Dos como nosotros Capítulo 1
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Dos como nosotros

Dos como nosotros

Por Luna Duenas

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Capítulo 1

Aún recuerdo el llanto y los gritos de mamá cuando echó a papá de casa.

Los observaba agachada, detrás del leve refugio que me daba la barandilla de madera desconchada, la cual terminaba en las escaleras para llegar al segundo piso donde yo me encontraba observando.

Tiraba sus cosas con rabia por la puerta mientras escupía insultos que, si yo pronunciara, me pasaría tres días castigada sin salir de casa seguro.

Las nubes descargaban su furia sobre el pavimento de las calles con la misma fuerza que mi madre pateaba macutos y objetos que pertenecían a mi progenitor.

―¡Para ya! ―Mi padre se enfurece mientras intenta contenerla―. Precisamente por esto me has obligado a hacerlo. No hay quien te soporte. Ni a ti, ni a la chalada de tu tía. Odié esta ciudad desde el momento en que puse un pie en este lugar y me da asco toda la vida de mierda que hemos llevado aquí.

Mamá patea sus palos de golf otra vez con más rabia y pierde uno de sus zapatos de estar por casa, que también desaparece en algún punto de la acera, junto con las herramientas deportivas.

Rompe incluso un cristal de la puerta. Ni a cosa hecha logras hacer todo eso a la vez; mamá tenía cierto talento.

―Lárgate de mi casa. ―Su voz apenas es un susurro mientras respira agitada a causa del disgusto.

Él no se mueve. Da la sensación de que quiere decir algo más, o que se arrepiente de las palabras que acaba de pronunciar. Pero otro grito de mamá le hace salir de sus cavilaciones.

―¡Que te largues!

―Katherine, yo...

Ella lo agarra de la chaqueta con brusquedad y lo arrastra hasta el umbral de lo que un día fue un hogar feliz, aunque tan solo en apariencia. Aprieto con fuerza los gruesos barrotes de madera y siento un nudo en algún lugar que no sé explicar. No entiendo nada.

―No te quiero volver a ver en mi vida, Ryan ―sentencia, llamándolo por su nombre completo, en vez de Ry, como solía llamarle.

―Se te olvida que tenemos a Mia. ―La lluvia cae sobre él, empapándole―. Y no me vas a negar el derecho a ver a mi hija.

Me tenso cuando escucho que me nombran. La voz de mamá se rompe un poco más. Nunca la he visto así.

―Perdiste ese derecho cuando decidiste acostarte con tu compañera de trabajo sin pensar en tu familia. ―Toma aire intentando mantenerse cuerda―. Ve ahora a jugar a las casitas con ella y destrózala también, es lo único que sabes hacer.

―Te la voy a quitar si es necesario, Katherine. No me vas a prohibir ver a Mia.

―Inténtalo ―lo provoca―. Por suerte, ella sí tiene una madre que la quiere y que haría lo que fuera por ella. Incluso mantener unida a una familia que se cae a pedazos cuando otros salen huyendo.

―¡Di que sí, ahijada!, siempre fue un sinvergüenza. Espero que se le pongan los huevos de corbata, ¡Vergüenza debería sentir de lo que ha hecho!

Descubro a mi tía abuela Ava de repente a mi lado, en la parte superior de las escaleras, señalando con su bastón, inquisitiva, en dirección a ellos.

Lleva el pelo cano recogido en un moño bajo, como siempre suele peinárselo, los labios pintados de un color rojo que no pasa desapercibido y prepara el mejor chocolate caliente con tortitas del mundo mundial.

También me río mucho con ella, dice unas cosas muy divertidas que a los adultos les resultan escandalosas y que, por algún motivo, no quieren que yo escuche.

Papá las señala a ambas con el dedo, amenazante, pero, como en la calle se está armando revuelo y algunos vecinos están acudiendo para ver qué ocurre, decide terminar con la escena.

Todos nos quedamos inmóviles mientras él agarra sus pertenencias maltratadas y esparcidas tanto por el césped como por el camino de entrada a la casa y se sube al coche.

Las ruedas chirrían en el pavimento mojado cuando el vehículo desaparece entre la llovizna y las demás casas de nuestro hogar en Santa Clarita, California.

Hasta entonces mamá, que se había mantenido digna aguantando un chaparrón muy diferente al que estaba cayendo fuera, se permite derrumbarse. Cae, quedando sentada en el frío suelo de cemento, y rompe a llorar desconsolada.

La tía abuela comienza a bajar las escaleras como buenamente puede a pesar de sus setenta y pico y sus achaques, canturreando, como es normal en ella, y yo la sigo.

Bajamos la suficiente cantidad de escalones para ver que varios vecinos se han acercado a ayudar a mamá, entre ellos los Sullivan, que viven en la casa de enfrente.

Ethan y Oliver. También está Claire, la vecina de tres casas más abajo y madre de mi mejor amigo, Liam.

Entre todos intentan calmarla y se agachan a su lado para aportarle el consuelo que necesita.

Lo que no saben, ni yo tampoco, es que ese consuelo no llegaría.

―Mia, vete a tu cuarto ―me ordena la tía abuela.

Yo pongo un gesto de fastidio. ¿Acaso yo con ocho años no tengo derecho a consolar a mi madre? No entiendo muy bien qué es todo esto, pero quiero ayudar. Agacharme, abrazarla y consolarla al igual que están haciendo todos los demás.

―Pero yo...

―Ni peros, ni peras, ni leches en vinagre niña ―me regaña con su peculiar humor y vocabulario―. Vete a tu habitación y escucha a esos cinco pandilleros horteras con cara de chulos que tanto te gustan a toda pastilla y no salgas hasta que vaya a por ti. ¿Me has entendido?

¿Se refería a mis Back Street Boys? Sea como fuere, yo asiento, porque no quiero que se enfade conmigo, y obedezco. Luego, se encamina hacia donde están los demás.

―Terminemos con esto, Kate ―comenta dirigiéndose a todos, cuando los alcanza―. Te prometo que las tres primeras veces son las peores, después ya hasta das las gracias de que se vayan solos. Hay que agradecer al cielo cuando la basura se saca sola.

Antes de darme la vuelta para subir las escaleras y obedecer las órdenes de la tía abuela, lo veo a él. Se me revuelven las tripas con solo mirarlo. Me observa al abrigo del porche frontal de su casa, refugiado de la lluvia.

Nunca conocí en los días de mi vida a un niño más tonto que Adam Sullivan.

Y, para colmo, no solo tenía que aguantarlo en la escuela, sino también en mi vecindario, desde que Ethan y Oliver lo adoptaron hacía un par de años.

Fingíamos llevarnos bien delante de nuestras familias, mientras que en el colegio nos llevábamos como dos ratas peleando por un trozo de pan en una alcantarilla.

Me observa fijamente y puedo notar, incluso en la distancia, cómo brillan sus ojos del color más azul que he visto.

Sé que, sea lo que sea que esté pasando, le agrada verme fastidiada.

Le saco la lengua en un arrebato infantil y me marcho corriendo a mi cuarto dejándolo plantado.