, Mia ―explica―. Las personas buenas no se rebajan, por mucho daño que les hagan, porque tú das lo que eres y eso dice mucho de ti. Eso quiero decir. Vamos, que no entres al trapo. ¿Entendido?
Asiento, un poco perdida sin acabar de entenderlo del todo. Además, la conversación de esa pareja... ¿Es que mi padre nos ha abandonado?
―Adam es un niño adoptado, ya te expliqué qué significaba.
¿Recuerdas? Necesita un tiempo para adaptarse a su nueva familia y es hasta lógico que sea más rebelde de lo normal.
Es su modo de llamar la atención, pero en el fondo es un buen chico.
Quiero que os llevéis bien. Ethan y Oliver son una pareja estupenda y estoy segura de que ese chico también lo será cuando encuentre su lugar entre ellos.
Por favor, tenle paciencia. Y no vuelvas a tirarle de los pelos a nadie, como mal aconseja tu tía abuela, hazme el favor.
Suspira dando por finalizado su discurso. Luego mira en dirección a donde ha desaparecido la pareja de antes y vuelve a tomar aire.
―Y creo que tenemos pendiente otra charla. Vamos a casa, es tu derecho saberlo.
Precisamente eso hacemos, caminamos hasta casa y allí, sentada en el salón con mamá y la tía Ava, me explican con todo el tacto del mundo lo que acaba de suceder.
Papá ya no quería a mamá; papá se ha ido con su nueva novia.
Papá ya no va a vivir con nosotros. Ahora seremos una familia de tres.
La tía abuela Ava, mamá y yo. Papá me quiere llevar lejos, pero mamá no lo permitirá.
Mis lágrimas comienzan a brotar y también llora mamá y la tía; nos abrazamos las tres.
Nadie acaba de entender por qué ha preferido irse y abandonarnos, sacrificar todo.
Pero es una pregunta que nunca tendría respuesta o que nunca comprenderíamos si la tuviésemos.
Y tendríamos que pasar el resto de nuestra vida llenando entre nosotras el hueco que mi padre ausente dejaría dentro de mí y de todas.
Así que nos tomamos unos días libres de trabajo y escuela para acomodarnos a nuestra nueva realidad.
Mamá lloraba mucho abrazada a la tía Ava, y yo también lloraba a veces extrañando a mi padre.
Muchas veces. Lo echaba mucho de menos. Y lo único que me daba consuelo era correr al refugio en mi cuarto y ver sin parar mis cintas de Punky Brewster, bailar y cantar con los videoclips de los Back Streets Boys que me grababa mi tía en cintas VHS y ver una y otra vez Titanic , película que me obsesionaba y de la cual recreaba incluso los diálogos mientras la veía en la soledad de mi cuarto.
Soñaba con algún día ser al menos la mitad de espectacular que Kate Winslet bajándose tan elegantemente de ese coche antiguo y mirando el trasatlántico con la intensidad de mil mares y todas sus ilusiones por delante.
Practicaba mucho mis miradas en el espejo para cuando yo pudiese debutar.
Lo tenía claro. Mi destino era ser actriz.
Y que mi madre y mi tía pudiesen tener una vida acomodada y que no llorasen ya nunca más.
Tenía tan solo ocho años y estaba llena de sueños e ilusiones, pero todo fuego comienza con una chispa, ¿verdad? Y yo podía ver dos de ellas brillando con gran intensidad en el reflejo que me devolvía el espejo.
Lo conseguiría. Algún día.