Capítulo 26
CAPÍTULO
VEINTISÉIS
RYDER
Bajo del coche las dos bolsas de lona llenas de ropa y recuerdos que me he llevado de casa de mis padres.
Parece mentira, pero el hecho de haber hecho las maletas y haberme cargado el equipaje al hombro me ha quitado un peso gigantesco de encima.
Qué ironía más grande. Porque, además, casi no pesa.
Físicamente, no me pesa. No he perdonado ni tiene pinta de que vaya a hacerlo pronto.
El rencor está ahí como lo están las ganas de follar o el amor por mis hermanos.
Es. Existe. Pero no duele. Y eso me hace sonreír.
Sonreír de verdad. Es la primera vez que lo hago desde que dejé anoche el Galaxy decidido a olvidarme de todo.
Entro en casa de Levi esperando que no me haga demasiadas preguntas sobre por qué me enfadé tanto ayer y que no me obligue a pedirle perdón a su alma gemela. Quiero descansar. Solo un poco. Ducha, dormir y luego me pondré a trabajar y a ser yo otra vez.
El día con mi hermano me ha venido de maravilla.
Estar lejos de mis padres nos sienta bien a ambos.
Cuando vuelva a ser persona otra vez, buscaré otro gimnasio, empezaré a mirar casas y organizaré días y sitios para poder ver a Billy.
Me las ingeniaré para que pueda venir a pasar algún fin de semana conmigo.
Tengo planes. Planes de futuro. Y, aunque ahora estén encapotados como el azul del cielo, me levantaré un día y brillará el sol. A tope y a lo bestia. Lo sé.
—¡Ryder! ¿Dónde estabas? —grita Levi, corriendo hacia mí como si llevara meses sin verme.
No es la primera —ni la centésima— vez que duermo fuera y me quedo sin batería en el móvil. Aunque esta vez lo haya apagado yo con voluntad y alevosía. Quería desconectar. Me repongo rápido de los golpes, pero coño, hasta yo necesito un tiempo.
—He ido a ver a Archer.
De repente me veo sumergido en un abrazo de oso que no me espero para nada. El algodón suave y gastado de una de sus camisetas grises de Apocalipsis me acaricia la nariz; huele a suavizante y a… casa.
—¿Por qué me abrazas? —le pregunto cuando por fin me suelta.
—Estábamos locos de preocupación.
«¿Estábamos?», quiero preguntar. «¿Quiénes?
». Pero entonces, para mi total desconcierto, me vuelve a abrazar.
No entiendo nada. Nunca hemos sido de abrazarnos mucho.
Es cierto que él es más cariñoso que yo, que por lo visto soy de querer en silencio y casi sin enterarme, pero esto es excesivo hasta para él.
—Sabes que esta es tu casa, ¿verdad? —declara con una solemnidad que me descoloca aún más.
—Hum, ¿a qué viene esto?
—Lo sabes, ¿no? —insiste.
—Pues… no. Esta es tu casa. Te la compraste ha ce cuatro años y no puedo estar más orgulloso de ti, caramelito, pero mía ya te digo yo que no es.
—Es un decir, Ryder. Aunque en tu caso es casi literal también. Cobras menos de lo que deberías, echas muchas más horas de las que se esperan de ti, cocinas… Si es un tema de dinero, está cubierto. Si no quieres, no tendrías por qué contribuir económicamente, lo haces en todos los demás aspectos.
—¿Me puedes decir a qué viene esto?
Levi suspira, mira al techo y luego clava esa mirada intensa y sincera en mí. Tiemblo.
—Cuando pasó lo de tu padre… Me contaste poco y con escasos detalles, y yo no quise preguntar porque sé que no te gusta hablar de ello.
Simplemente ibas y venías. Sin dar explicaciones, sin mayores dramas.
«Mi padre es un hijo de puta» o «me gustaría ver más a mis hermanos» eran las pocas cosas que decías cuando volvías. Nunca pensé hasta qué punto…
—En serio, ¿por qué estamos hablando de esto? —Miro al suelo, a mis bolsas de viaje, y una ola de timidez y agobio me cubre hasta casi ahogarme—. Esto es provisional, no te preocupes, es mientras encuentro algo.
Parece que va a volver a abrazarme y me aparto; tampoco nos pasemos. Pero entonces empieza a dar vueltas en círculos muy pequeños, tirándose del pelo.
Cuando me mira, tiene los ojos llenos de… culpa. De remordimiento.
—Soy un amigo de mierda si de verdad nunca te he hecho sentir que esta era tu casa. Porque lo es, Ryder.
—Oye, churrito, no te preocupes. Está bien. Todo está bien. Tú ahora tienes a Owen y…
—¿Y qué? —me corta—. Tengo a Owen y doy gracias al universo cada día, no te lo voy a negar. Pero nunca se trató de cambiarte. No se trata de elegir entre uno y otro. Te necesito en mi vida. Eres mi mejor amigo. Mi hermano.
No sé manejar tal grado de intensidad. No puedo llorar. Y, sin embargo, es lo único que quiero ahora mismo. ¿Será como una especie de compuerta que, una vez abierta, no puede cerrarse? Porque me puedo cagar un poco en la puta.
—Oye, pues deberíamos llamar a Archer para decírselo, le va a hacer mucha ilusión tener otro hermano —digo para rebajar la intensidad de su confesión—. Y más si eres tú, sabes que te idolatra. «Oh, Levi, Dios de Apocalipsis ». Lo veo. Y a Billy dale un año.
—Calla, idiota. Y Apocalipsis también es tuyo. Me ayudaste a crearlo, me das ideas cada día, trabajas a destajo para que todo vaya bien.
Me quedo callado. No sé a qué se deben todos estos cumplidos. No los necesito. No soy así. Sé que valora mi trabajo. Siempre lo ha hecho, nunca me he quejado. Jamás me he quejado de nada en lo que a él respecta, es muy buen amigo; y muy buen jefe.
—Levi, ¿qué está pasando?
—Está pasando que quiero que traigas todas tus cosas y que consideres el día de hoy como el día de tu mudanza definitiva a esta casa.
Desde hoy vives aquí de forma oficial. Esta no es solo la dirección fiscal en la que curras y recibes todas tus cartas, facturas y paquetes. Esta es tu casa. Vives aquí. Conmigo.
—Estas son todas mis cosas; al menos todas las que me importan —logro decir, pero la emoción me puede. No entiendo por qué ahora. No entiendo nada.
—Por favor, perdóname.
—No tengo nada que perdonarte, de verdad.
—Bueno, tú dime que me perdonas, que estás de acuerdo en vivir aquí y ya.
—Estoy de acuerdo. —Ante su enorme sonrisa, añado—: Pero quiero pagar el alquiler.
Y eso no es negociable. Aunque sé que curro como un puto amo y me debes la vida y todo eso.
De nada, por cierto. Y ya me dirás a qué se debe esa exaltación de la amistad y replanteamiento de nuestras vidas, pero sí, viviré aquí.
—Perfecto.
—Pero lo de perdonarte…, no sé…
—¿Qué? Haré lo que sea, dime.
—Quiero que me cantes, como a Owen.
Levi suelta una carcajada.
—¿Sí? ¿Y qué quieres que te cante, imbécil?
—No sé, Just Like Heaven , de The Cure.
—Temazo —dice una voz a mis espaldas.
Me doy la vuelta y veo a James en las escaleras, agarrando el pasamanos con fuerza como si necesitara de su apoyo para mantenerse en pie.
Me está mirando con la sonrisa más expresiva que le haya visto jamás.
Expresiva por lo que dice, por lo que transmite, porque no esconde nada.
Es triste, pero rezuma felicidad, como si se alegrara de verme; no, como si verme fuera todo lo que necesita en el mundo.
¿Qué ha pasado? ¿Por qué de repente el mundo es como quiero y hay hogares y chicos guapos en mis escaleras?
Y, al lado del chico guapo en cuestión, Owen Langston; con otra sonrisa que no sé definir porque no lo conozco lo suficiente, pero que me baja el subidón de inmediato.
—Pues ya estamos todos. —Suspiro, fingiendo indiferencia.
—¿Dónde estabas? —me pregunta James llegando hasta donde estoy en tres zancadas.
—En casa de un chico; lo conocí en la puerta del Galaxy; una cosa llevó a otra y…, ya sabes.
Parece momentáneamente desolado, pero se repone en cuestión de segundos. No me cree. El muy cabrón no me cree.
—Estaba con su hermano —explica Levi, a quien nadie le ha dado vela y así se lo hago saber con la mirada.
—No has estado con nadie —afirma James con voz firme.
—¿Y por qué estás tan seguro? ¿Eres omnisciente? Te recuerdo que el Espectro soy yo.
—Es como Jean Grey en ese número de X-Men que… —empieza a decir Owen.
—Eso es de Marvel —lo corregimos James y yo a la vez con la voz crispada. Enseguida nos estamos mirando con una intensidad tal que es una de las pocas veces en las que me veo obligado a apartar la vista.
—Perdón, perdón. No sabía que seguíamos una temática concreta —se defiende Owen, levantando las manos en señal de rendición para, acto seguido, tener el valor de hacernos burla—: «No, no somos almas gemelas» —dice con tonito, no sé si imitando a James o a mí, porque lo hace fatal—. No sois almas gemelas, mis huevos.
—Sé que no estuviste con nadie —continúa James después de fulminar a su amor platónico con la mirada—.
Y lo sé porque te busqué, eso lo primero.
Porque cuando no llegabas fui a buscarte a los baños, a las barras y a la calle.
Y sí, podría haber pasado, pero ni siquiera tú eres tan rápido.
¿Llevarte a alguien a la cama en quince minutos?
Vale, va, eres perfectamente capaz, pero sé que no lo hiciste.
Porque estás conmigo. Por eso lo sé. Y eres muy gilipollas y te gusta mucho picarme.
Pero sé que desde que empezamos a estar juntos de verdad, desde que nos reconocimos como almas gemelas, aunque lo negáramos, no has estado con nadie.
—Ah, ¿sí? ¿Lo sabes? Y lo de las almas gemelas… —Resoplo—. No sé, boxeador, ¿te has dado algún golpe en la cabeza?
—Lo somos. Lo siento aquí. —Señala ese punto en el pecho donde yo también lo siento. Ese punto que pica, que arde cuando está cerca o pienso en él—. ¿Os podéis largar, por favor? —añade mirando a nuestros amigos—. Así no hay manera de declararse.
—Ah, ¿que te estás declarando? —Lo pregunto con chulería, como si no me importara, pero lo cierto es que mi corazón se debate entre pararse o desbocarse.
—Creo que ha llegado el momento de dejar las cosas claras. —James me mira a los ojos.
Vale, no puedo negarme a esa mirada. No puedo y no quiero. Con el pulso acelerado, les hago un gesto con el dedo a nuestros amigos para que se marchen.