Capítulo 26 #2
—Haced caso a James, por favor, id a leed Call Me By Your Name o algo de eso. Subrayad párrafos en paz y armonía, como las almas gemelas empalagosas que sois.
Levi me saca el dedo corazón y Owen bufa, indignado. Se dirigen de la mano hacia las escaleras, pero antes de empezar a subirlas, Owen se gira y me dice:
—Siento lo de ayer. Yo… estoy celoso, ¿vale?
A veces, cuando te miro, pienso en que te has acostado con Levi y lo veo todo rojo.
Pero sé que es ridículo y sé que es pasajero.
No me caes mal, al revés, creo que podríamos llevarnos muy bien, pero cuando me atacan, ataco.
Y, a veces, muerdo. Y, no sé po r qué te estoy diciendo esto ahora, pero quiero hacerlo antes de que arregles las cosas con James.
Ayer, cuando lo vi muerto de la preocupación porque no te encontraba, cuando por fin reconoció que estaba enamorado de ti, me sentí como una mierda. Y…
—¿Estás enamorado de mí? —le pregunto a James casi sin voz. No era mi intención sonar inseguro y sin aliento, pero es lo que hay. ¿Qué otra cosa puedo hacer?
—Levi, ¿te puedes llevar a tu novio, por favor? —le ordena James sin separar la vista de mí.
—Hecho. —Levi se ríe y empuja a Owen escaleras arriba entre risas que suenan a adolescencia y a una alegría tan real que podría hasta tocarse.
Y me desconcierta. Mucho.
Vuelvo a mirar a James. Se acerca a mí. Un paso.
Dos. Yo permanezco inmóvil porque, desde que me he llevado las cosas de casa de mis padres, parece que he entrado en un universo paralelo; quizá el Doctor Manhattan está manipulando mi línea temporal como en El reloj del día del juicio final , un cómic que le gusta mucho a James y nadie sabe muy bien por qué.
Y hablando del Doctor Manhattan…
—Ayer en el Galaxy pensé algo que me hundió en la más absoluta de las miserias —suelto justo cuando él separa los labios para hablar—.
A veces mi cerebro no pilla las cosas hasta que no le doy ejemplos que pueda entender.
Es lentito, el pobre. Por eso no supe lo que sentía por ti hasta que fue demasiado tarde…
—Es que no es demasiado tarde —replica, acercándose un poco más, pero detengo su avance levantando una mano.
—Déjame acabar. Pensé que Owen era como el Doctor Manhattan en Watchmen , ¿sabes? Y no me hizo ni puta gracia descubrir que, en esta relación de tres, yo era Búho Nocturno; y que no podía competir contra él.
—No hay ninguna relación de tres por ningún lado. Un momento. Si él es Doctor Manhattan y tú Búho Nocturno, ¿eso me convierte a mí en…?
—Laurie Juspeczyk, sí —termino por él—. Espectro de Seda II.
—Estupendo. Obviaré eso por un momento, no demasiado, pero me parece más importante aclarar una cosa. Dime, ¿por eso te fuiste?
—Bueno, ya sabes cómo soy, pragmático hasta la médula. Para qué luchar si la guerra está perdida. —Suspiro hondo. Me cuesta un mundo no apartar la mirada—. Pragmático y vago. Paso.
Sonríe y niega con la cabeza.
—Pero es que estás tan equivocado… ¿Cómo podemos leer las mismas cosas y sacar conclusiones tan distintas? Y quien dice «distintas» quiere decir que yo tengo razón y tú no.
Bufo, pero no me da tiempo a decir nada porque James sigue hablando:
—Para empezar, el Doctor Manhattan es frío, distante, deshumanizado, cero empático…
—Ey, yo no soy ninguna de esas cosas. —Se oye decir a Owen desde donde quiera que esté oculto en las escaleras.
—¡¿Estáis de coña?! —grita James.
—Nos vamos, nos vamos —asegura Levi, a quien tampoco vemos, pero que claramente está al lado de Owen.
Yo no oigo pasos, pero estoy tan inmerso en James que tampoco me importa. Se acerca un poco más y, de forma tentativa, me coge un dedo; solo uno, el meñique, y lo enlaza al suyo. Balancea nuestras manos unidas con cierto nerviosismo y continúa:
—La relación de Laurie y Doctor Manhattan estaba abocada al fracaso desde el inicio. Es como una metáfora de la desconexión emocional. Al principio ella se siente fascinada por él. Por su poder, su intelecto, su… todo.
—Su rabo —matizo—. Ibas a decirlo, no lo niegues.
—Te equivocas, listillo. Es verdad que en el tema sexual tiene muchos beneficios ser su pareja, pero no iba a decirlo. Iba a intentar ser un poco más romántico, la verdad.
—¿Por qué? No lo eres y yo no lo necesito. Quizá por eso Soul Finder se empeña en unirnos, porque somos iguales en esas cosas, en la esencia.
—Soul Finder no se empeña en hacer nada, lo hacemos nosotros solitos con nuestros intereses y afinidades. Pero eso ya lo sabes, no seré yo quién se lo explique a uno de los creadores.
—A ver, el creador soy yo, tampoco nos pasemos —replica Levi desde las escaleras; parece aún más cerca que antes.
—Tíos, idos un poco a tomar por culo —se queja James, girándose hacia la voz, esté donde esté. Luego, para mí, añade—: Su ruptura es inevitable, cuando ella ve que sus emociones no van a ser correspondidas, lo deja.
—Bueno, esa es una interpretación —matiza—. Cuando Laurie ve que no la quiere como ella a él, busca consuelo en un ser más… terrenal y del montón.
—¿Y se supone que tú eres terrenal y del montón?
¿Tú? Vale, terrenal sí, eso no voy a poder negarlo, pero destacas en todo lo demás.
Eres guapísimo, divertido, interesante, tienes una capacidad asombrosa para reponerte de los golpes, tanto físicos como emocionales; lo haces con rapidez y con una especie de belleza admirable.
Eres un pequeño genio, aunque lo ocultas bien tras esa fachada de «me la pela todo»; eres noble, sincero, gracioso y, aunque tu sentido del humor a veces cumple esa doble función de escudo y arma arrojadiza, es brutal y encantador a partes iguales.
Cocinas que te mueres, mi padre te adora y el otro día mi madre me dijo que no se le ocurría mejor pareja para mí que tú; ella, que nunca está el tiempo suficiente como para darse cuenta de nada, te captó en tres cenas.
—Lo del humor sí es un don, no te voy a decir que no. Me salva muchas veces.
—Como a Deadpool.
—Deadpool es un poco gilipollas.
—Tú también —me dice con una sonrisa juguetona y sincera.
—Es cierto. —Le devuelvo la sonrisa.
—A lo que iba —continúa James—. Búho Nocturno y Laurie comparten infinidad de cosas y tienen una relación muchísimo más real y cercana; se encuentran el uno en la otra.
Y, de todas formas, no somos ellos. No nos parecemos en nada a ellos.
Te he seguido el rollo porque hablar de Watchmen contigo es una de mis cosas favoritas en el mundo, pero aparte de la conexión que una app nos haya dado, la química que tenemos en la vida real es tan evidente y tan aplastante que no sé cómo la he podido negar durante tanto tiempo.
—¿Ya no la niegas?
—¿Lo haces tú? ¿Puedes?
—Yo me he levantado con el propósito de olvidarte, de olvidarlo todo y empezar otra vez; entenderás que esta pseudodeclaración de amor me pille por sorpresa.
Mis palabras consiguen que me apriete con más fuerza, como si le doliera comprender lo cerca que ha estado. Somos todo y no somos nada. Todo puede cambiar en un parpadeo; todo. Y eso me aterra tanto como sé que le aterra a él.
—¿Pseudo? —ironiza—. Venga, hombre, ¿qué más quieres?
—Que me cantes —propongo como si nada—. Nadie quiere cantarme. A Owen le cantaron en plan serenata. Y no puede ser que me gane.
—No te gana en nada porque no es una competición.
James me suelta el meñique, me agarra por la cintura con ambas manos y tira de mí hacia él.
Primero acerca la boca a mi cuello y la arrastra por mi piel.
Me estremezco y siento un cosquilleo delicioso que me recorre todo el cuerpo.
Su calor me envuelve, sus labios húmedos y calientes me llevan por lugares que conozco bien y a los que pensé que nunca regresaría.
El alivio me invade. También una necesidad tremenda por estar más y más cerca.
¿Cuánto tiempo llevamos así? Ni idea, pero no aguanto más este silencio ni estas ganas.
Giro la cara y le como la boca. Sabe como siempre y a la vez sabe a cosas nuevas.
A casa y a esperanza. A charlas por venir. A sexo sucio por practicar.
Cuando logramos separarnos entre jadeos y sonrisas, le digo:
—Solo tú podías hacerme una declaración de amor citando a Watchmen .
—Empezaste tú. Y sé que aún tenemos cosas de las que hablar y que aclarar, pero es un paso, ¿no?
—¿Un paso? Es la mejor declaración de amor del mundo. Si la coronas con una mamada te declaro devoción y fidelidad eternas.
James suelta una carcajada.
—No es mal trato. Aunque ya cuento con ellas, la verdad.
—Vale, y solo para que conste, por si queda alguna duda: yo también estoy enamorado de ti.
—Míralo, sin metáforas ni analogías ni hostias, ahí, a pelo.
Le doy un puñetazo suave en el hombro y él pega nuestros cuerpos una vez más. Sus manos en mi cintura, las mías en su nuca.
—Yo también seré directo. Te quiero —me dice—. No quiero a Owen. Te quiero a ti. Me llenas entero. No tengo espacio para nada más. —Hace una pausa y añade—: ¿Se me escucha bien desde las escaleras?
—Alto y claro —asegura Levi.
—Sí —contesta Owen, la sonrisa evidente en su voz.
—No te quiero, Owen.
—Vale, me ha quedado claro. Como pareja, entiendo. Como amigo soy lo más. Luego hablamos de lo de compararme con un ser azul sin sentimientos, pero…
Levi debe taparle la boca y llevárselo, porque escuchamos ruidos de pasos, varios «au» y «joder» y, a partir de ahí, dejamos de escucharlos.
—¿Te quedas conmigo? —me pregunta James con cierta timidez, pero con la voz cargada de cosas bonitas.
—¿Dónde?
—¿Importa?
—La verdad es que no. Donde tú estés, estaré bien.
—Lo beso y, con la boca pegada a la suya, me sorprendo a mí mismo confesándole una vez más—: Te quiero.
—Dos palabras, nada más. Pero suenan potentes.
Suenan eternas. Y, contra todo pronóstico, la sensación de plenitud es tan liberadora y ridícula que estallo en carcajadas y le repito—: Te quiero, James Wilson.
—Te quiero, Ryder Jones.