Capítulo 27
CAPÍTULO
VEINTISIETE
RYDER
SEIS MESES DESPUÉS
Seis meses queriéndonos mucho. Eso llevamos.
Seis meses de sexo, risas, discusiones y cambios.
Planes de futuro compartidos que, por algún motivo que desconozco, no dan el vértigo que esperaba; meras cosquillas en la tripa.
Seis meses de cenas con su padre, de organizar una especie de régimen de visitas con Billy y de pasar tiempo de calidad con Archer.
Seis meses viviendo en casa de Levi con la idea de hacer reformas para que cada pareja viva en una planta más o menos independiente con la buhardilla como centro de operaciones.
Es un casoplón y, a la vez, es tan hogar, que a veces me emociono de solo pensar en cómo me ha cambiado la vida sin que en realidad haya habido ningún cambio drástico.
Owen aún no vive aquí. Los Langston lo retienen como a un rehén a cuerpo de rey; y a él le cuesta dejar ese nido de amor paternal.
Lo entiendo. Tener lo que tienen es motivo de envidia.
Por suerte no es una envidia que me produzca rabia ni rencor; Owie es quien es gracias a Logan y a Jackson, y puedo afirmar sin miedo a equivocarme —aunque no lo haga nunca en voz alta ni delante de él— que es una grandísima persona.
Por eso se me escapa la risa cuando lo veo desde la ventana de la cocina.
He bajado a hacer café para los tres. Llevamos todo el día trabajando; Levi y yo en las nuevas actualizaciones de Apocalipsis , y James en el nuevo diseño de la web del gimnasio.
Ha sido cosa mía. Le he dado las bases y lo ayudo mientras él me lo agradece con muchos arrumacos y mamadas varias.
Tres me ha hecho en el transcurso de cuarenta y ocho horas; tres.
Después de la primera vez, arrepentido por tanta contención previa, se ha vuelto adicto.
Y yo, muchísimo, hasta el punto de que a veces soy incapaz de coger el sueño si no siento cómo su boca caliente y húmeda me envuelve la polla y se lo lleva todo con él.
Me libera; de forma literal y de las preocupaciones del día.
Luego nos quedamos tranquilos, pegados el uno al otro, hablando o simplemente escuchándonos respirar y acompasando nuestros latidos.
Dormir con él se ha convertido en mi cosa favorita del mundo.
Y es el momento más ñoño del día, como él dice.
«Nos estamos volviendo ñoños», me suelta a veces cuando dibujo formas en su espalda desnuda.
Lo cierto es que me la pela. Me la pela todo mientas esté con él.
Sigo mirando por la ventana, observando con una sonrisa cómo Owen se baja del coche y abre el maletero. Dejo la bandeja en la encimera y salgo a su encuentro.
Abro antes de que llame al timbre, pero lo hace igualmente con esa sonrisita de suficiencia a la que ya me he acostumbrado. Somos casi de la misma altura, pero él está más cachas. No tanto como James, claro, lo de mi chico es insuperable.
«Mi chico». Qué bien suena, sobre todo cuando lo digo en voz alta. Sin miedo, sin vergüenza, con mucho orgullo.
Zero ladra para llamar mi atención y enseguida lo tengo dando vueltas a mi alrededor.
—Hola, precioso —lo saludo mientras él empuja la cabeza contra mi mano para que lo acaricie; lo hago mientras observo a su dueño—. ¿Qué haces?
—¿No lo ves? —Me señala la maleta que tiene en una mano, de las grandes con ruedas.
—¿Te vas de viaje?
—Claro, de forma permanente. —Resopla al ver mi cara de póquer—. He venido a instalarme con vosotros.
—¿Lo sabe Levi?
—Lo sabrá ahora —asevera con una sonrisa deslumbrante.
—¿No se suponía que tus padres no habían dado el visto bueno?
—Bueno, pues lo han hecho.
—¿También le dieron el visto bueno a él?
Señalo al perro que ahora me lame la mano, imagino que buscando cualquier rastro de comida. Debo oler a café y a la tarta de manzana de los Langston que siempre tenemos en la nevera y que pensaba subir para merendar.
—Hemos quedado en que una semana será mío y otra de ellos. Custodia compartida. —Se encoge de hombros—. No puedo vivir sin mi perro, es así.
—¿Quieres que le diga a tu caramelito que salga a ayudarte? Yo es que tengo la espalda mal —miento, encorvándome de manera exagerada .
La mirada que me dedica es digna de fotografiar.
Y ese es el motivo por el que me encanta hacerlo rabiar, esa mirada de «te odio porque te has tirado a mi novio y lo llamas por apodos absurdos».
Es tan guapo, grandote y, en general, apacible, que verlo enfadado me resulta divertidísimo.
Es como ver al crío de esa película que Billy me hizo tragar cuando era más pequeño…
, El bebé jefazo ; con la diferencia de que Owen es un poco más moreno, tiene los ojos azules y no verdes y, por desgracia, no tiene esos mofletes tan regordetes ni lleva trajes con corbatas.
Me encantaría que tuviera esos mofletes, se los pellizcaría para tocarle un poco más los huevos.
En fin, que no se parece en nada, pero en mi mente la analogía funciona.
Si no lo llamara ya Doctor Manhattan —cosa que odia de manera visceral— lo llamaría Bebé jefazo.
—Mejor llama al boxeador —dice Owen mientras señala las maletas—. Tengo tres más de estas en el coche.
—No quiero que se lesione, esta noche tenemos maratón de sexo.
—No necesito saberlo —gruñe.
—Claro que lo necesitas, ahora que vives aquí, tienes que amoldarte a nuestras normas: los lunes es el día del sexo ruidoso; los martes, mamadas en la cocina; los miércoles, carreras por las escaleras en pelotas…
—¿Por qué eres tan desagradable?
Sonrío de oreja a oreja.
—Bueno, la mayoría cree que soy gracioso, ¿sabes?
Y no lo niegues, si fuera simpático el cien por cien del tiempo no pondrías ese mohín tan mono.
—Extiendo la mano para acariciarle la barbilla y él me da un manotazo.
Me río—. Lo hago por Levi. Le viene bien que te pique, seguro que luego el sexo es más intenso.
A nosotros nos pasa, ¿ eh? Después de cada bronca, follamos a lo bestia y como si no hubiera un mañana.
—Levi y yo no discutimos y nuestra vida sexual, que no tengo por qué compartir contigo, que eres un cerdo, es plena y estupenda.
—Las pequeñas discusiones dan vidilla —le aseguro—. No podéis ser tan perfectos siempre.
—Sí podemos, y ni mi polla ni la de mi alma gemela van a estar cerca de tu culo desnudo jamás. Ni del de James. Ni del pene de James. Ni del tuyo. Ni…
—Vale, vale. Me queda claro —le digo con una sonrisa—. Has dicho «pene».
—Eres muy tonto, Ryder. Muy tonto.
Zero ladra y se adentra en la casa a la carrera. Debe de haber oído a Levi, su persona favorita del mundo después de los Langston. A veces creo que es su persona favorita y punto.
—Y las parejas no siempre se pelean —sigue Owen erre que erre.
—Las parejas normales lo hacen. Eso mantiene una vida sexual saludable y duradera.
—Puedes tener sexo saludable sin discutir.
—Sexo aburrido saludable, querrás decir —replico—. Vosotros lo llamáis «hacer el amor».
Owen se remanga la camiseta blanca que le queda como un guante. No sé si para darme un puñetazo o para darme envidia, sin más.
—Sabes que no engañas a nadie, ¿no? Que vosotros hacéis el amor igual que el resto de gente que se quiere. Que lo puedes llamar como te dé la gana y decir una burrada cada vez que abres la boca, pero se os nota a la legua lo que tenéis. Que me di cuenta antes que tú, por Dios .
—No, no te voy a decir eso porque sería mentira y es cierto que a veces somos gente pausada a la que le apetece sexo pausado.
O vagos. Que a veces solo somos vagos. Pero lo cierto es que con él la vida es una montaña rusa constante.
Y sin barrera de seguridad, además. Subes sin agarrarte a nada y te dejas llevar. Adrenalina pura. Así somos James y yo.
—No sé si eres consciente de lo bonito que es lo que acabas de decir.
—Qué va, bonito es lo que te voy a decir ahora: no se lo digas a tu amigo, pero cuando estoy arriba del todo, en la cima de la montaña rusa, cuando veo que tengo el mundo a mis pies y no alcanzo a ver el final del cielo, ya sabes, cuando todo es horizonte, ahí me creo invencible.
Levanto las manos, cierro los ojos y dejo que la gravedad y la velocidad de la bajada me lleven. Eso sí que es bonito. Y muy cierto.
—Oh, pero Ry tiene corazón… Qué mono —se burla, imitando la forma en la que James me llama la gran mayoría de las veces.
—Bueno, tampoco te pases. Las almas gemelas monas sois vosotros, nosotros somos el lado oscuro de la predestinación, como Noches oscuras: metal .
—No pillo la referencia.
—Claro que no; por eso tu compatibilidad con mi chico siempre ha sido tan baja.
—Un mísero cuarenta por ciento. Y, aun así, los celos te comían vivito, ¿eh?
—Es demasiado pronto para hacer bromas con eso, tío —se lo digo aparentando seriedad cuando lo cierto es que confío plenamente en James y en lo que siente por mí.
Sé que estuvo enamorado de Owen. No fue un espejismo.
La nuestra no es una de esas historias de amor en las que el prota se da cuenta de que nunca estuvo enamorado de su mejor amigo.
No. James estaba loco por Owen, por la idea que tenía de él, por lo que creía que podrían tener.
Pero eso nunca pasó y yo me crucé en su vida y lo gané con mi encanto.
Es así. Gané a Owen Langston y me llevé a la mejor alma gemela del mundo.
Un cuarenta por ciento de compatibilidad para una amistad no es tan malo; los amigos a veces echan raíces en las diferencias.
Pero una pareja con ese porcentaje tan bajo de afinidad se iría a la mierda.
O necesitaría mucho trabajo diario. Y tampoco es plan.
Las relaciones hay que trabajarlas, sí; respeto, fidelidad, confianza…
Pero si hay que luchar cada día para que el barco no se hunda, es mejor bajarse en un puerto seguro y quedar para tomar cócteles de vez en cuando en una playa.
Desde que estoy enamorado soy un poco poeta, sí.
—Lo siento, yo… —se disculpa Owen, que se ha creído que estaba ofendido.
—Joder, era broma. Puedes hacer las bromas que quieras. Yo también puedo recordarte que tu caramelito y yo…
Alguien me da un empujón por detrás. Levi, cómo no.
—Para ya. —Mi amigo se abre paso hasta colocarse delante de su novio, a quien se le ilumina la cara de una forma que debería ser ilegal.
Owen se lleva las manos a los bolsillos y mira a Levi como un tonto enamorado. Pongo los ojos en blanco.
—Ey.
—¿Eso es…? —Levi tiene la mirada clavada en la maleta que descansa a sus pies.
—¿Te parece bien?
—¿Tú qué crees? —Mi amigo lo sujeta de la cintura y lo atrae hacia sí—. Por fin.
—Por fin —repite Owen antes de comerle la boca a su alma gemela como si llevara meses sin verlo cuando lo cierto es que se fue anoche a eso de la una de la madrugada.
Muy a mi pesar, sonrío. ¿Cómo no hacerlo? Me gusta ver feliz a Levi, casi tanto como ver al tonto de Owen babear por él. Es lo que tiene enamorarse, al final acabas sonriendo por tonterías.
Me giro para ir a buscar a mi otra mitad y dejarles intimidad, cuando escucho que Owen me grita desde atrás:
—No te olvides de decirle al boxeador que baje a cargar. Y rapidito —agrega.
Pero no hace falta que le diga nada, porque James está en la cocina, ha debido bajar con Levi, con una de las tazas de café que había preparado en la mano y la otra en la cabeza de Zero, que le da empujoncitos con la narizota, así como lengüetazos, para indicarle cómo tiene que acariciarlo.
Qué perro más adorable. Me va a encantar tenerlo en casa y ganármelo; será otra manera de tocarle los huevos a Owen.
—Ya lo has oído —hago un gesto hacia donde están nuestros nuevos «compañeros de piso»—, a cargar, boxeador.
James deja la taza de Batman que le regalé el día que decidimos que se mudaría conmigo y me señala la ventana.
—Pues espero no tener que cargar también con los dos que están escondidos detrás del coche.
Ambos dirigimos la vista hacia el exterior, hacia Jackson y Logan, que intentan mantenerse no solo ocultos, sino serenos. ¿De verdad creen que no se les ve?
James y yo estallamos en carcajadas cuando vemos salir a Owen de casa y darse cuenta de que dos polizones cero discretos lo han seguido hasta su nuevo hogar; se dirige al coche para echarles la bronca y es todo tan hilarante que me cuesta dejar de mirar.
Pero lo hago, porque James me tira de la manga y reclama mi atención.
—Lo que has dicho de la montaña rusa es muy bonito. —Mi chico me agarra de la camiseta para acercarme más a él—. Pienso lo mismo.
—¿Sí? —Le rodeo el cuello con las manos y le beso la comisura de los labios.
—Sí. Estar contigo, solo pensar en ti, de hecho, es como un chute de adrenalina. Y no es la primera vez que la analogía de la montaña rusa me viene a la cabeza desde que empezamos a estar juntos.
—Compatibilidad del noventa y siete por ciento, nene; un poco más y nos comemos a esos dos.
James se ríe.
—Que no te oiga Owen, que se lo tomará como una competición y no habrá quién lo aguante. Pero, no sé… —empieza a decir con timidez.
Es adorable cuando me dice cosas románticas que parece que se le escapan. Como aquella vez que me dijo lo del talismán y yo creí que hablaba de su puto mejor amigo.
La noche después del Galaxy, esa noche que nos abrió los ojos a ambos de par en par, me lo contó.
Que lo decía por mí, que sí, que siempre había creído que ese amuleto era o iba a ser Owen, pero que nunca lo fue en realidad.
Que Owen sigue siendo casa para muchas cosas y que espera que siga siendo así, pero esa parte del alma que puede llevar consigo siempre y que es lo que lo ancla a un lugar, soy yo.
Y me parece tan bonito y surrealista que nos digamos estas cosas…
—¿Qué? —lo animo a seguir tras darle un dulce beso en los labios. No le meto la lengua porque si lo hago sé cómo vamos a acabar y tampoco quiero traumatizar a Owen en su primer día en casa.
—Que lo que me atrae no es solo la emoción de la caída.
Que sí, que me flipan las curvas inesperadas, los giros que me desorientan y ese miedo a caerme.
Pero la verdad es que también me encantan las subidas lentas; a veces, incluso más que la locura de bajar a toda hostia.
Ascender juntos, en el mismo vagón, pegados.
Despacio, pero lleno de ese tipo de anticipación que te llena el pecho.
Si… —titubea, y lo entiendo, a mí se me ha entrecortado la respiración de puro amor— estamos juntos, estamos bien.
Donde tú estés, yo estoy, y estaré bien. Lo sé.
—Donde tú estés. Siempre —le aseguro antes de sumirlo en un beso enorme.