Dos como nosotros Capítulo 2
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Capítulo 2

A la mañana siguiente, mamá no me despierta con un beso como suele hacer siempre para prepararme para el colegio.

En su lugar, viene la tía Ava y me comenta, con una dulzura inusual en ella, que mi madre se encuentra mal y que ella se encargaría de ayudarme estos días.

En parte, me siento extraña y triste, pero se me pasa cuando veo la taza humeante de chocolate que me espera en la cocina.

La devoro mientras ella se afana en hacerme un par coletas en mi larga y ondulada cabellera rubia oscura.

Con la boca llena de bizcocho de zanahoria aún, hablo con mi tía sobre lo de ayer.

―Las cosas ahora han cambiado, Mia ―me explica por encima mientras maldice los pelitos que se le escapan del peinado―. Tu madre no se encuentra bien, ha sido muy duro para ella. Así que vamos a darle su espacio. ¿De acuerdo? Cuando esté mejor, te contará todo.

―¿Me voy a quedar en la calle como Punky Brewster? ―pregunto realmente consternada.

Mi tía ríe y pone sus manos sobre mis hombros zarandeándome con cariño.

―Podrías. Y encima ni perro tienes, como Punky, para que te haga compañía. ¿Qué va a ser de ti?

Trago saliva con dificultad y ella nota que me tenso y sigue riendo, fruto de su broma.

―A buenas horas te puse esa serie... ―Me insta a levantarme y me tiende la mochila con mi almuerzo dentro―. Anda, vete ya o llegarás tarde. Nadie va a dejar huérfano ni abandonado a nadie, ¿De acuerdo? Al menos por ahora.

Asiento, no muy convencida. En mi mochila, Punky me devuelve la mirada sonriente, con exactamente el mismo peinado que el mío.

Mejor será que me centre en marcharme y no pensar, ya que me recorre un escalofrío.

Mi tía abuela me despide en la puerta y me desea un estupendo día y que tire de los pelos a quien sea necesario para darme mi lugar.

No creo que a mamá le haga gracia ese consejo, así que le digo adiós con la mano y la cabeza gacha por el desánimo.

Quizá debería pensar en pedirle a mamá o a papá que adoptemos un perro.

―¿Aún sigues dormida, Pelopaja? Mucho jaleo anoche en tu casa, ¿no?

Me detengo en la acera y pongo los ojos en blanco antes de mirar a mi izquierda.

Porque sé que él está ahí, como todas las mañanas.

En la acera de enfrente. Ambos caminábamos en paralelo hacia la escuela, cada uno por su lado y dirigiéndonos miradas matadoras de vez en cuando.

Pero, algunos días como este, también Adam se ponía charlatán.

―¿Y tú no estás demasiado despierto, Moscardón? ―Era un buen mote para él, ya que era un bicho pequeño, negro como su pelo, estaba por todas partes y solo sabía fastidiar―. ¿Por qué no caminamos como cada día y me ignoras?

―Es más divertido así.

Retomo mi marcha por Vía Milagro mientras el aire frío de finales de año hacía de las suyas, aunque por estos lares teníamos sol el resto del año para rato.

Tan solo nos separaban cuatro largas calles de nuestro colegio, Tesoro del Valle, y me afano con ahínco en ignorar a esta mosca pesada todo el camino, a pesar de sus provocaciones. No es tarea fácil, desde luego.

―¿Estás bien? ―Su pregunta me toma por sorpresa, ya que no acostumbra a ser para nada amable, y menos conmigo.

―No sé a qué viene eso ahora ―contesto, seca, sin mirarle, aunque escucho sus pisadas en la acera de enfrente intentando seguirme el ritmo.

―Si me porto mal, porque me porto mal; y ahora que me porto bien, tampoco te gusta. ¡No hay quien te entienda!

―No te he pedido que lo hagas.

De un momento a otro, sus pasos se escuchan más cerca de mi posición, apresurados, rápidos y me asusto cuando sé que lo tengo detrás.

Con rapidez y travesura, agarra una de mis coletas y me quita la goma, despeinándome al instante.

Luego lanza el coletero al suelo y las cerecitas de plástico decorativas que tenía la goma se parten por el impacto.

―¡Vas a llegar tarde como siempre! ―se burla riendo y echa a correr con su mochila de Pikachu golpeando ambos lados de su espalda de manera brusca con el movimiento.

―¡Eres un pedazo de tonto del culo! ―le grito furiosa mientras recojo mi coletero del suelo y las piezas rotas también. Hago el amago de correr detrás de él para vengarme de algún modo, pero algo me lo impide.

―No tan rápido, señorita Brooks. En la escuela no le enseñamos esas palabras tan feas. Voy a tener que hablar con tus padres.

Cuando me doy la vuelta el profesor Davis me mira con un gesto reprobador. Voy a matar a ese moscardón.

Al final, entre unos y otros, llego a la escuela cinco minutos tarde, con las coletas disparejas por mi intento de recrearlas y con una pequeña reprimenda del profesor.

Cuando camino hacia mi asiento, Adam sonríe triunfal.

Le dirijo una mirada cargada de odio, intentando transmitirle, con mis grandes ojos verdes oscuros, que esto no se quedará así.

Y, aunque intento ignorarlo el resto del día, él no está muy por la labor de ayudarme en tal tarea.

Me tira papelitos, me esconde los libros y me pone caras tontas cuando salgo a la pizarra a exponer un ejercicio.

Le iba a meter la tiza con la que escribía hasta la campanilla, a ver si así dejaba de reírse.

En el descanso, la cosa no mejora, ya que, aunque estoy comiéndome mi sándwich y mi fruta en paz con mi compañera de clase Joanne mientras jugamos a hacer teatro, una de nuestras grandes pasiones, él aparece para seguir molestando.

―Joanne, no me he podido resistir. ―Se acerca a nosotras con aire teatrero. Le siguen algunos chicos más de la clase, que se aguantan una risita que no augura nada bueno―. Me gusta mirar por el bien de mis compañeras.

―Déjate de teatros y lárgate ―le escupo con la boca llena de plátano, lo que me hace sonar como una gangosa y les provoca otro ataque de risa. Bien empezamos.

―La teatrera eres tú. ¿No es más que obvio?

―Arrugo el entrecejo porque se burla de mi sueño de ser actriz―.

He venido a ponerte en alerta, Joanne, porque seguramente Mia no te ha comentado que tiene un brote de piojos que pretende ocultar.

En serio, veo su casa desde mi ventana y su madre ayer se pasó toda la tarde escarbando en su pelo y poniendo muecas extrañas.

Escupo el plátano mientras abro los ojos como platos.

Aunque no más grandes que los de Joanne, que mostrando una sonrisita forzada se marcha a jugar con otras niñas pidiéndome perdón.

Se les va a partir una costilla de reír a estos niños malvados.

Decido ofrecer guerra en vez de huir como suelo hacer siempre.

Y me acerco poco a poco a Adam. Él me observa curioso, con los ojos llorosos mientras deja de reír gradualmente conforme me voy acercando a él sin abrir la boca.

Cuando me quedo a tan solo unos centímetros, le encaro.

―¿Sabes cuál dice mi tía Ava que es una de mis virtudes, Moscardón? ¡La generosidad! ―Le pongo mis dos manos en su espesa cabeza llena de pelo negro liso, con fuerza―. Así que... toma unos poquitos pipis, querido vecino. Compartir es vivir, eso dicen los adultos.

Con fuerza, comienzo a restregar mi cabeza con la suya mientras creamos un reguero de espectadores a lo largo de todo el patio, que ríen, chillan o algunos más inconscientes, incluso, animan.

Él intenta zafarse de mi agarre, pero ambos tenemos una fuerza similar en nuestros cuerpecitos de ocho años y así nos quedamos un rato más con nuestros miembros pegados, como si fuesen dos piedras buscando inventar el fuego, mientras los manotazos vuelan e intentamos liberarnos el uno del otro.

No sé cuándo se acaba convirtiendo en una suerte de pequeña pelea.

Ni en qué momento llegan algunos profesores a separarnos y mandarnos con voz firme al despacho del director.