Donde tú estés (Soul Finder 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

CAPÍTULO

VEINTICINCO

RYDER

El piso donde vive mi hermano no está lejos, a poco más de media hora en coche desde la casa de mis padres.

La universidad de Dormster, no está entre las mejores del país, pero la intención de mi hermano siempre fue alejarse de casa y, al mismo tiempo, vivir cerca de nosotros.

De Billy y de mí. Sé que se siente culpable por haberse ido —cuando yo he aguantado lo inaguantable para no hacerlo—, pero también liberado.

No lo he avisado de que venía, y no sé qué me voy a encontrar.

Ni siquiera se me ha ocurrido la idea de no ser bienvenido y ahora dudo.

Joder con James. Antes no tenía en cuenta este tipo de cosas y ahora tengo un jodido nudo en la garganta solo de pensar en la idea de que mi hermano no me quiera ahí.

Porque sin él no me queda nada. No tengo un lugar al que ir.

Sí, está Levi, y sé que le importo. Pero ya no somos solo Levi y yo, y mentiría si dijera que eso no me afecta nada.

No era consciente, pero lo hace. Tengo la puta sensación de que todos avanzan menos yo.

Me he quedado atrás, en el momento en el que decidí hablar con mis padres sobre mi sexualidad y todo se fue un poco a la mierda.

Me siento el mismo idiota de veinte años que permanecía delante de casa esperando a que alguien le abriera la puerta.

—¿Ryder?

Estoy temblando. Tengo el móvil apagado y me encantaría apagarme a mí mismo. Dejar que pase el tiempo. No sentir. Qué fácil sería todo si no sintiera como lo hago. No quiero que él me vea así. Se supone que es mi hermano pequeño, que soy yo quien tiene que consolarlo y no al revés. Dios.

—Lo siento. —Me aparto el flequillo de la cara, un poco nervioso, quizá demasiado ansioso—. ¿Puedo pasar? Yo… —Se me corta la voz. Respiro, respiro, respiro—. No tengo a dónde ir.

—Pero ¿qué te ha pasado? —La preocupación en el gesto de mi hermano logra que me rompa en pedazos.

Así, sin más. No recuerdo cuándo fue la última vez.

Dudo que haya habido alguna. Me he esforzado en ser fuerte, en aguantar, por ellos.

Siempre por ellos. Uno de nosotros tenía que serlo y resulta que soy el mayor.

«Eres el ejemplo. Y vaya ejemplo». La voz de mi padre se me mete dentro y me apuñala con ganas.

Mi hermano me abraza y me empuja hacia adentro.

Intento no llorar, que él no lo vea. Lo intento de veras, pero es como si un río furioso saliera de mí y no pudiera hacer nada por controlarlo.

No sé cómo llegamos a su habitación, pero las horas pasan y me quedo dormido entre lágrimas y balbuceos que dudo que él logre entender.

Me despierto con los ojos oscuros de mi hermano clavados en mí.

Son herencia de mi padre, pero los suyos están llenos de preocupación.

Sé cuánto me quiere, del mismo modo en que sé cuánto le duele no saber qué me pasa ni poder hacer nada por aliviarme.

Me pongo en su lugar y solo quiero darme una paliza a mí mismo por hacerlo pasar por esto.

—Deja de mirarme así.

—No puedo. Estoy muy orgulloso de ti, hermanito.

—¿Orgulloso? —Enarco las cejas.

—Nunca habías pedido ayuda. Veintisiete años tragando mierda y nunca le has pedido ayuda a nadie. Ya era hora de que estallaras. Incluso tú te puedes romper. Ojalá fuera tan valiente como tú.

—No soy valiente —le aseguro—. Joder, soy la persona menos valiente del mundo.

—Eres valiente —replica—, casi tanto como idiota.

Dime, ¿por qué sigues yendo a casa? Ni mamá ni papá te merecen.

Los dos te hacen daño y tú sigues ahí, aguantando los golpes y el rechazo cuando podrías estar en cualquier sitio.

Ryder, podrías comerte el mundo si quisieras.

Eres listo, independiente, tienes un buen sueldo que te ganas desde hace mucho tú solito.

Pero sigues esperando a que mamá te llame para ver si puedes ir a dormir a casa.

¿Cómo lo soportas? Porque yo no podría. Ni siquiera por Billy.

Soy así de egoísta. Por eso me fui, ¿sabes?

Le doy un puñetazo en el hombro.

—Eh, no eres egoísta. Yo también me habría marchado de ser tú.

—No lo has hecho. —Me da un capirotazo en la nariz que me hace estornudar. Le doy un guantazo y él se ríe. Sabe cuánto odio que haga eso—. Podrías haberlo hecho, pero no. Pensaste primero en mí y ahora en Billy. Y el renacuajo es el que mejor vive de los tres, aunque sufre porque te quiere.

—Bueno, ya tiene catorce años. Cuatro más y podremos, no sé, comprar una casa enorme para los tres. Sería guay, ¿no? Maratones de pelis cada noche. Chicas para vosotros y muchos chicos para mí.

Mi hermano se ríe.

—Nos mataríamos.

—Pero estaríamos bien. Yo… —Suspiro hondo, intentando encontrar las palabras—. Solo quiero que seáis libres, que podáis decidir. No os faltará de nada si os marcháis de casa. Yo me encargaré de eso.

—Lo sé. —Me mira a los ojos—. Nunca me contaste cómo fue, cuando papá se enteró. No estaba en casa.

—Me aseguré de que no estuvieras.

—¿Te hizo algo?

—¿Aparte de no decir ni mu y echarme de casa?

No. —Mi padre nunca ha sido de emplear la fuerza bruta.

Te hiere con palabras y actos; incluso con silencios.

Hay silencios que son más dolorosos que los golpes—.

Ya sabes cómo es. Me dijo que no me quería ver por ahí cuando él estuviera.

—Me ahorro toda la parte en la que exponía lo decepcionante que era haber tenido un hijo como yo, y todo lo demás—. Al menos me dejaba ir a veros.

—¿Tuviste miedo? Cuando se lo dijiste, me refiero.

—Sí y no —contesto—. ¿Alguna vez has sentido que todas las puertas y ventanas de tu vida se abren de par en par?

El viento de fuera es tan fuerte que, cuando intentas cerrar una, la otra se vuelve a abrir.

Y así con todo, una y otra vez. Así fue mi vida desde que empecé a liarme con chicos.

Me sentía extraño. Estaba en una puñetera mentira y me odiaba a mí mismo por eso.

Yo solo quería que lo supierais. Odio los armarios, ya lo sabes.

Archer resopla. Se revuelve el pelo negro en un gesto que me recuerda a mí.

Siempre se lo corta de la misma manera, con el largo un poco por encima de la nuca, lo que hace que sus rizos naturales se le muevan de un lado a otro.

Lo de los rizos también es herencia de mi padre.

Archer y él son como dos gotas de agua, al menos en el físico.

En lo personal, mi hermano es un tío a quien le confiaría mi vida.

—Me jode que no pudieras contárnoslo tú. Al final nos lo soltó como le dio la gana.

Me quedo callado. ¿Qué puedo decir? Es una de las cosas más dolorosas que he tenido que vivir. No saber qué pensarían mis hermanos, no estar ahí para defenderme.

—Fue horrible, ¿sabes? Escuchar todo eso de su boca.

Porque era de ti de quien hablaba. Me moría de la impotencia por no poder defenderte y se me atascaba la voz.

Fue frustrante. Billy se pasó la noche llorando.

No entendía por qué tenías que dormir fuera de casa cuando los Langston estaban casados y no pasaba nada.

—Ya. —Sonrío.

La mención de los Langston me hace pensar en Owen, a quien por aquel entonces no conocía y solo era una idea: «el hijo de esa pareja de homosexuales».

Pero hoy es uno de los motivos por los que estoy aquí.

Owen y James. James. James. Dios. Miro al techo, intentando concentrarme en algo que no sea volver a llorar como un crío.

—¿Me vas a contar qué te pasa? Porque dudo que papá te haya traído hasta aquí .

Suspiro. No tiene sentido que lo alargue. Giro el rostro hacia él.

—¿Sabes eso que te acabo de contar de las ventanas?

Pues resulta que dejé una demasiado abierta y se coló alguien.

Un chico —añado bajito—. Creí que se iría.

Es lo normal. Los chicos entran y salen y no pasa nada.

Pero él se quedó el tiempo suficiente para que lo conociera y empezara a sentir… cosas.

Mi hermano abre los ojos de par en par.

—¿Esto es por un tío? ¿Te has enamorado?

Me sorbo la nariz. Ni idea de cuándo he empezado a llorar otra vez.

—Ya, soy lo peor. Tanto reírme de las almas gemelas y resulta que yo también he encontrado a la mía.

—Pero eso es bueno, ¿no? ¿Es por nuestra familia? Porque se pueden ir a la mierda.

—No, Archer. Es… —Me trago el nudo que tengo en la garganta y aparto las lágrimas—. No siente lo mismo por mí. Y es una mierda, porque cuando estaba con él sentía que tenía un hogar, un sitio donde podía estar sin miedo a que me echaran. —Me río con amargura—. Soy idiota, ya lo sé.

—Pero ¿te lo ha dicho? ¿Le has preguntado?

—No hace falta. Quiere a otra persona. Desde el principio supe que no tendría ninguna posibilidad con él.

Tendría que haber cortado por lo sano, pero cuando quieres a alguien todo te da igual.

Te limitas a sentir, a coger lo poco que te da.

En eso tengo un puto máster. Siempre he sido así.

Me pasaba con mamá —digo con acritud—. Necesito recibir muchos palos para darme cuenta de las cosas.

Nos quedamos callados. Mi hermano tiene los ojos rojos, aunque intenta no llorar. Vaya dos, joder.

—Lo siento —susurro—. Venir con todo este drama… Se me pasará. Mañana seré otra persona.

—Quédate aquí unos días —me pide—. Podemos planear un contraataque. Como los que hacíamos cuando éramos más críos, ¿recuerdas? A lo mejor te puedes quedar a vivir aquí. Mi compañero de piso sale mucho, no creo que se dé ni cuenta.

—No seas tonto.

—Ryder, tienes que irte de casa. No puedes volver, ni por Billy. Puedes ir a visitarlo o te lo puedo llevar yo a donde me digas. Pero no más aguantar mierda de nuestros padres. Se acabó. Tenemos un tope para el dolor y tú ya has cubierto el tuyo.

Asiento. Sé que tengo que hacerlo. Lo sé, hostias, claro que lo sé.

—Pensaré dónde vivir. Mientras, recogeré las cosas que me quedan en casa de papá y mamá y me iré a casa de Levi.

—Por fin. Esa es una decisión de puta madre. Ya era hora. —Nada más decirlo, se le encienden las mejillas. Está tan acostumbrado a no decir tacos delante de Billy que su cuerpo reacciona de manera instantánea. Mi hermano mediano, responsable como nadie; la mejor persona que conozco.

—Gracias por aguantar mis chorradas.

—Gracias por aguantar a nuestros padres.

Nos reímos, al principio una risa suave que enseguida se transforma en sonoras carcajadas. Todavía me duele la tripa y estoy llorando cuando mi hermano vuelve a hablar.

—Sé que te duele, pero encontrarás a alguien. Alguien que sí te quiera, alguien que se quede y te ayude a cerrar las ventanas para que no entre el frío. Sé que lo harás, Ryder.

Se me forma un nudo en la garganta. Dios, no pienso repetir estas conversaciones profundas entre hermanos. Menuda mierda.

—Un poco de frío está bien. Ya nos encargamos nosotros de calentarnos, ¿sabes? Dime, ¿follas mucho, hermanito? —pregunto para cambiar de tema a algo más seguro—. Nunca me hablas de tus ligues.

Me mira a los ojos. Veo duda, miedo y algo más. Algo que me pone la piel de gallina.

—No me digas que has dejado embarazada a una chica.

Se ruboriza, tanto que me entra la risa otra vez.

—No, idiota. Te recuerdo que te has pasado la vida dejándome condones y artículos sobre cómo contentar a tu pareja. Eres el peor hermano del mundo.

—El mejor, querrás decir. Superpreocupado y responsable. Te encanto, lo sé. Pero ahora dime a qué viene esa cara tan larga.

—Es que yo… —Se ruboriza un poco más.

—¿Qué? Vamos, sigue.

—Nada, déjalo. —Se levanta de la cama para coger el móvil y empezar a teclear—. Voy a pedir algo de comer. Me apetece pizza, ¿y a ti?

Me incorporo.

—Mocoso, ahora me lo dices. Archer —insisto.

—Lo haré, ¿vale? Solo dame tiempo. Necesito… —Se pasa una mano por los rizos—. En cuanto me ordene la cabeza, serás el primero en saberlo.

Y yo asiento, sin saber muy bien qué pensar de eso.

Si no ha dejado a nadie embarazada, ¿será que…

? No, no puede ser. Ni de coña. Lo mejor es que deje de pensar.

Lo primero es lo primero. Tal vez Archer se tenga que ordenar la cabeza, pero a mí me toca ordenarme la vida.

Olvidar que te ngo un alma gemela, que me he enamorado y que la he perdido.

Qué digo, ni siquiera la he tenido. Mi amor muere esa noche, mientras mi hermano intenta hacerme reír.

Muere, como lo hacen muchas de las cosas que te importan, en silencio, con el dolor sordo en el pecho como único recordatorio.

Me consuela saber que eso también se irá.